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“GRANDE”, EL HOMBRE DE LA BUENA ESTRELLA Una
entrevista al mítico dirigente de la Agrupación Guerrillera de Levante
y figura clave de la resistencia armada al franquismo durante la
posguerra Por José Vicente Viadel, autor del documental “Los Últimos Guerrilleros. Historia de la A.G.L.”
Florián García "Grande", en la actualidad
“Cuando
se levantaron los militares yo tenía 19 años y me incorporé
inmediatamente al frente como voluntario. Y nada más llegar, en la
defensa de Madrid, llegamos el día 6 y el día 13 me pegaron un tiro y
me atravesaron el pulmón. Pero me salvé, ya ves, estoy aquí
contigo… Así
es Florián García “Grande”:
audaz, obstinado y guasón. Es admirable comprobar que este hombre,
menudo y de ojos vivos, no ha perdido su carácter jovial después de
haber sufrido la crudeza de la guerra fraticida y también las fatigas
de la lucha guerrillera, en la inmediata posguerra, cuando ya todo
estaba perdido salvo en la conciencia de los más optimistas e
incansables luchadores. O tal vez fue, precisamente, su carácter, el
que le ayudó a esquivar la fatalidad y a salvar la vida finalmente. Su
carácter y su buena estrella, que nunca le abandonó. Florián
era el tercer hijo de una familia de pequeños campesinos de Aldealcorbo,
en Segovia. A diferencia de Damián, su hermano mayor, a Florián le
disgustaba enormemente el trabajo del campo, y la expresión de sus
inquietudes vitales pasaba inexorablemente por marcharse del pueblo
cuanto antes. Esperó a que Damián volviera del servicio militar, y con
sólo catorce años se marchó a Madrid. Y allí tuvo ocasión de poner
a prueba las convicciones que le alentaron durante toda la vida y que
inalterablemente mantuvo: la defensa de la justicia social. “Cuando
llegué a Madrid enseguida empezó la lucha por las ocho horas, porque
el primer año que estuve allí trabajaba 14 o 16 horas, ¡bueno, las
que hacía falta!. Abríamos a las ocho de la mañana, o las siete y
media, y hasta la una de la mañana, en una taberna. Luego estuve en un
restaurante, y tal. Y enseguida empecé en el sindicato, ¡los 17 años
los cumplí en la cárcel, ya!. Se hizo una huelga general de hostelería,
y nosotros estábamos reunidos en el local del sindicato, y nos
detuvieron. Y tuvo gracia porque, cuando nos detuvieron, pues claro, nos
bajaron al patio, y un guardia de asalto, como me veía a mí tan chaval
(tenía entonces 17 años), me dice: tú, chaval, ¿qué haces ahí?, ¡vete
a tu casa!, digo: ¡yo estoy aquí con mis camaradas!, y dice el tío:
pues nada, ¡con tus camaradas a la cárcel, coño!, ja, ja, ja. Y
estuvimos unos quince días, pero yo pasé en la cárcel una juerga
tremenda, porque todos los compañeros del sindicato me traían
tortilla, chorizo… Y me enteré allí de una cosa muy interesante, fíjate,
ya verás lo que son las leyes: al jefe de la policía que nos había
detenido, le preguntó Marbotín, que era el único comunista que había
entonces diputado, ¡diputado y abogado!, y le preguntó al jefe de la
policía: cuando usted detuvo a mis defendidos, ¿cómo estaba la puerta
del local, cerrada o abierta?, y dijo el tío: abierta. “No tengo nada
más que decir”. Así que, si algún día te reúnes clandestinamente,
deja la puerta abierta que no te pueden condenar por eso. La
rebelión militar de 1936 abrió un sangriento capítulo de dolor y de
muerte a lo largo y ancho del país; como exponente de lo irracional del
conflicto, y no por ser un episodio frecuente deja de ser patético, el
joven Florián tuvo enfrente a su hermano Damián en el frente de
Guadalajara. El final de la guerra no trajo mejores expectativas para
los que escaparon con vida de este lado de la tragedia, es decir, del
lado de los vencidos. “Salí
de Madrid la víspera de que entraran los franquistas, porque nosotros
habíamos luchado contra Casado, y nos metió en la cárcel la Junta de
Defensa. Y claro, un día antes de que entraran los franquistas la
guardia se largó y nos largamos nosotros con ellos. Nos subimos a un
camión, unos cuantos de los que estábamos allí, y nos vinimos a
Valencia. Cuando llegamos a Valencia, los que éramos del Partido fuimos
a consultar y nos dijeron: bueno, la única posibilidad, no es seguro,
es ir a Alicante y ver si llegan barcos. Porque habían llegado, dos días
antes. Pero fueron los últimos. Cuando llegamos nosotros ya no vinieron
barcos. Entonces las primeras tropas que llegaron allí fueron los
italianos, que, por cierto, se portaron mucho mejor que los españoles.
Y después de eso, nos llevaron al campo de los almendros a unos, a
otros a la plaza de toros (nosotros fuimos al campo de los almendros). Y
desde allí (un hambre de espanto, que no teníamos nada, que nos
comimos las hojas y todo lo que podíamos) nos llevaron luego al campo
de Albatera, que ya sabes que ha sido uno de los campos peores que ha
habido, allí se moría la gente de hambre. “Sin
embargo yo he tenido mucha suerte, porque salí en libertad en virtud de
un decreto que decía que todo el que no estuviera reclamado por un
juzgado, podía salir en libertad provisional. Y como yo había estado
siempre en Madrid, no era como los que son de los pueblos, que los
denuncian, a mí ni dios me había reclamado y me pusieron en libertad
condicional. Y luego ya dije: ¡pues se va a presentar tu padre!. Posguerra,
hambre, oscurantismo y represión… miedo. En el verano de 1944 Francia
es liberada de la ocupación alemana, y el soplo de aire fresco que de
allí llega trae en volandas un mensaje de esperanza. Con el fin de
forzar a intervenir en España a las potencias vencedoras del fascismo,
el Partido Comunista organiza la resistencia armada en el interior y
promueve la insurrección popular contra el régimen. Y en ese contexto
nos encontramos a Florián como Secretario de Propaganda del Comité
Regional de Levante, utilizando el apodo de “El Peque”. “En Valencia, en la calle La Paz, hay una travesía,
que no sé cómo se llama, que hay, una cosa que vendían televisiones,
y cosas de esas. Y ahí trabajaba uno que era el Secretario General del
Provincial de Valencia. Y yo iba a verle, pero claro, nosotros teníamos
la combinación de que él me giraba a mí letras de banco, y yo, cuando
iba a verle, estaba justificada mi visita porque iba a cobrar las letras
esas. Y uno de los días que fui, resulta que estaba allí la brigadilla
especial de la Guardia Civil. Me vi, al llegar, blanco como el papel.
Claro, enseguida vinieron a mí: ¿usted a qué viene aquí? y tal,
digo: pues yo vengo aquí a ver al dueño, ¿y a qué viene usted?, a
cobrar esta letra. Y así me salvé. Pero si te das cuenta de cómo salía
yo de allí... salí despacio, ¡pero si hubiera podido salir
volando...! porque, claro, yo luego tenía que avisar a los demás
camaradas para que no aparecieran por allí. En
los comienzos del año 1946, un encuentro inesperado vino a truncar la
labor de propaganda que “El Peque” realizaba en la ciudad de
Valencia y sus alrededores. Acompañaba a Francisco Corredor Serrano,
jefe de la guerrilla urbana, para presentarle a un contacto. Una pareja
de la Guardia Civil detiene el taxi en el que viajan, colocándose un
guardia a cada lado: ¡documentación!. Florián saca su documentación
y la entrega por la ventanilla; Corredor hace lo propio, pero el guardia
que la inspecciona no parece conforme: ¡más documentación!. Con un
movimiento rápido, Corredor saca su revólver, dispara una vez a cada
lado y los guardias se desploman. En su huida, Florián abandona los
papeles que le identifican y que le comprometen, y en favor de su
seguridad el Partido decide enviarlo inmediatamente con la guerrilla
organizada establecida en el monte. En
marzo, Florián se incorpora al grupo mandado por “El Capitán”, que
tiene su campamento en el término de Chelva, y he aquí cómo un hombre
que no soportaba la vida en el campo se ve obligado a enfrentarse a unas
condiciones tan precarias y duras como las que existían, durante esa época,
en el medio hostil de las montañas. “La vida en el monte era muy pesada, porque,
primero, que nosotros nos dormíamos vestidos. Yo estuve seis años
y en los seis años no me desnudé nunca, siempre dormí debajo de una
tienda de campaña que teníamos, y claro, teníamos las clases, teníamos
las reuniones políticas, y tal. Luego, lo más duro eran las marchas,
con el macuto, que siempre, cuando hacíamos marchas de toda una noche,
que tardábamos cuatro o cinco horas, y luego lo más duro era atravesar
los ríos, porque estaba prohibido atravesarlos por el puente, porque
era peligroso, porque los puentes estaban vigilados. Y entonces, fíjate
tú lo que suponía en el mes de diciembre y enero atravesar el Turia,
que lo atravesábamos varias veces, que era el río que más atravesábamos,
con agua hasta el ombligo, y que te cortaba... teníamos entonces un
linimento “esloan” para darnos, después, y entrar en calor, pero
eso era... eso era horrible. Para mí, eso era lo más pesado. Las
marchas, y el camino del río y tal, lo temía más... para mí era más
pesado que si venía un enfrentamiento. Fue
durante sus años en el monte cuando Florián forjó su leyenda, la
leyenda de “Grande”. Nombrado muy pronto jefe del 11º sector,
Grande fue el único de los dirigentes guerrilleros más destacados que
se mantuvo con vida hasta el final; su sector fue siempre el mejor
organizado, y sólo un hombre murió bajo sus órdenes, en un asalto al
campamento que ocupaban, cuando ya se preparaba la retirada definitiva;
su nombre fue tan popular entre sus enemigos, que intentaron por todos
los medios darle caza, como entre los campesinos que le prestaban apoyo,
y se mostraba al mismo tiempo tan capaz de burlar a los primeros como de
compartir una noche de chanzas y de risas con los otros. En
1952 ya hacía demasiado tiempo que los guerrilleros supervivientes de
Levante se encontraban perdidos y abandonados. La mayoría habían caído,
habían desertado o se habían entregado a las autoridades franquistas.
Y se da la orden de evacuar la Agrupación y marchar a Francia. Unos
cuantos lo harán en tren, con documentación falsa, y los que pueden
correr más riesgo, al estar fichados por la policía, llegarán hasta
los Pirineos a pie. Grande organizará esta marcha. Sin embargo, un día
antes de la fecha señalada, la Guardia Civil asalta por sorpresa el
campamento donde están concentrados, ¿habría abandonado la suerte a
Grande? “A nosotros nos asaltaron el campamento que teníamos
cerca de Cofrentes, y en ese campamento, yo estuve todo el día solo
(porque nosotros también, en los campamentos, teníamos la consigna de
si había un asalto, teníamos luego un punto de concentración, por la
noche, ¿comprendes?, en un determinado lugar). Entonces, al hacer el
asalto, el que nos tenía que guiar a Francia cayó muerto, y a mí me
dieron un tiro y me resbaló nada más, ¡no me hizo nada, nada más
resbalarme!. Pero entonces, yo, después de hacer algunos disparos y
tal, me camuflé en un sitio y estuve todo el día solo, y ya tuve,
claro, tenía... mira cómo vería yo la cosa que yo, con la bomba de
mano que tenía, le quité la anilla y la tenía así... por si llegaba
la Guardia Civil hacer así, y se acabó. Y ese es uno de los momentos más
peligrosos que yo he tenido. Y luego ya por la noche nos juntamos, y por
eso tardamos mucho más en llegar a Francia, porque el guía que venía,
que conocía muy bien el camino, lo mataron, y entonces teníamos que ir
con la brújula. Pero ves, eso, todas las cosas dicen que tienen sus
pros y sus contras... como no llevábamos un camino determinado, que íbamos
con la brújula, que retrocedíamos, porque al llegar a los puertos de
Beceite, hay lugares que no podíamos pasar y teníamos que retroceder.
Y la Guardia Civil nos estaba esperando en muchos sitios, pero que no
pasamos por ellos. Y cuando llegamos, llegamos con retraso, que nos
estaban esperando ya para pasar a Francia, pero eso nos salvó, no
tuvimos ¡ni un encuentro! en los quince días, que tardamos quince días
desde Cofrentes hasta la frontera francesa, y no tuvimos ni un encuentro
con la Guardia Civil, ¡ni uno!. Pero
quince noches... fíjate lo que supone tú quince noches, que a mí lo
que más me pesaba era eso, el macuto... quince noches andando... Y ese
es uno de los días, de los momentos más peligrosos, que yo pensaba que
de ahí no salía... cuando ya salíamos para Francia. Pero
Grande aún tendría que librar una última y decisiva batalla: poco
después de salir de España es detenido por las autoridades francesas,
al reclamar el régimen de Franco su extradición. El sumario que recoge
los delitos que se le imputan consta de varios volúmenes, lo cual,
paradójicamente, jugaría a su favor. En el Tribunal de Justicia de París,
adonde llegó esposado y celosamente escoltado por los gendarmes, sus
actividades contra el régimen español fueron calificadas como
meramente políticas, y al concluir la vista, un suboficial francés de
la gendarmería le quitó las esposas, se cuadró ante él y anunció:
“monsieur, vous a eté liberé”.
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