Día y Noche

Eguzki, Iguzki, Eguzku, Ekhi o Iki son algunos de los nombres por los que, en el pueblo vasco, el Sol es conocido. En muchas localidades al Sol se le atribuye una personificación femenina (a la Luna también) y es considerada hija de Amalur, y al mismo tiempo, Abuela de los seres humanos.

Eguzki amandrea bodaia bere amangana (la abuela Sol va hacia su madre) dicen en algunas localidades cuando el Sol va poniéndose, haciendo referencia al regreso del Sol al útero de Amalur, la madre de todo. El Sol reina en el día, el espacio para los vivos. Se le atribuyen muchos atributos sagrados y de protección al ser humano. Eguzki es lo que alumbra a los vivos y vigila así como ayuda y permite el trabajo cotidiano. Alrededor del Sol se concibieron algunas importantes celebraciones precisamente por los atributos de sacralidad que siempre se le otorgó.

La protección del Sol es invocada en la noche contra posibles espíritus enemigos que pudieran vagar guiados por la luz de la Luna. Uno de esos símbolos es la Flor de Cardo, símbolo Solar que se pone en las casas para ahuyentar influencias poco recomendables. Otro símbolo, el Lauburu, goza de poderes de protección y salvaguarda precisamente por su vinculación con el Sol. Hay otros símbolos que representaron el sol para los antiguos vascos y que también tuvieron facultades de protección e incluso de curación, tales son: círculos simples y concéntricos, ruedas de radios rectilíneos, estrellas pentagonales, signos ovífilos etc...

Los símbolos solares más antiguos, hallados hasta ahora en Euskal Herria, datan de la época de los romanos y son una lápida funeraria con una rueda de radios curvos grabados, el tetraskelo del Museo de Pamplona y la lápida de Santa Clara.

El cristianismo intoxicando un poco la conciencia popular vasca, se agarró a esta creencia de sacralidad en el Sol para explicar que sus rayos ahuyentaban brujas, lamias y “demonios”. Creencia que está extendida por algunos lugares de Euskal Herria, sin embargo, no se duda de la modernidad de esta creencia y el influjo que la Iglesia tuvo en la misma.

Ilargi es la Luna, también llamada Ilazki, Iretargi, Argizai y Goiko. Significa básicamente “la luz de los muertos” y el nombre ya nos dice mucho sobre su función y las creencias que la tradición popular vasca atribuyeron al satélite. La luna solía ser, saludada y despedida, al igual que hemos señalado con el Sol. Los vascos se dieron cuenta no únicamente del influjo lunar sobre las mareas, obviamente como buenos observadores de los mares, sino también observaron su influencia sobre el comportamiento de los animales y la evolución de las cosechas, además aprendieron incluso a lograr predecir fenómenos meteorológicos gracias a la observación de la luna, que a su vez, ponía en alerta a los tradicionales pescadores vascos de los mejores momentos para salir a faenar.

Sin embargo y a pesar de todo esto la función más famosa de Ilargi es iluminar con su luz a los muertos. En su caminar por fuera y dentro del útero de Amalur, Ilargi va guiando las almas de los muertos. Debido a ellos en la noche es frecuente que los muertos vuelvan a sus moradas a observar a sus seres queridos y a consumir las ofrendas que estos les han dejado antes de ir a dormir.

El Sol y la Luna fueron, sin lugar a ninguna duda, deificados por los antiguos vascos, solo que parece que no existió un culto muy desarrollado en la personificación de ambos y más bien únicamente un desarrollo ejemplar dedicado a beneficiarse y canalizar los atributos (naturales y sobrenaturales) de ambos. El Sol y la Luna son los protagonistas de una división bipolar que el vasco antiguo tenía en la mente: el mundo y el otro mundo; el día y la noche; los vivos y los muertos, Adur e Indar, etc...

Esta bipolaridad permitió al vasco antiguo organizar una serie de labores cotidianas, tanto en lo físico como en lo espiritual, que marcó su diario vivir y arraigó poderosas costumbres, creencias y ritos que marcó profundamente la religión. Dichos factores, tras la llegada del cristianismo, no pudieron ser sino asimilados debido a la imposibilidad de ser erradicados por los ministros de la nueva fe.

El día como fuente de vida, trabajo, salud, dinamismo, caminar, acción fue también y sin lugar a dudas trasladado a lo que podríamos denominar “época solar” que vendría a suponer cuando el calor estaba más presente y el día duraba más que la noche. El símbolo de este factor de la jornada diaria y estacional se vería especialmente marcado por el Lauburu con sus cabezas mirando hacia la derecha.

La noche como misterio, sobrenaturalidad, secreto, recogida en la casa, respeto, magia, descanso, también tendría un equivalente inequívoco en una época fría en donde la oscuridad obtuviera el predominio cotidiano y estacional. Dicha oscuridad lunar y nocturna se vería identificada por el lauburu con sus brazos mirando hacia la izquierda, modo no muy usual para representarlo, pero que sin embargo también tiene su significado.

 
 
 
 

 

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