Adur e Indar

Es un poco difícil para los estudiantes de paganismo contemporáneo poder entender en su sencilla complejidad una estructura mitológica que nace y procede de una concepción puramente matrilineal, como es el caso de la mitología vasca. Cada estudio mitológico de cualquier cultura nos refleja la explicación surrealista de una serie de fenómenos y patrones con un aporte, a veces sincero, de homogeneidad que se ajusta a la propia mentalidad colectiva del pueblo en concreto. Mentalidad colectiva muy a menudo implicada en las evoluciones tribales de cada pueblo y en su desarrollo singular. Comenzando a entender la realidad de “pueblo tribal” unificado a menudo por lazos de parentesco frente a la realidad de estado cuyo punto de unión nace de la economía.

Generalmente cuando explicamos la mitología la explicamos de “derecha a izquierda” es decir, ajustando las fábulas mitológicas a nuestras percepciones materiales y racionales. Tal no es el caso y nunca podrá serlo (como bien señaló Barandiaran) con la Mitología Vasca cuya filosofía mitológico-cultural se basa en el popular dicho euskaldun: Izena duen guztia omen da (Se dice que todo aquello que tiene nombre existe). Como Barandiarán y Baroja señalaron la interpretación de la mitología vasca no puede ser entendido si no “de izquierda a derecha” es decir ajustando nuestra percepción racional de la vida a las fábulas mitológicas que nos ha legado la tradición popular, algo que sin duda es un desafío para la mente racional y que invierte la forma que tendemos a usar para procesar este tipo de asuntos. Comprendemos la mitología cuando la ajustamos a nuestro conocimiento racional y así nos otorgamos una autoseguridad mayor, mientras que lo que aquí propongo es precisamente ajustar las realidades perceptibles y razonables a la magia, el simbolismo y el surrealismo, y no, no pretendemos volverle loco. La única razón que me mueve a presentar este desafío a la mente racional es que, según parece, los antiguos vascos parecieron usar este orden para constituir su mitología que ahora vemos un poco más unificada gracias a los estudios y el folclore.

Existen dos palabras clave para interpretar la mitología euskaldun y son: Adur (traducido como suerte y/o destino) e Indar (fuerza). Es en estos dos conceptos en los que atraemos la explicación a una indudable dualidad complementaria (subrayo “complementaria”) que unifican, según la cosmogonía vasca, la totalidad de la realidad existencial: el surrealismo y el realismo. La dualidad complementaria es el análisis de la voluntad y el movimiento, dos procesos aparentemente distintos que componen la totalidad de la acción.

Adur supone un principio femenino (también asociado a lo lunar) que posee una clara manifestación sobrenatural y a su vez marca las raíces de toda cosa o acción objetiva.

Indar supone un principio, inicialmente masculino y solar (pero a su vez es una metamorfosis fálica del primer femenino, en palabras de Andrés Ortiz Oses, Catedrático por la Universidad de Deusto) la consolidación del inicial y por tanto la expresión manifestada de la primera (Adur).

Como bien podemos deducir Adur e Indar supone la realidad en su totalidad y ofrece una explicación aparentemente sencilla del funcionamiento de la misma con un mecanismo bastante complicado y primitivo, capaz de una sociedad arcaica. 

Aquí me gustaría añadir unos comentarios sobre un uso frecuente, pero muy mal explicado, sobre las cualidades femeninas del Sol y la Luna atribuida a la cultura mitológica euskaldun. Si bien es cierto que el sol y la luna pueden considerarse como ambas partes de una totalidad encarnada en la Diosa de los Vascos, también es cierto que existe una apelación indudablemente masculina al carácter solar de esta concepción. Algunos estudiosos apuntan a una metamorfosis fálica y masculina de la propia Mari (de la que se desmembran una serie de dioses y númenes masculinos y femeninos) cuando piensan en Indar en su carácter solar. Si bien esto tiene mucho sentido debido a omnipocedencia que la  cultura Vasca señaló en su Diosa con respecto a todas las cosas, no podemos obviar que a pesar de esto, independientemente de su procedencia femenina, el culto solar (y posteriormente celestial con el Dios Urtzi, dios del cielo que fertilizaba con su semen –la lluvia- a la madre del universo, Amalur, la naturaleza) posee un carácter masculino y fertilizador como el aparato lunar, misterioso, brujeril, y “oscuro” de índole femenino, tal vez todo esto como resultado de una interrelación con las posteriores civilizaciones Indoeuropeas y su culto masculinizado de las sociedades aguerridas (en el caso vasco, probablemente sus vecinos Celtas y Celtíberos).

Esto no significa que debamos de hablar de un Dios masculino y solar como pudiese ser Balder, Lugh o Mitra, si no de una metamorfosis (entendiendo la facilidad con la que vemos metamorfoseada a la Diosa Euskaldun) masculinizada del principio generador que si supone de un carácter indudablemente femenino, más que de un sexo humanizado y unilateral, en un concepto ideográfico y filosófico natural típico en todas las sociedades matrilinieales.

La incoherencia de la concepción del sol no solo nos la encontramos en el mundo académico, parece ser que antiguamente incluso entre los propios vascos existió. Algo lógico en las sociedades tribales, dos regiones pueden creer en los mismos Dioses, pero tal vez los detalles concretos se contradigan puesto que nunca supuso una religión en el concepto que conocemos ahora, es decir, en su concepto de unificación “cultural”. Así pues en Bizkaia observamos el dicho (para despedir al sol): Eguzkia joan da bere amagana, biar etorriko da denpora ona bada (El sol ha ido a donde su madre, mañana vendrá si hace buen tiempo) y en Nafarroa observamos:Agur, amandre, biarartio (Adiós, señora madre, hasta mañana). En el segundo obviamente entendemos que quien lo recita piensa en el Sol como una madre, sin embargo en el primero tenemos algo muy interesante ya que nos encontramos observando al Sol como un hijo de su madre (la tierra) una creencia arraigada en muchas comarcas y regiones de Euskal Herria. Nuevamente tenemos a la madre (Adur) de la que procede el Sol (Indar). De hecho en la cosmogonía vasca todo procedía del principio absoluto maternal que era encarnado para los ojos humanos en la tierra fértil.

El concepto filosófico arcaico de Adur e Indar sostiene casi toda (por no decir toda) la cosmogonía Vasca desde principio a fin como forma de entendimiento del mecanismo entre lo que nosotros denominaríamos fuerzas naturales y sobrenaturales, que para los Vascos antiguos, nunca tuvo una línea que marcara una frontera divisoria. Adur vendría a suponer un principio generador (o subconsciente y sobrenatural) de absolutamente toda la manifestación “real” (Indar). En la complicada forma de interpretar los mitos utilizamos generalmente una dirección totalmente contraria a la que aquí yo presento, pues si nos damos cuenta y nos estudiamos conscientemente a la hora de estudiar la mitología nos daremos cuenta de que tendemos a darla explicación gracias a nuestro propio patrón generador que es siempre de índole razonable, científico e incluso materialista. En cambio la filosofía de Adur e Indar supone una interpretación radicalmente contraria e invertida a la hora de procesar una percepción de este tamaño.

Pensamos que X cultura explicaba una fábula mitológica (Adur) como explicación primitiva a X fenómeno que ahora la ciencia nos demuestra (Indar) ofreciendo el sistema de que la mitología procede de la realidad, es decir, Adur procede de Indar. En la concepción euskaldun las cosas que nosotros llamamos científicas pasaban precisamente porque un principio misterioso provocaba que sucediese, Indar procedía totalmente de Adur. Adur era la semilla de la planta, y por ella brotaba la planta (Indar). La fuerza, la acción, estaba sujeta a un principio de voluntad (no entendamos “voluntad” como “voluntad divina” si no más bien como “voluntad impersonal” en unos parámetros y a unos niveles y esferas totalmente desconocidos) a menudo incomprendido y el entendimiento de esa fuerza y su posterior operación sobre la misma  (es decir, la Brujería) permitía a las Sorgin (brujas en el País Vasco) generar una serie de sucesos que eran imposibles de erradicar, se dice que incluso ni por el Cristo ¿por qué? Porque esa operación surtía sobre el propio Adur misterioso y eso era imposible de solucionar, ni si quiera por Dios. Si nos fijamos en la cultura vasca cristianizada, observamos mil fórmulas para evitar el advenimiento de las brujas pero muy difícilmente encontramos una solución para las cosas que se las imputaban (la muerte de bebés, la destrucción de las cosechas, la infertilidad de las mujeres y del ganado). La idea era evitar el desastre y no solucionarlo, solo los “demonios” (Dioses, númenes, genios y otros seres sobrenaturales) enseñaban a las Sorgin esta ciencia vetada a los Cristianos quienes debían someterse a la voluntad de un Dios desconocido. Podemos asemejar (pero solo por esta vez y para entendernos ya que poseen matices muy distintos) el concepto de Adur con el concepto de Wyrd-Orlog Germánico, aunque solo en esencia filosófica y no necesariamente en funcionamiento y expresión objetiva.

Explicar todas las implicaciones de Adur e Indar nos llevaría demasiado tiempo y creo que con una introducción cumpliré mi misión, que es la de introducir esta idea y ofrecerla para la reflexión en la necesidad que tenemos a tener en cuenta sobre el procesamiento a la hora de interpretar la mitología vasca (de subjetivo a objetivo, irracional a racional, todo ello dentro de un metaparadigma unificado y dual pero a su vez extremadamente complementario formando una sola cosa). No obstante vemos a menudo en las leyendas sobre las Sorgin un funcionamiento muy interesante de este principio y es el de maldecir o sanar.

Una Bruja consagraba una vela (o una moneda) en el nombre de su enemigo y la derretía y retorcía, mientras la maldecía e insultaba para infligir el mismo daño en su enemigo, pues tal como estaba operando en Adur se manifestaría más temprano que tarde en Indar (la persona a la que el maleficio estaba ligado).

Lo mismo con el sortilegio popular para cerrar heridas mediante el cual, la Sorgin, hacía un corte a la corteza de un árbol y después sanaba al árbol infligiendo una inmediata curación a su paciente.

Adur como principio de las cosas era sostenido por la “toda-generadora” representada como la naturaleza que a su vez era encarnado en una Diosa (Amalur, Mari, Amaia, Andre/Andra) que podía ser tan abstracta e “inmaterial” como sólida, objetiva y material llegando incluso a tomar la forma de una mujer para pasearse por los campos o tejer en una de sus muchas cuevas maldiciendo al asesino, al mentiroso, al ladrón y bendiciendo al noble y al justo (Mari no puede ser catalogada de una “moral” única pues era a la vez benévola y a la vez aterradora, dependía mucho de las circunstancias). A la vez, la naturaleza tenía dos hijas; el bien y el mal, lo bonito y lo feo, el sol y la luna, el día y la noche, los muertos y los vivos.

Luego tenemos a Indar que era inmediatamente generado por Adur, observamos a una Mari fálica que necesitaba de encontrarse con su generadora, a veces muy concretizada, lo que provocaba la existencia objetiva de otros númenes (y aquí es donde nos dirigimos a las masculinización) como el Dios-Serpiente Sugaar que todos los Viernes se unía en amor (sexual) con Mari provocando terribles tormentas y tempestades (por eso se dice que el Akelarre se reunía los Viernes), o el Akerbeltz que, coronado con dos enormes astas de venado, reinaba el Akelarre junto a su Dama (nuevamente Mari) y así con el infinito repertorio de Dioses locales o de situaciones muy concretas como lagos, manantiales, montes, etc...

Esto aunque simplista sigue poseyendo una realidad muy marcada en la sociedad vasca actual (mayoritariamente la rural) expresada en lo que conocemos como supersticiones y costumbres. Como costumbre entendemos, los Vascos y haciendo referencia a “la toda generadora”, como cabeza de familia a la “abuela” quien ha sido siempre y continua siendo la matriarca de toda la familia y a menudo la encargada de concebir ciertos rituales espontáneos como las ofrendas de luz a los muertos, rito de índole pagano pero hoy muy cristianizado. La abuela (y faltando esta, la madre) es quien decide las cosas realmente importantes en las familias Vascas, digamos, “tradicionales” (esto son familias más apegadas a las costumbres tradicionales, y hay muchas). Respecto al concepto comentado sobre Adur e Indar observamos a la sociedad rural vasca contemporánea como una sociedad extremadamente supersticiosa (aunque también con un tinte muy cristiano aún dentro de la superstición) que da explicación sobrenatural a mil y una situaciones de la vida cotidiana y también trata de evitar desastres con mil y una actividades de índole religioso o simplemente “pueblerino” en su vida y en la vida de sus seres queridos, siempre tratando de operar, casi inconscientemente sobre alguna fuerza desconocida (Adur) para hacer la vida más cómoda.

La conciencia del pueblo, supongo...

 
 
 
 

 

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