
|
Fotos de guerra
|
©Carmen María Camacho Adarve Esta página tiene música, no olvides encender los altavoces de tu ordenador. OLGA NICOLAIVNA Olga Nicolaivna; No sabe que su marido ha muerto no lo sabrá nunca, nadie, se lo dirá y ella seguirá pensando que continua viviendo en la orilla este del río. Pero el ya no existe. Hace tres meses, una noche triste tan triste como esta noche o como todas las noches de la guerra, Olga, su marido y sus hijos intentaban cruzar el río que separa las dos ciudades. De golpe un haz de luz pasó muy cerca de la familia se tiraron todos al suelo. Los niños comenzáron a llorar asustados la madre los apretó junto a su pecho.El marido les dijo; -¡Nos han descubierto! ... o tal vez nos buscan ya... Los haces de luz siguíeron brazeando a lo largo de las alambradas del río. De lejos se oyeron. Palabras aisladas. -Creo, dijo el marido, que lo mejor será que regrese. Así llamaré la atención de los que vigilan. Vosotros aprovechad la situación para cruzar al otro lado... yo pasaré otro día... Y el hombre echó a correr. Sin un beso. Sin una despedida. Las luces de los reflectores se concentraron en aquella figura que corría. Se encendieron más luces. Se oyeron órdenes. Se destacaron varios grupos de soldados. El hombre se entregó sin ofrecer resistencia. -Dijo que era mejor así. Le tendrían detenido algún tiempo. Después le soltarían y luego volvería a intentar la fuga... (cuenta su mujer). La señora María Nicolaivna habla con el convencimiento de que todo ha sido tal como ella lo ha contado. María piensa que el marido espera la liberación y que volverán a encontrarse. La señora Nicolaivna ha perdido la razón y no quiere recordar que aquella noche cuando el marido dijo que deberían separarse, una ráfaga de ametralladoras cortó la conversación en seco. Y todos quedaron mal heridos. Y que casi sin vida, inexplicablemente, la arrastró a María y a los hijos hasta la zona libre. Y que fue entonces cuando una maldita ráfaga de ametralladoras le tumbó sobre el suelo para siempre. La señora Nicolaivna está en una casa de salud mental. Con la cabeza trastornada. Repite constantemente la misma historia y recuerda con una precisión asombrosa que su marido se marchó hacia el otro lado del río sin decir adiós. Sin darles un beso. Sin despedirse de los niños. Los niños está convencida la señora María Nicolaivna que están en la otra parte del antigüa Rusia. Tampoco recuerda que quedaron sin vida junto a su padre. -Dentro de muy poco tiempo estaremos juntos otra vez. Él me lo dijo.
TIEMPO DE PIEDAD La ciudad es hoy un viacrucis. En la parte oriental del río hay cada pocos metros una cruz y unas coronas de flores con un nombre y una fecha. Con un recuerdo. Las cruces están tan próximas unas a otras como lo están las fechas. Todos cayeron en los mismos días. Cuando fue tomada por sorpresa la confianza de los ciudadanos y se encontraron de repente con que ya jamás escaparían. Las gentes escaparon como pudieron. Engañando a los soldados. Rompiendo puertas y alambradas. Corriendo. Saltando por las ventanas. Olga, tenia ochenta años. Vivía en un piso alto de la parte este, sus hijos, sus nietos, estaban en la parte occidental. Ella por no querer abandonar su vieja casa continuaba allí en la otra orilla, pero todos los días cruzaba el río a ver a los nietos y a los hijos. Más de una vez le dijeron: -Madre, vengase a vivir con nosotros. Salga de allí... Y contestaba invariablemente, tenazmente: -Si me voy y abandono la casa, romperán todo, no me dejarán sacar los muebles... Y no tengo más que eso. No me iré... -En el Otoño pasado entró una vecina en la habitación de la casa de Olga diciendo: Ya sabe Olga, que desde hoy no se puede cruzar el río... Olga se quedó sorprendida. Atontada. Como si le hubieran dado un fuerte mazazo en la cabeza. -No es posible... Se asomó a la ventana. La calle estaba llena de gente que contemplaba como las fuerzas internacionales levantaban kilómetros de alambradas. Por algunas ventanas de pisos bajas saltaba la gente a la calle. Los militares daban el alto. Pero la gente huían... Olga vio que justamente debajo de su ventana, la calle estaba llena de gente, y había unos hombres con unas mantas para recoger a los que saltaban por las ventanas. Toda la calle presentaba el aspecto de un naufragio. -la señora Olga hizo una señal con la mano: -¡Eh!, ¡ oiga!, ¡socorro!, ¡por favor!... Desde abajo atendieron la llamada de la señora y la quisieron hacer desistir, con gestos, porque el salto era grande y la edad de ella avanzada. Un militar que vigilaba se dio cuenta del despropósito del anciano. Subió corriendo al piso. Descerrajó la puerta. Intentó detenerla. Olga no lo pensó más y se lanzó al vacío por la ventana. La manta se rompió. La anciana quedó tendida en el suelo. Hoy hay una cruz en el mismo lugar. Una fecha. Un nombre. Un recuerdo.
OTRA VEZ EL RÍO Amanece en la ciudad sitiada. Varias horas después que la gente se haya echado a las calles a trabajar. Amanece tarde, la gente de la ciudad sitiada trabaja desde muy temprano cuando las calles van tomando el primer tono azul o gris de la mañana, las aceras están ya llenas de hombres que día a día van haciendo realidad el milagro de la vida. El corazón de la ciudad apenas deja de vivir en ningún momento. Los últimos de la noche se mezclan con los primeros habitantes de la mañana. Los periódicos frescos, recientes, nuevos, se leen debajo de las farolas aún encendidas. Los hombres pasan las páginas. Leen. Y comentan: -Otra vez el río. El río, anónimo desapercibido que fluye siniestro, que al terminar la guerra, descubrieron que era un río importante, porque el agua mísma de por sí, sin ninguna demarcación concreta, se había transformado en frontera. Los habitantes de las casas de la orilla del río que quedaba dentro de la demarcación se podian permitir el lujo de asomarse todas las mañanas. No había más fronteras aparentemente que la prohibición de pasar de un lado a otro de la alambrada del río y cruzar el puente y por encima de todo los soldados que vigilaban. Pero aún se podia pasar de un lado a otro. A trabajar o a comprar tabaco a la zona libre. Las fuerzas internacionales pasaban a comprar y luego volvían a su puesto de observación. Pero una mañana llegó la fatal órden. Llegaron refuerzos, se aumentó la vigilancia, pero aún se podia pasar el río de un lado a otro. Un día. Se levantaron más alambradas cercaron todo el río. Se prohibió el paso. Se tapiaron las ventanas y dio comienzo la caza del hombre.
EL CAMPO VACIO En el campamento solo hay tres familias recogidas. Son las últimas. Desde hace tres meses ya no hay caras nuevas en el campamento de refugiados. Ahora son practicamente imposibles las fugas. Antes todos los días aumentaba la población del campamento. Eran gentes que buscaban la libertad y abandonaban todo. Dejaban en el otro lado del río todo. Muebles, recuerdos, herramientas de trabajo. Todos venían al campamento. Para empezar de nuevo surgir de la nada. Y pasaban fronteras con una maleta con unos bultos en las manos con poco equipaje para no llevar apenas peso. Cada uno tenia su historia que contar. A veces historias alegres, porque todos había logrado cruzar el río. Otras historias eran de dolor en las que las familias se habían dividido, por la muerte, o por la separación. La señora Daria Alexandrovna, una de las tres mujeres que quedaban en el campamento tiene su historia triste... Mi marido está allí, en el otro lado, por favor que no me saque ninguna fotografía. O tápenme la cara... La señora Gricha, tiene una historia alegre. Es viuda desde hace muchos años no había en su vida más que su hija y ella. Cuando tuvo que cruzar el río porque la perseguían los militares, lo hizo dejando a su hija y hace unos días la hija ha llegado hasta ella. -Mi mundo es ella y yo. Y ya estamos juntas de nuevo... La señora Betsy, tiene su historia triste. Ella pasó en los días difíciles, su único hijo, su única compañía quiso pasar unos días antes. Y fue descubierto, se escapó, lo acorralaron. El hijo trepó hasta un tejado de una casa de la otra orilla del río. continuó su persecución y la vista de las persona que pasaban por la calle fue ametrallado. Y cuando caía hacia el suelo recibió nuevamente una ráfaga de ametralladora. Es posiblemente una historia tremenda y desgarrada, pero aquí en la Europa en paz la vemos por cientos repetidas las imágenes en todos los informativos de televisión, de radio, en los periódicos. Allí, la cuentan enseguida los que la vivieron de cerca o de lejos. Y no hay nada añadido ni quitado. Es cruel y desnuda. Es la verdad. Es lo que dificilmente los europeos que vivimos en paz queremos creer. Y, sin embargo está escrito en una calle. En la misma calle donde hay una vieja iglesia tapiada por estar en el este. Y un cementerio con las puertas hermeticamente cerradas por las mismas razones. Un cementerio en los que los familiares, ante la imposibilidad de poder entrar al interior, dejan su flores blancas y sus coronas de claveles junto a la puerta. En el siglo XXI se sigue escribiendo a sangre y fuego historias de guerra, de horror, de terror, en los que hay tres protagonistas principales: ancianos, mujeres y niños. Kosovo, invierno 1996
LA ROSA DEL AZAFRÁN Esta es la historia de Juan de la Rosa natural de Consuegra, provincia de Toledo.Soldado de caballería en Barcelona . Obrero en Francia.Preso en Alemania.El hombre que no encontró para morir el lugar donde nació. Y su mujer Lila Recalde, que perdió la guerra. Los pueblos no son como los hombres porque los pueblos siempre están en el mismo lugar.Los hombres no.Hasta que en un momento de la vida, los hombres buscan el sitio de donde un día partieron y vuelven a el para morir. Este no es el caso de Juan ,no ha muerto en Consuegra, a pesar que en este pueblo vio la luz por primera vez.A pesar que en el se casó y tuvo una hija.En su pueblo el hubiera vivido siempre... Pero ocurre que,el estado de las cosas, es movible, variado e inusual .Digamos que por un cumulo de coincidencias, Juan de la Rosa aparece, de repente, en Fracia .En 1940, suenan rugidos de guerra, de cañones.Lamentos de madres heridas en lo mas vivo.Termina la paz.La guerra se apodera de todo.Los hombres van a los frentes cantando canciones tristes que ellos intenta que suenen alegres. Juan está lejos de su País.De su tierra. Lejos de Consuegra donde ha dejado a la mujer y a la hija.No tiene con ellas mas puentes que el de las cartas que le llegan de tarde en tarde y a las que el responde con rapidez. Antes de el amanecer ya esta levantado para ir a la fábrica. Trabaja con la única ilusión de ganar dinero para poder regresar a España. Y guarda, ahorra, y se priva de mil cosas pequeñas cosas para acortar el tiempo de la espera. Apenas si tiene amigos. Solo un pariente lejano que está con el también en Francia, llevado por el mismo destino, por la misma coincidencia.La guerra en el País galo es la segunda guerra mundial.Cruel. Inpersonal. Despiada. Los franceses sienten su guerra.Pero Juan no está allí trabajando se encuentra lejos del sentimiento. Un día suenan los tacones de las botas recias y toscas de los alemanes de pasos fuertes en las carreteras, en las calles francesas. Los periódicos han hablado ya de la guerra la gente repite con terror una palabra: -¡Invasión!... Alemania pasea por Francia. Los hombres que encuentran a su paso se los llevan,sin pensar de donde son (En las guerras no se razona). Juan de la Rosa es solo uno mas entre tantos. Una noche es trasladado en un tren a un punto distinto.Aunque no sabe a donde va. Piensa que cada vez se aleja mas de su tierra. Alguien dice: -Nos llevan a Alemania. Hace falta mano de obra.... Somos prisioneros... Se abre una nueva etapa: Dïjsseldorf es la ciudad donde han sido trasladados .Juan comienza a trabajar en otra fábrica.Apenas descansa el trabajo es duro pasa demasiadas horas en la factoría.De vez en cuando surge el descanso debido a un ataque aéreos.Suenan sirenas...Todos los trabajadores corren hasta los refugios.Al terminar de sonar la alarma todos vuelven a sus puestos de trabajo.Los días son tristes, grises, sangrantes y cae la lluvia intensa, gotas teñidas de añil. Los alemanes, que poco antes recorrían victoriosos los territorios conquistados, comienzan a perder terreno.Y los ataques aéreos,que antes eran un descanso porque apenas ofrecían peligro, mutan a una pesadilla ,anulando la posibilidad de vivir "tranquilos". Aquella noche Juan de la Rosa, termina su turno de trabajo.Se dispone a cambiase de ropa para ir a su casa.Suenan sirenas.El cielo se cubre con destellos de luces inquietantes que buscan a los aviones enemigos.Se escucha continuamente el estruendo ensordecedor de las bombas al estallar y los disparos antiaéreos. Juan corre como tantas veces hasta el refugio.Se oye una detonación muy cerca. Seguidamente, una locura de aullidos que gritan como la muerte.. En Consuegra, el pueblo de Toledo duerme Lila Recalde.Y cuando llega la mañana hace la misma pregunta al cartero. -¿No hay carta José?... José invariablemente como todos los días responde: -Nada.... Lila recuerda el empeño y la paciencia de Juan para enseñarla a escribir y así poder amarla con infantiles frases escritas con letra de principiantes con prisa porque la familia -de Juan- se marchó a vivir a Toledo.Regresan los recuerdos como viejos fantasmas al corazón de ella.Los pocos años que compartieron de casados.Quema en su alma la soledad. Como todos los días desde que todo se rompió, Lila y su hija saben mucho, de penuria dolor y hambre.Las dos mujeres se levantan con el sol y sin el para buscar el trabajo.A veces lo encuentran en la vendimia ( si marca el tiempo esa cosecha), cuando toca acuden a la recogida de la rosa del azafrán. Al llegar el frío del invierno van por las casas del pueblo.Fregando suelos.En ocasiones viven de la caridad del Cura y de los vecinos y siempre caminan vestidas de pena y de tristeza. En la mañana de una primavera, José -el cartero- le entrega a Lila una carta... No es de su Juan, sino del pariente que con el estaba.En ella le ofrece una serie de explicaciones difusas que ella no entiende muy bien y unas letras cargadas de horror: "Por unos compañeros he sabido que Juan murió una noche durante el bombardeo de la fábrica...." Lila, rompe a llorar sin consuelo.Recuerda en breves minutos todo.El noviazgo largo.Cuando los dos paseaban por las calles tranquilas, cargadas de silencios, se veían de tarde en tarde, calles cargadas de cal y piedras de Consuegra y los molinos custodiando el pueblo,aquellos molinos que "Don Quijote de la Mancha" ya los había presagiado como terribles fantasmas ante el asombro de su fiel escudero -Sancho Panza- , porque el Hidalgo Caballero arremete contra las enormes aspas como si fuesen brazos, descomunales, cayendo al suelo junto a su caballo una y otra vez Han pasado muchos años de aquella carta, ya se jubilo José el cartero, y llega una segunda carta... Cuando la situación es mas difícil Lila y Marina leen,que el gobierno Federal alemán las indemniza con quinientas mil pesetas. La noticia levanta heridas mal curadas veinte años mas tarde y Lila arranca un llanto nuevo pero con la misma intensidad de los primeros días.El negro de los lutos tiene un nuevo brillo, intenso que ciega los ojos. Si por Lila fuese, no tocaría ese dinero manchado con sangre de su Juan y de tantos civiles injustamente muertos en esas guerras que son la misma desde que la vida llegó a este planeta. Pero, ¡claro hay que seguir aguantando luchando sin muchas lamentaciones¡, la culpa se dice que es de los hombres por no saber cambiar sus destinos.También están su hija y su nieta.Transige.Cede.Y de la miseria absoluta pasan a un vivir modesto, pero sin angustias. El relato que comenzó en Dïjsseldorf una noche de horror, durante un bombardeo, dicen que es vieja historia, de la segunda guerra mundial porque somos tan civilizados ahora que no sucederá mas en la vieja Europa
DAME RAZONES PARA UNA GUERRA "La guerra es semejante al fuego; los que no quieren deponer las armas,
perecen por las armas" Maurina, había sobrevivido a los golpes, las caídas, el agotamiento, hambre, guerra y desastre, con una voluntad de hierro e intacta a pesar de ello había algunas cosas que no comprendía y otras cosas que a veces olvidaba. En un anochecer, de los últimos días de sol de otoño, sopló un viento frío desde las cordilleras atravesando los bosques moribundos de Kosovo, que olían a polvora, humo y nieve. Maurina, se adentraba por el bosque, iba caminado sobre las hojas muertas. Sola. Nadie la llamó, siguió por un tenue sendero que llegaba hasta el oeste en el límite donde el camino se bifurcaba prosiguió en línea recta. El viento parecía querer arrastrarla a la ciudad de Mitrovica con su fuerza el viento gritaba malas noticias; tormentas de nieves, desatre, invierno y guerra... indiferente, ella, caminaba por el tortuoso sendero hacia arriba, en la cima vio el cielo, bajo él un poco mas abajo la ciudad. Apoyandose sobre enormes piedras negras, se extendía un puente rodeado de alambradas de espino dividiendo a la ciudad entre las dos riberas del río Ibor. El puente resaltaba negro, siniestro, sombrío de roca negra y obstinada, a ambos lados del puente acuaban vigilantes las fuerzas internacionales del ejercito, intentado que los kosovo-albaneses mantuvieran la calma. El increíble puente de Mitrovica, -pensó- en aquellos tiempos lejanos en los que no había guerra, ahora a Maurina le resultaba extraño construido en una época pasada que nada tenía que ver con ella no tenía parentesco con su sangre, fue construido por ingenieros de mentes ajenas, era pavoroso, y sinembargo le atraía la idea de cruzarse a la otra orilla. Entonces, de repente, sin pensarlo, de forma impulsiva, se arrastró por debajo de la alambrada sin ser vista, su cuerpo reptaba por la tierra humeda y fría casi sin respirar, ella, llegó a la otra orilla, notó que el viento era algo menos frío en aquella parte de Mitrovica, una ciudad herida, dividida por la religión y la guerra, Maurina sin detenerse para coger valor, respiró hondo y se palpó junto a su pecho para asegurarse que allí seguía su fusil oculto bajo el abrigo un frío trozo de metal, entre el calor y la ternura de sus senos, descendió por la ladera de una pequeña montaña y llegó a la otra ciudad, ya en ella continuó andando como si tal cosa, aunque mas bien le movía el orgullo, su corazón latía con una fuerza inusual, mientras caminaba por una calle de piedras grises y planas, nerviosamente miraba en todas direciones levantado la mirada hasta las altas casas abandonadas casi todas, destruidas por las bombas, frente a las que aún se mantenían en pie, había estrechas zanjas abiertas en la tierra, en muchas el color estaba cayendo en grandes costras de yeso y las ventanas habían desaparecido, peró descubrió que más abajo descendiendo por la calle las casas estaban habitadas y ella, empezó a encotrarse en su camino con civiles y guerrilleros. Se la quedaban mirando. Maurina temblaba, ninguno de ellos la detuvo, su abrigo con la piel raída no se diferenciaba mucho de el de ellos, tampoco su cutis era mucho mas oscuro que el de aquellos hombres. La calle por la que caminaba de golpe, terminó en una plaza bañada de oro y sombras; sólo cuatro calles llegaban hasta la plaza, rodeada por cuatro edificios grandes, de manera que se había convertido en un gran fortín dentro de un fuerte, como esas muñecas rusas, unas dentro de otras, dominaba el conjunto un edificio que sobresalía hasta el cielo, era un lugar poderoso pero vacio de gente, una ciudad dentro de la ciudad, con la cabeza alta y paso firme se encaminó hasta el gigantesco edificio. Nadié la siguió, nadié pareció fijarse en ella, subió los grandes escalones y al llegar arriba miró hacia atrás, el puente era inmenso visto desde esa altura, Maurina, pensó, que a ninguna persona se le hubiera ocurrido subir hasta alli. Maurina, recordó la vida en las madrigueras escabadas bajo la tierra, cuerpos amontonados de mujeres, ancianos y niños durmientes, las ancianas despertándose a lo largo de la noche para ir a reavivar el fuego que enviaba calor y humo a todos los cuerpos muchos de ellos, exahustos, mutilados y casi todos enfermos, podía inquerir el olor a hierba de invierno hervida, el ruido ensordecedor de las detonaciones, el hedor y el calor que el invierno daba debido a la proximidad de los refugios subterraneos construidos bajo un suelo helado. Y, arriba la vida azotada por el viento, por la guerra y la nieve. Ella estaba sola. Todo lo demás no importaba, todos estaban muertos, familiares, amigos y vecinos, tal vez desaparecidos porque no había encontrado ni uno de los cadáveres de sus seres queridos, estaban perdidos, sepultados entre la nieve y las lluvias, sólo los deshielos de la primavera arrastrarían los huesos de las victimas de las matanzas humanas junto con las tiendas podridas, como el recuerdo y los nombres. Memoraba como algunos soldados se llevaron a niños pequeños, a asdolecentes y mujeres que nunca volvieron, se dijo que pensaban hacerlo pronto ya han pasado mas de tres años. Los que viven en las madrigueras se figuran que debimos de perder la guerra, otros sin embargo piensan que la ganamos con mucha dificultad y los pocos hombres que sobrevivíran serán olvidados en los años de la guerra, ¿quíen sabe si alguno quedará con vida, si hay supervivientes?, cualquier día lo descubriremos si no viene nadie. Maurina salió del refugio, para buscar algo de comida y las razones para un guerra llevaba su arma con ella, porque simbolizaba una especie de epítome del alma, mientra bajaba por las escaleras ruinosas, casi sin peldaños, el aire que entraba por los huecos que antes fueron ventanas era muy frío y volvió de nuevo el viejo temor de su infancia, el terror crecía dentro de su espirítumjunto con las razones que tenía sobre un mundo en el que había nacido y en el cual una vez, sus padres y hermanos vivieron. No era su país ni su hogar. Ella era una extraña y en su interior esta vida y la guerra la estaban matando, aquella era la razon de su resistencia. Recorrió los refugios y en alguno las ancianas le dieron un poco de carne seca y pan duro, no le hicieron preguntas. Al regresar hasta lo alto de su fortaleza, desde el punto de mira de su fusil ahora en este momento sabía con diáfana claridad que no había llegado a comprender mucho, ella moriría con toda seguridad, su guerra, el largo exilio y la soledad, dentro de lo que fue una habitación la más alta de aquella ruinas, que apenas la ocultaban, podia ser vista a través del gran boquete de lo que fue ventana. Nadie miró. Maurina disparaba todo, acabaría pronto muy pronto y cada vez se hacía mas tarde. El ruido de los disparos resonó en los tejados,las cuatro calles y en la plaza, y... se hacía cada vez mas tarde nadie miraba la procedencia de aquellas detonaciones, alguna vez caía un cuerpo abatido por las balas en mitad de la plaza. Nadie iba a buscarlo. Ahora un grupo de soldados subía por la calle principal, iban a por ella, los gritos se oyeron mucho tiempo y algún soldado cayó en la plaza, hasta que de repente un segundo disparo le siguió otro con ritmo rápido y otro más, hasta que Maurina perdió toda medida dentro del estruendo confuso del ruido, tenía que disparar por todo lo que le habían robado, roto y humillado, la mujer francotiradora seguía disparando en aquel fragor de ruido insensato y aturdidor. Soportaría la verguenza pública, cuando la detuvieran, pero no quería soportar la perdida de su propia estimación. Los soldados inesperadamente se marcharon, y temblando un poco por el frío, la noche y la soledad, llorando se quedo dormida. Al despertar -pensó-, que lo mas raro de todo era que aún no la habían capturado dentro de la extraña casa donde la dueña era la muerte, Maurina se quedó mirando la pintura de la pared de la gran desolación de lo que debió ser un gran salón y tuvo la sensación que ella se había convertido en el mundo y en la guerra, ella era la pared y, el mundo era una enorme red junto con su guerra, como las ramas entrelazadas en el bosque, como la corriente de agua del río Ibor, donde se mezclaban los colores; plata, gris, negro, marron, verde, rosa y un amarillo pálido como su piel , al observar la red se veía atrapada en ella, tejida con ella y tejiendola, la pared-red formaba pequeños y grandes dibujos de guerra: desolación,árboles pintados, hierbas, flores, hombres, mujeres, ancianos y niños libres como los pájaros. Cuando el crepúsculo de volvió oscuridad, Maurina miró por encima de las casas desde la hoquedad de la pared-ventana, vio por lo alto de los edificios de formas siniestras, medio deruidos, había pequeñas estrellas de luz de fuego que emanaban de las tiendas de campaña de los que nada tenían que perder y se negaban a abandonar porque ya no tenían miedo, el campamento rodeaba la ciudad y se levantaba tras las ruínas. Y añoró el calor humano, la cena y la compañía, podía ver a las mujeres arrodilladas junto al fuego cocinando cualquier cosa, entre llas jugaban ajenos al hambre y a la muerte los niños. Sintió la vieja sensación de rabia, de perdida de locura en su mente. Apretó el fusil contra su pecho y le pareció que apretaba un poco de oscuridad. Se observo el dedo índice de su mano derecha, encallecido por la presión que ejercía en él el gatillo, cuando disparaba, se acarició la piel del rostro, pálida y sin curtir al no haber sufrido los rigores del invierno, de la guerra, eran las señales que la llevarían hasta la pena de muerte. Otra vez vio al grupo de soldados subir por la calle, hasta la plaza, esta vez Maurina no disparó, ahora subían ya por las escaleras. Mientras ella poco a poco se incorporaba, al levantarse del suelo su cuerpo estaba entumecido, le dolían las piernas por el frío del suelo, entre los escombros empezó a buscar su abrigo de piel raída, se lo puso y luego colocó sobre su cabello sucio, revuelto y enmarañado una viejo pañuelo negro, ahora se sentía rigida y pesada, pero era una mujer fuerte, era Maurina, la había disparado y alcanzado objetivos que se movían dentro de su campo de visión en la fortaleza, con su fusil, allí abajo era invierno, la nieve, sucia, negra y roja, tapizaba la tierra. Se oyeron gritos, luego la alta puerta de madera podrida apuntalada por dentro, era golpeada por la culatas de los rifles, Maurina se acercó hasta la puerta y comenzo a quitar las tablas que ella había puesto para protegerse, les dijo que no dieran mas golpes, que iba a abrirla, que se entregaba. Estaba muy cansada y aquel debía ser su momento, se estaba haciendo muy tarde y el tiempo de le terminaba. Era plenamente cosciente que ya no le quedaba por lo que luchar, Mitrovica había sido tomada, arrasada, incendiada y destruida, ¿podia ser cierto?. Sí, la ciudad estaba asolada y en ruínas. Entonces entraron los soldados derribando la puerta antes que ella alcanzara a abrirla. Se la llevaban cuatro soldados, ahora los suyos estaban muertos y aquellos hombres que se reían de ella, la empujaban, la golpeaban con las culatas de sus rifles hasta hacerla caer al suelo y luego le daban patadas para que se levantara, unos soldados tal vez demasiado sumisos en esta guerra con demasiadas ganas de extinguirse, ellos no tenían conocimientos, ni habilidad para conbatir a la muerte, los abortos de las asdolecentes violadas, la matanzas de ancianos, hombres invalidos y niños que masacraban sus propias generaciones cuando los preparaban para la guerra, solo adquirían conocimientos de logística, hambre de miseria y muerte, día a día y un año tras otro, siempre se perdía algunos conocimientos de lealtad, de paz y vida, suplantados por venganza deshumanizados logísticamente, una información mucho mas inmediata, mucho mas útil y que concernía a unaa resistencía, al aquí y al ahora, al final aquel ejercito había llegado a no comprender mucho mas allá de las ordenes de los mandos. ¿Qué les quedaba de su vida de su herencia?. Ella moriría, pero ¿sabían ellos que también eran seres humanos?. Maurina y su guerra, en soledad, alerta, disparando sin tregua, entre el frío, el miedo y el hambre, desde lo alto de un edificio abandonado, asolado y muerto. Un largo exilio, una lucha, una vida en la guerra que acababa. Se tambaleó un poco, por los empujones, los culetazos de los fusiles, las caídas y el cansancio. La clara y fría noche había despejado su mente y se sentía bien, era como un pequeño brote de gozo, tenía la sensación que este pequeño alivio que nacía en su alma de debía a su captura. Había llevado sobre sus hombros toda la responsabilidad del combate en soledad, durante demasiado tiempo. Maurina era una extranjera de sangre e ideales ajenos el alto tribunal la condenaría a la máxima pena, por crimenes de guerra, por rebeldía, por no compartir su poder, su exilio, ella ya hacía tiempo que nada compartía. Para sus captores y el tribunal era una delincuente cobarde, francotiradora. Antes fue una nómada cuyo único hogar había sido el cielo raso, el duro invierno, el bosque, a veces una madriguera, esta o aquella ladera de la montaña, una u otra orilla del río Ibor, los refugios bajo la nieve y todos aquellos recuerdos le producían una paz en su alma, una ternura hacia ella que nunca podría expresar con palabras. Sin proponerselo, un grito que salía de su garganta desgarraba trozos de noche, ¡Maurina!, ¿que te han hecho?. Las casas y su último refugio quedaban atrás, la ciudad estaba en silencio, Maurina ahora pensaba en otros refugiados que fueron llegando de la parte norte de la ciudad saqueada: los gritos, techos, casas ardiendo, los cadáveres desparramados. Hay veces que la voluntad de sobrevivir es muy fuerte, era extraño ser pocos, ser débiles, vivir de la caridad y de la benevolencia de las fuerzas internacionales de ejercito. Para ella la guerra, el desastre era solo parte de su propía vida. Sabiendo que se aproximaba su muerte miraba por el ventanuco de su celda, contando las horas que le restaban. Los jovenes, -se dijo- eran los que tenían que abrir los caminos del desarme y la paz.
En un rincón de la la gran estantería de caoba, un caballo tallado pretende evadirse de su quietud con un salto inmóvil.Mas allá, dos personillas sonrientes se hacen el amor con sus manos de porcelana y sus ojos policromados.Y en un espejo oculto, mil muñecos multicolores repiten la imagen regordeta de una figurita sacada de algún cuento infantil.En un cuadro nace un niño entre la pobreza de una "isba".En otro, oleó unos osos pequeños trepan por árboles cuajados de luz verde de un bosque pintado.En la mesa baja de cristal, una cajita con incrustaciones de marfil.Y junto a un puñal de plata oscura, el retrato sepia de un hombre habla de de épocas pasadas, de paseos junto al río helado, miradas de un padre que ya no esta, juegos en las noches de invierno y un amor encerrado dentro del marco, testimonio de algo que sucedió hace mucho tiempo. Erica Tachenco tiene algo triste dentro de sus ojos.Algo que hace su mirada un poco ausente, un poco mélancolica , algo evocadora.Cuando sonríe sus ojos guardan una dulce humedad.Una mirada suya es un grito de palabras, el lenguaje de las miradas es tan peculiar, tan difícil, tan intimo... Erica, es rusa,Rubia, alta, esbelta.De manos delgadas y largas y pómulos fuertes.Viste con sencillez.Me gustaría poder imaginarla como aquella niña, de pelo claro y grandes ojos, cuando llegó a España.Allí en el Este son tiempos difíciles,salen a duras penas,de guerras de ruinas. -Tuve suerte, a pesar de todo -dice-.Hay una mirada furtiva hacia el viejo retrato.El padre y el hermano cayeron en la guerra.Se fragmentó la familia en cada fragmento perdió un trozo de su alma.Erica pasa de la melancólia a la risa en apenas un instante.Ahora tiene un hogar, una familia, un trabajo, una buena posición social.Han pasado años han ocurrido muchas cosas. -Tiene aún familia en Rusia, su madre y dos hermanas que son ingenieras y están casadas.Nos escribimos, -me dice- cartas a menudo, nos telefoneamos y ellas mandan recuerdos de casa.Mi madre sobre todo. -Me ofrece ¿vodka?. Asegura que es el original, pero de clase suave: solo de probar este no me gustaría tomar el fuerte, por si acaso.-me rio-, Erica me cuenta que el liquido ardiente de color amarillento, hay que beberlo en pequeños jarritos de cristal tallado.Si no, "no tiene el mismo sabor" -dice sonriendome-.La casa esta llena de típicas cosas rusas, vasos, figuras de porcelana, muñecos, armas, tallas de madera, cuadros pintados por Erica, libros...Es como una pequeña Rusia en el corazón de Granada. -Lo que mas echo de menos -continua-, es a los mios.Ahora que es Navidad. -Mi tío solía salir de noche a cortar nuestro árbol y lo traía a casa dentro de un saco luego lo colocábamos en un tiesto con serrín o en un pie de madera para que se mantuviese erguido.El tronco lo cubríamos con algodón, lentejuelas y escarcha plateada.Todos participábamos pero al bosque solo iba el tío y a veces le acompañaba mi hermano, llegaban helados de frío,aunque muy contentos.Creo que la Navidad se distingue de otras celebraciones, precisamente en que es una fiesta alegre. -La alegría del Nacimiento, unida al dolor de la cruz...Erica es ortodoxa, al Niño Dios -continua-, se le esperaba en silencio, poco despúes de medianoche,sonaban villancicos y se repartían felicitaciones.Por la mañana del el día seis de Enero, antiguamente existía la costumbre de celebrar "la salvación de la cruz", sin la imagen del Cristo, mi madre me lo contaba cada Navidad,.Esa ceremonia consistía en ir en procesión con una cruz, hasta el río helado y se arrojaba el madero al agua helada.Seguidamente se tiraban al agua varios hombres y lo sacaban de debajo de la gruesa capa de hielo, blandiéndolo triunfalmente.Era un ritual, muy antiguo que mostraba la redención de la cruz. La última ceremonia religiosa que recuerdo de Rusia fue por tiempo de pascua.Había mucho incienso, velas encendidas e iconos dorados.Y gente... -Luego se prohibió. -¿Que te queda Erica de tu Navidad, (le pregunto) ella,-me responde pausadamente. -La comida: Oca asada con manzanas y... el árbol -vuelve a sonreír-. -Aquí -me cuenta-, existe la costumbre del Belén, mi hijo lo hace un poco a su aire.Desde que era muy pequeño eliminó a los soldados y a el rey Herodes los colgó, "por malvados" de un hilo en un clavo.Y no volvieron a formar parte de nuestro Nacimiento. Cae la tarde y volvemos del mundo de las evocaciones. Erica sale de la sala y regresa con una caja llena de figurillas, bolas de cristal, cintas de colores,lazos azules, rojos. blancos, dorados y plata, en esa caja grande de cartón hay encerrada una pequeña Navidad. -¡Falta un árbol pero lo tendré, -sabes para mi es algo imprescindible. Busco la tristeza que antes había en la mirada de la mujer que ahora se ríe, y no la encuentro.Es distinta, vivaz, habladora... Pero a pesa de todo, pienso que en su corazón vive la Erica de trenzas rubias, ojos grandes, agazapada junto al fuego de la chimenea de su casa, esperando el regreso del tío que viene del bosque arrastrando un saco con el árbol Navideño dentro, allá en la blanca y lejana Rusia.
BRUNETE Son las tres de la tarde.Pascual, (el de la venta de la "estrella"), anda preocupado va de un lado a otro.Se le ha averiado la cosechadora. -Voy a tener que ir a Madrid a por el mecánico -dice- El sol quema la tierra.Por los tejados.El poco aire que corre entre los árboles, es pegajoso.Abrasador. Por la carretera que viene de Madrid y continua hasta el pueblo vecino ruedan de vez en cuando algunos coches. Hace mucho calor.Hasta septiembre no se puede respirar.Es por la fiestas.Cuando ya han terminado la faenas del campo.Hay dinerito.Es mejor la temperatura aunque aún haga mucho calor. Hace años,durante las fiestas de septiembre, se paseó un toro por los tejados de las casas. -Habia que ver correr a los gatos -dice Pascual-. Solo había un cajón -continua-, para tres toros.Entonces fuimos a por uno y lo trajimos hasta el corral.Allí lo soltamos.Y nos marchamos otra vez al campo para encerrar al otro.Cuando regresamos al los corrales ya no estaba el toro que trajimos primero. -¡Anda¡...-me dijo Juan-, ¡lo han robado¡. Haciamos cábalas y conjeturas y en esto vimos correr a los gatos.Y escuchamos una voz que gritaba: -¡Hay un toro en el tejado...¡. Nadie lo quería creer.Teníamos miedo. Un toro sobre un tejado no es cosa corriente.Y el toro mientras tanto se paseaba de una a otra casa. -Pues haber como nos la apañamos... Al final el toro bajó solo.Dio un paso en falso y resbaló hasta caer en la calle.Un susto.Recuerda Pascual. Juanito, el carpintero sabe que las mujeres aquí son guapas.El no es del pueblo, pero como si lo fuese.Vino por unos días para trabajar en la recostrución de la Iglesia.En cuanto terminara tenía pensado marcharse.Pero un día pasó por la Parroquia la que hoy es su mujer y se quedo para los restos. Juanito no es el único hay mas casos.Y es que el pueblo quedo muy bonito, que atraía. También se une a la conversación el tío Santos y dice que a el le gustaba antes mas. -Si, -afirma-, ahora todo esta nuevo.Pero antes... Al tío Tomas indudablemente le gustaba mucho mas que ahora.Aunque termina por reconocer, que es verdad que ahora está mejor. -Es mas limpio.Hay mas comodidades....(se queda un momento pensativo)... -Hay mas trabajo... Y -añade-, si es mejor ahora. El que sabe bien que ahora se vive mejor es el tío Benito además sabe de memoria todas las historias de los habitantes.Y las de los pueblos cercanos.El conoce bien a todos los que fueron y los que son, por razón de edad es el mas viejo de la comarca.Tiene mas de noventa años y le gusta pasear por las calles nuevas y reunirse en la plaza con sus amigos.Hay que hablarle alto porque esta sordo. El pequeño grupo del tío Santos se une ahora al alguacil.Se junta muchas tardes en la plaza, junto a la esquina del Ayuntamiento en ese punto de encuentro corre un pelo de aire y da gusto estar.La esquina cae también junto a la casa donde nació Barbaroja . Hace muchos años públicaron en un periódico una crónica diciendo que había nacido aquí Barbaroja.Y que su madre le lavaba la ropa en una laguna que nacía ahí mismo... Ya no esta la laguna.Ni tampoco se confirmó periodisticamente la noticia.En aquel momento le sirvió al reportero para salir del paso le reportaje.Y ahora sirve para que los vecinos la cuente a los que vienen de fuera.Pero no dan mucha veracidad a lo que cuentan. No se sabe con exactitud que fuente difundió la noticia.Ni en que datos se basarían para lanzarla.Y, sinembargo, es curioso pensar que el Pirata Barbaroja naciera en Brunete, en la casa que indican sus habitantes.A tiro de piedra y en la vuelta de la esquina sombreada, frente al Ayuntamiento. -Bueno- me aclaran-, en esa misma casa no. Fue en la antigua que desapareció en la guerra. Lo de la guerra todos lo recuerdan, cada uno pasó su odisea.El que mas y el que menos pudo escapar de milagro. Cuando se armó el jaleo; dice el tío Santos-, yo estaba en el balcón de mi casa viendo pasar a la gente.De pronto comprendí que la cosa iba en serio y me fui corriendo para las cuadras y desde allí por el respiradero, miraba la calle. Y, yo no hacia nada mas que ver pasar a los del pueblo.Hasta que en vista de que aquello se ponía mal del todo, pille la vereda y hasta la sierra,cuando me vi allí y a salvo resollé... A mediodía la era esta, a pleno sol, Pascual garcía ya no es ningún chaval, pero tiene la suficiente fortaleza como para ir a trabajar al campo,- piensa- que lo suyo es eso y además el trabajo no mata... sin dejar de vigilar las faenas. Pascual lo perdió todo en la guerra aunque luego lo recuperó con creces, me cuenta su historia-, luego se vuelve a subir a su cosechadora y continua el trabajo.El sol cae de lleno sobre su espalda, lo aguanta, lo soporta.Me sonríe desde lejos, los rayos del sol para el son como una caricia de costumbres. Son las ocho de la tarde.Declina la tarde sobre el campo lo suficiente como para poder aguantar mejor. De regreso a Brunete, me encuentro con Ursula garcía madre de Pascual.Ella me relata como los demás como era el pueblo antes y la calle principal y empredada que llegaba hasta a la Iglesia.Por la carretera nos paseábamos siempre al caer la tarde y a veces llegamos hasta el otro pueblo paseando.Entonces nos casábamos mucho de aquí a allí. La vida está es un continuo movimiento, pero las historias se repiten siempre. Los habitantes de Brunete pasean por el parque al caer el sol, van al bar a jugar la partida de cartas o la de dominó igual que entonces.Tal vez hayan variado los nombres de los bares, que antes se llamaban como se llamasen.Ahora se llaman; Casa Arturo, El bar de Paco, Yucatan, Casa Blanca... Como escribía al principio de esta historia, solo ha cambiado la decoración. la cara del pueblo, pero el alma es la misma.Solo que entremedias queda un mal recuerdo.El de una madrugada, en la que se armo el lío y que todos pensaron que no duraría mucho, sinembargo duró lo suficiente como para que cuando volvieron al pueblo no quedaba nada mas; Que escombros, ruina y desolación.
|