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Según
cuentan las leyendas, el aquelarre
comenzaba con la iniciación de los
neófitos. Se supone que la ceremonia
iniciática incluía prestar juramento de
obediencia al demonio, firmando con él
pactos de sangre y profanando
crucifijos, por ser la señal de la Cruz,
y otros objetos sagrados; la asignación
de un espíritu ayudante bajo la forma de
gato, ratón, comadreja, sapo u otro
animal pequeño, que actuara de sirviente
del brujo; la realización de diversos
actos obscenos de obediencia al demonio
y su vicario. A la iniciación seguía un
acto de culto general que con frecuencia
incluía la misa negra, una farsa de la
misa católica. Se dice que el culto
desembocaba en una danza que se hacía
cada vez más salvaje e indecente. El
aquelarre terminaba supuestamente en una
orgía sexual.
En cada
aquelarre, y sobre todo cuando había que
recibir a un nuevo iniciado, el diablo
tomaba la figura de un hombre triste,
encolerizado, negro y feísimo, estaba
sentado en una roca, tan pronto dorado,
tan pronto negro como el ébano. Lucía
una corona de cuernos, con otros dos más
en la nuca, y una tercera en medio de la
frente; con ésta iluminaba el aquelarre.
Sus ojos eran grandes, muy abiertos,
lumínicos, espantosos. Su barba era como
la de un chivo, mitad de hombre, mitad
de cabrón. Tenía pies y manos humanos,
con los dedos terminados en unas uñas
desmesuradamente largas, que acababan en
punta. Su fisonomía expresaba a la vez
malhumor y melancolía.
Al
comenzar la ceremonia todos los
presentes se prosternaban y adoraban a
este ser, llamándole su amo y su dios, y
repitiendo la apostasía pronunciada ya
al ser recibido en la iniciación. Todos
le besaban el pie, la mano, el costado
izquierdo, el trasero y el pene. La
sesión empezaba a las nueve de la noche
y terminaba en modo alguno después del
canto del gallo.
Se dice
también que el diablo solía marcar a sus
acólitas. Una de las maneras era
hacerles una herida en alguna parte del
cuerpo, que al cicatrizar se
insensibilizaría. Así, durante las
torturas en la Inquisición muchas veces
se excusaban en que no estaban
torturando exactamente sino buscando esa
zona insensible que delatara a la bruja
como tal. Otra marca que usaba el diablo
era dotarles de un falso pezón que
serviría para amamantar a su demonio
familiar, oculto muchas veces bajo la
forma de un animal. De aquí surgen dos
creencias tradicionales que se mantienen
hoy, la de que las brujas suelen tener
verrugas (por donde se alimentaría este
demonio familiar) y la de que suelen
acompañarse de gatos negros o de otros
animales como pueden ser lechuzas o
cuervos. |