La Religión Céltica en la Península Ibérica
Juan Carlos Olivares Pedreño
El conocimiento que se tiene en la actualidad de las divinidades célticas de la
Península Ibérica es un producto de la Romanización. Los datos conocidos de la
religión indígena anterior a la conquista romana son meramente testimoniales. Todavía
estamos lejos de averiguar las causas de que los pueblos paleo-hispánicos no dejaran,
apenas, restos de sus creencias religiosas y sus ritos prerromanos pero lo cierto es que,
sólo después de la toma de contacto con la cultura romana, las comunidades célticas
comenzaron a manifestar su espiritualidad y a preservarla para la posteridad utilizando,
además, métodos romanos. Por tanto, nuestra información al respecto se puede datar,
casi exclusivamente, entre los siglos I-III d. C., aunque es lógico pensar que las
divinidades que entran en la historia durante esos siglos formaban parte de unas
tradiciones profundamente arraigadas durante la época prerromana
Para plasmar sus devociones, los individuos y las comunidades indígenas utilizaron como
principal medio la realización de inscripciones votivas en altares, en las cuales hacían
constar sus nombres junto al de las deidades a las que hacían el voto, a menudo citando
también apelativos referentes a las mismas. Conocemos cerca de setecientos monumentos de
este tipo en las regiones septentrional y occidental de la Península Ibérica, es decir,
en las áreas que habitaban los pueblos célticos hispanos.
Las dificultades para datar con precisión los altares votivos tiene como consecuencia que
no sepamos con seguridad si las religiones indígenas estaban en decadencia, durante los
siglos citados, ante la irrupción de la cultura y la religión romanas. Sin embargo, la
cantidad y la distribución geográfica de dichos testimonios hace pensar lo contrario:
que las creencias célticas mantuvieron un destacable vigor. Este hecho se plasma con
bastante claridad en el siguiente gráfico, que muestra proporcionalmente el número de
inscripciones conocidas hasta hoy que se dedicaron a deidades de distinto origen:
indígenas (40%), romanas (52%), romano-indígenas (5%) y orientales (3%).
La persistencia de las creencias célticas no fue, sin embargo, uniforme en todos los
ámbitos. Dado que la estructura político-administrativa romana tenía sus más
contundentes focos de difusión en las ciudades, fue en éstas donde más intensamente y
con mayor prontitud se impusieron también sus elementos culturales sobre las tradiciones
autóctonas. Aunque la cultura de Roma fue introduciéndose progresivamente también en
las pequeñas localidades rurales, aquí la religión indígena mantuvo una gran solidez,
como muestra el equilibrio existente entre las aras votivas dedicadas a las deidades
autóctonas y romanas en ámbitos rurales. Hemos de tener en cuenta, además, que esta
costumbre de manifestar sus devociones religiosas en inscripciones latinas habría estado
menos extendida entre las poblaciones de más profunda tradición indígena, por lo que
cabe pensar que existe un mayor volumen de elementos culturales de las mismas que no han
perdurado hasta el presente.
Los escasos testimonios literarios que han llegado hasta nosotros sobre las divinidades
indígenas de la Hispania céltica también fueron transmitidos a través del tamiz
romano. En este sentido, fue Estrabón quien mostró más interés por la cultura
hispánica. Según él, «algunos autores dicen que los Galaicos no tienen dioses, y que
los Celtíberos y sus vecinos del norte hacen sacrificios a un dios innominado, de noche
en los plenilunios, ante las puertas, y que con toda la familia danzan y velan hasta el
amanecer» (III, 4, 16). Refiriéndose a los pueblos montañeses del norte, afirma que
«sacrifican a Ares un chivo, cautivos de guerra y caballos». Naturalmente, se refiere en
este caso a una divinidad autóctona que él equipara al dios greco-romano, probablemente
por su carácter guerrero (III, 3, 7). Las fuentes literarias nos ofrecen, por tanto, muy
pocos datos sobre las deidades indígenas y, además, algo equívocos. La información
más relevante emana, como ya hemos afirmado, de los testimonios epigráficos.
Las ofrendas votivas dedicadas a deidades hispanas se extienden por todo el norte y occidente peninsular, aunque con más profusión en unos ámbitos que en otros (mapa n.º 1)-ver anexo. La mayoría de ellas nombran a dioses que sólo son conocidos por un testimonio. Este hecho motivó que, durante muchos años, se tuviera una imagen muy caótica del panteón religioso indígena. Pero, a pesar del gran número de nombres de dioses testimoniados una sola vez, existen también varias divinidades que son conocidas por numerosos epígrafes.
Los testimonios de las divinidades más
difundidas nos indican que existen territorios donde se adoraba a grupos definidos de
dioses que coinciden, en buena medida, con las áreas que eran habitadas por etnias
determinadas. La fiabilidad de los altares votivos para elaborar áreas culturales se
fundamenta en dos hechos: en primer lugar, son objetos muy difíciles de transportar a
causa de su peso, por lo que cabe pensar que el lugar donde han sido hallados por los
investigadores no debía estar muy lejos de aquel en el que ejercieron su función. En
segundo lugar, la constatación pública de devoción a un dios en un altar escrito, por
un individuo, se convierte en un hecho social ante los habitantes de una determinada
comunidad. Por ello, cabe pensar que los dioses a los que se ofrecían los altares eran
aquellos a los que se rendía culto en el territorio. De otro modo, el significado de la
ofrenda votiva no se habría entendido ni valorado convenientemente.
Se observan claras diferencias entre los nombres de divinidades del occidente peninsular y
los de la Meseta. Pero no son éstas las únicas diferencias. Como se puede observar en
los mapas 2 y 3-ver anexo, también existen ciertas diferencias
internas en el seno del territorio occidental hispano. Aunque los datos no ofrecen
conjuntos cerrados que nos permitan considerar, con seguridad, áreas culturales
perfectamente delimitadas a aquellas en las que coincide un determinado grupo de dioses,
lo cierto es que son muy sugerentes las correspondencias entre grupos teonímicos y los
territorios que habitaban determinados pueblos paleohispánicos.
1ª) Se puede diferenciar, en primer lugar, el área comprendida por el oeste de
Extremadura y toda la región interior de Portugal desde el valle del río Tajo hasta la
cuenca de Lugo. Es el territorio que habitaban, en su mayor parte, los pueblos lusitanos.
En ella se testimonian las divinidades Bandua, Reue, Arentius, Quangeius, Trebaruna,
Arentia, Munidis, Erbina, Ataecina y Lacipaea. En esta región se ven, a su vez, ciertas
diferencias teonímicas entre el ámbito situado al norte del Duero y el situado al sur de
este río puesto que, aunque algunas divinidades coinciden en las dos áreas (Reue, Bandua
y Nabia), otras sólo aparecen al sur del mismo (Arentius, Arentia, Trebaruna, Quangeius,
Munidis, etc.), en las Beiras Alta y Baixa. La coherencia cultural de esta región, sobre
todo al sur de el río Duero, se patentiza en el hecho de que las escasas inscripciones en
lengua lusitana se han hallado en la misma, en Lamas de Moledo (Castro Daire, Viseu),
Cabeço das Fraguas (Sabugal, Guarda) y Arroyo de la Luz (Cáceres).
2ª) Al oeste de la región citada, en toda la región costera desde Aveiro hasta el Cabo
de Finisterre, los testimonios de Cosus tienen una cierta exclusividad, coincidiendo sólo
con Nabia en el área bracarense. No aparecen, por otra parte, dedicaciones a Cosus en las
regiones interiores donde se testimonian los dioses citados en la zona 1ª, lo que nos
permite inferir diferencias culturales entre los dos ámbitos. No sabemos por otras
fuentes el carácter étnico de toda esta región costera, aunque sabemos que en partes de
la misma habitaban pueblos Célticos en sentido estricto (Célticos Supertamaricos,
Célticos Prestamarcos) y también otros del mismo origen celta según las fuentes
antiguas (Neros, Artabros, etc.). Aunque se observan ciertas particularidades en esta
región, faltan más datos para poder establecer su caracterización teonímica y
cultural.
3ª) El área de Tras-os-Montes oriental es característica porque en ella se adoraba a
Aernus, que no aparece en otras áreas y, además, porque aquí desaparecen los
testimonios de los dioses lusitanos, si exceptuamos un testimonio de Bandua. En esta
región habitaban en la Antigüedad los Zoelas, pueblo que ha tenido muy poco eco en las
fuentes literarias pero que, sin embargo, muestra ciertas particularidades en su
antroponimia, su estatuaria zoomorfa y su epigrafía. Aernus parece ser el dios más
venerado por los Zoelas, ya que conocemos una inscripción dedicada al dios Aernus por el
ordo Zoelarum. No obstante, en esta región existen muy escasos datos para que podamos
elaborar hipótesis concluyentes.
4ª) La región vettona tampoco es muy abundante en información epigráfica, pero aquí
es muy patente la desaparición de testimonios de los dioses lusitanos y, además, se
adoraba a divinidades que parecen haber tenido su centro de culto entre los Vettones: Toga
e Ilurbeda. Lo más llamativo es que la frontera cultural entre los territorios Vetón y
Lusitano, tal como se establece por los textos de Ptolomeo, por las esculturas de piedra
conocidas como verracos, que son características de este pueblo, y por ciertas formas de
cerámica, se marca perfectamente también por la desaparición de los teónimos lusitanos
englobados en la zona 1ª.
5ª) El área celtibérica tiene su correspondencia geográfica en la distribución de los
dioses Lugus, Aeius y de las diosas Matres y Epona. Es, desde el punto de vista de los
nombres de divinidades, la región que guarda más similitudes con todo el mundo céltico
de la Europa central e insular, puesto que Lugus aparece en los ciclos mitológicos
irlandeses y galeses y es conocido por inscripciones de la Galia romana; por su parte, las
Matres y Epona están ampliamente representadas en la epigrafía y en la estatuaria de
toda la Europa céltica occidental.
6ª) Se trata de la región habitada por los pueblos vascones, de la que proceden nombres
de divinidades en lengua euskérica, tanto Losa, la única que aparece con una cierta
difusión territorial, como otras de carácter local.
No sabemos si existe una coherencia teonímica en el conjunto de las áreas habitadas por otros pueblos como, por ejemplo, los Astures, Cántabros o Vacceos. Ello es consecuencia, por una parte, de la escasez de datos epigráficos procedentes de estas áreas y, sobre todo, de que las divinidades que aparecen en ellas son de carácter local y no permiten, por el momento, establecer relaciones entre estos pueblos y un esquema panteístico determinado.
En cuanto al significado de las
principales divinidades indígenas, es extremadamente difícil definirlo con precisión a
causa de la escasa información que ofrecen las inscripciones. Hemos de tener en cuenta,
por tanto, que siempre nos movemos en terreno resbaladizo a la hora de establecer
cualquier conclusión. No obstante, el análisis lingüístico de los teónimos y
epítetos permite un primer acercamiento, que se está llevando a cabo recientemente con
planteamientos más científicos que los efectuados en décadas anteriores. A partir de
aquí, otros elementos de las inscripciones ofrecen nuevas pistas si se observan en
conjunto, como los dedicantes de las piezas, los lugares donde fueron halladas, la
coincidencia de ámbitos de culto de las diferentes deidades, algunas de las cuales
aparecen en una misma inscripción, la comparación de todos estos datos con los de las
inscripciones halladas en otros territorios de la Céltica europea o la consideración de
los ciclos mitológicos galeses e irlandeses y las informaciones de los autores
greco-latinos sobre las deidades célticas galas y germanas.
En primer lugar, deben ser analizados los testimonios de las deidades lusitanas, que eran
adoradas por unas mismas comunidades y ofrecen datos más numerosos y útiles. En este
sentido, tenemos que se rendía culto en el territorio portugués de las Beiras y en la
región noroccidental de Extremadura (zona 1ª) a cuatro deidades masculinas: Bandua,
Reue, Arentius y Quangeius. Del primero, en lo que está de acuerdo la mayoría de los
investigadores es en que sus apelativos hacen referencia, mayoritariamente, a comunidades
locales, varias de ellas con el sufijo -briga. Algunos de ellos son Etobrico, Brialeacui,
Isibraiegui, Longobricu (hallado en Longroiva), Verubrico, Veigebreaego, Lansbricae,
Malunrico o Malun(b)rico, Aetiobrigo, Roudaeco (alusivo a una localidad antigua de nombre
Rouda), etc. Todos estos son apelativos locales, es decir, que aparecen en piezas que han
sido halladas en un solo lugar, por lo que es muy probable que la divinidad Bandua fuera
tutelar en estas comunidades rurales. Hemos de tener en cuenta, además, que este dios no
tiene apelativos referentes a municipios o capitales de ciuitates romanas. Esto parece
lógico si estamos en lo cierto al adjudicar un papel de protector de la comunidad a
Bandua, puesto que habría sido inaceptable que un dios autóctono hubiera ejercido este
papel público en las ciudades más romanizadas, que funcionaban plenamente bajo los
criterios religiosos de la administración imperial.
Teniendo en cuenta estos datos, hemos de resaltar que en la Galia romana, donde la fusión
entre los nombres de dioses indígenas y romanos fue mucho más habitual, este tipo de
apelativos de comunidades locales se atribuía a Marte. Así Marte aparece en epígrafes
galos como Budenico (referente a los Budenicenses), Cuntino (cerca de Contes), Cemenelo
(en la antigua Cemenelum), Vesontio (Vesontium), etc. Esta asociación del dios romano a
comunidades locales es mayor que en el resto de las divinidades galo-romanas. Por tanto,
es éste el ejemplo más comparable al de Bandua en Hispania. Pero hay más datos
comparables, como el de que Bandua era adorado, sobre todo, por hombres, militares en
algún caso. También el Marte céltico cumple este patrón en el resto de Europa. En
Galia, este tipo de divinidad tutelar se mantuvo, por tanto, en las ciudades más pobladas
y romanizadas, pero para ello tuvo que adoptar el nombre del dios romano que mejor
cumplía este papel protector y defensor: Marte.
En el caso de Reue, los datos también son escasos, pero apuntan en una misma dirección.
El significado del teónimo y sus epítetos lo vincula a los ríos. Sin embargo, uno de
sus epítetos, Larauco, lo vincula a una montaña que ha mantenido ese nombre hasta hoy,
el monte Larouco y, en otra pieza hallada cerca de la anterior, aparece como Larauco Deo
Maximo, es decir, con apelativos que habitualmente acompañan al dios supremo de los
romanos: Júpiter. También la ofrenda sacrificial a Reue escrita en el Cabeço das
Fraguas (Sabugal, Guarda), está en una elevación montañosa. Ello parece indicar una
relación del dios con los ríos y las montañas lo que, por otra parte, es coherente con
Júpiter. Hemos de considerar que el nombre del dios galo que se asimiló a Júpiter,
Taranis, también aparece en varios ríos franceses. En consecuencia, parece coherente el
papel de Reue como dios supremo del cielo y de los fenómenos atmosféricos, la lluvia y,
por tanto, con los ríos, con su vinculación a las montañas y su consideración como
deus maximus.
Sobre Arentius y Arentia, a pesar de las
escasas inscripciones conocidas, saltan a la vista dos hechos relevantes: la frecuencia de
la asociación de las dos divinidades en la misma ofrenda votiva y, en segundo lugar, su
predilección entre la población femenina. Ninguno de los dos fenómenos es frecuente en
la teonimia peninsular. Estos datos permiten compararlos con divinidades de la Galia como
Bormanus y Bormana, de carácter salutífero y vinculados a Apolo y Diana así como con
Visucius, relacionado con Mercurio, que aparece junto a Visucia. A su vez, Mercurio y
Apolo con apelativos indígenas, son las divinidades galo-romanas más populares entre las
mujeres. Ello permite otorgar a Arentius y Arentia, a pesar del contenido hidronímico de
los teónimos, un carácter familiar, quizá vinculado a la salud. Alguno de sus
apelativos, como Tanginiciaeco, que les vincula al grupo familiar de los Tangini
reforzarían esta idea. Por otra parte, si el significado religioso de Reue y Bandua es el
que hemos formulado, permitiría establecer una complementariedad de funciones con los
dioses Arentius y Arentia, ya que todos ellos eran adorados en la misma región.
La última divinidad masculina de esta área es Quangeius, cuyo significado es,
probablemente, «perro». A partir de esta etimología, podemos hacer constar que también
Apolo (Apolo Lykaios) y Lugus se vinculan al lobo. Hay, por otra parte, otras deidades
masculinas y femeninas que se vinculan al perro o al lobo en todo el mundo celta, como
Sirona, relacionada con Diana, Nehalennia o Nodens, dios conocido en Britania y vinculado
a Marte. Pero la divinidad más representada junto a este animal es Sucellus, difundido
por toda el área oriental de la Galia con algunas representaciones en el este europeo. En
algunas inscripciones se le llama Júpiter. Hemos de tener en cuenta, no obstante, que el
esquema panteístico de la Galia contiene dos divinidades soberanas vinculadas a Júpiter,
Taranis, el dios estelar, y Sucellus por lo que, en el caso de que en Lusitania
consideráramos a Reue como divinidad semejante a Júpiter, ello no sería contradictorio
con un carácter soberano de Quangeius. Con todo, las inscripciones de este dios son las
que menos información nos ofrecen, por lo que cualquier interpretación sobre su
significado es, por el momento, conjetural.
Sobre las divinidades femeninas testimoniadas entre los Lusitanos, también es muy poca la
información disponible. De Nabia, cuyo nombre remite a hidrónimos testimoniados en el
occidente hispano, sabemos que coincide con otras deidades al sur del río Duero, mientras
que al norte del mismo, es la única diosa de carácter supra-local conocida. Aparece en
Bracara Augusta venerada en una fuente junto a un dios llamado Tongoe Nabiagoi en un
probable caso de paredría. Aparece también con algún apelativo relativo a núcleos de
población y, finalmente, asociado a Júpiter en un altar votivo que muestra un sacrificio
de animales a estos dioses. Todo ello parece apuntar un carácter plurifuncional, como
otras divinidades indoeuropeas cuyos nombres tienen, también, un significado
hidronímico.
Trebaruna, cuyo nombre también se
relaciona con el agua, es venerada junto a Reue en la montaña del Cabeço das Fraguas
así como en algunas de las principales ciudades de Lusitania, como Caurium (Coria),
Capera (Ventas de Caparra) o Augustobriga (Talavera la Vieja). Aparece siempre sin
apelativos y conocemos una dedicación a Trebaruna efectuada por un militar que realiza
otra ofrenda a la diosa romana Victoria. Ataecina Turobrigensis y Lacipaea podrían ser
deidades locales cuyo culto se difundió a partir de desplazamientos de población
derivados de la fundación de la colonia Augusta Emerita, en cuyo territorio se
encontraban los dos enclaves de Turobriga y Lacipaea. Finalmente, Munidis se vinculaba
también a poblaciones, puesto que dos de sus apelativos se refieren a la ciuitas
Igaeditanorum y a Eberobriga.
En la región que nos ocupa, por tanto, no parece vislumbrarse un panteón desorganizado y
caótico, sino un esquema de divinidades relativamente coherente, con un pequeño número
de divinidades masculinas y femeninas con distintas funciones y significados
complementarios, semejantes a los que se observan en otros territorios de la Céltica
europea y de otras regiones del mundo indoeuropeo.
En el resto de regiones que hemos citado, los datos no permiten extraer un panteón tan
coherente, ya que los datos son más escasos o confusos. Sin embargo, a pesar de este
problema, en el área celtibérica podemos conocer algunas características de sus
divinidades. Ello se debe a que aquí están testimoniados Lugus, las Matres y Epona, de
los que tenemos gran cantidad de información procedente de otras regiones europeas, tanto
en los ciclos mitológicos insulares como en la epigrafía y las fuentes literarias
greco-latinas.
Lugus aparece como una divinidad con diversas funciones que guarda semejanzas con
divinidades romanas como Mercurio y Apolo, tiene cualidades relacionadas con la
soberanía, con la guerra y con aspectos como la salud, la economía y la fertilidad. Por
ello, se asocia también a algunas divinidades femeninas. Ha dado nombre a diversas
poblaciones galas e hispanas así como a algunas etnias. No aparece, sin embargo,
reflejado en la estatuaria, aunque podría estar detrás de algunas representaciones del
Mercurio céltico en su aspecto tricéfalo o de Cernunnos, el dios galo que aparece
frecuentemente representado en pose búdica y con cuernos de ciervo. Su animal
característico es el cuervo y su símbolo es la lanza, por lo que algunas
representaciones de divinidades indígenas con lanza interpretadas como Marte, podrían
representar a Lugus.
Epona se considera en diversos textos de autores greco-latinos simplemente como una
divinidad relacionada con los caballos. Se representa en la estatuaria vinculada a estos
animales y, en consecuencia, era muy popular en las cercanías de los campamentos
militares de las fronteras del imperio. Sin embargo, la diosa se representa también con
otros elementos relacionados con la fertilidad y su culto tenía una gran intensidad en
las áreas rurales, en ambientes domésticos. Por otra parte, también aparecen rastros de
Epona en los mitos insulares que la vinculan con la realeza en Irlanda. Este carácter
soberano podría confirmarse en los casos en que la diosa es llamada Regina y se relaciona
con Júpiter en las inscripciones votivas. Otros autores la han relacionado también con
el mundo de ultratumba. Todo parece indicar que, como ocurre con diversas diosas
célticas, Epona tenía un carácter plurifuncional.
Las Matres aparecen también en numerosas representaciones escultóricas como tres diosas,
sedentes en la mayoría de los casos, con productos de la tierra en sus manos. Se
relacionan de modo transparente con diversas divinidades femeninas triádicas, vinculadas
a la fecundidad, que se citan en los ciclos mitológicos. Como otras deidades de este
tipo, las Matres tenían también una vinculación con el inframundo.
Hemos citado hasta aquí algunas de las deidades paleo-hispánicas más conocidas, pero
hemos de recordar que existen centenares de inscripciones en las que aparecen nombres que
sólo son conocidos por un testimonio. A primera vista, ello indicaría que, además de
existir grupos de dioses de carácter regional y otros que eran adorados, a su vez, en
toda la Céltica europea, las comunidades hispánicas tendrían divinidades de rango
local. Pero no sabemos, sin embargo, si tras estas denominaciones únicas se esconden
deidades de amplia difusión a las que se conocía con un nombre distinto en una
determinada población. Por otra parte, en muchas inscripciones se aludía a los dioses
por un apelativo, por lo que algunas de ellas podrían citar epítetos de divinidades ya
conocidas. Se ha comenzado en los últimos años, por tanto, a dar un cierto orden al
inmenso rompecabezas que forman los altares votivos dedicados a dioses indígenas
hispanos. Pero el camino está abierto para que nuevas investigaciones contribuyan, desde
múltiples enfoques, a incrementar la comprensión de la religión de la Céltica hispana.
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