La internalización del poder

Luis Sánchez de Movellán de la Riva

 

El hombre no es meramente un ser sobreadaptado a su medio, sino que es capaz de una reflexión crítica sobre su situación, posee capacidad de disenso y puede ejercer su auténtica libertad para actuar de acuerdo con su profunda convicción, más allá de condicionamientos sociales. Mas cuando los códigos de conducta se interiorizan profundamente, es difícil adquirir la suficiente distancia crítica que pueda permitir la reflexión sobre la praxis individual y social.

Es más fácil rebelarse ante un poder externo, claramente identificado, y aún más si ese poder está personalizado. El esclavo vive la opresión del amo, tiene ante sí un poder visible y tangible. Pero no es tarea sencilla reconocer un dominio instalado en el interior de la propia personalidad. Así, en el curso de la historia occidental, el poder se ha internalizado cada vez más. Del poder del látigo se pasa a un poder mucho más sutil y sugerente: el dinero. La sociedad de consumo, auténtica noria crematística, instaura, por su parte, el control social a través del placer y del deseo, del despilfarro y del culto a lo superfluo.

Actualmente, mediante la manipulación genética, la biotecnología ha abierto la posibilidad de un control mucho más profundo, que, a su vez, se legitima desde la argumentación científica, prometiendo un "mundo feliz", sin enfermedades, sin vejez, quizá sin muerte. De igual forma, la institución educativa apunta, a su vez, a la formación técnica, profesional y psicológica que el sistema productivo requiere, sin atender a una formación humanística que pueda entorpecer los fines prosaicos a que el propio orden tiende. Los objetivos de la educación están dirigidos a convertir al hombre en una sofisticada y domesticada fuerza productiva casi sin alma, un operador capacitado para optimizar y elevar la eficiencia del modelo económico sobre la base de los valores del mercado: éxito económico, alta competitividad, dinamismo expansivo y ritmo desenfrenado.

El individuo así formado estará lo suficientemente identificado y comprometido con el modelo socioeconómico como para no poder cuestionarlo sin cuestionar al mismo tiempo el sentido de su vida, de su actividad y de los objetivos que se ha trazado. Sin embargo, en la medida que en el interior del mismo sistema socioeconómico se incrementan los conflictos, las tensiones y los problemas, se dan las condiciones para el surgimiento de un pensamiento crítico y reflexivo –que no subversivo– capaz de cuestionar los presupuestos subyacentes del modelo, sus pautas axiológicas y sus criterios funcionales.

Enfrentar un sistema de poder implica, en primera instancia, un desenmascaramiento de las coordenadas subyacentes, de los ejes estructurales, no meramente desde un intento de reformas instrumentales. Significa convulsionar las columnas que sostienen el paradigma y, a la vez, reconocer que esos ejes no operan sólo en el espacio exterior, sino que estructuran sólidamente el carácter social, la praxis humana y los modelos de comprensión del mundo. Por consiguiente, no es posible oponerse al sistema de poder sin un cambio radical en el interior del hombre mismo. Asumir este compromiso significa ejercer la auténtica libertad.

Si el hombre es un ser social, su libertad debe realizarse juntamente con la libertad de los demás, y no en estéril competencia. Porque la auténtica libertad no significa meramente posibilidad de opinión, ni posibilidad de hacer cualquier cosa que uno quiera. Implica, en definitiva, un profundo compromiso para asumir la condición humana sin enmascaramientos ni simplificaciones.

[El Semanal Digital, 8 de octubre de 2004]

1