La pasión Degrelliana
 
 
 
 








    P.-¿Sintió usted muy pronto también la pasión por los viajes?
 

    R.-Bouillon es una pequeña localidad situada en el fondo de un valle, limitada al este por un monte llamado «Inicio del Día». Por allí nos llegaba el sol. La otra vertiente del valle, al sudoeste, se llamaba «el Término». Esos dos nombres me intrigaron siempre. Nunca había estado más allá del «Inicio del Día» ni del «Término». Para mí, sólo un niño, eran los dos extremos del mundo. ¿Había algo más allá? Un domingo, después de las Vísperas, no pude resistir la tentación y me fui solo por el camino que subía hasta lo más alto de aquel horizonte. Y entonces, maravillado, descubrí que había algo más allá del monte, que el mundo no se detenía en mi «Término» y que éste no era más que una etapa. Cuando estaba más deslumbrado por el descubrimiento sentí en mis mejillas un par de sensacionales bofetadas: era mi hermana mayor que me buscaba y me había encontrado por fin. Pero yo ya había descubierto el universo.

    P.-¿Y cuando atravesó los límites de ese «Término»?

    R.-Era todavía un mozalbete cuando me arriesgué a salir de la Ardena: salí para Alemania. Era mi primer viaje en la búsqueda de hombres, porque en el fondo viajar es eso, descubrir, comprender, conocer a los seres humanos.

    Mi pequeña cuna de Bouillon, con mis bravos ardeneses, era un poco reducida. Por otra parte, voy a confesarle algo curioso: yo no tenía mucho en común con la mayoría de los belgas de entonces.

    Mi familia paterna era originaria del norte de Francia, de Solre-le-Chateau, cerca de Maubeuge. Esas tierras, anexionadas por Francia en el siglo XVIII, habían pertenecido durante cientos de años a nuestros antiguos Países Bajos. Por tanto, por parte de mi padre, nacido francés, como centenares de Degrelle antes que él, yo no era originario de la actual Bélgica.

    La familia de mi madre, por su parte, procedía de una antigua región germánica arrebatada a la gran unidad occidental, exactamente de Grevenma-cher, sobre el Mosela, frente a Tréves.

    Por ello, más que ciudadano de un diminuto país yo fui siempre un hombre de Occidente, con la vista puesta en horizontes más vastos que los de aquella nación creada artificialmente en 1830, con ansias de descubrir todo un mundo y con mi mente orientada hacia los millones de hombres que vivían en el Continente.

    Cuando tenía catorce años cogí un día prestada una bicicleta. Y me dirigí al oeste de Alemania, hacia mi primera aventura. Poco después realicé una serie de viajes a través de las provincias renanas, de la Selva Negra al Ruhr.

    En la misma época hice algunas excursiones a través de Francia, a lo largo de las orillas del Loira, y por el norte, en donde tenía parientes. Llegué a recorrer tan joven diez mil kilómetros. Mi bicicleta pesaba veinte kilos. Los neumáticos se pinchaban cuatro o cinco veces al día. Tenía verdadera necesidad de conocer a otros seres humanos, de comprobar qué les hacía semejantes o distintos.

    Veinte años más tarde, cuando intenté con todas mis energías colaborar a la creación de la Europa unida, al lado de Hitler, agoté aquel impulso que ya influía en mi infancia.

    P.-¿Miraba usted más allá de Europa?

    R.-Ciertamente mi curiosidad no se detenía en Europa: quería conocer también a los hombres de otros mundos. Fui a América, lo que muy pocos muchachos de mi edad de entonces hicieron. Decidí unirme a los católicos mejicanos, cuya persecución sangrienta me había impresionado. Una hermosa mañana me embarqué en Hamburgo, en noviembre de 1929, en condiciones totalmente precarias. El carguero se llamaba «Río Panuco».

    Éramos seis jóvenes emigrantes y estábamos cerca de las máquinas, con el olor del aceite y el martilleo de los pistones. Visité primero las Antillas, especialmente Cuba. Desembarqué en Méjico, donde pasé varios meses. Fui seguidamente a California y a Tejas, y recorrí los Estados Unidos. En ruta me ganaba la vida escribiendo reportajes. Por Chicago y las cataratas del Niágara pasé a Canadá. Luego regresé a Nueva York. Después volví a Quebec. Años más tarde fui a Africa. Estuve también en el Próximo Oriente.

    Era todavía estudiante de la universidad de Lovaina cuando regresé de mi viaje a los Estados Unidos. Todos mis camaradas fueron a la estación, subidos en coches de caballos, para recibirme. Para ellos yo era una especie de Cristóbal Colón Bouillonés. Esa era la miseria de nuestra situación de pequeños belgas o incluso de pequeños franceses, o de pequeños europeos.

    No teníamos una concepción del mundo. Es muy posible que si, más tarde, logré asimilar rápidamente la idea de Europa y del mundo, fue porque toda mi naturaleza me había inclinado a este conocimiento directo desde el principio de mi juventud.
 
 




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