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Carmen María Camacho Adarve, ©
2005 Sobre la enorme e impresionante catástrofe del Titanic se ha escrito mucho; Artículos, libros, películas. Y se ha hablado de ello por todas partes y lugares. Me llamo Emilio Pontoluppi , un arquitecto italiano que viajaba a bordo del buque. Me había quedado dormido hacia poco rato en una de las camillas de mi camarote de primera clase, cuando me despertó un ruido sordo y un estremecimiento no muy brusco pero si profundo. Era como si me sacudiera un terremoto.No tuve sensación de peligro. Nadie la tuvo en aquel momento. Me vestí y corrí al puente. -Era domingo. Había sido un día feliz. El Titanic era considerado un prodigio de la técnica. "No puede hundirse"; Se decía... Para el viaje inaugural se había escogido la ruta que de Southampton (Inglaterra), Cherburgo (Francia), y Queustown (Irlanda) descendía luego gradualmente desde el paralelo 50 hasta el 40. Era una ruta veloz que el Titanic debería haber cubierto con su caldera a tope para poder conquistar el ambicionado trofeo "cinta azul", propiedad en aquel momento de la marina mercante alemana con el barco Berlín. La compañía armadora no había reparado en gastos para hacer del Titanic un transatlántico confortable: Sus salas y camarotes en nada tenían que envidiar a los mas lujosos hoteles de Londres o Nueva York. Habían embarcado en él hombres muy famosos de las finanzas inglesas y americanas: Allí estaban los esposos Astor, los Gugbenhein, Widemer, Isidor Strauss, Archibal Butt.... Sus fortunas eran millonarias. También iba a bordo el presidente de la White Star, Bruce Ismay ; Hombre robusto, autoritario hasta rozar la prepotencia. Parece que se debió a él lo de poner solo una fila de chalupas, que luego fueron insuficientes para salvar al pasaje. El capitán del Titanic, Edward J.Smith, quería aminorar la marcha, cuando recibió despachos telegráficos indicándole la presencia de icebergs a la altura de la península del Labrador. Entonces mister Ismay no l o consintió, y ocultó algunos de esos despachos: "Son mensajes falsos que envían los alemanes para atemorizar". Y la nave siguió avanzando a casi cuarenta kilómetros por hora hacia su trágico destino. El Titanic zarpó de Southampton el miércoles diez de abril de 1912. Los cinco primeros días de navegación fueron serenos: Los 709 pasajeros de tercera clase pasaban las noches bailando con música de orquestina. En segunda el pasaje lo formaban 277; y en primera éramos 322. Los miembros del equipaje sumaban 898 hombres... Así llegó aquel domingo, hacia una maravillosa noche aunque fría estábamos frente a las costas de Terranova. La mar estaba tranquila, negra, inmóvil y sembrada de icebergs...
En el puente de mando el capitán Murdoch , daba ordenes a dos vigías, Fleet y Lee, para hacer la guardia Fue Fleet quién descubrió el iceberg a estribor y lanzó la alarma: Murdoch gritó al timonel ; ¡Virad todo a la derecha¡. Y el jefe de máquinas; ¡Atrás a toda máquina¡. Pero el Titanic chocó con la cresta de la montaña de hielo, que le abrió una brecha enorme en el flanco. Enseguida cerraron las compuertas. -Apenas subí a cubierta tropecé con un camarero y le pregunté que había pasado, -hemos chocado con un iceberg-. Yo estaba aún medio dormido y añadí: -¿Que es un iceberg?. La respuesta fue de tono mayor... En el salón central de primera algunos hombres jugaban a las cartas. Les dije lo que estaba pasando; Como estaban borrachos no hilvanaban la conversación. Otros pasajeros miraban por las ventanas y lanzaban gritos de sorpresa a la vista de los gigantescos bloques de hielo. Rápidamente subí al puente. Hacía frío, la temperatura bajado casi a cero grados. Un camarero me aconsejó que me pusiera el abrigo. La situación se agravaba. Aquella seguridad de los primeros momentos iba dejando paso a una cierta agitación aunque no era todavía pánico. Dispararon ocho cohetes blancos a un e cielo azul oscuro y tranquilo para indicar el peligro sobre todo al paquebote California, situado a menos de veinte millas del Titanic. El California no se movió. Estaba parado. En torno suyo flotaban los icebergs. En el puente la situación empeoraba por momentos. La nave se inclinaba peligrosamente y el capitán daba órdenes para poner a salvo a las mujeres y a los niños. Entonces fue consciente de la insuficiencia de las chalupas. La gente corría, gritaba se empujaban... Muchas mujeres no querían saltar a los botes dejando a sus maridos a bordo, otras no se decidían a abandonar sus preciosos bultos. -Me precipité en mi camarote para coger el abrigo. Todos se habían puesto los salvavidas: Unos sobre el traje de gala, y otros sobre el pijama. -Luego fui a llamar a la puerta del camarote de enfrente donde se alojaba una anciana millonaria: No estaba. En el suelo vi joyas esparcidas y una pistola incrustada en madreperla. No se por que instinto...Pero la cogí la sujeté entre los dientes. Subí. Encontré a lord Astor (él me había invitado a este viaje): Sujetaba entre las manos una manta, -es para mi mujer-, me dijo, que ya está en la chalupa. ¿Y usted no baja?. -No el barco está seguro. Tome la manta y me la eché al hombro; luego me di cuenta de que la lancha que bajaba al mar tenía plazas libres, miré alrededor, no vi ni mujeres ni niños, y me lancé creyendo agarrarme a la cuerda que descendía de la polea. En cambio fui a coger la que subía y tuve que soltar las manos para no pillármelas y deshacerme. Caí. Fue un vuelo de veinte metros que parecía no terminar nunca. El agua estaba helada. Durante unos segundos estuve inmóvil; con la mano tocaba el flanco del Titanic. Me llegaban, voces atenuadas de los pasajeros. A ciegas me aleje de la nave. Fui a dar con la chalupa 15. Grite. Un marinero me mandó escapar porque era peligroso izarme hacia dentro. Estaba en ella lady Astor: Me reconoció y me agarro por las solapas, sujetándome con fuerza hasta que el marinero y el timonel me socorrieron. Seguía teniendo la pistola en la boca, y no lograban quitármela. Mi cara estaba congelada. Me pusieron debajo de unas mantas, masajeándome por turnos. El arma que había llegado a ser una sola cosa con mis labios, se separó. Caí exhausto. Pero rápidamente me pusieron un remo en la mano. Lady Astor también tenia uno. Y bogué desesperadamente hacia el lugar donde habían avistado el California -No. no era el California, que no se movió, sino el Canpathia... Fui trasladado a la enfermería con las piernas semicongeladas en estado de chok. Aquella mañana en Nueva York . Había una gran multitud esperándonos. Yo me zafé sin ni tan siquiera coger el paquete que nos ofrecía la Cruz Roja a todos los náufragos. Llegué hasta la estación del tren, pero me di cuenta que no llevaba dinero. Entonces dije que era uno de los sobrevivientes del Titanic. Pocos minutos después me encontré con una colecta de cuarenta dólares. Y, eso es todo... durante cincuenta años, no he hablado con nadie de la tragedia que me tocó vivir. Ahora soy muy anciano y durante todos estos años he guardado un secreto que me torturaba: -Cuando estaba en el agua nadando, con el corazón encogido, angustiado, desesperado por el miedo, me pasó una mujer que llevaba el salvavidas; aferrado a el iba un niño. La mujer debía estar muerta. Si lo estaba. Pero el crío no miraba con ojos atónitos y desesperados. Estiré todo lo que pude la mano para cogerlo, pero no pude: Me encontraba desfallecido... Y tuve que seguir solo en la negrura de un mar helado y acompañado por la noche mas oscura. Los ojos desorbitados de ese niño no podré olvidarlos jamás. Página principal Índice de relatos
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