Izquierda Unida ha pedido en el Congreso
la rehabilitación de los maquis, a quienes los expedientes del
franquismo consideran «bandoleros y malhechores». Pero no fueron
sino unos guerrilleros particulares que siguieron la guerra por su
cuenta, desde Francia, como pastores carlistas de izquierdas, como
cabreros póstumos del antifranquismo. Ahora, se pretende reconocer
su labor militar en la posguerra para que reciban pensiones. La gran
oda menestral del maquis la hizo Pedro Olea en una película que
tiene toda la temperatura de los cuarenta.
Después de haber denunciado «el golpe fascista de Franco», en
el Congreso, salvo la abstención de Aznar, ahora Anguita, siempre
un paso más a la izquierda, denuncia la condición delincuente y
menesterosa en que todavía se mueven los viejos maquis que no
fueron fusilados por «bandoleros y malhechores»: el lenguaje del
franquismo era sinuoso y nunca definió a los maquis como luchadores
políticos, sino que se les dejaba el rango en algo así como
bandidos poco generosos. Está bien la iniciativa de IU, pero uno la
haría extensiva al maquis intelectual, a los luchadores públicos y
clandestinos que viven la Resistencia española justo hasta la
muerte del dictador, o sea el precursor de Pinochet. Así, las
revistas Triunfo, Cuadernos para el diálogo, Insula, etc., y los señores
Haro Tecglen, Pedro Altares, Tamames, Tierno Galván, Sartorius y
Camacho en Comisiones Obreras, etc.
En el concepto de maquis intelectual quiero situar a los hombres
que lucharon por su cuenta y con su pluma, aparte de los militantes
de partido, Santiago Carrillo y demás, cuya actuación dentro y
fuera de España es ya obviamente histórica. Me refiero a poetas
como Vicente Aleixandre, el gran exiliado interior, escritores
sociales como Blas de Otero y Gabriel Celaya, toda la poesía
socialrealista, de Victoriano Crémer a Leopoldo de Luis, más la
revista de Camilo José Cela, Papeles de Son Armadans, prácticamente
dedicada a la gente del exilio: casi todos escribieron en ella,
merced a su condición insular y a las habilidades de CJC.
¿Se le ha hecho justicia alguna vez al maquis intelectual? Después
de ellos, y mientras fallecían sus revistas, ya «históricas»
para el público, vinieron los novísimos, que eran muchos más de
nueve, los modernos, los posmodernos, los venecianos, las nuevas
vanguardias viejas, la valoración de la guerra y la posguerra como
«las guerras de nuestros antepasados», que diría Miguel Delibes,
el desprecio de los cosmopolitas, los anglosajonizados y las anfetamínicas,
todos aquellos que creen que la democracia es una cosa ecológica y
que ha estado ahí siempre, sin saberse ni quererse hijos de unos
maquis intelectuales y políticos que pasaban por Carabanchel y por
Gobernación a hostia viva, cuando no quedaban desgalgados contra el
patio de la cárcel, como Grimau y Enrique Ruano.
Pensiones para los maquis de escopeta atada con una cuerda, y
reconocimiento, pensión de gratitud para todo el maquis literario
que hizo posible, con el cine de Saura y la pintura de El Paso, con
el teatro de Buero Vallejo, un clima intelectual que voló a Carrero
de la Historia mucho antes de que ETA y la CIA le volasen al cielo.
Gracias a estos maquis de corbata y clandestinidad vinieron los demás
luego, o sea nosotros.