EL CUENTO DE LA COPA DE ORO

 

 

 
 

 

  Hace muchos años, cuenta la leyenda, fue depositada en la tierra una copa de oro con tres piedras en su base. Una blanca, una verde y una última de color azul. Esta copa estaba dotada de amplios poderes en especial el de curar muchas por no decir todas las enfermedades.

 Y aquí vamos a explicar un poco más el hecho de que la copa curase las enfermedades. En muchos cuentos podemos observar que siempre existe algo así. Pero en pocos se menciona la causa.

 

Esta copa estaba compuesta de un material especial, que cuando alguien necesitaba su ayuda, y si era merecedor de ello debido a su karma, o sus acciones pasadas, generaba una especie de emisión-recepción con aquellos seres que son más inteligentes que el hombre y que de hecho son los diseñadores del organismo humano, así como el de los animales y las plantas.

 Son los que diseñaron los cromosomas y los genes, y que en algunos libros antiguos son mencionados como los constructores o creadores.

 

Y de hecho es lo que si la civilización humana no se autodestruye está destinada a ser.

Bueno, tal vez la explicación es para mayores, pero ¿ acaso no es absurdo un cuento en el que existen poderes mágicos sin conocer su origen?

 

El hecho era que una vez establecida la comunicación los constructores a veces, venían de alguna manera y curaban a aquel que lo había solicitado. 

Ese vaso fue al principio muy bien utilizado, pero alguien se las ingenió, como tantas y tantas veces, para acceder a sus poderes con el solo fin de conseguir dinero para esclavizar a los demás.

 

Nadie supo cómo, pero desapareció.

 

Fueron varias las épocas en las que los humanos recordaban la leyenda y hacían algún esfuerzo por recuperarla, pero últimamente en vano.

 

En la época de los caballeros andantes, hubo muchos y muy atrevidos aventureros que se lanzaron a la búsqueda de la copa. Les movía el ideal de tener en sus manos un objeto sagrado, pero no era suficiente con tener esa "ilusión", y la mayoría de ellos perecieron, bien de viejos, bien en las peripecias, o bien a manos de animales salvajes que por entonces pululaban por el mundo.

 

 

Aristos regresaba a su casa después de cuarenta infructuosos años de búsqueda; no obstante tenía el ánimo alegre pues no habían sido perdidos todos esos días. Había conocido tierras y amigos, había aprendido muchas cosas del cielo y de la tierra, y su corazón se había vuelto jovial como el de un niño y siempre tendía la mano cuando alguien necesitaba ayuda.

 En aquel preciso momento caminaba por un desierto, ya cruzado en otras ocasiones por el mismo, pero esta vez debido a su anciana edad, el sol se le antojaba más implacable que nunca, y no pudiendo sostener la cabeza estaba a punto de desmayarse. Estaba casi convencido de que su vida terminaba allí.

  

Si hubiese tenido los ojos abiertos habría observado el espectáculo más increíble de toda su vida. El camino se hundía entre dos dunas enormes y desembocaba en un Oasis. El color verde se extendía hasta el horizonte lejano, y el camino era totalmente un manto de florecillas blancas.

  

Un rugido hizo estremecerse a Aristos, y al abrir los ojos y verse rodeado de tal entorno comprendió al instante que había llegado el momento más deseado de su prolongada existencia. Sabía que el dragón que guardaba la copa le estaba esperando.

 

No había ya prisa, y era cuestión de estudiar el asunto con sumo cuidado y procediendo de acuerdo a un plan, pues muy bien conocía el valor y el coraje del dragón, mas fuerte que cien hombres.

 

Se bajó de su gran amigo "Leal", y se recostó en la base de un pino. Junto al mismo había un cristalino riachuelo del que bebió agua, y transcurridos unos minutos se durmió.

 

Leal pacía deliciosamente y estaba alegre como nunca, cuando en el cielo vio una hermosa yegua blanca que le hacía señas para que se fuese con ella, pero Leal no deseaba tampoco dejar a su amo, y entonces Aristos medio en sueños le dijo:

 

 

"Leal, es tu hora y debes partir. Cada cosa debe ocurrir a su tiempo, y es el momento a partir del cual, continuaremos por separado. Siempre te tendré en mi corazón."

 

El caballo inclinó la cabeza hacia donde estaba su amo, y este le acarició como siempre. Leal partió volando.

 

Aristos se durmió profundamente. Esta muy cansado.

 

Si hubiese habido noche, habríamos dicho que Aristos había dormido hasta la mañana siguiente, pero el lugar donde había arribado nuestro héroe no conocía ni el día ni la noche, ni el calor ni el frío, a no ser que el mismo lo creyese.

 

Un rugido más espantoso que el primero, le despertó y tras comer unos deliciosos frutos inició la inspección del lugar.

Junto a una cueva permanecía atento el dragón.

 

Observó que tenía una sola cabeza, pero tres ojos; dos en la parte delantera y otro en la parte occipital. Además lanzaba fuego por sus fauces y tenía una larguísima cola, que terminaba en un afilado aguijón.

 

Por más que cavilaba, no veía el modo de poder atacarle o despistarle para entrar en la cueva y coger el preciado tesoro, y haciendo caso omiso de su gran experiencia, dejó el problema para un poco mas tarde y se dedicó a pasear por los alrededores, siempre fuera del alcance del dragón.

Dio vuelta a la montaña donde se hallaba la cueva y observó un lugar escarpado y sin aberturas.

 

Caminaba en aquél instante distraídamente, mirando las flores y los árboles, cuando cayó en un pozo que estaba oculto por los matorrales. Este hecho fue una gran suerte para él, pues ni más ni menos que abajo del todo enlazaba con una galería horizontal que llevaba al centro de la cueva. Cuando casi había llegado, el dragón rugió más potentemente que en ocasiones anteriores. Comprendió Aristos que le había olfateado.

Bueno, ya era algo el descubrir esta entrada, o mejor dicho la entrada le había encontrado a nuestro héroe.

 

Estaba claro que debería entrar por el túnel posterior, pues el dragón encadenado como estaba, era uy probable que no tuviese suficiente libertad de movimiento para llegar hasta esa zona de la cueva, en todo caso siempre era más fácil de sorprender por aquel lado que no por la entrada principal de donde no le había visto menearse prácticamente.

 

La idea básica consistía en despistar al dragón para que se concentrase sobre una puerta y mientras él poder acceder a la cueva por el otro lado.

 

Aristos puso manos a la obra.

 

 

 

Preparó una especie de carromato con ruedas de madera - si podemos denominar de tal forma a aquellos troncos -, que cargó hasta los topes con hierba muy verde y húmeda; Envolvió todo con una capa fina de barro también muy húmedo, y avanzó con él hacía el dragón pasando por encima de algunas...... calaveras... lo que realmente le impresionó.

 

Boros lanzó una llamarada de fuego pero el carro seguía avanzando hasta.. prácticamente sus narices. Entonces, por los lugares que no había barro, unos cuantos agujeros, la hierba comenzó a arder, y a echar mucho humo y muy denso. Aristos pudo colocar el carro entre el animal y la entrada de la cueva, y se fue corriendo.

Boros que comenzaba a sentirse mal a causa de tanto humo, vio que Aristos se alejaba, y se quedó sorprendido, pues estaba preparado para lanzar su mortífero ataque contra el osado caballero. Entonces le dio al carro un fuerte golpe y aunque lo alejó unos metros el humo comenzó a salir mucho más deprisa hasta prácticamente nublársele la visión y quedarse semi-inconsciente.

Aristos bajó rápidamente por el pasadizo trasero, y a toda velocidad llegó al lugar donde estaba el cofre, tal y como indicaban algunas leyendas. Levantó la tapadera y por un momento quedó deslumbrado por el vaso de oro y piedras preciosas, y tras haberlo observado echó a correr a toda velocidad que podía por el oscuro túnel hacia el bosque donde ya se imaginaba a salvo, pensando que todo había sido mucho más sencillo de lo previsto.

  

Para entonces Boros había sentido en su corazón un agudo pinchazo y de una fuerte sacudida con su cola apartó por fin aquel carromato de humo y fuego, y entró muy compungido y con lagrimas de odio y dolor por haber dejado que se llevasen el tesoro, del que tenía la responsabilidad de custodiar. También le hacía sufrir la idea de que el tesoro pudiese caer en manos que se dedicasen al mal.

 

En este estado de ánimo entró a la cueva y observó el agujero junto al cofre comprendiendo que por allí había entrado y huido el ladrón.

 

Era muy pequeño el orificio para su gran cuerpo, así es que lanzó su cola por el mismo.

 

Aristos se encontraba en un recodo y estrecho y bajo, y debía caminar a gatas; era el último obstáculo, veía la luz, sentía el bosque, adivinaba el riachuelo, pero..................................

Eso fue todo. El dolor penetró en su cuerpo como una centella. El aguijón en que terminaba la cola de Boros le había atravesado el muslo, y notaba cómo la sangre le hervía, y cómo el veneno se extendía por todos y cada uno de los rincones de su cuerpo.

 

Se desmayó con el vaso fuertemente apretado contra su pecho.

 

Boros se alegró infinitamente al haber atrapado al osado humano, pero fue solo durante un segundo. El también se sintió débil y se desmayó.

  Dos rayos de luz subieron al cielo;

uno era rojo, Boros;

el otro azul: Aristos.

-¿Por qué? Se preguntaron los dos, y una sola imagen llegó hasta ellos.

 

" Habeis cumplido el propósito, y debéis comprender que era necesario todo esto. Los humanos veis las circunstancias de la vida muy estrechamente, lo mismo que los animales, y creéis que todo es azar, pero miradlo de esta manera:

Nosotros os regalamos el vaso para alegría y consuelo de vuestras desdichas, y vosotros pobres humanos no supisteis utilizarlo. Nos vimos obligados a ocultarlo para vuestro bien, y ése era tu cometido amigo Boros. Ahora los dos habéis luchado, creyendo en vuestra causa y os habéis encontrado el uno con el otro porque es el momento de que la alegría retorne a la Tierra. Reconoced y comprended que ambos sois la misma cosa. Sois parte nuestra. Ahora debéis entregar los dos juntos el vaso al mundo para que vuelva a cumplir su función."

Dos rayos descendieron, pero no regresaron a sus antiguos cuerpos: ell rayo azul se convirtió en un hombre joven, el rojo se transformó en un hermoso caballo blanco.

Todavía había mucho humo. Aristos avanzó por el túnel y recogió el vaso. Boros relinchó para llamar a su amigo.

Los dos partieron sin querer mirar atrás, y después de varios años de caminar ininterrumpidamente, llegaron a un monasterio donde entregaron el vaso, que fue colocado a la vista de todo aquel que lo necesitase y nunca más se supo de ambos.

Cuentan los que han estado cerca del vaso que cuando se extiende hacia él la mano con ilusión y confianza, el color de sus piedras comienzan a vibrar y desprende un hermoso rayo cada una.

 

El azul hace que las personas comprendan mejor; el verde hace que quien reciba su luz sienta amor por toda la creación, y el color blanco inunda con un algo inexplicable, que quien lo recibe ya nunca lo olvida a pesar de que camine por la fría oscuridad que en muchos momentos circunda a un humano.

 

 

 

 

Autor:Quintín García Muñoz

 

 

   

 

 

 

   

 

 

 

Revista Alcorac

 

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