Por una sociedad de decrecimiento
Serge Latouche
Este artículo habla
de decrecimiento. Para el autor del artículo, el crecimiento económico, lleva en sí
mismo el germen del caos. No hay otra solución que el decrecimiento. Parece una utopía,
ciertamente, pero el concepto tiene el mérito de llamar la atención sobre algo que se
lleva diciendo desde hace cierto tiempo: hay que bajar el pistón. Un desarrollo sin
límites nos lleva a la catástrofe. El argumento parte del análisis de la realidad. Los
límites del crecimiento están trazados por la misma biosfera: Después de algunas
décadas de derroche frenético, parece ser que entramos en la zona de las tormentas en
sentido literal y figurado
El desorden climático viene acompañado por las guerras
del petróleo, a las que seguirán las guerras por el agua, pero también posibles
pandemias, desaparición de especies vegetales y animales esenciales, raíz de
catástrofes biogenéticas previsibles. En estas condiciones, la sociedad de crecimiento
no es sostenible, ni deseable. Es pues urgente pensar en una sociedad de
"decrecimiento" en lo posible serena y amigable".
Agustín Arteche
El 14 de febrero de 2002, en Silver Spring, frente a las autoridades estadounidenses
de meteorología, George Bush declaraba lo siguiente: El crecimiento es la solución, no
es el problema". "El crecimiento es la clave del progreso ecológico, porque
provee los recursos que permiten invertir en las tecnologías no contaminantes".
En el fondo esta posición "pro-crecimiento" es igualmente compartida por la
izquierda, e incluso por muchos alter-mundialistas que consideran que el crecimiento es
también la solución del problema social porque crea empleos y favorece una distribución
más equitativa.
Después de algunas décadas de derroche frenético, parece ser que entramos en la zona de
las tormentas en sentido literal y figurado
El desorden climático viene acompañado
por las guerras del petróleo, a las que seguirán las guerras por el agua, pero también
posibles pandemias, desaparición de especies vegetales y animales esenciales a raíz de
catástrofes biogenéticas previsibles.
En estas condiciones, la sociedad de crecimiento no es sostenible, ni deseable. Es pues
urgente pensar en una sociedad de "decrecimiento" en lo posible serena y
amigable.
Cabe definir a la sociedad de crecimiento como una sociedad dominada precisamente por una
economía de crecimiento, y que tiende a dejarse absorber en ella. El crecimiento por el
crecimiento se convierte así en el objetivo primordial, si no el único de la vida.
Semejante sociedad no es sostenible, ya que se topa con los límites de la biosfera. Si
tomamos como índice del "peso" ambiental de nuestro modo de vida, "su
huella" ecológica en superficie terrestre necesaria, obtenemos resultados
insostenibles tanto desde el punto de vista de la equidad en los derechos de absorción de
la naturaleza como desde el punto de vista de la capacidad de regeneración de la
biosfera. Un ciudadano de Estados Unidos consume en promedio 8,6 hectáreas, un canadiense
7,2, un europeo medio 4,5. Estamos muy lejos de la igualdad planetaria y más aún de un
modo de civilización duradero que necesitaría restringirse a 1,4 hectáreas, admitiendo
que la población actual se mantuviera estable.
Para conciliar los dos imperativos contradictorios: el crecimiento y el respeto por el
medio ambiente, los expertos piensan encontrar la poción mágica en la
"ecoeficiencia" pieza central y a decir verdad única base seria del
"desarrollo duradero". Se trata de reducir progresivamente el impacto ecológico
y la amplitud de la extracción de los recursos naturales para alcanzar un nivel
compatible con la capacidad admitida de carga del planeta.
Si nos atenemos a Ivan Illich, la desaparición programada de la sociedad de crecimiento
no es necesariamente una mala noticia. "La buena noticia es que, no es necesario
evitar los efectos secundarios negativos de algo que en sí mismo sería bueno por lo que
tenemos que renunciar a nuestro modo de vida, _ como si tuviéramos que dirimir entre el
placer de un plato exquisito y los riesgos aferentes. No. Sucede que el plato es
intrínsecamente malo, y que seríamos mucho más felices si nos alejáremos de él. Vivir
de otro modo para vivir mejor".
La sociedad de crecimiento no es deseable al menos por tres razones: genera un aumento de
las desigualdades y las injusticias, crea un bienestar ampliamente ilusorio, y a los
mismos "ricos" no les asegura una sociedad amigable sino una anti-sociedad
enferma de su riqueza.
La elevación del nivel de vida de que creen beneficiarse la mayoría de los ciudadanos
del norte es cada vez más una ilusión. Es cierto que gastan más en términos de bienes
y servicios comerciales, pero olvidan deducir de ello la elevación superior de los
costes. Ésta toma diversas formas, comerciales y no comerciales: degradación de la
calidad de vida, padecida aunque no cuantificada (aire, agua, medio ambiente), gastos de
"compensación" y reparación (medicamentos, transportes, entretenimientos) que
la vida moderna hace necesarios, elevación de los precios de productos que escasean (agua
embotellada, energía, espacios vitales
)
Lo que equivale a decir que el
crecimiento es un mito, incluso dentro del imaginario de la economía de bienestar, si no
de la sociedad de consumo. Porque lo que crece por un lado decrece más fuertemente por el
otro.
Herman Daly estableció un índice sintético, el Genuine Progress Indicator (GPI),
que ajusta el Producto Interior Bruto (PIB) según las pérdidas debidas a la
contaminación y degradación del medio ambiente. En el caso de los Estados Unidos, a
partir de los años setenta el índice de progreso auténtico se estanca o incluso
retrocede, mientras que el PIB aumenta. Lo que equivale a decir que, en esas condiciones,
el crecimiento es un mito, porque lo que crece por un lado decrece más fuertemente por el
otro. Desgraciadamente todo esto no basta para llevarnos a abandonar el bólido que nos
conduce directamente a estrellarnos contra la pared y a embarcarnos en la dirección
opuesta.
Entendámonos bien. El decrecimiento es una necesidad, no un principio, un ideal, ni el
objetivo único de una sociedad del post-desarrollo y de otro mundo posible. La consigna
del decrecimiento tiene por objeto sobre todo marcar con fuerza el abandono del objetivo
insensato del crecimiento por el crecimiento. En particular, el decrecimiento no es el
crecimiento negativo, expresión antinómica y absurda que traduce claramente la
hegemonía del imaginario del crecimiento. Literalmente eso querría decir "avanzar
retrocediendo".
Sabemos que la simple desaceleración del crecimiento hunde a nuestras sociedades en la
desesperación a causa del desempleo y el abandono de los programas sociales, culturales y
ecológicos que aseguran un mínimo de calidad de vida. ¡Podemos imaginar la catástrofe
que sería una tasa de crecimiento negativo! Así como no hay nada peor que una sociedad
de trabajo sin trabajo, no hay nada peor que una sociedad de crecimiento sin crecimiento.
Una política de decrecimiento podría consistir en primer lugar en reducir o incluso
suprimir el peso sobre el medio ambiente de las cargas que no aportan ninguna
satisfacción. El cuestionamiento del importante volumen de los desplazados de hombres y
mercancías por el planeta con el correspondiente impacto negativo, el no menos importante
de la publicidad aturdidora y muchas veces nefasta, así como de la caducidad acelerada de
los productos y aparatos desechables sin otra justificación que la de hacer girar cada
vez más rápido la mega-máquina infernal, constituyen importantes reservas de
decrecimiento en el consumo material. Así entendido, el decrecimiento no significa
necesariamente una regresión de bienestar.
Para concebir una sociedad serena de decrecimiento y acceder a ella, hay que salir
literalmente de la economía. Esto significa cuestionar la hegemonía de la economía
sobre el resto de la vida en la teoría y en la práctica, pero sobre todo dentro de
nuestras cabezas. Una condición previa es la feroz reducción del tiempo de trabajo
impuesto para asegurar a todos un empleo satisfactorio. Ya en 1981, Jacques Ellul, uno de
los primeros pensadores de una sociedad de decrecimiento, fijaba como objetivo para el
trabajo no más de dos horas por día. Inspirándonos en la carta "Consumos y estilos
de vida propuesta en el Foro de las Organizaciones No Gubernamentales de Río, podemos
sintetizar todo esto en un programa de seis "R": Reevaluar, Reestructurar,
Redistribuir, Reducir, Reutilizar, Reciclar. Esos seis objetivos interdependientes ponen
en marcha un círculo virtuoso de decrecimiento sereno, amigable y sustentable. Podríamos
incluso alargar la lista de las "R" con: reeducar, reconvertir, redefinir,
remodelar, repensar, etc., y por supuesto relocalizar, pero todas esas "R"
están más o menos incluidas en las seis primeras.
Vemos enseguida cuáles son los valores que hay que priorizar y que deberían
prevalecer sobre los valores dominantes actuales. El altruismo debería anteponerse al
egoísmo, la cooperación a la competencia desenfrenada, el placer del ocio a la obsesión
por el trabajo, la importancia de la vida social al consumo ilimitado, el gusto por el
trabajo bien hecho a la eficiencia productiva, lo razonable a lo racional, etc. El
problema es que los valores actuales son sistémicos. Esto significa que son suscitados y
estimulados por el sistema y contribuyen a su vez a fortalecerlo. Por cierto, la elección
de una ética personal diferente, como la sencillez voluntaria, puede modificar la
tendencia y socavar las bases imaginarias del sistema, pero sin un cuestionamiento radical
del mismo, el cambio corre el riesgo de ser limitado.
La limitación drástica de los ataques al medio ambiente y por ende de la producción de
valores de cambio incorporados a soportes materiales físicos no implica necesariamente
una limitación de la producción de valores de uso a través de productos inmateriales.
Al menos en parte, éstos pueden conservar una forma comercial.
Así y todo, si bien el mercado y la ganancia pueden persistir como incitadores, ya no
pueden ser los fundamentos del sistema. Podemos concebir medidas progresivas que
constituyan etapas, pero es imposible decir si serán aceptadas pasivamente por los
"privilegiados" que serían sus víctimas, ni por las actuales víctimas del
sistema, que están mental o físicamente drogadas por él. Mientras tanto la inquietante
canícula de 2003 en el sudoeste europeo hizo mucho más que todos nuestros argumentos
para convencer de la necesidad de orientarse hacia una sociedad de decrecimiento. Así,
para realizar la necesaria descolonización del imaginario, podemos contar muy ampliamente
en el futuro con la pedagogía de las catástrofes.
[Le Monde Diplomatique, Noviembre 2003]