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GONZALO LÓPEZ CERROLAZA
Un blanco sólido y resbaladizo sale a pasear todas las mañanas por mi piel. A veces, por el esfuerzo físico que debe producirle la caminata matutina, gotea, pero no llega a caer al suelo, sino que se convierte en una transparente punta de lapicero cuya mina quema más que la llama de una ventana de aguja; más que la antorcha de las despedidas; más que los ojos de Sofía en mis ojos; y pincha. Y estalactita. Y estalacmita. Y reposa en las yemas de mis dedos, porque es una y plural, como el dios que nos enseñaron. Mi piel no es calefacción, pero me abriga y me resguarda, como un abrazo. Mi piel no se me queja y no me odia, pero se eriza y me grita rabiosa como un lobezno pide carne sin moverse mirando a la Luna. Mi piel no se esconde ni se achica, por suerte nunca la pierdo, pero envejece y gustosa se jubilaría como su prima la de la serpiente (cáscara de nuez envenenada). Mi piel se enfría, el frío me atrapa. Quiero una sopa caliente.
Gonzalo López Cerrolaza
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