NOCHE EN LA ÓPERA
Carmen María Camacho Adarve,
©2005


Juan y Marta cenaron en una tasca típica del casco antiguo de la gran ciudad. Ya que el cubierto era más barato que en los restaurantes de "cocina bonita" que regentan afamados restauradores.

De nombre  sencillo "Se sirven comidas y cenas".

Dentro de la tasca el tipísmo consistía en una gran nube de aceite requemado que salía desde la cocina envolviendo a los comensales.

-Juan colgó su abrigo de etiqueta y el de Marta en una percha hecha con cuernos de ciervo disecados.

-Pidieron  el menú de la casa: sopa de cocido, ensalada de huerta,  y  pollo con patatas fritas.

Es una cena, hogareña y familiar -se dijo Juan- una sopa de cocido muy caliente es el mejor antídoto contra los cuernos.

-¿Y de postre? -les preguntaron-

-Tomare flan de la casa con guindas -respondió- Marta. Me encantan.

-Traiga dos flanes.

A mi  -dijo Juan a Marta-. Me ponen un poco nervioso, los flanes no se están quietos y junto con las guindas forman un conjunto muy  resbaladizo, que cuesta mucho trabajo atrapar, y partir en trozos pequeños, con cucharitas enanas, y llevar los trocitos , sin que te manches y caiga los restos,  por todas partes, hasta conseguir introducir a algunos de ellos en la boca. Pero eso si me gustan.

-Momentos después el camarero trajo los dos flanes, como dos liposucciones, venían en dos platitos adornados con guindas y su caramelo. No hacían  mas que, temblar, temblar, temblar.

Él pidió la cuenta y pagó, luego descolgó los abrigos de los cuernos del perchero, ayudó a Marta a ponérselo y se colocó el suyo de rigurosa etiqueta.

A las puertas del Teatro Real bajaban de sus coches de alta cilindrada. Gentes emperifolladas que iban a escuchar y a ver la misma ópera por tercera vez. Juan hizo cola en una de las filas de taquilla.

-¿Has visto Marta? Que las colas de la ópera son muy solemnes. Mira todos esos señores puestos en fila con sus trajes de etiqueta y abrigos: Parecen altos cargos, políticos presidentes de estado , mandatarios, ministros, y embajadores. Que sacan entradas para ver al Rey.

-La taquillera les vendió dos entradas de la fila trece.

Marta le dijo a Juan.

-Sabes, las entradas para la ópera no deberían se de papel simple y  llano, si no grandes tarjetones adornados con orlas y letras doradas en relieve.

En el primer acto, Juan, aprovechando un momento en el  cual los coros concedían una tregua de silencio. Dijo a Marta.

-Verdad que es raro que todas las funciones de ópera no se hagan a beneficio de cualquier causa justa, solidaria, y social. Ya que parecen como grandes obras solidarias; Siempre me maravillo cuando llega el final no saquen mesas petitorias en el escenario y repartan camisetas con las iniciales de la asociación, de la labor social, de los grupos sociales de apoyo.

-¡Tienes unas cosas Juan¡...

-En el segundo acto todos los asistentes, observaban conmovidos como si  se tratase de un número circense como la tiple comenzaba a subir, a subir, y subía notas arriba por la escala invisible  de sus gorgoritos. A la espera de alcanzar la cima mas alta de el último grito muy agudo, espectacular, y sobrehumano, que es muy similar al triple salto mortal de los trapacistas.

Los espectadores seguían sobrecogidos escuchando en absoluto silencio - solo faltaba el cartel- que antiguamente ponían en las pistas de los circos: "Silencio peligra la vida de el artista".

Grandes salvas de aplausos premiaron a la tiple que salió ilesa de su pirueta acústica y mortal.

-Una vez mas la soprano se había librado de la muerte, la misma que acecha a trapecistas, titiriteros, trabajadores del alambre, acróbatas, y dobles de pelicular del cine. Que arriesgan sus vidas en funciones  o rodajes de tarde y noche.

-Como todas las óperas terminó mal: Falleció el barítono de mala manera y además la soprano sufrió un esguince de tobillo al doblársele el tacón de aguja del zapato derecho. Un final terriblemente dramático.

La escena mas lograda fue en el guardarropa, pues cada caballero recibió un abrigo que no era el suyo. Y como normalmente los señores se visten de etiqueta un par de veces al año (a lo sumo). Nadie fue capaz de identificar cual era el suyo. Tuvieron que aguantarse y todos se marcharon  a bordo de sus coches de lujo refunfuñando;  A unos les quedaban  cortos, muy estrechos, y a otros, holgados y largisímos.

Como en una película de los hermanos Marx.

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Web de Carmen Camacho, 2005

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