Ernst Jünger: yo soy la acción
José Luis Ontiveros
En torno a la obra del escritor alemán Ernst Jünger se ha producido una
polémica semejante a la que preocupó a los teólogos españoles en relación con la
existencia del alma de los indios. De alguna manera, el hecho de que se le haya discutido
en medios intelectuales mundiales con asiduidad, y el que una nueva política literaria
tienda a revalorizarlo, le otorga, como lo hizo a los naturales el Papa Paulo III, la
posibilidad de una lectura conversa; ya no traumatizada por su historia maldita,
absolutoria de su derecho a la diferencia, y exoneradora de un pasado marcado por la
gloria y la inmundicia.
La polémica sobre Jünger que en medio de lamentaciones previsorias sobre su ceguera
histórica ha reconocido la posibilidad de que también poseía un alma personal, se
ha mantenido, sin embargo, en los límites del conocimiento de su obra. Pareciera que
profundizar en Jünger puede indicar de alguna manera una proclividad secreta, una oscura
complicidad con este peligroso junker, intelectual orgánico de los
desarraigados, al que se suele evocar como el cazador y animal de presa, que en la
adolescencia se enrola en la Legión Extranjera francesa, testimonio que deja en Juegos
Africanos; se le presenta como situado de pronto a la sombra de las espadas
(1), y esta exaltación hecha tipología se presenta como el truco con que se evade el
contenido de su obra. Por ello debe partirese de un principio: Jünger sigue siendo el
mismo, es un réprobo permanente y resuelto, una conciencia erguida y soberana: yo
siempre he tenido las mismas ideas, sólo que la perspectiva ha cambiado con los años
(2). En Jünger hay una sola línea ascendente, un impulso de creación unívoco que
arranca en 1920 con Tempestades de Acero, se afirma en Juegos Africanos, obra intermedia,
que precede a En los acantilados de mármol (1939), Heliópolis (1940), y Eumeswil (1977).
Resulta entonces necesariopara llegar a Heliópolis y a un acercamiento a su comprensión,
hacer referencia a un problema histórico. Jünger en la línea de Saint-Exupéry y de
Henry de Montherlant ama la acción como el supremo valor de la vida: no existe una
renuncia a las pompas del mal, a los frutos concretos de la acción. Hay, al contrario, a
lo largo de su obra, un reflejo centelleante que nace de la negación deliberada de la
bondad; un aliento nietzscheano de que no encontraremos nada grande que no lleve
consigo un gran crimen. Por ello es que debe ahorrarse la gratuidad de
perdonarlo, de ver en Jünger al intelectual víctima de sus demonios. De esta forma si
Jünger ha padecido un Nuremberg simbólico, la actitud rectora de su creación ha
permanecido firme sobre la marejada, sobre los prejuicios políticos y aún sobre la conmiseración
que nunca ha necesitado. No hay en su obra, como producto de la derrota de Alemania en la
II Guerra Mundial, una disociación de un antes y un después; una versión suavizada del
mal, que habría retrocedido de su estado agudo a su estado moderado.
Por ello, si su texto La Guerra, nuestra madre escrito en 1934 ha recorrido una
suerte semejante a Bagatelas para una masacre de Louis Ferdinand Céline, en el
sentido de que ambos son unánimemente condenados y prácticamente
inencontrables a excepción de fragmentos; el joven escritor alemán, que afirmaba que:
la voluptuosidad de la sangre flota por encima de la guerra como una vela roja sobre una
galera sombría (3), es el mismo que canta el poder de la sangre, treinta y un
años después de cieno, fuego y derrota: los gigantescos cristales tienen forma
de lanzas y cuchillos, como espadas de colores grises y violetas, cuyos filos se han
templado en el ardiente soplo de fuego de fraguas cósmicas (4).
El nuevo intelectual
El viejo junker, ha nacido como hijo de la burguesía industrial
tradicional, en Heidelberg, el 29 de marzo de 1895, ha permanecido a sus 93 años de edad
como un fiel artesano de sus sueños, un celoso guardían de sus obsesiones, un claro
partidario de la acción. Por otra parte, se presenta el problema histórico. Jünger,
herido siete veces en la I Guerra Mundial, portador de la Cruz de Hierro de primera clase
y de la condecoración Pour le Mérite (la más alta del Ejército
Alemán); miembro juvenil de los cascos de acero y de los bolcheviques
nacionales; y ayudante del gobernador militar de París durante la ocupación
alemana, es un nuevo intelectual, que rompe con el molde tradicional que tiene de la
función intelectual la Ilustración y la cultura burguesa. En cierta medida corresponde a
los atributos que describe Gramsci del nuevo intelectual: el
modo de ser del nuevo intelectual ya no puede consistir en la elocuencia motora, exterior
y momentánea, de los efectos y de las pasiones, sino que el intelectual aparece insertado
activamente en la vida práctica, como constructor, organizador, persuasivo
permanentemente (5). En este sentido Jünger va más allá de la elocuencia
motora, de la relación productiva y mecánica de una condición económica
precisa.
Puede decirse entonces que si bienJünger tiene atributos de junker
prusiano, teniendo parentesco con la casta sacerdotal militar que tiene un
monopolio casi total de las funciones directivas organizativas de la sociedad política
(6), esta relación funcional y productiva está rota en el caos, en el nihilismo y la
decepción que acompañan a la derrota de Alemania en la I Guerra Mundial. Jünger, que
quizá en la época guillermina del orgulloso II Reich, hubiera podido reproducir las
características de su clase, se encuentra libre de todo orden social como un intelectual
del desarraigo, de la tribu de los nómadas en el poderoso grupo disperso de los
solitarios que han luchado en las trincheras.
Detengámonos en el análisis de este estado espiritual y de esta circunstancia
histórica, cuya trascendencia se manifiesta en toda su narrativa, especialmente en el
carácter unitario de su obra y en su posición ideológica, lo que a su vez nos
permitirá comprender la clave de una de sus novelas más significativas del período de
laúltima postguerra: Heliópolis, cuyos nervios se hallan ya entre el tumulto que
sobrecoge al joven Jünger, como un brillante fruto de la acción interna que sujetará su
espíritu.
Así podremos apreciar cabalmente a este autor central de la literatura alemana del siglo
XX, para determinar cuál es el rostro que se ha cincelado, en la multiplicidad de
espectros que lo reflejan con caras distintas. ¿Acaso es Jünger, como quiere Erich
Kahler, al que incumbe la mayor responsabilidad por haber preparado a la juventud
alemana para el estado nazi, aunque él mismo nunca haya profesado el nazismo?
(7). ¿Se trata del escéptico autor de la dystopía o utopía
congelada que se expresa en su relatoEumeswil? ¿Quién es entonces este
contardictorio anarquista autoritario?
La trilogía del desarraigo
Podemos intentar responder con un juego de conceptos en los que se articulase su
radiografía espiritual, con su naturaleza compleja y una historia convulsionada y
devoradora. Esta visión nos dará un Jünger revelado en una trilogía: se trata del
demiurgo del mito de la sangre, del cantor del complejo de inferioridad nihilista de la
cultura alemana, del emisario del dominio del hombre faústico y guerrero. Sólo así
podremos entender cómo Jünger pudo dirigir desde fuera de sí un
pelotón de fusilamiento, certificar la estética del dolor con una segunda
conciencia más fría o experimentar los viajes místicos del LSD o de la
mezcalina. Requerimos verlo en su dimensión auténtica: la del condottiero
que huye hacia delante en un mundo ruinoso.
Memorias de un condottiero
La aventura de Jünger cobra el símbolo de una organicidad rotunda enla relación social
del intelectual con la producción de una clase concreta; se trata fundamentalmente de una
personalidad que de alguna manera expresa Drieu la Rochelle: (es) el hombre de
mano comunista, el hombre de las ciudades, neurasténico, excitado por el ejemplo de los
fascios italianos, así como por el de los mercenarios de las guerras chinas, de los
soldados de la Legión Extranjera (8). Se verdadera patria son las llamas, la
tensión del combate, la experiencia de la guerra. Su conformación íntima se encuentra
manifestada en otro de aquellos que vivieron la encarnación de una civilización
en sus últimas etapas de decadencia y disolución, así dice Ernst Von Salomon
en Los proscritos: sufríamos al sentir que en medio del torbellino y pese
a todos los acontecimientos, las fatalidades, la verdad y la realidad siempre estaban
ausentes (9). Es este el territorio en que Jünger preparará la red invisible
de su obra, recogiendo las brasas, los escombros, las banderas rotas. Cuando todo en
Alemania se tambalea: se cimbran los valores humanitarios y cristianos, la burguesía se
declara en bancarrota y los espartaquistas establecen la efímera República de Münich,
aparecen los elementos vitales de su escritura, que atesorará como una trinchera
imbatible heredera del limo, con la llave precisa que abrirá las puertas de la
putrefacción a la literatura.
Es la época en que Jünger, interpretando la crisis existencial de una generación que ha
pretendido disolver todos sus vínculos con el mundo moribundo, toma conciencia de sí con
un poder vital que no quiere tener nada que deber al exterior, que se exige como destino: nosotros
no queremos lo útil, práctico y agradable sino lo que es necesario y que el destino nos
obliga a desear. Participa entonces en las violentas jornadas de los cascos
de acero. Sin embargo, pese a ser un colaborador radical del suplemento Die
Standart, ógano de los Stahlhelm, se mantendrá siempre con una
altiva distancia del poder. Llegará a compartir páginas incendiarias en la revista Arminius
con el por entonces joven doctor en letras y bolchevique nacional
Joseph Goebels y con el extraño arquitecto de la Estonia germana, Alfred Rosenberg.
Cuando Jünger escribe en 1939 En los acantilados de mármol (que se ha
interpretado como una alegoría contra el orden nacionalsocialista), han pasado los días
ácratas en que los que volvían de las trincheras, en las que por largos años
habían vivido sometidos al fuego y a la muerte, no podían volver a las escuálidas
vivencias del comprar y el vender de una sociedad mercantilista (10). Ahora una
parte considerable de los excombatientes se ha sumado a una revolución triunfante, en que
la victoria es demasiado tangible. Jünger decide separarse en el momento del éxito. Hay
un brillo superlativo, una atmósfera de saciedad, una escalera ideológica para arribar a
la prosperidad de un nuevo orden.
En el momento en que Jünger ha decidido replegarse, abandonar el signo de los tiempos,
batirse a contracorriente, encuentra, una vez más, la salida frente a la organización
del poder en la permanente rebeldía y en la conciencia crítica. Mas esta fuga no es una
deserción: hasta el crepúsculo wagneriano sigue vistiendo el uniforme alemán. Su
revuelta se manifiesta en la creencia en las situaciones privilegiadas,
es decir, en los instantes en que la vida entera cobra sentido mediante un acto
definitivo. Resuelve así, en la rápida decisión que impone la guerra, retornar a una
selva negra personal con la desnudez irrenunciable de sus cicatrices, aislado del
establecimiento y de la estructura del poder.
El color rojo, emblema del condottiero, baño de fuego sobre la bandera
de combate se ha vuelto, finalmente, equívoco: la sustancia de la revuelta y de
los incendios se transformaba con facilidad en púrpura, se exaltaba en ella
(11); Jünger, mirando las olas de la historia restallar sobre los acantilados de mármol,
asistiendo al naufragio de la historia alemana, desolado en el retiro de las letras,
exalta en la acción la única emergencia que no se descompone, el juego soberbio
y sangriento que deleita a los dioses.
El tambor de hojalata
Hemos mencionado que una parte significativa del materail de sueños que forma su novela Heliópolis,
se encuentra en el poderoso torrente de la aventura en que Jünger se desenvuelve desde
sus años juveniles. En realidad, de sus dos grandes novelas de la última postguerra,
quizá Heliópolis sea más profundamente Jüngeriana que Eumeswil en el
sentido en que su universo estámás nítidamente plasmado, de que no existe el pathos
de una mala conciencia parasitaria, y de que, a diferencia del usufructo de la fácil
politización en que la literatura se manipula como una parábola social o histórica ,
retine un poder metapolítico, esto es, un orbe estético que se explica a sí mismo, que
se sustenta como un valor para sí.
No está de más subrayar que, independientemente de la opinión de una gran parte de la
crítica sobre En los acantilados de mármol y sobre Eumeswil como un
mensaje críptico antihitleriano, la primera, y como una denuncia contra el totalitarismo,
la segunda, su interés real sobrepasa la circunstancia política, concediendo que ésta
haya sido la intención del autor. Intencionalidad difícil de mantener en un análisis
que busque la esencialidad de Jünger, por encima del escándalo y del criterio
convencional.
Heliópolis reconquista la tensión narrativa, el libre empleo de una simbología
anagógica, el espacio de expresión que se ha purificado de lo inmediato y de las
presiones externas del quehacer literario. Ello quizá se explique por razones propiamente
literarias y en este caso también históricas. Usamos la palabra reconquista
como aquella que designa un esfuerzo que surge de la derrota, que se elava sobre la
postración, que recupera el valor existencial de la experiencia.
De alguna manera, y luego de un sordo y pertinaz silenciamiento, el universo de Jünger ha
recobrado su sentido original, su autónomo impulso poético. Más allá de la tramposa
equivalencia entre sus imágenes y una determinada concepción de la realidad. Si bien ha
manifestado ya que no existe ninguna fortaleza sobre la tierra en cuya piedra
fundamental no esté grabada la aniquilación, trátese de un mito, de un
movimiento social o de una organización del poder. Heliópolis encarna la idea de
que si los edificios se alzan sobre sus ruinas, también el espíritu se eleva
por encima de todos los torbellinos, también por encima de la destrucción
(12).
Esta es, entonces, una de las características fundamentales de la novela: el tiempo
histórico siguiendo su cauce se ha absorbido. Lo ocurrido (su propia participación en la
historia alemana contemporánea) se ha filtrado entre las simas de los heleros como un
agua nueva e incontaminada. Su escritura se ha librado del lastre y ha retomado un vuelo
límpido, en el que narra la épica y eclipse de La ciudad del Sol, como la
crónica del reino de Campanella, más distinta a la construcción intelectual de la
utopía. Hallamos en Heliópolis nuevamente al Jünger de siempre, al artista
independiente, que ha sepultado con el relámpago de su lenguaje, las bajas nubes
sombrías del rapsoda de la eficacia militar y despiadada.
Notas y bibliografía
1.- Michael Tournier, Ernst Jünger
Libreta Universitaria nº 58 UNAM, Acatlán, 1984.
2.- Nigel Jones, Una visita a Ernst Jünger, La Gaceta del FCE nº 165.
3.- Roger Caillois, La cuesta de la guerra, Tres fragmentos de la Guerra Nuestra
Madre, Ed. FCE breviarios nº 277, México.
4.- Ernst Jünger, Heliópolis, Ed. Seix Barral, Barcelona.
5.- Antonio Gramsci, Los intelectuales y la organización de la cultura, Jaun
pablos Edr. México.
6.- Antonio Gramsci. Obra cit.
7.- Erich Kahler, Los alemanes Ed. FCE breviarios nº 165, México.
8.- Pierre Drieu La Rochelle, Notas para comprender el siglo.
9.- Ernst Von Salomon, Los proscritos Ed. L. De Caralt, Barcelona.
10.- Carlos Caballero, Los Fascismos desconocidos, Ed. Huguin.
11.- Ernst Jünger. Obra cit.
12.- Idem.
[Texto publicado en la revista Fundamentos para una nueva
cultura nº 11, Madrid, 1988.]