Cristianismo

Alain de Benoist



Al establecerse en Europa, en una cultura que, cuando apareció, ya tenía tras de sí dos o tres mil de años de existencia, el cristianismo contribuyó enérgicamente a su transformación. Aportaba en efecto novedades inauditas. En primer lugar la idea una humanidad universal, compuesta de individuos iguales esencialmente en tanto que dotados con un alma en igual relación con Dios. Luego la distinción, heredada de los Hebreos, entre un ser no creado, necesario y perfecto, y un ser creado, contingente e imperfecto. Colocados como radicalmente distintos, el mundo y Dios debían por lo tanto pensarse separadamente.

El mundo perdía al mismo tiempo su autosuficiencia y su calidad de ser: no sólo ya no era el lugar intrínsecamente de lo divino sino que, siendo imperfecto, podían legítimamente granizar la esperanza de su mejoramiento. Desacralizado, lo existente tal como es, el todo-Uno (hen kai pan) se encontraba sometido a un deber-ser. Se añadía el concepto de una salvación, que como decía Téofilo de Antioquía, no se podía basar más en el rito, sino que se mantenia sobre todo como especie de compensación: confortar el individuo de su pertenencia a este mundo imperfecto. Se añadía aún una concepción de la historia
como creación terminada, es decir, como sistema irreversiblemente orientado hacia el futuro. Y finalmente la idea de pecado, bien distinta de la de falta o error, combinada de la de una corrupción original, hereditaria.

Estas nuevas ideas contribuyeron a hacer de Europa lo que pasó a ser progresivamente: un mundo ajeno a si mismo. A partir del final del II y al principio del siglo III, una "Aufklärung cristiana" por otro lado se desarrolló sobre la base de una teología logocentrica, introduciendo en la religión un principio de racionalidad ética y "emancipación" que iba a crear las circunstancias para la aparición de la modernidad.

El cristianismo también aportó una intolerancia de una clase nunca vista. Esta intolerancia, ligada a los nuevos conceptos de dogma, herejía y conversión, le han caracterizado desde sus principios, como dan prueba las declaraciones de un Tertulliano ("¿pero que tienen en común Atenas y Jerusalén?"), por un Tatiano, de un Minucius Félix, de un Cirilo de Alejandría o de un Lactance. Toda la primera literatura cristiana no es más que un largo grito de odio, de apelaciones a la prohibición, a la destrucción, al saqueo. Más tarde, en todas partes donde tuvo el poder, la Iglesia persiguió. Estas persecuciones, asociadas a las cruzadas, a las conversiones forzadas, a la lucha contra los herejes, los indígenas, los paganos o los judíos hicieron víctimas a decenas de millones. Con la Inquisición, la exigencia de conformidad se extendió hasta el ambito privado, creando el modelo de todas las futuras "policías del pensamiento". De la "ley de los sospechosos" a los "juicios" estalinistas, de la
confesión y el "examen de conciencia" a la autocrítica forzada y a los regímenes totalitarios.

La modernidad vio la transferencia sistématica de todos los grandes conceptos teológicos a la teoría del Estado. El modelo de la "monarquía de Dios", transpuesto en el sistema papal de plenitudo potestatis, inspiró todas las formas del absolutismo político. El universalismo moderno, que extiende por todas partes el reino de lo Mismo (igualitarismo), armó a su manera los puntos de vista de un Eusèbio de Cesarea, gran partidario de la "teología política", que ya alegaba la presunta objetividad/universalidad del Logos divino para justificar la hostilidad cristiana hacia los particularismos culturales o religiosos.
Celso, en su Discurso verdadero, ya acusaba por otra parte al universalismo cristiano personificar un elemento de  "rebeldia" (stasis) contra un universal concebido en términos de pluralidad: "Quien destruye los cultos nacionales destruye también las particularidades nacionales y ataca al mismo tiempo el Imperium romanum que respeta a los cultos y particularidades nacionales ".

El mundo moderno nació de un movimiento dialéctico. Por una parte, se emancipó de la religión, que envio al ámbito privado como mera opinion individual, atrayéndose así, inicialmente, la hostilidad de la Iglesia. Del otro, se construyo a si mismo por medio de un proceso de secularización de ideas cristianas reflejadas forma profana, es decir, sobre una interpretación "mundana" de los valores inscritos en la fe cristiana y en su concepción escatologica del tiempo. El cristianismo no fue el vector o el motor de la modernidad, sino su abono, su "suelo alimenticio", como decía con mucha razón el jesuita Joseph Moingt. Como si su significado histórico había sido preparar la llegada de la modernidad, por lo tanto terminaba ahora su papel estrictamente religioso. Esto es lo que explica el carácter paradójico de la situación actual del cristianismo: al mismo tiempo que decae como creencia, triunfa como ideología. El mundo contemporáneo apenas cree ya en Dios, pero sigue más que nunca pensando en categorías cristianas secularizadas. Se puede por lo tanto de hablar de una "monoteización" de lo social. El cristianismo puede denunciar el indiférentismo o el materialismo práctico del que ha sido víctima hoy,
pero nunca reconocera que el mismo lo ha generado. Finalmente, la modernidad no es más que la última de los herejías cristianas.

El mundo postmoderno será también un mundo postcristiano.

[Christianisme, Nouvelle Ecole ° 52]

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