EL FOTÓGRAFO
© Carmen María Camacho Adarve

Salir a las calles para Armando era pasar de lo oscuro a la luz. La consistencia del mundo cambiaba, llenándose de formas sólidas, volúmenes y superfcies de colores brillantes; el rojo y blanco de las piedras de las aceras, el oro de los árboles en ese otoño, gente que pasa deprisa, transparencias de líneas, formas y colores.

Armando amaba los tonos de luz del día y la noche, luces de las calles, colores, tonalidades doradas del otoño y la ciudad en la noche, con sus neones mostrando inusuales reflejos como de oro... Aquella mañana -él- había decidido hacer un trabajo fotografico de los Alpes Italianos.

Y, se acercó hasta la oficina de prensa donde trabajaba, comunicó al director su decisión de marcharse esa misma tarde a los alpes para realizar un reportaje, ya que la revista para la que Armando trabajaba era una tirada de viajes de aventura y -él- durante toda la noche había estado planeando el reportaje y las fotografías que imaginaba, fotos que no hubiesen sido vistas aún por ningún objetivo ni tomadas por nadie.

Recogío de su apartamento su cámara de fotos y algo de ropa, se encaminó hasta la estación ferroviaria y tomó un tren que una vez en marcha, ascendía por la verde colina por el este de la ciudad, al mirar por la ventanilla del departamento -él-, se abría a esa vida, que corría ante sus ojos, imagenes y colores verdes y oro. Se quedó dormido, cuando despertó Armando pudo distinguir el punto del cielo donde se asomaba la cima blanca de los Alpes y del otro lado los montes, con pueblos, caminos y ríos. Ríos de voz poderosa, olas de espuma y bancos de arena; aguas bravas derramadas desbordadas, aguas salpincando las plantas que crecen en sus margenes como gotas de rocío y rodeando los bosques pequeñas insulas de nenúfares, las corrientes laterales, a lo largo de las orillas y en centro del río que empuja con fuerza hasta llegar a la mar.

Armando hacía fotos de todo lo que veía y disparaba su cámara con el alma, florecillas, rosas amarillas y velas de oro que ocultan las ensenadas del río. Ahora tomaba fotos de árboles que se extendían se alejaban de todas formas de todos los colores inclinados sobre el agua, sobre ella nubes de perfumes que se perdían en el aire de la mañana creciendo en vertiginosas alturas.

Abajo, en el valle emergía la arquitectura de una pequeña ciudad como minúsculas piedras preciosas, brillantes, opacas y meticulosamente alineadas. Al bajar del tren, se sintió embargado por una sensación de amplitud, jirones de brumas caían sobre la estación, llegaban de los ríos brumas que el viento mueve al azar, Armando buscaba con su mirada, experta incansable fotos con posibilidades para encerrarlas en su memoria fotográfica, el aire y los colores se desplegaban, frescos, tonificantes y nuevos, y se adueñó de el una nueva desconocida sensación de paz quietud, caminando sobre música bajó por una avenida verde y olorosa, el fluir de la vida el movimiento de el viento el olor de flores de oro, las formas las luces, la ocuridad brillante y las cosas de las que en cierta manera debía conquistar con su cámara toda aquella belleza.

Por la ciudad bulliciosa rayos de oro recorrían los cristales de ventanas, escaparates de tiendas y puertas; el agua que fluía de las fuentes como su vida, el secreto de la fotografía para él era que cada cosa tiene que permanecer dentro de un todo, ese todo es lo que se ha vivido, levantó la vista hacia el cielo y encontró una mezcla casual de colores y sensaciones, la sensación del perfume del jazmín, claveles y nardos en un otoño recien nacido con olor aún de viejo verano, la vida en continuo movimiento y quiso fijar en papel fotográfico todo lo que sucedia, era la forma que él tenía de relacionarse con los seres, cosas volúmenes y espacios, sacar fotos era como imprimir su perccepción y la capacidad que él tenía para trasladarla a otras percepciones de esta manera podría exponerlas a los demás; miró deslumbrado todas todas las posibilidades que este recurso le ofrecía, Armando sintío que podía hacer entrar en su arte el mundo entero fotografiado acoger y acomodar dispersos pedazos de mundo, la luz que en cada cosa habita, todo en el Universo se mueve en el conviven, lo simbolico, anscentral y lo mágico, alquímia de colores que se difuminan en una infinita variedad de posibilidades; la esencia de la vida, la materia del alma que hasta aquel instante había sido resbaladiza e infotografiable, imágenes que perseveran en cada memoria personal y que a todos nos sobrevivirán.

Las fotos reveladas eran para el fotógrafo simples manipulaciones digitales o en el cuarto oscuro y acré de ácidos. Solo cuando uno tiene las fotos sacadas se puede tornar tangible el viaje, por la sensibilidad de un objetivo desenmarañando los hilos de las razones, ¿pero... y la esencia del ser humano que configura la esistencia no fotografica? Se le escapaba, porque la existencia no pertenece sólo a una eleccíon de fotógrafo, meticulosamente pensada y calculada era una forma de vivir y esto le llevaba a rechazar los contrastes dramáticos, los brillos sociales, las contradiciones, a discernir la pasión de la adversión la vida de la movida. Armando no era cociente de que había entrado en otra dimensión persiguiendo el secreto de el alma fragmentada en polvillo de imágenes. Desde hacía tiempo había dejado de interesarse por la realidad de su trabajo como reportero gráfico ya no quería seguir a sus impulsos; lágrimas fiestas desfiles de modelos en pasarelas prestigiosas, famosos bodas del año o tal vez del siglo, dramas de ricos y de pobres, guerras miserias, personjes politicos, ceremonias oficiales o desastres naturales provocados por la avaricia insaciable de los poderosos.

Armando, veía con toda exactitud como toda su existencia se dispersaba pero le fortalecía la convinción de haber encontrado el equilibrio entre el impulso y la neutralidad imposible de muchas cosas dentro de la aventura de su viaje.

Recordó porqué estaba viajando aunque ahora fluía una visión dentro del ritmo natural de las estaciones del año, del pálpito de una vida de unos mares de colores y el olor de los árboles de oro. El fotógrafo estaba solo.

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