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CAYETANO BRETONES (GOREÑO)
EL RECAUDADOR (LA ESPAÑA PROFUNDA)
Como dijo Cervantes, más o
menos en estos términos, la gente en los
pueblos ha tenido siempre un miedo cerval a todo lo que tiene que ver con la
hacienda pública y la justicia, como si el acercamiento a ellas llevara
siempre aparejado la ruina económica o, cuando menos, se sale mal parados
cuando te acercas a ellas.
Es cierto que, durante los años
de la posguerra civil española,
cuando se difundía en el pueblo la noticia de la llegada de la fiscalía de
tasas, especialmente aquellos que tenían algún tipo de negocio, se producía
como una sacudida o un estremecimiento que se paralizaban todas sus
actividades comerciales. No en vano, algunos cerraban puertas y ventanas
para no dar la menor señal de vida. Rendir cuentas a la fiscalía comportaba
siempre un riesgo, y cualquier descuido o incumplimiento burlando a las
normas establecidas, era susceptible de sanción o cierre del establecimiento
por un tiempo determinado. Es por eso que para acortar distancia entre las
clases más desfavorecidas y la justicia, en los pueblos ha existido siempre
lo que yo llamaría "hombres puente". Estos hombres eran servidores
incondicionales del poder dominante que, sin tener dinero, ni títulos
universitarios, ni poder político alguno, pero abiertos a negociar con todos
los estamentos sociales, venían ejerciendo de intermediarios cuando era
reclamada su presencia por trabajadores, agricultores, o pequeños
negociantes a la hora de tener que rendir cuentas o hacer cualquier gestión
ante los organismos oficiales. Sucedía entonces que el mediador era
debidamente recompensado por su eficiente servicio, ya que al implicado le
parecía ver, a través de su mediación, más aplacadas las iras de la
justicia, o si tenía que comparecer ante ella, ya no le vería las fauces tan
abiertas y agresivas a punto de lanzarle la dentellada.
Por esta y otras razones, los funcionarios públicos en general, y los
recaudadores de impuestos en particular, en los pueblos han sido siempre tan
reverenciados como odiados. Sólo los que no tenían tierra ni para una
sepultura eran los que no se arrimaban a ellos tratando de ganar
indulgencias en caso de necesitar un día de su comprensión y magnanimidad. A
nadie con patrimonio o medios económicos, sin embargo, se le hubiera
ocurrido desagradar a un funcionario si en su mano estaba hacerle el más
extraño favor: presentía que detrás de su negativa podría venir su ruina.
El caso que nos ocupa se quiere a un recaudador de contribuciones,
sobre el que recaían fundadas sospechas de ser mujeriego, ostentoso y poco
moderado en su lenguaje. Al mismo tiempo, su aval era el de ser un hombre
inteligente, expeditivo y simpático. Se comentaba que era poco menos que un
semental que se atrevía a tener tantos contubernios como mujeres estuvieran
dispuestas a echarse en sus brazos. También era juerguista y jugador de
cartas, lo que le llevaba con frecuencia a pasar las noches en el casino
hasta altas horas de la madrugada, alternando con los jugadores habituales
en este perseguido (entonces) vicio, sin que por eso dejara de cumplir son
su cometido, un cometido que no era precisamente fácil, aunque para él sí
que lo era, pues sabía de memoria los nombres de todos los contribuyentes y
las propiedades que tenía cada hijo de vecino en varios pueblos de la
comarca. Este hecho le daba el privilegio de conocer, como pocos, la
situación económica y familiar de cada cual, de lo que se aprovechaba para
hacer ofertas deshonestas a las mujeres que le entraban por el ojo y andaban
en apuros económicos a cambio de la condonación de sus tributos u otros
favores, lo que le ocasionó algún que otro disgusto.
Como merecido premio a su atrevimiento y osadía, esto es lo que le
sucedió a éste espabilado recaudador de contribuciones con una hermosa y
extraordinaria mujer, erguida como un junco y lozana como una rosa, pero de
carácter fuerte y extravertido.
La austeridad y pobreza en el vestir y en el comer de aquella
exuberante mujer, y la ausencia de potingues y pinturas en su bello rostro,
la hacían aún más atractiva y distinguida, adornado todo ello por una
sobriedad y donaire naturales, y una graciosa desenvoltura que encandilaba
el más reacio e indiferente de los hombres.
Como quiera que, como ha quedado dicho, el recaudador era un
mujeriego arribista, pronto cayó en las redes de su irresistible belleza, y
pensando que estaba ante una presa fácil, valiéndose de los medios a que
antes me refería, y al percatarse de su extrema pobreza, pues siempre se
lamentaba de lo imposible que le resultaba hacer frente al impuesto asignado
a su pequeña casa, le lanzó el sedal para llevarla sin esfuerzo a sus
ardorosos brazos. Pero ella, pese a ser inculta y no saber hacer la O con un
canuto, gozaba de gran astucia e inteligencia naturales, aprendidas ambas en
la universidad de la vida, en medio de la más cruel de las miserias. No se
puede decir que la oferta la sedujo por la irresistible atracción física de
su ofertante, porque el recaudador era un gigante, desgarbado y barrigón,
que más bien producía a cualquier mujer cierta sensación de rechazo. No
obstante, después de hacer un planteamiento estratégico, cuidadosamente
estudiado, decidió aceptar una cita en el más absoluto secreto en su propia
casa, aprovechando que fuera un sábado, a una hora señalada, haciendo
coincidir ex profeso con la finalización de la jornada de trabajo del
recaudador, de forma que llevara en el bolsillo el importe de lo recaudado.
Lógicamente, era el día que más dinero se recaudaba.
La hermosa, astuta y bella moza se lavó la cara con agua limpia y se
puso sus más decentes y mejores galas para recibirle, mientras al recaudador
las horas le parecían siglos, ansioso de disfrutar de un banquete que la
vida no se prodigaba en ofrecerle con tanto derroche de belleza y frescura.
Es cierto que su situación de privilegio y sus buenas artes de conquistador
le habían ayudado a pasar por la piedra a varias mujeres en todos los
pueblos que visitaba, pero ninguna se podía comparar a aquella hermosa
criatura que, repito, era la tentación y admiración de todos los hombres del
pueblo.
Cuando llegó la hora de la cita, nada más pasar el umbral y posar los
ojos en ella, al recaudador se le erizaron los pelos y el sombrero se le
escapaba de la cabeza. Ella lo pudo contener y le acarició hasta que la
fiebre de su deseo le hizo perder el juicio y se dejó despojar de todas sus
prendas, y con ellas el dinero que llevaba encima: no era el momento de
regateos, ni de especulaciones, sino de conseguir la ansiada consumación.
Pero una vez estuvo el recaudador en paños menores y el dinero se había
fugado de su bolsillo y puesto a buen recaudo, simulando ella un arrebato de
locura se lo quitó de encima como pudo y lo arrojó a la calle a golpes de
estaca, acusándole a gritos de intento de violación. Como es obvio, todo el
barrio acudió en su ayuda, sospechando cualquier cosa, menos lo que
realmente acontecía. Cuando los vecinos se percataron del hecho, temiendo el
recaudador un linchamiento, se vio en la necesidad de atravesar el pueblo en
calzoncillos a uña de caballo de un extremo a otro hasta llegar a la posada
donde se alojaba. Durante el trayecto, mostrando su desnuda y voluminosa
barriga, con la sorna y la mofa de unos, y el desprecio y condena de otros,
pagó caro su atrevimiento por pretender cortar una flor en su máxima
plenitud de belleza y esplendor, sin arriesgarse siquiera a ser herido por
una espina.
Cayetano Bretones (Goreño)
cabreher@hotmail.com
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