La paradoja de lo global y lo local

Horacio Eichelbaum

Que la realidad salta constantemente de lo global a lo local -y viceversa- es un fenómeno que salta a la vista. Hay quien se molesta por esta aparente paradoja. Lo que el poder está intentando -desde la infraestructura económica hasta la superestructura cultural- es cerrar una etapa de unos cuantos siglos durante los cuales el mundo se fue parcelando gradualmente en unos espacios políticos más o menos cerrados que los estudiosos designan como `Estados-Nación´.

El proceso comenzó y se consolidó inicialmente en Europa. Y desde allí fue irradiando a todo el planeta, quedando fuera sólo unos pocos y pequeños pueblos marginales (en la Polinesia, en el corazón de África o en el Amazonas) que no se interesaron (o ni se enteraron) de lo que significaba una `moderna´ estructura política. Los europeos clonaron en sus inmensas colonias el modelo político de la metrópolis. Durante un siglo de tan feroces disputas de poder como lo fue el XX nacieron y se convirtieron en dominantes los dos colosos que, vistos desde el tradicional `centro del mundo´ europeo eran el Este -la Rusia soviética- y el Oeste -los Estados Unidos-. La última década del XX trajo la consagración de los norteamericanos como potencia hegemónica y quedó nítidamente a la vista la llamada `globalización´, que no es otra cosa que la pretensión de crear, de hecho, un `Estado mundial´ controlado por USA.

Durante las últimas tres o cuatro décadas varios teóricos anunciaron procesos que vendrían a suprimir los `Estados-Nación´: primero el poder de las multinacionales -que se mueven en el crudo terreno de la realidad- y después el poder del gran capital especulador -que se mueve en el incontrolable escenario de lo virtual-. Pero el tiempo no confirmó la teoría de la `deslocalización´ del poder. Esos poderes aparentemente no localizados siguieron estando estrechamente vinculados al poder político concreto de la superpotencia dominante y sus socios.

Lo que estamos viendo no es, en realidad, la liquidación del `Estado-Nación´ por haber entrado en una etapa histórica que desarrolla nuevas formas políticas de organización de los pueblos, sino, simplemente, el final del `Estado-Nación´ por `decreto´ de un único Estado-Nación dominante.

El resurgimiento de lo local es, esencialmente, la pura resistencia al dominio del planeta por una superpotencia que se impone a sangre y fuego cuando quiere escarmentar cualquier forma de rebeldía contra su poder. En Europa, esa resistencia local es, también -y quizás fundamentalmente- una reserva o una reticencia hacia la pérdida de soberanía de cada Estado-Nación frente al coloso -democráticamente cada vez menos controlable- que se está formando desde la tecnocracia de Bruselas.

Los internacionalistas tradicionales, que sueñan con un mundo sin fronteras, se indignan contra el nacionalismo y el localismo, quizás sin advertir que sólo puede haber hermandad entre pueblos y culturas autónomas. El actual es un internacionalismo de quita y pon, que levanta las fronteras sólo para dar paso a invasiones y saqueos, y las vuelve a poner cuando quiere preservar la identidad y la seguridad del imperio, o simplemente cuando impone nuevamente barreras aduaneras esas mismas que la teoría neoliberal nos anunciaba como algo tan del pasado como el cólera, la tuberculosis o la viruela (esas enfermedades `vencidas´ que también reaparecen ahora, en los `globalizados´ pueblos de la periferia).

[Extraído de La Opinión de Málaga]

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