UN CUADRO DE EL GRECO
© Carmen María Camacho Adarve

La mitad de esta historia puede que se encuentre en los archivos de la policia, la hemeroteca de un periódico, o en el sótano de un juzgado entre expedientes de ejecución de embargos.

El inicio es una nota de prensa aparecida en un diario neoyorkino: "El catedrático de arte José Cano ha encontrado un cuadro de el Greco robado en Madrid en el año 1937". La nota fue encontrada de esta forma. "He venido a Nueva York para aclarar dos cosas";

-Que el cuadro es auténtico
-Y, que lo devolveré a España.

Estas palabras fueron dichas por el profesor de arte experto en el Greco, José Cano era muy bajo de estatura, casi enano: andaba por la edad madura y estaba en los putos hueso. Su cabeza era descarnada y de color hueso. Como indumentaria vestia chaqueta de pana marrón parda roída en los codos y zurzida por él mismo, pantalones estrechos como fundas de paraguas, que no le rozaban las botas. Dejando entre medias un trozo de piel peluda. Parecía un botecillo de tinta con corcho de botella de litro.

"La Asunción de la Virgen". Aquel cuadro que un día desapareció de la casa de las hermanas Juana y Manuela Salas en madrid. Y que él había buscado durante cuarenta años y por fin supo donde estaba el cuadro, y entabló una amistad con las dos hermanas. Dos mujeres de edad madura, delgadas, de estatura media, agrias y semejantes como dos mitades paridas iguales e inseguras.

Así eran Juana y Manuela, a las que todas las tardes que podía visitaba José. Acudía a la residencia para tomar café con ellas mientras no dejaba de admirar la belleza del cuadro: En el cuadro, como sobre un cielo de lienzo habitaban ángeles difuminados en sus formas, en la parte superior de la pintura y otros danzantes en anhelo dentro de un firmamento pintado, levitados. Por un impulso brotado de la materia y la luz era transparente con claridades de alabastro.

El rostro de la Asunción cubierto con destellos que corrían según la hora del día. El rayo violeta de sus ojos serenos bajo la mirada que observaba en un difumino de brumas opalescentes y el manto de un blancoazúl inesperado. La tierra como un tapiz cubierto de reflejos crepusculares de colores malvas.

La Virgen aparecía rodeada por ángeles aquí y allá que se espandian como horizontes y a la vez contrayendose en una leve pompa de jabón próxima a desaparecer; los ángeles volaban al otro lado del lienzo con súbitos aletazos, (como el alma trémula de José), él con la mente dibujaba la boca, los labios entreabiertos. Unos labios. Elegidos por el Greco entre miles de labios. Elegidos para él (José).

Con el dedo índice tocó el borde de la imagen dibujandola como si salieran de sus manos y al mirarla percibía vibraciones divinas pobladas por extraños silencios que atravesaban mundos de ángeles. Cerró los ojos para desacerlo todo y recomenzar de nuevo.

-Sonó el teléfono en el apartamento de José Cano
-descolgó el auricular
-escuchó al otro lado una voz angustiada de mujer
-soy Juana Salas
-sí, dígame, respondió
-ha pasado algo terrible...
-por favor, expliqueme, ¿puedo ayudarla?
-nos han desahuciado por impago el dueño del piso, ¡estamos en la calle!
-tranquilicense, ahora diganme donde está y yo mismo iré a recogerlas.
-ella dio una dirección, la de un hostal.
-él colgó el auricular del teléfono, salió precipitadamente a la calle, subió a un taxi e indicó al conductor; ¡vamos, lleveme al hostal del Gato negro!, y en ese momento comenzó su misión.

A la entrada del hostal, llorosas en un estado de gran excitación nerviosa se precipitaron sobre José las dos hermanas.

-¡el cuadro! ¿dónde está el cuadro? preguntaba José, victima a su vez del nerviosismo
-no hemos podido sacar nada de la casa ¡ por favor, tiene que ayudarnos!
-no se preocupe y dejenlo de mi cuenta dijo José, y desapareció calle abajo

José iba caminando a trompicones, anduvo durante horas sin rumbo por todas direcciones, por todas partes, sin saber como se encontró de nuevo en su casa. Y empezó a preparar un plan de acción. Se propuso no descansar ni un minuto hasta recuperar el cuadro. Y comenzó su investigación y pudo enterarse que un tal Labanda, funcionario de la oficina de embargos fue el encargado de incautar el inmueble. Robó el cuadro y lo envió a México.

La pista se perdía ahí, y durante muchos años nada se supo se "La Asunción de la Virgen"; pasó el tiempo y José Cano seguía una vida rutinaria de trabajo y poco más pero sin renunciar, firme, fiel a su proposito de alcanzar lo que ya para él era su única meta: seguir cuales quieran que fuesen las señales, sólo la luz lo conduciría a la verdad, sólo era cuestión de permanecer atento a cualquier indicación, (recordó una ley de la naturaleza inmutable; como es arriba es abajo).

La vida de José había adquirido un sentido, ya no le importaba el paso de los día, las semanas, los meses; estaba vivo , el era el dueño de su destino, el señor de su secreto. La Virgen le había dado una oportunidad, seguir todos los signos con mucha atención.

Y llegó el verano de 1968, José casi tenía el cuadro en sus manos. En agosto voló hasta México con la información recabada en distintas fuentes y, allí se enteró que ya no estaba su Greco.

El dueño lo había vendido a un anticuario que residía en Los Ángeles ( California).

José regresó a Madrid y a su trabajo de profesor de arte y un año después, en el verano de 1969 en Los Ángeles encontró al anticuario y éste le informó que se lo había vendido a un cliente residente en Nueva York.

Y llegó el tercer verano de 1970, aquel verano cuando por fin José llegó a Nueva York a la dirección dada por el anticuario de Los Ángeles. Y se hizo con el cuadro, conteniendo la emoción y a punto de tomar un avión para Madrid en el aeropuerto Kennedy fue educadamente informando por la policia del FBI que le advirtió que alguien había interpuesto un recurso legal, el atónito profesor apenas creía lo que escuchaba, el policia seguia informandole sobre una señora McMiland, la que había interpuesto la querella argumentando que judicialmente el cuadro era suyo, y el procedimiento de regreso de la obra debía detenerse. El fiscal abrió un plazo que finalizaba en septiembre: para todo aquel que se crea con derecho de reclamar la propiedad del cuadro lo haga.

Las hermanas Salas, de cuyo domicilio salió la obra de el Greco, junto con la señora McMiland, representadas por un tal Randonsphk; reivindicaban en principio sus derechos sobre el cuadro.

Años más tarde José Cano, regresó a Nueva York, ya no le importaba ni el tiempo ni su propia vida, todo para él era fugaz, casi todo, la gente vivía una vida sin sentido, llena de nada, ocupado en su dinero, más dinero para ahorrar y levantar las naciones (había escuchado decir José al profesor de literatura) el cual siempre estaba dispuesto a convencer a José para que abandonara aquella chifladura malgastando su tiempo, su vida, sus ahorros y todo por un cuadro que nunca recuperaría.

-hazme caso José, le repetía su compañero, deja ya de perserguir un sueño, buscate una mujer, casate, ten hijos, y sobre todo vive en paz.

A José, ya no le importaba nada, tenía un motivo, había seguido unas señales y el camino determinaría por llevar a cabo su misión. Al final de la historia donde sabía que siempre se sale de un tunel siguiendo un pequeño punto de luz sacándote de la oscuridad.

Nada se sabía de la señora McMiland mientras Rondonspsk en cuya posesión había localizado José el cuadro, después de treinta años de lucha de desesperación y desaparición, treinta años de buscar, de quedar como un loco ante todos, de vivir postergado en la resignación de ser abandonado por su familia, amigos y compañeros, que le habían dado por perdido, dejandolo completamente solo. Treinta años de risas disimuladas de cientos de alumnos de llamadas de atención por parte de la dirección del centro, treinta años de amenazas de abrirles expedientes. ¡Mira ese es el profesor que habla con la Virgen! Treinta años de incomprensiones por parte de todos que lo creían un desequilibrado que perseguía un sueño en el que ya nadie creía y en su discurso. Treinta años solo.

Nada se sabía de la señora McMiland y ahora él sabía todo y estaba allí aquella mañana tranquilamente apostado en la puerta de un edificio en una calle de Nueva York. Esperó, esperó... y cuando salió Rondonspsk, José se le acercó tranquilamente, sacó un arma y dijo que actuaba en su propio nombre y a punta de pistola recuperó el cuadro. Era el mismo que admiró en la finca gallega "El pito" en 1934.

La mitad de la mitad de esta historia puede que se encuentre en los archivos de la policia, la hemeroteca, o en el sótano de un juzgado entre expedientes de ejecucución de embargos.

Esta historia no tiene momentos. Vive más allá de sus días y es una continuidad de esperanza. El final lo escribe y protagoniza un hombre, que aún hoy ignora toda pausa. Nada se pierde en la eterna evolución de las cosas.

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