Del fin de la historia al choque de culturas
Abel Posse
El episodio de las abolidas Torres Gemelas pone en
evidencia los conflictos ocultos que no vemos en tiempos de ilusión y bonanza. En el
último decenio dos autores cobraron fama transacadémica con dos artículos breves,
Francis Fukuyama y Samuel Huntington. Las ideas concisas y optimistas de Fukuyama (tiene
predecesores argentinos en García Venturini y José Luis de Imaz) corrieron como una
bocanada de aire fresco cuando se empezaban a levantar agobiantes sospechas sobre el curso
de la sociedad mundial. Como sabemos, anunció que habíamos pasado el umbral de la
armonía universal. Por fin un mundo donde se cambiaban los sobresaltos de la grandeza y
del heroísmo por la placentera mediocridad. No más carisma. No más gloriosos redentores
de países o de clases oprimidas. El paraíso gris estaba a nuestro lado y no habíamos
querido verlo: mercados abiertos y democracias municipales a cargo de administradores
quinquenales, algo como entre escandinavo y suizo.
Fukuyama pensó que inaugurábamos un mundo en el que las distinciones, particularidades y
tradiciones nos darían más bien vergüenza. Se abría un mundo laico, bidimensional,
preferentemente municipal, donde no nos quedaría mayor pasión que el buen sentido y
donde la verdad sería lo que votasen la mayoría de concejales o diputados.
Pero la travesura humana continuó. ¿Por qué seguimos haciendo historia para
desesperación de Fukuyama y de mucha gente bienintencionada? Porque nos aburrimos y
porque sufrimos. La historia, con su manto escarlata, nos fascina. No bien Fukuyama ponía
el punto final de su texto, Bush padre lanzaba la Teleguerra del Golfo. Después siguieron
Kosovo, el bombardeo de Yugoslavia en nombre del bien, la ejecución idiota de las
estatuas milenarias de un Buda en el que los talibanes veían el mal, la demolición de
Palestina, etcétera.
Lo cierto es que estamos en un mundo con historia, donde el humanismo imperial se vuelve
tan homicida como la revolución justiciera que, a falta de armas mayores, termina en la
canallada del terrorismo. Sabemos que la ceguera de lo absoluto oscurece a los dioses más
nobles, pone cuchillos ensangrentados en las manos de Cristo y de Mahoma.
Fukuyama había inventado una ilusión para la polis occidental. Se había olvidado de los
datos de las Naciones Unidas: las tres cuartas partes de la humanidad no duermen entre
sábanas ni sueñan con tarjeta de crédito alguna. Su optimismo de la globalización
feliz cayó con el estrépito de las torres abolidas de Manhattan.
Se puede decir que Fukuyama sintetizó el sueño de fugarse de la historia desde el lado
liberal y democrático, con el mismo entusiasmo de aquellos marxistas-leninistas que
creyeron que su revolución inauguraba un nuevo ciclo humano y que todo lo anterior a 1917
sería prehistoria.
También en la última década y en otro artículo memorable, Samuel Huntington advirtió
que se inauguraba una nueva etapa en la historia: la del choque de las civilizaciones que
no pueden aceptar el barniz del mercantilismo globalizante. Pasaríamos de los
universalismos ilusorios y superficiales (del occidentalismo de aeropuerto, la subcultura
audiovisual, la comida para animales de granja) y de una libertad de mercados teórica (e
incluso hipócrita por asimétrica) a una realidad de hombres y pueblos vinculados por
lazos profundos de costumbres, orgullo histórico, religión, y diferentes voluntades y
representaciones de calidad de vida.
No somos iguales
Ya nos va pareciendo un delirio que salteños y samoyedos, andaluces y australianos,
neoyorquinos y venecianos, berlineses y napolitanos estén unificados por el detalle de la
democracia electoral, los mercados abiertos e Internet. El disparate se desmorona con las
Torres Gemelas. Se estaba confundiendo con demasiado entusiasmo el barniz referido con el
mito de la sociedad universal.
Los hombres no son iguales, ni piensan igual ni quieren ser iguales, y menos aún
igualados por el sistema mercantil mundializado. Además, tienen dioses diversos y gozan
de distintas maneras: unos, durmiendo entre las dunas del desierto de Marsa Matruk; otros,
sentándose en la cafetería de Lexington y 52nd Street. Unos pertenecen a una cultura que
exige el velo y la discreción de la mujer en público; los otros creen normal que la
subcultura mercantil audiovisual use el desnudo femenino para vender desde aspirina hasta
un automóvil. Unos y otros gozan, por unos días, cuando se conocen, si por azar se
visitan en sus mundos remotos. Mejor que se saluden y se vuelvan, que no traten de
predicarse y salvarse mutuamente. Salvo los imperialistas, los hombres prefieren y pueden
vivir en la diversidad.
Mucho antes de lo que está pasando, Huntington escribió: "El problema para
Occidente no es el fundamentalismo islámico. Es el islam, una civilización diferente
cuya gente está convencida de la superioridad de su cultura, a la vez que está
obsesionada por la inferioridad de su poder".
Lo que está antes del terrorismo actual tiene más de mil cuatrocientos años y es un
largo combate de culturas. Para Huntington todo se agrava cuando el Occidente anglosajón
está convencido de la universalidad de su cultura y cree que su poder superior lo obliga
a extenderla como panacea universal. Las asimetrías y la continua irritación por el tema
palestino empezaron a consolidar el absolutismo islámico incluso entre los países más
moderados.
El combate entre el místico descalzo y el guerrero electrónico puede ser terrible. El
que tiene armamento superior históricamente siempre quiso la guerra oficial. Al débil
siempre le quedó la oscuridad, la punta del cuchillo (o cimitarra). La cruzada es diurna
y mediática, pero la jihad es nocturna y secular. El místico suicida no suele
tener nada aquí, en la tierra: busca la eternidad. Quienes apuestan más por la vida que
por los espacios de la muerte deben evitar la confrontación con ellos. Sabemos que el
terrorismo (desde ETA hasta el IRA) es una técnica política temible. Pero el terrorismo
de los místicos puede ser de una virulencia inimaginable.
La latinoamericana es una de las siete culturas que analiza Huntington. Podríamos decir
que somos una cultura indecisa, que todavía no supo tener voluntad como para darse formas
civilizatorias propias (no de imitación) en lo económico y en lo político. Se abre un
tiempo de culturas y de conveniente multipolaridad. El mundo crecerá y se definirá por
la libertad, la evolución y el progreso de las diferentes culturas en su propia línea
espiritual.
Con Brasil y con América del Sur, nuestro ámbito cultural natural, nos espera una gran
tarea de vida y creación. La Argentina está en su peor momento, con sus dos torres
abolidas: el economicismo, equivocado pero obsesivo, y la política, la de una democracia
que debe reencontrar la participación de un pueblo que le vota en blanco, que no la
siente como el único instrumento de su orgullo, de su dignidad y de su bienestar.
Abel Posse es escritor y diplomático. Su novela más reciente es El inquietante
día de la vida .