ABC:
27.04.01 --- Masones y maquis no son lo mismo Por
M. MARTÍN FERRAND Hay
asuntos que, como el planeta Plutón, tardan 248 años en dar una
vuelta alrededor del Sol. En consecuencia, aparecen y desaparecen. Tan
pronto repican las campanas como se cubren con el manto del olvido. En
ese ritmo de acontecimientos, el Parlament de Cataluña acaba de
aprobar por unanimidad una proposición no de ley, presentada por el
PSC, para reconocer los méritos de los masones que «a lo largo de
la historia reciente han sido agraviados injustamente». Eso es
cierto. Franco y los franquistas utilizaban tres demonios particulares
—el judaísmo internacional, la masonería y el comunismo— del
mismo modo que las madres antiguas hacían con el coco y el hombre del
saco. Es muy útil, especialmente en las dictaduras, disponer de un «malo»
oficial en el que colgar todas las culpas y disparates. En las
democracias esa labor es turnante y suele llamarse oposición. El
40 por ciento de los diputados de las Cortes constituyentes de 1931
eran masones, muchos entre ellos de gran relieve y prestigio, y la
resaca que siguió a la borrachera bélica del 36-39 tenía que señalarles
como culpables. Lo del judaísmo era algo táctico mientras que la
aversión frente al comunismo entraba en la esencia estratégica del Régimen.
Los primeros, temporalmente, le sirvieron al franquismo de gran
justificación para su inicial fracaso económico y para reducir a
caricatura su mal entendimiento con las estructuras del capitalismo
(democrático) occidental. Lo del comunismo, más profundo y duradero,
era el único concepto exportable del cóctel ideológico, ectoplásmico,
que manejó Franco, con más razón en Burgos que en Madrid, y con
sintonía en algunas cancillerías sensibilizadas ante la realidad del
«peligro rojo». También ha aprobado el Parlament, por iniciativa conjunta del PSC, ERC e IC y con los votos en contra del PP, otra resolución reivindicativa de la memoria de los maquis. Eso es otra cosa y, aunque el refranero enseñe que «buenos y malos, en el pasado son iguales», no conviene confundir las churras con las merinas. La masonería española, a lo largo de los siglos y en cualquiera de sus obediencias, ha sido, como la internacional, un movimiento de la máxima respetabilidad. Pí i Margall o Companys, por citar sólo dos ejemplos catalanes, podrían merecer juicios políticos variados; pero, en cualquier caso, el respeto de su honorabilidad. El delantal era parte del hábito con que revestían su compromiso personal y ético. Si se apura, un toque de distinción. El maquis tiene muchos colores. Algún grupo hubo, tras la Guerra Civil, lleno de poesía y nobles ideales; pero el común denominador de todos ellos era la acción armada, el bandidaje y el terrorismo. Contra una dictadura, sí; pero con una larga lista de víctimas civiles e inocentes. Creo que el Parlament acierta tanto al honrar a los masones como yerra al engrandecer ahora, extemporáneamente, la figura del maquis. El terrorismo es una herida abierta y sangrante en la vida española y no es cosa de aliviarle de su merecida condena con recuerdos equívocos. Es la perversión de la memoria colectiva en aras de una leyenda falsa e interesada.
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