Joan Camil Ros
MAALOUF, Amin, Identidades asesinas, Madrid, Alianza, 1999 [1998]. Versión española de Fernando Villaverde.
Amin Maalouf es un meteco. Je suis un méteque decía el filósofo rumano E.M. Cioran y lo afirmaba con dolor. Maalouf, por el contrario, esgrimiría la frase con el celo del converso, de quien plasma por escrito cosas como estar en las lindes de dos países, de dos o tres idiomas, de varias tradiciones culturales [es] lo que define mi identidad (p. 11). Tal sentencia indicaría, por sí sola, el talante de su libro Identidades asesinas y de él: que se trata de uno de los pocos intelectuales del Sistema orgullosos de pertenecer al mismo, sin mala conciencia. Además, es Maalouf una maravillosa muestra de cómo puede convertirse "un sucio moro", para alegría de los integracionistas, en arma arrojadiza hacia la civilización de donde viene y, también, como ejemplo a seguir: Es el árabe cristiano, el francés (?) de tez cetrina, el nuevo cyborg del mestizaje y la disolución cultural, quien afirma que la labor de los inmigrantes es modificar el país de acogida para hacerlo más suyo... En suma, el "intelectual" orgánico contemporáneo.
En Identidades asesinas nos va a conducir a un viaje por el reino de Maya (y valga aquí la abeja o el concepto hindú), es decir, por un mundo de fantasías donde, aunque logra identificar algunos graves problemas de la sociedad actual, su simplicidad le hace caer de manera reincidente en una fe sin fisuras por el actual sistema político mundial y sus consecuencias. El final de la segunda sección del capítulo IV, por ejemplo, lo remata con las siguientes palabras: Si creemos en algo, si tenemos en nuestro interior suficiente energía, suficiente pasión y ganas de vivir, podemos encontrar en los recursos que nos ofrece el mundo actual los medios necesarios para hacer realidad algunos de nuestros sueños (p. 154). Aunque parezca mentira, la cita es literal. Se me preguntará cómo podemos habérnoslas con un discurso así sin tratar, además, de ángeles, channeling, meditación o sustancias símiles. Y, la verdad, es harto difícil. Antes de adentrarme en la teoría (y aún no sé por qué he utilizado este vocablo tratándose de un libelo así) maaloufiana, creo imprescindible clarificarle al lector el bagaje ideológico del cual se parte, ya medianamente esbozado: la identidad de los pueblos es el origen de todo mal. Y para desarrollar esta afirmación va a adoptar el tonillo de un cura de pueblo cascarrabias y bonachón, con un tipo de discurso quizá con secuaces entre beatos, oenegeístas y voluntarios, pero imposible de deglutir por una mente crítica. Lanzo a la cazuela un par de sentencias bastante jugosas, si bien insípidas en este caldo: Mi convicción profunda es que el futuro no está escrito en ningún sitio; será lo que nosotros hagamos de él (p. 119) y ¿Quién de nuestros contemporáneos no ha tenido alguna vez la sensación de conocer, en un par de años, cambios que en el pasado habrían necesitado un siglo? (p. 123). Ante frases así, dudo de la denominación de ensayo para este libro, inclinándome más por hoja parroquial, ésa a la que nos tienen acostumbrados los nuevos ideólogos de los derechos humanos y el mestizaje a la carta, a la fuerza y a lo grande. Porque sobre esto, y exclusivamente sobre esto, versa Identidades asesinas. ¿Cómo se puede acabar con el calificativo "asesinas"? Acabando con el sustantivo: si suprimimos las identidades, es decir, si arrebatamos a toda persona el orgullo de ser lo que es, habremos dado carpetazo a guerras, hambrunas y malas conciencias. Nos quedará un maravilloso planeta de clones sin necesidad de experimentar. ¡Y esto sí que sería progreso!
El razonamiento de Maalouf a la hora de desentrañar el mecanismo identitario es que todos llevamos en nosotros dos "circunstancias" (orteguianas) principales: la vertical y la horizontal. La primera es la legada por nuestros antepasados, por la tradición histórica de la cultura donde hemos nacido; la segunda es, a la luz del autor, la más determinante, pues nos vincula con todos nuestros contemporáneos sin excepción. O en otros términos: la herencia horizontal es lo que verdaderamente somos, frente a la vertical: lo que pensamos que somos. Siendo así las cosas, para el libanés la identidad es lo secundario ante el peso de lo real, lo compartido con los contemporáneos y que conforma lo esencial de (...) referencias, (...) comportamientos [y] creencias (p. 125). Tras la lectura de un razonamiento así, sólo hay dos posibilidades, sólo dos, y voy a intentar ser claro y conciso para que incluso me entienda un aminmaalouf escogido al azar: o el autor está de acuerdo con lo que escribe o no lo está y lo finge. Si es la primera de las posibilidades, tomen lápiz y papel, escriban cien o mil veces el nombre de este árabe que quiere ser europeo y huyan como de la peste cuando vean un libro suyo en alguna librería. Si, en cambio, es la segunda de las posibilidades, a lo ya dicho, únase la altura intelectual al escribir aquello que no se piensa. Pero no cae ni este higo chuchurrido. El autor contesta: cada día que pasa reduce un poco más nuestras diferencias (...) Estoy dando la impresión de que me alegro de que sea así (pp. 125, 126).
De las cuatro secciones en
las que está dividido el libro, me centro de manera preferente en las dos últimas,
"La época de las tribus planetarias" y "Domesticar a la pantera", por
ser aquellas donde Maalouf, tras el repaso teórico a los grandes retos de la
contemporaneidad, expone su praxis política. Al margen de su prurito globalizante,
habría un modo, menos lesivo para él, de etiquetarlo y sería bautizándolo con el
término "cosmopolita". Hay momentos en Identidades asesinas donde uno no
sabe muy bien dónde acaba el hipócrita soñador, dónde comienza el internacionalista
furibundo o dónde se halla la separación entre el pensador del Sistema y su necesidad de
no mostrarse abiertamente. Pienso ahora en la siguiente idea (también cándida e
imposible de oponerse a ella desde el maniqueísmo dominante en el libro) expresada en
forma de deseo: Que en cualquier parte del mundo, si se quiere, se pueda comer al
estilo del país pero también poder probar otras tradiciones culinarias (...) Lo
que digo de la cocina podría extenderlo a muchos otros aspectos de la cultura cotidiana
(...) Jamás en el pasado habían tenido los hombres los medios técnicos necesarios para
escuchar tantas músicas a discreción (p. 132, 133). Y concluye: También es eso
la mundialización. Pues no, señor Maalouf. Eso sencillamente es inquietud cultural.
Y no es lo mismo poder comprar un disco de un cantante marroquí, de un grupo ecuatoriano
o de un compositor chino, haciéndolo además con todo el respeto hacia su tradición, su
país y su cultura (y ésta es la crítica activa) que afirmar la futura preeminencia de
esa música en territorios donde perdería todo su sentido, léase todos los territorios
mundiales de civilización europea. Pero se puede hacer una crítica pasiva: ya que
deseamos seguir escuchando músicas tan diversas, pongamos los medios para que esa
diversidad continúe presente en nuestra vida, preservando las culturas y los pueblos en
su hábitat, pues la inmigración es globalización/mundialización y, en última
instancia, mestizaje, y la fórmula del mestizaje es 1+1 = 2, es decir,
sustracción.
Maalouf, sin embargo, no deja de moverse en la ambigüedad con un número muy reducido de
conceptos escogidos con estrategia. Los va cambiando, los va matizando y, al final, los
iguala. Así, mundialización, globalización, americanización, modernización,
uniformización o universalidad son términos que utiliza y, cada vez, con resonancias
nuevas. De este último, en particular, se muestra radicalmente defensor, pues para él hay
valores que conciernen a todos los seres humanos, sin distinción alguna (p. 130) y
entre ellos algunos que podrían ser también suscritos por un anarquista. Pero sus
ínfulas no se quedan en ese deseo, pues concluye: En este ámbito hemos de tender
(...) hacia la uniformidad (p. 131). Y de nuevo encontramos aquí al sibilino, al
falso Maalouf, pues de la forma en que expresa la idea, quien no la acepte será
fácilmente estigmatizado, pero el riesgo reside ahí, en comprobar que no es clara la
afirmación, en que el verbo "uniformar" trae connotaciones en absoluto
positivas. Ahondando en esta maleabilidad inicial de su discurso, quizá la toma de
partido más personal se vea en la siguiente afirmación: Estoy convencido de que la
mundialización es una amenaza para la diversidad cultural, en especial para la diversidad
de lenguas y de formas de vida (...) pero el mundo actual les da también (...) los medios
para defenderse (p. 152). Afirmación, todo sea dicho, bastante irónica, y más aún
hecha desde Francia, país caracterizado por su afán de destruir, desde los lejanos
tiempos de la Edad Media, toda cultura hexagonal diferente a la parisina. Evidentemente,
cuando habla de respetar culturas él, el neofrancés no menciona para nada el
bretón, el occitano o el alemán de Alsacia (no sea que sus amigos de la Île se
molesten), sino, intuyo, al bereber, wolof o árabe. No es extraño tampoco que, en tanto
nuevo europeo (a su rocambolesco juicio), se permita aventurar si su nación comprenderá
en el futuro el Magreb u Oriente Próximo (p. 167).
Tras la lectura de un texto como Identidades asesinas, quien, como yo, se encuentre en las antípodas del pensamiento de su autor, puede celebrar el ridículo bagaje intelectual, la nula fuerza comprometedora y el escaso eco que estas ideas pueden causar en una mente abierta y de razonamiento certero. El problema del mundo actual no responde como quiere hacer creer Maalouf en la fosilización de las identidades y, como consecuencia, en la negación de la del otro, sino en la negación de la identidad a través de la relativización de las mismas. Ésta es la enseñanza, a contrario, del libro del escritor libanés: conservando las identidades, conservaremos la riqueza del mundo y su equilibrio; intentando mezclarlas, sólo el conflicto, las jaurías y el malestar. Maalouf, de haber seguido viviendo donde nació, escribiendo en su lengua materna y compartiendo su cultura (no la nuestra) con su pueblo, jamás hubiera firmado este libro. Él sabe que es un intruso, que nunca, ni él ni sus descendientes, será lo que un europeo es y ha de vomitar su dualidad en un texto como Identidades asesinas. Maalouf no reconoce que Europa no es suya, que jamás podrá serlo (igual que para nosotros jamás lo será el mundo semita), ni tampoco reconoce que por las noches debe de soñar, en árabe, con los cedros de, ésa sí, su verdadera patria.