- "En la primavera de 1959, con los trigos ya crecidos, con el ambiente emborrachado de polen, como ahora, aconteció un suceso que marcaría la vida de los personajes que protagonizan la historia que os voy a contar. Pasión desmedida es lo que empujó a ambos a actuar como actuaron. Cobardes de aquella época; orgullosos de su tiempo y alocados sin ninguna visión de futuro. Sabemos que corrían malos tiempos, que en algunas ciudades, paradójicamente, se morían de hambre y que la vida en un pueblo, como este, estaba a mitad de camino entre lo cavernario y lo libertario...".
- Esa misma historia la contaste ayer. Lo del trigo crecido y lo de la borrachera que tenía el tal polen; incluso lo de que en la ciudad se morían de hambre. Dice mi abuela que es mentira, que ella vivió en la capital y que nunca le faltó de nada.
- Tu abuela servía en casa de los Maeztu, ¿ verdad ?
- Si
- Entonces, dile a tu abuela que no vivió en la capital. Los personajes de mi historia tampoco vivieron en una ciudad y tampoco vivieron en un pueblo...Vivieron en este pueblo:

" A las seis de la mañana, con el sol recién salido, se empezaron a oír los primeros goznes chirriosos de las ventanas de los dormitorios. Presurosa, apareció Victoria en el balcón sacudiendo las sabanas de su propia cama, con una mano, y la almohada de lana con la otra. Abajo estaba esperando Martín, que salía de las cuadras después de recoger un cesto y unas azadas.
No sabéis quién es
Victoria y tampoco quién es Martín. Victoria era la hija menor, la única hija que le quedaba a Amelia, la dueña de la casa, después de que su hijo Juan se fuera un día a Madrid, y después de que, desgraciadamente, su marido muriera al caerse a un pozo, ahora taponado, de unos siete metros de profundidad. Victoria era muy agraciada, tanto física como moralmente, y no dudaba en dar conversación a cualquiera que pasara delante de su casa - porque tenía previsto que algún día fuera su casa. Sabía administrar correctamente el dinero que su padre les había dejado y durante esos cinco años no se habían privado de nada; eso sí, de nada que necesitaran. Como coger a Martín para que prestara sus servicios como criado en la heredad y para que existiera, de alguna manera, la figura ausente del patriarca. Fue la propia Victoria la que convenció a su madre para que diera trabajo a aquel hombre tan alto, tan fornido y tan guapo que se ofrecía, al igual que otros muchos jornaleros, para echar una mano a los labradores y así ganar algún dinero con el que, seguramente, poder viajar a la ciudad.
Lo que podía haber sido una campaña de recolección, se convirtió en cuatro.
Martín, a sus veintiún años, se había enamorado de Victoria, que tenía diecisiete. Durante esos cuatro años ella vivió feliz, con ansias de casarse; él también vivió feliz, hasta el punto de que, viéndose sobrante de dinero, no tuvo a mal el poder permitirse caprichos como tomar algún carajillo los domingos; luego serían los sábados y los domingos y después todos los días de la semana. Acabó eliminando el café, que según él no le dejaba dormir, para tomarse el coñac sólo. Por desavenencias que hubo entre ellos sobrevino la ruptura. Martín, que se había gastado sus cuartos primero en complacer a Victoria, cosa que ella le agradecía, y después en complacerse a si mismo, no dudó en amenazarla y blasfemar barbaridades en torno a una venganza.
Martín continuaba viviendo en la casa, pero en condición de criado; condición que siempre tuvo que haberse mantenido. Victoria le pagaba por su trabajo y nada más. Por aquel entonces llegó al pueblo un muchacho, creo recordar que se llamaba... Tomás; sí, se llamaba Tomás.
Venía de la ciudad, después de seis años de ausencia, en donde había estado estudiando para notario. Su padre, aun siendo el propietario más acaudalado de aquella zona, no bajó a buscarlo con el coche, al pueblo de al lado, porque no sabía nada de su llegada.
Tomás subió andando, portando una maleta pequeña, los dos kilómetros que separaban las dos aldeas. Cuando llegó a la entrada de su pueblo, cuentan que, se paró, dejó la maleta, y se quedó de pie respirando, hasta congestionarse, aquel aire que le era tan familiar. Sus sentidos volaban y su oído se vio gratificado con un - Hola, bienvenido...
Era
Victoria, que a la puerta de su casa estaba desplumando una gallina. Tenía el pelo lleno de plumas blancas y Tomás no pudo contener soltar una carcajada. Se levantó de la silla y se acercó hacia la valla de la plazuela para reconocer a aquel extraño que se estaba riendo de ella. Sus miradas se cruzaron y a ambos les costó adivinar contra quién se estaban enfrentando. Fue Tomás el que sin estar seguro del todo balbuceó el nombre de Victoria. Ella asintió y sonriendo se dio media vuelta y corriendo entró en casa a contárselo a su madre. Tomás, enrojecido por la situación, levantó levemente la voz y dijo adiós, para luego girar y marcharse hacia su casa.

A la mañana siguiente, se acercó Tomás a la casa de Victoria. Estuvo rondando bastante tiempo hasta que, por fin, apareció la madre de la muchacha saliendo de las cuadras. Tomás le preguntó por su hija y ésta le contestó que a primera hora de la mañana se había ido, como de costumbre, a hacer las labores del campo. Le explicó detalladamente el camino que había tomado e incluso tuvo la molestia de advertirle que no estaba sola y que el criado la acompañaba. Memorizó las señas y se marchó despidiéndose cordialmente. Quería impresionarla y se había vestido con su mejor traje y calzado con sus mejores zapatos, brillantes, que permitían a las gotas de rocío de las hierbas del camino posarse con suavidad y resbalar delicadamente sin dejar rastro. Divisó las dos figuras en cuanto atravesó el puente del río. Se acercó lentamente y se quedó allí, de pie, sin decir nada. Victoria alzó la vista y distinguió la figura de Tomás, tan bien vestido, tan bien peinado; incluso pudo aspirar la fragancia de su colonia que se mezclaba con el olor áspero de la tierra húmeda y de los cardos recién sesgados. Dejó los aperos y se aproximó a las cercanías del camino donde Tomás esperaba. Dieron un paseo, mientras Martín seguía con las tareas, y ella le fue relatando la mayoría de sucesos que habían acontecido desde que se fue. Como no les dio tiempo a contarse todo lo que querían, volvieron a pasear al día siguiente; y al siguiente, y al otro; y se fueron conociendo.
El fin de semana siguiente se celebraba la romería de la comarca y acudieron los dos a la verbena que amenizaban en la plaza. Era domingo por la tarde y fueron el centro de todas las miradas y de todos los comentarios. Esa misma noche, sin saber muy bien como, él le declaró su amor. No recuerda cuales fueron sus palabras exactamente, pero tiene en mente que dijo algo así como - "...para toda la vida".
Los días pasaban rápidamente al lado de ella.
Tomás combinaba sus estudios con la pequeña ayuda que le aportaba en el campo. Sus manos lo notaban, se entumecían y se disfrazaban con ampollas y llagas que luego Victoria le curaba. De vez en cuando realizaban alguna excursión, viajando por las cercanías, en el coche del padre de Tomás. Las dos familias veían con buenos ojos la relación. En casa de Victoria, el olor a ganado y tierra se iba cambiando por el olor a rosas; rosas que él le obsequiaba cada vez que transcurría un mes junto a ella.

Aquella mañana de la primavera de 1959 cumplían siete meses de noviazgo. Victoria, tras realizar las labores básicas de la casa, bajó rápidamente para reunirse con Martín. Tenían que ir a finalizar el trabajo de eliminar malas hierbas del campo. Aun les quedaban tres meses antes de la cosecha. Tomás había viajado Madrid para ultimar la obtención de su titulo como notario.
Apenas quedaban seis surcos de esa parcela para acabar cuando
Martín, aparentemente cansado, levanto la vista y se quedó mirando a Victoria. Examinó su pelo cubierto por un pañuelo, sus hombros, sus manos... Se acercó a ella y comenzó a hablarle del tiempo que había pasado desde que fueron novios, de lo bien que lo habían pasado juntos, y de si en este ultimo periodo le había echado de menos. Ella intentaba ignorar sus palabras; no sabía a donde quería llegar con soltar todo aquello de repente. Sus ojos agudizaron sobre la boca de Martín, que sólo decía barbaridades. Fue cuando él le pidió que volvieran a intentarlo, que había cambiado sólo para ella, que nunca más le volvería a hacer daño...El "no" por parte de Victoria, que ya se había incorporado, fue rotundo. Sostuvieron una acalorada discusión acerca de lo que era mejor o no para ella. Según Victoria, lo mejor ya le había llegado y era Tomás. Sin argumentos con los que continuar, el iracundo galán esgrimió la azada, con la que había estado trabajando, y asestó cinco golpes en la cabeza de Victoria, que cayó desplomada sobre la tierra mortalmente herida. Los gritos que profirió Victoria no le sirvieron de nada. Tan solo alertaron a la encargada de la central de la luz, cercana a la finca donde se encontraban ambos. En ese mismo momento apareció Tomás, con aire tranquilo, aunque asombrado por los supuestos gritos que acababa de escuchar. Había completado los trámites a tiempo y esa misma mañana se presentó en el pueblo. Al aproximarse a la finca donde sabía que se encontraba su amada, pudo ver, de lejos, como la figura de Martín sostenía el cuerpo de Victoria, tendida en el suelo. Comenzó a correr desesperadamente hacia ellos. La rosa, recién cortada, que llevaba en la mano se le resbaló y se precipitó sobre el camino polvoriento. Martín, al ver a Tomás, soltó el cuerpo de Victoria y salió corriendo campo a través hasta adentrarse en el monte.
Cuando la encargada de la central de la luz se acercó donde habían ocurrido los hechos, pudo presenciar como
Tomás incorporaba a Victoria, sujetándola por su nuca, y como sus manos estaban teñidas de sangre. Victoria agonizó en brazos de Tomás.
Fue la propia señora la que avisó, a algunos vecinos, del desenlace de aquella historia. Cuando llegaron a la finca, sólo estaba el cuerpo de
Victoria, sobre el charco sangriento que se había formado.
Tomás se había adentrado en el monte en busca de
Martín. Lleno de ira, corría en todas direcciones, sin apartar los espinos que rasgaban la piel de su cara y brazos. No pararía hasta encontrar al homicida.
Trasladaron el cuerpo de
Victoria a su casa y la postraron en su lecho. Esa misma tarde acudieron el párroco y el juez del pueblo de al lado para dar fe de que, en efecto, la muchacha había muerto. Tomás apareció en el pueblo a la mañana siguiente, magullado, herido y con la camisa hecha jirones. En su rostro se leía el desánimo del fracaso.
Una pareja de la Guardia Civil le estaba esperando.
Tomás les tuvo que acompañar acusado del delito de asesinato de su novia y del posterior secuestro del cadáver. Aceptó sin mediar palabra. Desfiló delante de la autoridad y ante la vista de todos los vecinos. La encargada de la central de la luz había testificado contra él, reconociéndole como la persona que golpeó a la chica.
En el cuartel
Tomás negó repetidamente su participación en el asesinato; culpó al criado que Victoria había tenido en la casa pero carecía de pruebas concluyentes. Investigaron a su familia y lograron averiguar múltiples trapos sucios del pasado, de carácter político, que no hacían sino dificultar las cosas. Le tuvieron encerrado en una celda durante una semana. Las investigaciones negaron la existencia del tal Martín Labastida, al cual se le calificó como inculpado fantasma, por poner algo.
La mañana del 20 de Abril de 1959, sacaron a
Tomás de la prisión. Le metieron en un coche negro y se lo llevaron, primero por carretera y luego por caminos, hasta un monte de terreno abrupto y denso arbolado. Le bajaron y, con las manos esposadas, anduvieron entre maleza y árboles sin seguir ningún camino ni senda. Por fin, en un claro, le mandaron detenerse. Una frase lapidaria resonó en sus oídos: - Esto es para que vayas por ahí rompiendo corazones...ahora le toca al tuyo !. Un disparo sonó. Tomás notó cómo la bala atravesaba su piel y le quemaba en el interior. Se desmayó y dio de bruces contra el suelo quedando boca arriba. El guardia se acercó e hizo un segundo disparo, esta vez en el pecho. - Roto...En mil pedazos...! El cuerpo fue abandonado y en el pueblo no supieron nunca nada de lo sucedido. La familia de Tomás vivió bajo coacciones políticas a partir de entonces. La familia de Victoria se disolvió; la madre murió a los pocos meses de la tragedia y no pudo llegar a descansar junto a los restos de su hija, que desaparecieron la noche del asesinato. De Martín nunca más se supo. Quizá ahora no se llame Martín...".

Los muchachos han escuchado la historia absortos. Tan solo uno de ellos observa con gesto extraño al interlocutor, intentando averiguar si todo eso que cuenta ocurrió de verdad y si no es otro de esos cuentos que se inventa el viejo.
- Y los padres de
Tomás...¿ No hicieron nada por descubrir qué había pasado con su hijo ?.
- No.
- ¿ Ni la madre de
Victoria hizo nada por saber qué había sido del cuerpo de su hija ?.
- No.
- Vaya historia... Te la acabas de inventar y no sabes como acabarla.
- La habría terminado si el final hubiera sido un final feliz, pero como no fue así tendréis que esperar a conocer toda la historia. Estoy seguro de que algún día alguien os la podrá continuar y acabar donde yo la he dejado.

Pronto anochecerá. Los chicos ya se han ido. El viejo entra en la pequeña casa donde reside. Aun tiene unos minutos de luz para echar una ojeada a su huerta. Se dirige al fondo de la habitación y coge una de las azadas que tiene colgada. La observa con detenimiento y después la coloca cuidadosamente donde estaba. Coge otra y la deja al lado de la puerta de entrada. La habitación conserva unos muebles muy antiguos y por todos lados cuelgan fotografías. Al tiempo que el viejo se quita la camisa, para poder trabajar más cómodo, observa una de las fotografías colocada en un marco sobre un aparador. En ella aparece una pareja. Son Victoria y Tomás en una instantánea tomada el día de la romería. El viejo, con el torso desnudo, dirige su mano intentando acariciar, con la punta de sus dedos, el pelo de ella. Con la otra mano se toca su propio pecho. Tiene un gesto de dolor. Aun le hacen daño, cuando se palpa, las cicatrices que le dejaron, hace tanto tiempo, aquellas balas.
Está seguro de que
Victoria reposa en su corazón y de que nadie sabe lo cerca que la ha tenido durante todos estos años. Si el viejo Tomás hablara todos caerían en la cuenta de porqué es su jardín el que tiene las rosas más hermosas y porqué sus flores nunca se marchitan.
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