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JOSÉ ROMERO P. SEGUÍN No debieran dormirse los ángeles cuando está en juego tu boca, cuando tu boca está jugando.
No debieran dormirse los ángeles en el juego de las palabras en la derrota de las bocas.
No debieran dormirse los ángeles, como no te duermes tú, palabra de mi boca boca de mi alma.
Pero los ángeles se duermen, olímpicamente indolentes yacen dormidos en las vísperas de toda celebración pacífica.
Lo han hecho siempre para no ver la maldición de bocas rotas y sangrantes, que penden ciegamente colgadas, como las resecas y desgoznadas puertas de todas esas ruinas tras las que hoy, habita escondida y temerosa la paz.
Camino por territorios asolados, no es un sueño, y lo sé, lo sé pese a que lo sueñe, donde sólo ondean en una sola pieza los miles de malditos estandartes con que nos hemos ignorado sin tregua, y saludado la ignominia de tanta y tanta victoria, la infamia de tan vana y reiterada gloria.
Los secos chasquidos de sus recias telas apagan el llanto de la soledad que vela los muertos, esos muertos cuyos cuerpos se han de pudrir sobre la faz de la tierra, sin que nadie se digne en cubrirlos con un puñado de ella.
Sus ojos, desjuntados de falsa alegría verán transitar sobre su opacada transparencia, pedazos de azulísimo cielo y negros nubarrones de crueles tormentas.
Creerán vislumbrar en ellos la esperanza de la alada carroña que a su socorro viene, pero se equivocan, son sólo los pardos presagios de nuevos tiempos de desatención y miseria.
Los seculares ángeles se han dormido siempre, y hoy que está en juego tu boca que tu boca está jugando, se vuelven a dormir, y ya no voy a gritar intentando despertarlos, sino que iré hasta ellos, les robaré sus flamígeras espadas y pie en tierra lucharé hasta la victoria de una paz sin miedos ni ruinas, sin dolor ni estúpida armonía, una paz de todos, digo, en la que sin hipocresía todos digamos, esta boca también juega, como tu boca, como la suya, como la de él, como la mía.
Esta boca que jugando al juego de las generosas verdades ardería, no se ha de conformar con el silencio de esos indolentes ángeles dormidos, en el cielo de la boca del divino.
Sino que ha de resucitar hecha hombre, para que, boca a boca, los ángeles se tornen por una vez y para siempre, en las precisas palabras, del impreciso y precioso juego, de nuestras bocas.
José Romero P. Seguín
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