Miguel Sánchez-Ostiz, autor navarro que rememora en
este relato el lejano viaje -1953- que hizo desde Pamplona hasta una aldea
de Cantabria, bajo la amenaza de los maquis.

MIGUEL SANCHEZ-OSTIZ
PEUGEOT 203
SUSILLA DE VALDERREDIBLE
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Era un Peugeot 203, gris marengo, o algo así, un coche que levantaba
una nube de polvo y piedras en la carretera de la Hijuela que llevaba
hasta el pueblo del verano y hacía correr detrás a la chiquillería al
grito de: "¡Que viene el haiga Chimonco!". Entonces había
bastantes carreteras sin asfaltar. Las asfaltaron cuando aquello de Fraga
y los paradores y los mesones y el estilo español: mucho cuarterón,
profusión de santos tullidos y comistrajos en cazuela ardiente.
Fue un viaje agotador desde Pamplona hasta el pueblo de mi bisabuelo
materno, Susilla de Valderredible, en Santander, toda una aventura, de la
que quedan en mi memoria ecos de voces, de silencios, el olor de las
manzanas, el olor del molino de chocolate, el olor de la gasolina que me
mareaba, el olor de la tapicería del coche, parecido al del gramófono
del "soy soldado de levita, de esos de caballería"; el olor del
polvo y del trigo trillado en la era, y el Peugeot al fondo como un tótem
raro, ajeno.
Un viaje en el que mi padre, viniera o no a cuento, ponderó mucho la
tecnología francesa, al tiempo que los intermitentes, aquellos bracillos
mecánicos, hacían mucho clic, clac, clic, clac. El Peugeot, en Navarra,
fue durante muchos años coche de contrabandistas. De manera que cuando se
veía un coche de éstos por la calle conducido por un tipo, arremangado o
pincho, pero puroalmorro, y por tanto feliz, ya se sabía qué profesión
tenía el conductor. Mi padre no era contrabandista, era boticario, pero
para el caso lo mismo.
Pasamos todo el día de julio en carreteras en mejor o peor estado. Nos
paró la Guardia Civil un par de veces. Paraban mucho a los coches para
ver si llevaban comida o cosas. Aunque esto igual era en otro viaje, pero
siempre de noche. Les habríamos dicho que éramos gente de paz, o algo.
Siempre había alguno que sacaba la cabeza por la ventanilla y gritaba:
"¡España!". Había gente muy rara entonces y hacía un calor
endemoniado. Dicen que era el primer coche que llegaba hasta allí en
muchos años. "Era el año 53", me dice una voz que sale de la
sombra. Como en las novelas de Benet, pero con olor a tortilla de patatas
verdosa comprada en un ventorro. Fue un viaje larguísimo con pinchazos y
arreglos aproximados, de mucho mapa y mucho ir y venir y más "por
aquí", "por allí". Cuando cayó la noche estábamos casi
irremediablemente perdidos. Les oigo todavía hablar de los lobos que
bajaban en invierno cuando el pueblo se quedaba aislado por la nieve, y en
seguida de los de la FAI y luego de los maquis y luego de los bandidos, el
Juanín, el famoso Juanín, que eran los mismos aunque pareciera que eran
distintos, que habían secuestrado por aquellos andurriales al hijo del
dueño de una fábrica de galletas. Entre una cosa y otra estaban, estábamos,
seriamente aterrorizados.
Yo los sigo viendo, aunque sea con los ojos cerrados, que es como se
ven de verdad estas cosas, con el coche parado en aquel paraje agreste y
desconocido, la carretera sin asfaltar, mirando y remirando a la luz de la
guantera un mapa amarillo de la Michelín que es donde es fama que viene
casi todo y lo que no viene pues no existe o poco menos.
Entonces había muchas cosas que no venían en los mapas. El país
profundo lo llaman ahora. Nosotros estábamos en él y estábamos en parte
alguna, esperando la llegada de los bandidos, de los lobos, de los maquis,
perdidos. De pronto hubo una algarabía de esquilas: "¡Los maquis,
los maquis!". Era un formidable rebaño de ovejas que rodeó el coche
durante un buen rato con sus balidos y sus ojos amarillos y rojos,
amarillos de noche serían para siempre, en nuestros ojos, en silencio,
pegados a las ventanillas. No había pastor. Se fueron como habían venido
dejando el suelo cubierto de cagaditas que al cabo nos llevaron hasta el
pueblo. "Como Pulgarcito", dice una voz que viene de allá lejos
y hace tiempo.
Miguel Sánchez-Ostiz. Autor de La caja china y Las
estancias del Nautilus, acaba de publicar No existe tal lugar (Anagrama).