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La Masacre de 1934

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LA MASACRE

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Esa, misma tarde, los dueños de la fundición se habían dirigido urgentemente a las autoridades de la provincia y del gobierno central, solicitando “garantías” contra lo que consideraban el “ataque y saqueo perpetrado por los indios de San Mateo”, según la equivocada e interesada versión que luego difundiría un diario limeño vinculado a la oligarquía.

Esta demanda, demás esta decirlo, encontró eco inmediato; esa noche partió de la estación de Desamparados un destacamento de la Guardia  Republicana, compuesto de ochenta efectivos, en un tren especial que, al termino de la distancia, pernocto en Tamboraque. Una vez allí, con la presencia del Prefecto, quien tenia ordenes superiores de ”recuperar la tranquilidad, debelando el motín”, el destacamento se dividió en tres pelotones:

 

El primero, compuesto de 20 hombres, quedo de guarnición en el asiento metalúrgico. El segundo, de 30 hombres, prosiguió el viaje en tren, rumbo a San Mateo, escoltando al Prefecto, poco antes de rayar el alba. Una vez en la estación de ferrocarril, los gendarmes bajan de los coches e inician el descenso por el corto camino  que une la estación con el poblado. Aquí, aparatosamente, toman posesión como si fueran a sostener u fiero combate. Se parapetan en promontorios, pircas y corrales “estratégicos”, apuntando a los sorprendidos y soñolientos lugareños con sus potentes armas.

 

A la misma hora, el    tercer pelotón, luego de recorrer a pie el camino real desde Tamboraque, penetro a la ciudad por la “portada”, cruzo el puente de madera y se posesiono tras el muro de contención del rió, en el barrio de San Antonio, desplegando su armamento de combate.

 

Mientras tanto, en la población Corría la noticia de que la más alta autoridad política del departamento, el prefecto Jorge Meave Seminario, debía llegar en cualquier momento. Algunos creyeron conveniente reunirse para darle recibimiento, explicarle las razones por las cuales habían adoptado  la drástica actitud  del día anterior y,  a la vez protestar pacíficamente por la virtual ocupación de la ciudad.

 

Se fue gestando una creciente multitud compuesta, en su mayoría, por mujeres, niños y ancianos. Avanzaba por la calle principal, dando vivas a San Mateo. A  cada paso se plegaban los pobladores, una vez enterados de la finalidad de la manifestación. Al llegar a la portada, la muchedumbre se  detuvo. Las consignas se hacían mas potentes: ¡Viva San Mateo¡  ¡Abajo Proaño asesino¡. Al no avizorar al prefecto sino al pelotón de gendarmes emplazados en la otra orilla, en postura amenazante; la espontaneidad de la masa causo un breve momento de indecisión. Luego, un grupo de la vanguardia intento cruzar el puente con la determinación de conducir a la enfervorizada multitud hacia la plaza de armas. En ese instante, sorpresivamente, comenzó el tiroteo. Los republicanos, armados con –para la época- modernos fusiles y en forma alevosa y premeditada descargaron, durante 10 largos minutos, la represión más brutal y sangrienta contra hombres, mujeres y niños inermes e indefensos.

 
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