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Euskal
Herria (en español “El Pueblo Vasco”) es
el territorio histórico de los vascos.
Se
expande por el norte de la península
ibérica, y tras los pirineos, se
extiende en tres provincias por la
actual Francia. Tenemos Hegoalde o “País
Vasco Peninsular” con sus provincias:
Bizkaia, Araba, Nafarroa Garaia y
Gipuzkoa, y por otro lado, tras los
pirineos, en el actual sur francés
tenemos Iparralde o “País Vasco
Continental” con sus provincias: Zuberoa,
Lapurdi y Nafarroa Behera.
El total
de habitantes de Euskal Herria se estima
entre los tres millones, una población
prudente en un territorio no demasiado
expandido. Euskal Herria históricamente
nunca ha sido un territorio hiper-poblado
y desde que sale mencionada en las
observaciones de Roma y Grecia, siempre
ha sido una sociedad tribal, matriarcal
y pacífica militarmente en el sentido de
que Euskal Herria casi nunca ha
registrado conflictos bélicos con la
intención de ocupar territorios, aunque
se han dado poderosos altercados
militares desde Roma hasta épocas muy
tempranas, casi siempre debido a los
intentos de ocupación por civilizaciones
extranjeras o a la
violación
del territorio “de paso”, vital para
estrategas como Carlomagno, quien fue
derrotado en su retaguardia cuando
trataba de pasar por la vieja Vasconia,
camino al interior.
El idioma
de Euskal Herria es el Euskara, un
idioma antiquísimo, probablemente de los
más antiguos de Europa. El Euskara hoy
es un idioma arcaico recientemente
adaptado en parte para su uso en los
tiempos modernos, no hay registros
exactos que prueben su antigüedad
exacta, y tan solo se puede especular.
En lo único en lo que los estudiosos se
ponen de acuerdo es en que estaríamos
ante un idioma primitivo, pre-latino y
con un posible linaje espectacularmente
asombroso descendiente del Neolítico.
La
impresionante antigüedad del pueblo
vasco es algo en lo que han coincidido
prácticamente la inmensa mayoría de
estudiosos. En el 2002 la revista
Sprektrum der Wissenschaft publicaba un
estudio realizado por varios expertos de
distintos países de Europa, dicho
estudio resolvía que los antiguos vascos
habrían contribuido a los genes europeos
con un 75%, otros estudiosos se hicieron
eco bajo la consigna bromista de “todos
somos vascos”. Estudios similares,
aunque algunos de otras ramas distintas
a la paleogenética y ADN mitocondrial,
abordan que la actual Euskal Herria
estaría poblada hace unos 200.000 años
por una minúscula y pequeña población
aislada entre si. Población de la que se
han encontrado innumerables
instrumentos. En toda la geografía vasca
se han encontrado restos de ocupación
humana procedentes del Paleolítico Medio
(entre el año 100.000 y 35.000 A.E.).
Estas (y otras) hipótesis hacen pensar a
los estudiosos y expertos que los
antepasados vascos ya habitaban la
actual Euskal Herria en estos tempranos
tiempos y que el Euskera ya se hablaba,
puede que de forma inimaginablemente más
primitiva, en el mismo territorio desde
el Neolítico. Con el Euskera, estamos
ante la única lengua pre-indoeuropea
superviviente actualmente en el
continente.
El fin de
la glaciación y el Neolítico en general
supuso para nuestros antepasados un
salto evolutivo en todos los aspectos.
El vasco, con los siglos, perfeccionó
los sistemas de caza y pesca. Más
tardíos, a finales del Neolítico los
cadáveres se inhumaban en cuevas e
inmediatamente después comienzan los
depósitos colectivos en el interior de
las cavernas y en los dólmenes. Sobre el
25.000 AE se construye un santuario en
el interior de una cueva, datada del
periodo Magdaleniense en la actual
Karrantza (Bizkaia). Con los siglos, los
vascos serían conocidos
internacionalmente por ser uno de los
pueblos más hábiles en la pesca llegando
hasta zonas como Irlanda y Escandinavia.
Tras
esta pequeña introducción y resumen de
Euskal Herria deberíamos preguntarnos
¿tuvieron algún tipo de religión? Y la
respuesta es una firme si. Sin embargo
se baraja la hipótesis de que esta
religión pudo haber evolucionado mucho
durante las eras y cuando hablamos del
“paganismo vasco”, hablamos de una etapa
religiosa más o menos evolucionada,
formada a menudo de formas distintas de
una región a otra pero que si bien es
cierto compartían los puntos
fundamentales en su estructura,
ceremonias, divinidades y costumbres. La
religión vasca además sufrió
modificaciones posteriores tras el
contacto con muchas costumbres
Celtíberas, lo que hoy conocemos como
“paganismo vasco” es el resultado de una
afluencia de la original cultura vasca,
con algunas aportaciones celtíberas,
probablemente debido a la influencia de
sus vecinos. Lo primero que debemos
señalar de la religión vasca es que es
una religión poderosamente matriarcal y
de carácter ctónico. La Diosa más
importante (Mari, también llamada Amalur
o Maia e identificada bajo muchos
títulos a lo largo de todo Euskal Herria)
ocupaba el papel principal entre el
panteón vasco como progenitora de todo
lo existente y, en cierto modo, líder de
todos los demás Dioses (un liderazgo que
sería un error comparar con una especie
de comandancia o cualquier jerarquía
posterior no-primitiva). Esta vivía en
muchos lugares, siendo las Cuevas para
ella lugares sagrados. Viajaría por
desconocidas vía subterráneas junto a su
consorte; una serpiente macho a veces
llamada Maju y otras Sugaar. Mari
saldría al exterior vía ciertos pozos y
agujeros naturales de carácter histórico
y los pobladores vascos la
identificarían de muchas maneras, siendo
la más frecuente una mujer voladora
envuelta en llamaradas de fuego y
provocando o erradicando tormentas a su
antojo, según sus deseos o enojos. Así
Mari podía destrozar la cosecha de un
pueblo que la hubiese ofendido causando
numerosas bajas, o ayudar a crecer las
cosechas de un pueblo que la hubiese
agradado. En toda la geografía vasca,
sin ningún tipo de excepción,
encontramos en la memoria popular que
adorar a la Diosa Mari era sinónimo de
bendición y enojarla de muerte segura.
Un culto que en las aldeas más
primitivas ha sobrevivido, a menudo
enfocado en la imagen de la Virgen María
a quienes, aún así, la siguen llamando
“Mari” o “Andra Mari” (Señora Mari).
Tras de si, Mari, otorgaba ciertos
conocimientos naturales (y otros
sobrenaturales) a las personas que ella
escogía, a menudo lo hacía bajo una
transformación humana y otras por
mediación de sus sirvientas; las Lamias.
Mujeres con pié de oca o pato (en
algunos lugares, aunque escasos, mujeres
con pie de cabra) portadores de unos
poderes asombrosos, casi tan asombrosos
como su belleza atribuida por el
folclore popular. Como veremos a estas
figuras principales se las suman otro
buen número de Dioses o espíritus que
componen el aparato religioso del vasco
primitivo, posteriormente conocido como
el “vasco pagano”. Uno de sus Dioses
importantes sería el Dios Urtzi (u Ortzi),
un Dios celeste del que se supone no
sería de origen vascón, si no una de
esas aportaciones anteriormente
mencionadas.
Esto se
piensa así debido al carácter ctónico
original de la religión vasca en donde
no parecía tener cabida un Dios celeste.
Mari sería vista también como la
naturaleza y muchas veces sería nombrada
como Amalur (Madre Tierra). Amalur sería
una especie de personificación un poco
abstracta de la naturaleza, una homóloga
muy idéntica a la Nerthus nórdica
inmortalizada por Tácito en su obra
“Germania”. Amalur sería la madre de
todo lo existente, incluso del Sol y de
la Luna. La mitología vasca describe a
los dos astros (en principio de origen
femenino ambos, aunque hemos llegado a
saber de una masculinización muy
concreta del Sol en algunas regiones
Navarras) como nacientes del seno de “la
Madre” en cada amanecer, para caminar
por el cielo y
volver al útero de Amalur representando
así el atardecer (caída del sol) y el
amanecer (caída de la luna). Cuando uno
nacía (el sol) la Luna volvía y
viceversa, lo que hizo imaginar a los
Vascos al día y la noche como una misma
cosa. El día un espacio para los vivos y
la noche como espacio para los muertos.
La luna, en Euskera “Ilargia” significa
“la luz de los muertos” y respecto a
Eguzki (Sol) el escritor Agustin Xaho
nos dice que puede ser “Eusko” (Vasco)
una procedencia lingüistica de la
palabra Eguzki, teniendo en cuenta esto,
Xaho llegó a la hipótesis de que vasco
sería una palabra cuya intención era
decir “hijos del sol” haciendo
referencia a los vivos (Egunekoak, los
del día), frente a los muertos, Gauekoak
(los de la noche), o hijos de Gaueko, el
Dios de la Oscuridad (oscuridad como
misterio, y no como maldad o terror).
En este
campo el cielo vendría a suponer un
lugar vacío, un espacio de tránsito
entre la luna y el sol, y cuando deseaba
ella, un lugar de vuelo o incluso recreo
para la Diosa Mari. La posterior
identificación con Urtzi como un Dios
personificado parece una adaptación.
Dicha personificación, si hacemos una
comparativa fácil, pudiera ser también
“Trueno”, y la comparativa sería la de
ciertos Dioses Indoeuropeos, el
Escandinavo Thor entre ellos, aunque
antropomórficamente Urtzi era abstracto
y no poseía figura propia de
identificación, como en el caso de Thor
con sus barbas, melenas y, obviamente,
su poderoso martillo. Muchos dichos nos
arrojarían un halo de luz respecto a
esta comparación curiosa debido al mito
de la lluvia, representada
mitológicamente como el “semen de Urtzi”
que cae sobre la “Madre Tierra y
progenitora de todo” para poder lograr
la vida de absolutamente todo lo que
existe. Un parecido muy curioso con el
ya mencionado Thor, un Dios vinculado a
la supervivencia, precisamente porque su
martillo permitía las tormentas que
daban vida a la tierra y a su vez
permitían la supervivencia de la
especie.
En
símbolos tenemos el “Lauburu” (cuatro
cabezas), un símbolo que con sus brazos
mirando hacia la derecha representa los
poderes del día y de la vida, y a la
izquierda los poderes de la noche y la
muerte. Este símbolo es obviamente solar
y actualmente es portado por la inmensa
mayoría de vascos como un símbolo
tradicional vasco, más que como un icono
religioso original. El único aspecto que
popularmente hoy en día podemos atribuir
al Lauburu es en su cristianización el
denominativo de “cruz vasca” por la que
se exponen en numerosas tumbas
actualmente. Seguramente pocos vascos
conocen que se hizo algo muy parecido en
la antigüedad, enterrar al vasco junto
un lauburu era asegurar su camino al
vientre de Amalur guiado por “la luz de
los muertos”, osea, la luna.
La
tradición de la que hablamos aquí, la
tradición de nuestros antepasados, no es
una tradición de templos, imperios,
dogmas, sacerdocios, etc...
Por el
contrario es una tradición de aldeas, de
pueblos, mares, bosques y prados en un
sentido primitivo. Una tradición que
sumergió a nuestros antepasados en un
mundo donde los animales hablaban, la
interactuación con espíritus y dioses
era frecuente y donde la magia estaba a
la orden del día. Tampoco es el cuento
de una “tradición de un mundo lejano”
pues su historia yace en nuestros campos
y caseríos y muchas de sus leyendas
provienen de conocidas aldeas que
salvajemente se sitúan en distintos
lugares de Euskal Herria. Unos tiempos
que el fuego de la represión fanática no
pudieron consumir del todo, si no,
únicamente desterrar al incosciente del
alma de una cultura: su folclore, su
idioma y su propia forma de concebir la
vida. La tradición por la que desde aquí
trabajamos es la tradición que se
originó, no en un sitio del que
procedieron ciertos lejanos antepasados,
si no que se originó en la tierra donde
nacimos. Nuestra herencia. |