Imperio sin fronteras
Horacio
Eichelbaum
El sistema de poder mundial ha suprimido las fronteras. Esto no quiere decir que esté en vigencia alguna especie de ley mundial que las elimine. Al contrario: las Naciones Unidas siguen estando constituida por Estados. Y los escasos principios sobre los que siempre se pretendió basar el derecho internacional continúan siendo los de soberanía de las naciones y no injerencia en las cuestiones internas de cada una de ellas.
De modo que nadie ha proclamado un "Estado global" ni una `ciudadanía universal´ como la que soñaron muchas generaciones al calor de variadas utopías. El nuevo orden de la `globalización´, se inició con el vuelo sin fronteras del capital financiero y de las multinacionales. Detrás de esa brusca homogeneización mercantilista del mundo llegaron las presiones diplomáticas descaradas: las mismas que antes se hacían con sordina, y solían negarse en público, ahora se anunciaban con bombos y platillos. Cada nación ha debido ir cediendo hacia una apertura total a la penetración del capital transnacional. En el siglo XXI, se pasó directamente a las invasiones de conquista, colocando gobiernos elegidos por el dedo de los invasores, como ha ocurrido ya en Afganistán y está ocurriendo en Irak.
Inesperadamente, y con la mejor voluntad, los nuevos utópicos acudieron a brindar una ayuda humanitaria al tercer mundo adoptando muchas veces nombres "sin fronteras", que jugaban con los viejos sueños pero que nacían en ese contexto de dominación planetaria.
Ahora, algunos teóricos descubren que
las fronteras se han esfumado sin que nadie lo proclamara formalmente. Habla, por ejemplo,
el escritor José Vidal Beneyto, de las "injusticias programadas" entre el Norte
y el Sur, "que encuentran en la injerencia humanitaria negadora de la autonomía de
los Estados su coronación más discutible y celebrada".
En ese contexto, la propia existencia de los Estados periféricos es ya una forma
de resistencia a este avance brutal de Occidente, bajo el mando norteamericano, sobre la
totalidad del planeta. La lucha de los pueblos en defensa de su identidad se constituye en
barrera -por frágil que sea- frente al poder imperial que se expande por tierras y por
mares. Hace unos 70 años el historiador británico Arnold Toynbee ya señalaba
el avance de Occidente aplastando a las demás culturas, aunque pensaba que a cada pueblo
todavía le quedaba su "alma". Cada pueblo que intenta seguir siendo
autónomo es un testimonio de que todas las "almas" no han desistido de su
independencia.
Vidal Beneyto nos recuerda en estos días que "la ciudadanía pende de la nacionalidad, los derechos civiles sólo tienen verdadera efectividad si están reconocidos y garantizados por una legislación nacional" ¿Hasta cuando será así? Él mismo contesta: "hasta que tengamos un verdadero orden mundial que funcione". El problema está en que tenemos "un verdadero orden mundial", y funciona. De lo que se trata, en todo caso, es de luchar por otro orden mundial. Y para ello no pesan demasiado las proclamas sobre una globalización "justa", porque el sistema avanza como una locomotora ciega, al margen de presuntas propuestas reformistas. Las objeciones sólo se plantean en el campo de la ética porque en el de la política ni siquiera se insinúa alguna propuesta concreta de cambio.
[Extraído de La Opinión de Málaga]