Carmen María Camacho Adarve ©

El atubús va  recorriendo un camino  un camino sinuoso y complicado.Voy viajando desde Arcona,una capital de provincia en Italia a orillas del mar Adriático.Continuamente se aparta de la carretera principal para escalar con trabajo pueblecitos que,  sobre las colinas me da la impresión que han querido resignarse a perder la vista de la mar que separa; Italia de Grecia.

En cada bifurcación, el conductor va haciendo paradas caprichosas.Espera  que llegue una mujer que viene corriendo por el camino, saluda a unos y a otros: Da la impresión  de una gran familia que, cada día se traslada  a distintos lugares por motivos diversos.La parada mas larga que hacemos  es en Castelfidardo,pueblo de el filarmónica y acordeones.
 

Al mirar por la ventanilla del atubús, puedo ver desde la plaza, y paseando la vista por el valle, se recortan en el azul del cielo pueblecillos subidos en colinas.

-El conductor que ha observado mi curiosidad de extranjero, se me acerca y, señalando con el dedo índice me explica.

-Allí está Loreto,  la casa de la de la "Madonnina" .

-Es el punto de mi destino.Un pueblecito pequeño sobre una colina, como los demás, destaca por la altura de las torres del santuario.

Unas pocos kílometros mas en el rodar alegre del atubús y comenzamos a subir la pequeña escalada del final de viaje.

Es mediodía.Las campanas repican  tienen un sonido distinto, como si sonaran en cristal despierta un sonido mas limpio, y nítido

Loreto es un pueblo pequeño.Ha nacido alrededor de la Basílica que guarda la Santa Casa de Nazaret.Unas pocas calles estrechas llevan indefectiblemente a  la gran plaza, lugar de peregrinación desde hace siete siglos.

Llueve.Por los porches de noble piedra circular por donde son pocas las personas que transitan por ellos.Queda en el centro la gran plaza las palomas,  haciendo guardia continua en la puerta del  Santuario.

Únicamente desafiando a la lluvia surge la figura enjuta de un anciano que que cruza la plaza con paso apresurado.

-Me acerco hasta el,  para hacerle unas preguntas y me contesta:

-Por favor,espereme un momento.Si está aquí  dentro de cinco minutos, le diré lo quiera saber.Ahora tengo prisa.

Sigue cruzando la plaza,  sube la escalera y entra en la Basilica.Al cavo  de pocos minutos vuelve a salir:

-Perdone usted, es que llegaba tarde.

-¿Que tenía  que hacer?.

-Pues todas los días vengo a las doce de la mañana a saludar a la "Madonnina", y esta mañana me he retrasado un poco.Es mi obligación, mi Milagro,  ya que es la única  cosa que tengo no me gusta dejar de cumplirla.Ya no trabajo paso de los ochenta año.He perdido a mi mujer, a mi hija.Lo único que me mantiene alegre y con vida, (por eso lo llamo el Milagro) en Loreto es la Virgen y no puedo dejar de verla cada día.
 

                                     
 

Vicenzo sigue contadome; Aunque su voz tiembla cuando habla, pero es firme en sus sentimientos.Por su memoria desfilan escenas de hace muchos años: He vivido dos guerras mundiales, he visto la figura de varios Papas que han estado en Loreto.

De todos los pontífices de la Iglesia Católica, el que mejor recuerda es el Papa Giovanni, Juan XXIII.

-Todos los Papas - me dice-, son muy buenos, pero el Papa Giovanni comprendía mejor nuestros problemas de campesinos.El sabía ver crecer el campo.

-Vicenzo, -le digo- ¿comó llegó a Loreto  la Santa Casa de Nazaret?

-¿No lo sabe usted?, -me pregunta- llegó por el mar, en una noche de diciembre.Según dicen, entonces no había aquí ningún pueblo.Solo un monte lleno de árboles de laurel.La gente de los alrededores salió aquel día a trabajar y se encontraron con las cuatro paredes de la casa y una tabla de madera con una inscripción que decía que era la casa donde vivió la Virgen.

-Aquí, -me cuenta-, somos pacíficos.Estábamos preocupados por la Santa Casa y cuando vinieron las guerras dejamos que todos pasaran por el pueblo sin oponer resistencia.De ese modo logramos que no tocaran el Santuario; A parte ¡claro está¡, que la Madonnina no iba a dejar que se destruyera su casa después de haberla conservado tanto tiempo.

Vicenzo me acompaña cuando me decido a entrar en el templo donde se guarda la reliquia.Me va explicando, detalle a detalle, cada una de las capillas.

La nave central esta cortada por  un recinto de mármol, una maravilla del Renacimiento italiano.

Entramos por una pequeña puerta.Vicenzo queda totalmente callado.

Hay varias personas, arrodilladas, están orando en silencio.Un silencio que penetra en lo mas hondo de el alma.

Sobre el pequeño altar destaca, nada mas entrar en la humilde habitación, una frase esculpida en la piedra.Están escritas en latín: Siento la impresión de estar leyendo  en la historia de la humanidad:

"Aquí el verbo se hizo carne".

Las cuatro paredes de ladrillo  rojo,cobran la dimensión  infinita.La medida de lo sobrenatural, de ser testigos mudos del  gran milagro que marca el comienzo en la Redención de los Cristianos.Allí, en aquella pequeña habitación, y silenciosa, tuvo lugar el Encarnación:Dios y su infinita grandeza se hizo hombre en las entrañas, de una mujer judía, de la  estirpe de David:

María la esposa de José.

Mi mirada de peregrino se vuelve una y otra vez a fijarse en la inscripción: "Aquí ..." Y recorro una y otra vez los muros palmo a palmo son los mismos que han contemplado veinte siglos de cristianismo, de nuevo ese "Aquí..." viene a ser el centro de mi atención agabantándose  por la emoción  indescriptible del milagro.El único pensamiento posible solo puede expresarse, con esas palabras sencillas y grandiosas, llenas de paz, esperanza y belleza, que pronunció el Ángel Gabriel:

"Dios te salve María".

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