Lo mejor de todo es el aire. Sí, porque he aprendido a vivir dentro de él. Aire y luz. Sí, tambíen la luz que da claridad a todas las cosas y las pone ahí delante para que mis ojos las vean. Está el aire y la luz, y eso es lo mejor de todo, -disculpeme-. El aire y la luz, me gusta pasar parte del día asomada a la ventana, si hace buen tiempo, la tengo abierta. A veces me asomo y miro la calle, la gente, los perros, los vehículos y los colores; la fachada rosa de la casa de enfrente, ¿sabe que han plantado ese árbol en la acera justo en el centro de mi ventana?. No, no me gusta porque me quita vistas. Luego hay veces que cierro los ojos y me quedo allí, en ese sillón en el que ahora esta usted sentada
Es verdad, -como ya le habra dicho mi hijo- raramente salgo de la casa, es difícil para mi y además no siempre soy de fiar. Hay ratos del día en los cuales chillo, (no se enfade conmigo) mi hijo me dice que debo aprender a tratar a la gente, pero a veces no puedo contenerme y los gritos se escapan, entonces cuando digo a las personas lo pienso eso no gusta a la gente.
¿Luz, sabe usted?, ¡me encantaría ir a pasear a un parque!, allí hay árboles frondosos que no molestan las vistas, y el aire y la luz, pero eso ya no tiene remedio; no, no hay muchas más palabras que decirle, aunque las hubiera, no las pronunciaré. Mi mente está cansada y vieja, tengo sueño ahora, sí, tengo que dormir un rato. Tenga en cuenta mi avanzada edad, por supuesto ya no se nada del tiempo, da igual para mi pasó el mio, -muchas gracias señorita-, es tan joven, cuento con usted para que me haga compañía , así lo quiere mi hijo, le da miedo que este simpre sola. ¡No, no se enfade conmigo! la vida sólo puede durar un momento, <¿me comprede?> lo demás está todo dentro de esta salita en la oscuridad y en el silencio tengo las palabras de Dios, con el rosario, con mis gritos, soy de aire, una vieja en la ventana que deja que el sol de calor a sus huesos y la luz brille como en mi juventud. Quíza me recordará usted cuando muera siempre en mi ventana, soy Julieta muchas gracias por venir y que Dios la bendiga siempre por darme compaña, gracías de nuevo Luz y hasta mañana.
Julieta estaba asomada a la ventana que parecía pintada, como un pajarillo con las alas rotas, (que se empeñaba en volar) me decía adiós haciendo señales con sus manos, un gorrioncillo tembloroso y asustado, pero la ventana no era como las otras, cuando su sombra coincidía con la que hace el sol en las ventanas, esta nunca parecía de verdad, porque tenía sombras contradictorias, sus colores eran el gris y el blanco de la vieja reja de hierro, debajo se dejaba ver el color negro de otros tiempos, sólo que las lluvias los habían ido descoloriendo y los colores arrastraban pared abajo.
Julieta estaba asomada a la ventana que parecía pintada con los brazos apoyados sobre el dintel de la ventana, había una señora pintada, era mayor, vivía dentro del tiempo y el aire o el tiempo y el aire vivían con ella, una señora anciana de cabello ralo despeinado, de ojos negros como dos pececillos inquietos. A veces sus ojos parecían llenos de espanto. No, no se enfade porque nunca me cepillo el cabello. Tenía la carne del cuerpo laxa y había cumplido muchos años. Ella no lo sabe ya nada sabe del tiempo, acaso esperaba desde los quince años asomada a la ventana. Juileta era rosa y malva y tenía los ojos vueltos hacía el crepúsculo, pestañeaban en el marco de su cara, su rostro eran mil arrugas, se quedaba allí con la luz dandole en la cara y una sonrisa en los labios. Se puso el sol y aún esperaba como una rosa deshojada, de colores desvahídos, la sonrisa era como una mueca amarga a veces y los labios maquillados de un carmín intenso. Sus pechos habían ido resbalando por la pared, como las lluvias, ahora estaban mustios y descolgados. Julieta, cuando todas las mañanas iba a cuidarla, me decía; Luz ¡ya no tengo cuerpo!, ¿verdad que yo no soy ya ni tengo un cuerpo?; perdoneme sólo pensaba... si no tengo otra cosa que hacer, sólo pensar en los recuerdos, mi hijo dice que suelo pensar mal sin ton ni son, pero soy muy vieja y estoy sola. Guardo mis cosas junto a mis recuerdos, bajo llave y luego no encuentro nada. ¿Has visto mis tres abanicos de encaje blanco?. No recuerdo donde los puse, ¡da igual! seguro que los perdí.
Y Julieta, por el hueco de la ventana miraba hacía el medio día, miraba hacia el mediterráneo, a los barcos y la gaviotas, arriba en el cielo brillaba un sol de alegría, en la mar donde las muchachas se casan con marineros. Julieta soñaba palacios, con jardines de flores exóticas, lagos azules, peces de colores, acequias y corales. El agua cantaba fluía,por todas partes, un espectáculo de luz y aire, sólo para Julieta.
Esperando, esperando una gota, otra gota y la lluvia le borraba el rostro. Es melancólica la lluvia, la gente suele salir poco si está lloviendo. Sí, no se ve a la gente por la calle, al menos por esta, cuando cae la lluvia pasan algunos perros vagamundos, secos y llenos de pulgas que se hacen caca en el árbol, que los jardineros me plantaron justo en el centro de la ventana, abrieron una zanja en al acera, fue un día que yo estaba enferma en la cama y no los vi. ¡Nunca lo hubiese permitido!, me quita las vistas y cuando para de llover el suelo trae hedor a excrementos.
Y Julitea con su toquila de punto color marrón pardusco que caía por la inclinación de su espalda encorvada.
Sobre sus hombros, la bata azul, sí, la bata era azul y tenía el secreto de la seda, el tiempo y las horas caían resbaladizas como una clara sombra, por la insoportable y frágil levedad de su alma de niña, confundiéndola con la ventana, con la pared que arrastaba yeso de colores, con el aire y la luz gris triste y humeda de las lluvias. El tiempo, que la convertía en la silueta vaga de un fantasma inmóvil en su ventana, ajándola como una rosa caída en la tierra de su jardín desprendída de su rosal; ¡si aquella ventana no hubiera parecido que exitía!, ¡si la ventana no hubiese tenido sombras contradictorias!. A Julieta que se iba volviendo como de cera, la señora pintada malva y rosa con bata azul de seda y su toquilla de punto gris, ahora miraba hacia el mar, por la ventana esperando con su sonrisa pintada de carmín rojo y sus ojos como dos pececillos negros. Se llamaba Julieta, sí, Julieta. ¡no, no!, -me decía-, ese no es mi nombre, un día lo olvidé y desde entonces todos me llaman Julieta. Sí, dice mi hijo que desconfio y que no se tratar a la gente.
Al caer la tarde, Julieta se preparó un ponche de colores, le echó pétalos de flores artificiales del jarrón de la mesa del recibidor, una yema de huevo, un chorreón de vino blanco y zumo de naranja del frutero de la cocina, con frutas de plástico, para que los colores fuesen inócuos y sutiles, le añadió leche de cartón y cacao, era una vieja receta que contenía más de treinta y tres colores de todos los matices, había creado un ponche de luces. ¡Ah, ya, ahora debemos estar en guerra!. Sí, la guerra por las que las personas se matan todos los días y por todas partes, se matan o las matan. ¿Ha visto usted la guerra?, ¡no, no me gusta salir a la calle!. Siempre está la guerra.
Al crepúsculo, cerró la ventana y bajó la persiana,