La petulancia de Occidente
Horacio Eichelbaum
¿Qué es el `pensamiento único´? Es el síntoma más visible de una enfermedad -¿terminal?- que está minando las bases mismas de nuestra sociedad. Hemos creado una horma `filosófica´ que impone límites inflexibles, `urbis et orbe´.
El origen de esta enfermedad está en el dominio cada vez más absoluto que Occidente ejerce sobre el planeta, con una cultura amasada durante siglos que hoy tiene un liderazgo político y militar instalado en Estados Unidos. Esa `civilización´ ha llegado en algunos aspectos a tocar verdaderas cumbres del desarrollo humano y esto la hace sentirse autorizada a imponer su molde a centenares de culturas que habitan nuestro mundo. A los que estamos dentro de ese núcleo de cultura y poder nos resulta prácticamente imposible desprendernos de la petulancia de creer que nuestras formas de vida son las mejores y las que todos los pueblos deben aceptar. Cuando ese pensamiento único se manifiesta en realidades tan contrarias a la propia esencia de nuestra civilización como la invasión de Irak -y su secuela de muerte y destrucción- no tenemos dudas: nos sentimos apresados por las redes del pensamiento único, capaz de tan flagrantes contradicciones como la de ampararse en la libertad y la democracia para aplastar a un pueblo entero.
Pero cuando se ponen en cuestión derechos como el de la igualdad entre los sexos, ya nos sentimos libres para imponer nuestras formas culturales a los demás pueblos. No somos capaces de aceptar las diferencias y de asumir que serán ellos, desde su propia historia y su propia identidad, los que deberán -si es que realmente estamos marcando un camino modélico- llegar en algún momento a nuestras mismas metas.
Siguiendo los derroteros del pensamiento único hemos llegado a asumir con naturalidad que se castiguen `delitos ideológicos´, negando así la libertad de expresión cuando -a juicio de nuestra cultura- traspasa ciertos límites. Un caso flagrante es el del imán de Fuengirola que ha sido condenado por defender una de las más horrendas formas de machismo que nace, sin embargo, de textos del Corán. Ante tamaña `herejía´ reaccionamos con furia: ¡hasta ahí podíamos llegar!
Pero el camino que pasa por restringir la libertad de expresión no es el que nos lleva hacia nuestras metas sino el que nos aleja de ellas. ¿Qué haríamos si alguien glosara textos bíblicos y nos dijera que el adúltero o la adúltera deben morir lapidados? Estaríamos a un paso de prohibir el Levítico o la Biblia entera.
Hace algunas semanas, el escritor Andrés Trapiello se indignaba contra una novela que presenta situaciones absolutamente amorales, y se quejaba de que los artistas parecían quedar exentos de las aspiraciones de nuestra sociedad: "un día `ahorcando´ a un niño delante de un museo, otro diseccionando cadáveres en una galería y hoy, con este relato". Resulta extraño ver a un escritor clamando contra los excesos de la imaginación o de la provocación y olvidando la advertencia de Oscar Wilde: "Más de la mitad de la cultura moderna procede de lo que no debería leerse".
¿Serán los predicadores, los artistas o los simples provocadores los que deberán callar o será el conjunto de nuestra sociedad el que deberá admitir que no puede avanzar, implacable, marcando un único molde de pensamiento?
Machacar al pueblo iraquí no es `ideológicamente´ tan distinto de condenar con cárcel una expresión machista (mientras nuestrol machismo aflora brutal, no con `opiniones´ sino con hechos). Aplastamos y reprimimos lo diferente, sin aceptar que nos vamos hundiendo en nuestras propias contradicciones: nosotros seremos las víctimas del pensamiento único, porque habremos matado al verdadero pluralismo, que no es el de Aznar o Zapatero sino el de la diversidad de culturas que enriquecen el mundo.
[Extraído de La Opinión de Málaga]