Globalización e hipocresía

Marco Tarchi



Desde que el mundo es mundo, las luchas por el poder se combaten (también) con las armas de la dialéctica, con las mentiras, con las palabras sacadas de contexto, con las medias verdades que siembran la duda en casa del adversario y reafirman la certeza en la propia. Quien tenga un mínimo conocimiento de las reglas no siempre escritas de la política no tiene, en principio, motivo de escandalizarse ante los tonos ásperos, facciosos y falsos que tiñen, en estos tiempos, el así llamado debate (que no es tal, no estando ninguno de los intervinientes interesado en preguntar a los presuntos interlocutores) sobre a la globalización. Sin embargo, incluso para el observador más realista es difícil habituarse al creciente alirón massmediático sobre el tema y a la inconsistencia de gran parte de las argumentaciones en las cuales se sustenta.

Los tonos estridentes y los argumentos contradictorios y fuera de medida caracterizan a ambos contendientes y pesan sobre la posibilidad de afrontar el debate con conocimiento de causa por encima de la amplia masa de espectadores que no participan en el debate.

Sobre el movimiento antiglobalización pesa una contradicción letal: la pretensión de combatir sobre el terreno meramente económico un fenómeno que al mismo tiempo viene auspiciado y magnificado en todos sus aspectos culturales. Quien no entienda que la inmigración masiva desde los países pobres y la premisa de construir una sociedad multiétnica basada sobre la asimilación de los huéspedes a la cultura de los países hospitalarios son parte integrante -y hoy preponderante- del proceso de occidentalización del mundo, parte al combate sin armas ni munición. La intensificación de una industrialización exagerada, la explotación de una mano de obra escasamente sindicalizada y dispuesta a contentarse en condiciones de vida degradantes, la ulterior explosión del consumismo, la homologación de los hábitos y los gustos, el agravamiento de la catástrofe ecológica consecuencia de la conjunción de todos estos fenómenos, tienen como motor la transferencia de los "brazos sobrantes" desde las zonas de alta natalidad y bajo rédito.
El riesgo de formación de un gobierno mundial único, sostenido y condicionado por las diversas concentraciones transnacionales del poder económico, en grado de ejercitar selectivamente el rol de juicios y méritos de los Estados singulares y de las pueblos que los habitan, sirviéndose de los intereses políticos, militares, económicos, sociales y culturales de los más fuertes se alimenta de esa histeria propagandista sobre los derechos humanos que, en el seno de la izquierda más o menos radical que alimenta o determina al "pueblo de Seattle", ha encontrado a sus más fervientes apologistas. Con razón Ernesto Galli ha fustigado recientemente a tantos contestatarios del mercado global que tienen por estrella polar a una u otra de las dos concepciones del mundo que han adoptado como máxima la supresión de las barreras nacionales y culturales: el marxismo y el cristianismo. Los muchachos que en Génova, en Göteborg, en Québec, en Seattle, en Davos han entonado el sainete de su rabia contra los atropellos de los potentados contra los desheredados, con una mano sostienen su propia causa y con la otra la contraria: no pueden entender que la premisa del igualitarismo es incompatible con la defensa de las especificidades de los pueblos y de sus culturas, ni que el "mundo sin fronteras" que reclaman es el mismo del cual se sirven las multinacionales para expandirse hasta toda región habitable.

Y este es y será el gran defecto que resta toda capacidad de incidencia efectiva a las movilizaciones de masas suscitadas en todo encuentro en la cumbre entre los "Grandes" del planeta. Qué puede pensarse de un movimiento que incluye en los objetivos simbólicos de su protesta los instintos violentos de cualquier franja extremista, pero que no toma por objeto una acción de contenido eficaz? Destrozar las vitrinas de un McDonald's no sería sino un signo de impotencia cuando no se dispone de una capacidad de sugestión suficiente cuando menos para invertir el flujo que impulsa a millones de coetáneos a invadir cada mañana los negocios de la cadena alimenticia americana regurgitando una comida que "hace tendencias"? Arriesgar la vida en encuentros con la policía que defiende a balazos la momentánea residencia de los políticos y los banqueros para después hacerse retratar, herido, con una sudadera de Nike, como ha sucedido en Suecia, no sería en verdad un signo de confusión mental y de subordinación psicológica al enemigo? Los contestatarios del nuevo orden mundial debieran reflexionar sobre estos y otros muchos problemas -comenzando por la militarización escenográfica de la propia presencia en las manifestaciones que ciertamente no ayuda a convencer a los indecisos- si no quieren estancarse en el folklore, cuya consecuencia más inmediata sería la prueba de invulnerabilidad del adversario.

Si este es el no exaltante panorama del frente antiglobalización, por la parte opuesta un observador dotado de sentido crítico encuentra mayores motivos para desesperarse, porque entre los entusiastas de la perspectiva de un gobierno mundial de la economía y de la política son evidentes las expresiones difusas, la peor de las retóricas y los ingredientes más indigestos.

El problema de la presentación del fenómeno al público, en sus términos más generales, se transforma en un terreno de combate faccioso donde lo que abundan son los términos vagos. Debe entenderse por globalización un dato, un hecho, una tendencia susceptible de perfilarse y todavía no claramente desarrollada? Es un fenómeno de orden ante todo económico o cultural? Es el escenario indispensable para el desarrollo de las "leyes del mercado" preconizado por los fundadores de la economía liberal clásica, o quizás es solo el fruto arbitrario de algunos sujetos específicos provistos de fuertes cuotas de poder político-militar-industrial-financiero, estatal o transnacional, para sostener sus propios intereses? En definitiva: Se trata de un concepto descriptivo, que debe servir para comprender y explicar la eliminación progresiva de los obstáculos a la circulación de las mercancías, de los flujos financieros, de los seres humanos, de las formas de pensamiento, de los modelos de comportamiento y delos estilos de vida, o es quizás una noción normativa y preceptiva que, justificando en modo incondicionado los procesos ya puestos en marcha, pretende indicar las direcciones hacia las cuales debe encaminarse la humanidad para alcanzar fúlgidas metas?

La diferencia no cuenta poco, porque en la segunda perspectiva examinada la globalización se presta a consideraciones diversas. La práctica totalidad de los canales informativos renuncian, voluntariamente o no, a una clara exposición de los hechos en provecho de una cohorte de "expertos" de diversas formaciones, quizás con la idea de que de esta forma la "clave" parece inasimilable por el gran público.

Y es así que resulta innegable que los exponentes del movimiento antiglobalización dan la sensación de desconocer la complejidad del problema y de proceder por slogans: no se puede pedir el alto a la globalización a la vez que se pide globalizar la justicia, por ejemplo. Pero el modo de proceder de la parte adversaria es quizás el más acertado? Los exponentes del frente de la aceptación han comenzado por romper las reglas del juego cuando otorgan a su discurso la premisa sobre la "inevitabilidad" de la globalización, que puede ser mejor para unos y peor para otros, y que por lo tanto no es eliminable sino a lo sumo corregible. La versión extrema de este discurso pretende presentarlo como "una etapa de la historia de la especie, un paso inevitable", por lo cual, "refutarla serían una locura, a más de imposible".

Curiosamente, en este filigrama se expresa la misma contradicción que habíamos constatado en el campo adverso. Muchos de los teorizadores de la bondad del planeta sin límites ni fronteras pertenecen a un campo convencionalmente definible como "de derecha", pero todas sus argumentaciones remiten a un esquema cultural típicamente "de izquierda": el culto al Progreso y el determinismo histórico, ante todo. Convencida de celebrar su propio triunfo, la derecha globalista se disuelve y abjura de sus raíces y de su historia, de sus antiguos caballos de batalla, se despoja de los tics conservadores y de la prudencia del realismo proyectándose con fuga inconsciente en la utopía y en aquel "constructivismo" que los liberales desde Hayek hasta Mises tanto han detestado.
Toda la palabra de sus portavoces remiten a la idea de que la tecnología y la ciencia -manipulaciones genéticas en primer lugar- forjarán un mundo mejor, más rico y más justo, finalmente libre de la tiranía de la naturaleza (a la cual se atribuye la responsabilidad de las injusticias, en realidad demasiado humanas y nunca instigadas por las filosofías individualistas). Así, las barreras que distinguían y diferenciaban a la izquierda y la derecha decimonónicas y novecentistas ceden y se anulan no en una mixtura indistinta, sino en una retórica que distingue comúnmente a vencedores y vencidos en los diversos conflictos epocales.

El archipiélago globalista, cuando desciende se su propia apologética, tiende a oscilar entre los patético y lo ridículo. El subtítulo de un reciente dossier del "Corriere della Sera" titulado "La Bella Globalización", recitaba textualmente: "Es una revolución que también engendra perdedores. Pero en tres decenios ha terminado con la pobreza en los países emergentes y ha abierto las puertas de la riqueza a millones de personas. La globalización empobrece, sobre todo, al Occidente rico. Poco más que señalar que el tono hubiera incluso mentiros a los teóricos de la propaganda estilo Komintern.

Este es el producto de la técnica liberal clásica, pronta a anatematizar a toda tendencia opuesta identificando en la Cosmópolis globalizada el modelo de la "sociedad abierta" y agitando sobre las cabezas disidentes el fantasma demonizante de la reconstrucción de la "sociedad cerrada" totalitaria (no sin antes citar por supuesto, las dos versiones clásicas: la nazi y la soviética). En esta lectura la globalización la globalización no es apreciada en primera batuta por los supuestos milagros económicos que procura, sino en cuanto opuesta a los regímenes autoritarios (y aquí es posible matizar: todos aquellos que no sirvan a los intereses del país-puntal-de-lanza del mundo globalizado, los Estados Unidos de América) y lleva libertad allí donde no la hay. Desde este óptica, el aumento del PIB de un país es considerado "per se" signo de "bienestar" (asociado a la libertad por un principio ideológico elevado a teorema científico) y por supuesto a la mejora de las condiciones de vida de sus habitantes. Las preocupaciones por la injusta distribución de la riqueza, por la pérdida de soberanía de los gobiernos y las naciones, por la disgregación de los patrimonios culturales o por las catástrofes ecológicas producto del circuito "virtuoso" de la producción y del acopio de la riqueza son despachadas con medios de agit-prop o mejor con la simple minimización o el silencio. La mercantilización de la existencia en estos comienzos de siglo no da, sino que quita razón al análisis marxista de la historia en este punto donde se precipita el Estado burgués y el modo de producción capitalista. Han sido el capitalismo y el modo de vida burgués quienes han asumido la todopoderosa inmersión de la esfera económica en todos los aspectos de la vida humana.

Naturalmente este esquema argumentativo recurre a las cláusulas del determinismo historicista y progresista, según el cual, por poner un ejemplo: "oponerse al tren de la historia sería dañino sobre todo para los pobres del mundo. Sería la vía del tribalismo, del nacionalismo, de la miseria" (...) "Hoy, que las tecnologías de los transportes y de las comunicaciones hacen imposible toda tentativa aislacionista de toda nación, la vía nacional traería más represión y crueldad que en el pasado". La oposición a la ideología globalista es así equiparada a una regresión reaccionaria, a una voluntad de aislacionismo, al cierre de las fronteras, caricaturizando las ideas de los disidentes del Verbo revelado. La idea de que el mundo por venir pueda ser ordenado no en torno a una única polaridad hegemónica, una única superpotencia, sino por grandes espacios continentales comunicados pero soberanos y autosuficientes, no es siquiera tomada en consideración. Los anacronismos devienen instrumentos dialécticos de anulación del disenso: "No se puede ignorar que la cuestión social resultaría agravada con la suspensión del mercado y la clausura de las fronteras". La intención de imponer una hegemonía planetaria política y geográficamente (es decir: geopolíticamente) es cubierta mediante el velo del eufemismopolítico: "No se puede ignorar que el tercermundismo entendido como ideología alternativa no aportaría sino tiranía, desigualdad y pobreza".

Una segunda versión, más "socialdemócrata", admite que la globalización no es un jardín de rosas, pero se esfuerza en minimizar sus consecuencias negativas. Los argumentos preferentes, en este caso son dos:

Uno, directamente económico, apunta al hecho que la liberalización total de los mercados creará riqueza en los países hoy subdesarrollados por una aplicación automática de las leyes elementales de la concurrencia: ofreciendo aquellos países mano de obra a precios (muchos) más bajos, la producción se orientará en proporción creciente, deslocalizando la riqueza global. Las multinacionales se transforman así de explotadoras en benefactoras. Las contraindicaciones de este fármaco son silenciadas, pero por citar algunas:

a) La regla que empuja a los países en los cuales crece la riqueza a cebar un crecimiento del consumo y de los salarios, obligando en breve tiempo a los detentadores del capital a emigrar a zonas aún más deprimidas y de menores exigencias humanas.

b) La desproporción entre los países que disponen del capital y los países que disponen de la fuerza de trabajo.

c) El dominio del capital financiero virtual, transferible en tiempo real, sobre el capital real ligado a la producción, al territorio y a los tiempos más lentos, capaz de redistribuir en segundos la riqueza planetaria a través de maniobras especulativas, como sucedió en los países del sudeste asiático.

d) La necesidad de los colosos económicos occidentales de garantizar la paz social y las condiciones políticas favorables en los países de origen, manteniendo cuando menos invariable el nivel de riqueza y de consumo en sus diferencias con los países débiles del Tercer Mundo, cuya pobreza es la única garantía de mano de obra a precios irrisorios.


La segunda vía dialéctica privilegiada en estos ambientes recurre a factores más directamente culturales. A este filón pertenecen los discursos puramente elementales, y por ello mismo más eficaces al nivel de masas, que pretenden liquidar la acusación de homologación de los estilos de vida recordando que en los McDonald's japoneses las hamburguesas se condimentan con salsa de sushi y en las Filipinas con una salsa local mucho más picante, o que las salchichas que se consumen en Europa no son siempre made in USA sino también mexicanas australianas o incluso de producción autárquica. También las argumentaciones más refinadas miran por la defensa de la diversidad en los procesos de homologación que llevan los inmigrantes en las sociedades occidentales, difundiendo la convicción de que se puede ser fiel a las propias raíces conjugándolas con los usos de la sociedad de acogida. De este modo, el sistema de dominio ligado a la expansión imperialista del estilo de vida americanomorfo es camuflado y edulcorado. Se citan por ejemplo las "Nike-babuchas, mitad zapatilla de tenis mitad zapato árabe", que la industria de los artículos deportivos estadounidense ha elevado al rol de icono cosmopolita "favoreciendo que los jóvenes árabes puedan circular sin problemas tanto en las canchas como en las mezquitas", o bien se fabrica el Minessota esa prima hermana de Barbie con melena negra y ojos oscuros que baila la danza del vientre al son de la música popular marroquí". Estas banales pero eficacísimas formas de desarraigo cultural son presentadas como profundos ejemplos de contaminación producto de la libertad de circulación, modelos de integración "societaria" frente a la oscurantista preservación "comunitaria" de los caracteres formativos de una población dada, añadiendo que "el mercado y el consumo, con indiferencia, procuran la inclusión y la aceptación de la diversidad (sic!) de cuantos no pertenezcan a nuestra sociedad".

Esta estrategia de eufemismización de los gustos es aplicada por una ideología cosmopolita en vistas de la transnacionalización de los usos y costumbres. Hemos llegado al punto en que el presidente y administrador delegado de McDonald's puede reivindicar sin vergüenza a su compañía la democraticidad que los antiglobalizadores se esfuerzan fatigosamente en conseguir: "175 millones de personas han visitado un McDonald's durante los cuatro días que duraron las protestas de Seattle en 1999". Todo empañado en la oportuna corrección política: "McDonald's ofrece la oportunidad de emprender un negocio local con personal local, con productos locales en una infraestructura local" asegura el señor Greenberg, añadiendo: "Servimos a 45 millones de personas en 28.000 restaurantes en 120 países (...) No somos una amenaza cultural. Estamos presentes en países como Japón, Canadá o Alemania desde hace más de 30 años. No peligran las culturas locales porque vendamos carne, patatas, pan, refrescos de Coca-Cola y helados, porque lo que una persona decida comer es una cuestión meramente personal".

La estrategia argumentativa es cuando menos perfecta (ciertamente prefabricada por una de las mejores agencias de marketing disponibles) El Gran Hermano de Orwell habría argumentado de forma diferente?: la banalización de la democracia por la vía gastronómica, la tutela del derecho inalienable de la persona a ser condicionada por las modas y la publicidad, añadido al principio de subsidariedad... Y la manipulación? Acabados están los tiempos de los viejos tiranos totalitarios, que tenían necesidad de reprimir y movilizar con paradas y palcos. Los mismos resultados pueden obtenerse con los spots y con el dinero dela finanza: la ilusión de libertad que hace a los súbditos más obedientes, inútilmente perseguida en 1984, finalmente es una realidad. Y quien se opone a la deriva tiene dos posibilidades: refugiarse en la solitaria resistencia o protestar en voz alta. En el último caso será acusado de violar el derecho de la mayoría de perseguir sueños anacrónicos proteccionistas de no prestarse a cooperar para dar vida a un mundo más rico. Y la condena sin apelación es la tacha de pasadista y retrógrado.

Forma contemporánea de homologación a un proyecto totalizante, la propaganda globalista decreta para el disidente el mismo ostracismo que los totalitarismos del siglo XX reservaban al enemigo, condenándole como marginado de la historia. La acusación de pertenecer al pasado se conjuga con no saber abrirse a la novedad y contemporáneamente a no comprender esa apología del presente sobre la cual la ideología liberal funda sus propias premisas de superioridad. No tenemos un ejemplo mejor que la triste farsa de la eliminación de las etiquetas específicas de los alimentos genéticamente modificados para McDonald's o Pepsi-Cola. Dónde queda el derecho de la persona a alimentarse según le venga en gana cuando ni siquiera conoce que el pan de la hamburguesa proviene del trigo transgénico?

Es la lógica hipócrita del hecho consumado, que permite a un funcionario de las multinacionales prestado a la política, como Renato Ruggiero tronar contra quienes quieren "invertir el curso de los hechos", vaciando de sentido el concepto de democracia reduciéndola al servicio de los grandes intereses económicos. Desde este punto de vista, incluso un movimiento de contenidos inciertos y contradictorios como el que manifestó sus humores en Génova durante la cumbre del G8 puede representar un síntoma positivo de reapropiación de la vida pública por parte de quienes deben ser sujetos activos. Catalizando las inquietudes de una franja generacional que no se contenta -al menos por ahora- con las perspectivaas existenciales de los siempre mayoritarios partidarios del "Panem et Circenses".

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