¿Qué es la identidad de los Pueblos?
Juan Carlos Arroyo González
Sin duda alguna la cuestión de la Identidad cultural es uno de los temas pendientes de
este fin de siglo, y una de las ideas centrales sobre las que girará el debate
intelectual y político del próximo milenio.
No es de ninguna manera una cuestión que se haya planteado por primera vez en nuestra
época, sino que indudablemente ha constituido un fenómeno constatable a lo largo de los
tiempos históricos. Todos los pueblos han conocido una etapa de expansión cultural, de
difusión de sus modos de vida y valores, y todos los pueblos también han pretendido en
todo momento mantener su peculiaridad, sus formas, su contenido vital y cultural como
garantía de su pervivencia en la historia, cuestión además paralela-y no excluyente-a
un proceso de simbiosis con otros contextos culturales.
Pero lo que caracteriza esos otros momentos históricos del presente, es la dimensión que
toma el problema cultural en nuestras sociedades. Una dimensión que no se reduce a
continentes y lugares geográficos determinados, sino que toman el cariz de mundial,
global, y por tanto total.
La cuestión de la Identidad se plantea cuando entran en contacto-pacífico o
violento-grupos humanos de muy distinto origen étnico y cultural, y que se han visto en
la necesidad de desplazarse buscando nuevas tierras, mejores climas, en definitiva,
mejores condiciones de vida.
La diferencia reside en que la emigración o inmigración de los Pueblos se ha convertido
hoy en una "cuestión política" y que al estar sometida a los dictados de los
intereses ideológicos y económicos, pierde, en su análisis, toda objetividad llenandose
de cargas subjetivas y pasionales.
Ésto es justamente lo que, en gran medida, ha ocurrido con el fenómeno de la
inmigración hacia Europa, ya que su tratamiento informativo en los medios de
comunicación, ha resaltado el dramatismo sensacionalista en detrimento de las causas y
problemática de fondo de la inmigración.
La identidad es, por definición, la cualidad de lo idéntico, pero en un mundo en
constante evolución, donde la realidad tiende hacia una constante diversificación, lo
"idéntico" puede resultar un concepto equívoco y más bien habría que hablar
de afinidades y no de igualdades.
El análisis de la Identidad ha ido parejo con dos cuestiones culturales y sociales de
plena actualidad.
En primer lugar la mundialización y standardización del patrón cultural
occidental (o lo que se entiende hoy dia por occidental) ha dado lugar a una
abierta actitud de rechazo de otros pueblos ante el temor de ver una tradición secular
absorbida por valores radicalmente distintos a los suyos, y cuyo resultado radicará en su
mayor o menor capacidad de respuesta. Evidentemente el peligro de desaparición de
culturas practicamente "testimoniales" (caso de las tribus del Amazonas y el
Orinoco por poner un ejemplo) es inmensamente mayor que el de enclaves culturales
"disidentes" y de gran fuerza ideológica como es el Islam.
En segundo lugar los fenómenos migratorios que han ocurrido en las últimas
décadas, migraciones realizadas desde paises en vias de desarrollo (de "subdesarrollo"
más bien) a los paises industrializados del norte, ha puesto sobre la mesa el problema (aparte
de la pobreza y el hambre) de las características culturales, nacionales, étnicas, etc.,
tanto de las poblaciones emigradas como de las autóctonas.
Esta situación ha despertado un debate social e intelectual en el seno de la sociedad
europea que va desde el planteamiento de la asimilación igualitaria de los inmigrantes, a
posiciones que ponen en cuestión la viabilidad de la sociedad multicultural y los
peligros de disolución de las identidades culturales que puede suponer.
Ámbas manifestaciones han dado lugar a posiciones radicales entre los partidarios
dogmaticos de un cosmopolitismo nivelador que sostiene una abierta defensa del mestizaje
(cultural, étnico) y la actitud de sectores xenófobos que defienden mediante la
violencia la exclusión social de los inmigrantes. Sin embargo la integración no es una
cuestión que afecte en cuanto a sus resultados finales solo a la población autóctona,
sino que implica de igual manera a la población recién llegada. Sin ir más lejos el
caso de los inmigrantes norteafricanos en Francia, es un ejemplo;su oposición a la idea
de la asimilación cultural contraria al mantenimiento de sus tradiciones(como la conocida
polémica sobre el velo de las niñas musulmanas en las escuelas), ha desembocado incluso
en abiertas críticas contra las asociaciones antirracistas del país vecino.
Una sociedad en crisis
El debate sobre la xenofobia y la xenofilia esconde una realidad más profunda en la que
radica la disgregación social que viven las sociedades humanas del fin de este milenio.
Sin duda la pérdida de unos referentes culturales claros, de unos valores tradicionales,
la sustitución de un comunitarismo social por la idea de una sociedad de masas anónima,
la extensión del "modo de vida" norteamericano, constituyen las notas
esenciales que definen el momento actual en una perspectiva social y cultural.
El individualismo-igualitarismo que informa la sociedad occidental desde la Revolución
Francesa, la primacia de la técnica como garante del bienestar social, el consumismo como
único estímulo social, el poder de las élites económicas y políticas, son las claves
para entender los cambios sociales que han ocurrido en las últimas décadas, cambios que
han incidido en una mayor desestructuración de las sociedades, donde las relaciones
interpersonales se miden en términos puramente contractuales. La desorientación de las
masas, alienadas de su pasado y carentes de un futuro cierto, han creado episodios de
violencia social de las cuales han sido en parte víctimas los inmigrantes.
Hablando en propiedad, habría que decir que el fenómeno de la inmigración ha sido el
revulsivo que ha mostrado a "Occidente" su propia decadencia como civilización
y como rector del mundo, si se me permite utilizar la terminología de Spengler. Lo que
hoy conocemos como civilización occidental no tiene absolutamente nada que ver con los
orígenes: aquella extraordinaria, fecunda cultura pagana de griegos, romanos o celtas.
Realmente Occidente es el resultado final de la soberbia del pensamiento
ilustrado, de aquel racionalismo totalitario que pretendía ser universal, del mito del
progreso ilimitado.
La alteridad, la vista del "otro", ha hecho que nos demos cuenta de este
auténtico "desarme cultural" en que vive Europa. La pérdida de una
Identidad, no es solo originada por la venida de gentes de otros paises, sino por el
olvido de una Tradición propia. La comparación entre culturas, con vistas a
sentar nuestra propia diferenciación, no ha resistido la prueba.
El arraigo
Ante todo la Identidad colectiva no puede ser definida unicamente en términos de
exclusión o marginación del otro, sino de reencuentro con uno mismo. De igual manera no
puede ser entendida como algo inmutable, invariable, que resiste todos los cambios, sino
como un contenido vivo que se renueva constantemente, aceptando y enriqueciéndose con el
entorno, pero a la vez manteniendo su peculiaridad. Es una circunstancia perfectamente
histórica que se evidencia en el contacto entre los Pueblos y la perduración de su
idiosincrasia.
Así la Identidad vendría marcada por la existencia de una tensión y equilibrio entre un
factor de permanencia y un factor de cambio, factores que, más que diverger en
direcciones opuestas, suponen presupuestos necesarios para la pervivencia de las
realidades culturales de los pueblos.
En efecto, todo cambio cultural sería (o debería ser) no la pérdida de una Tradición
originaria como conjunto de costumbres, leyes o visión del mundo, sino la adecuación de
una manera de ser a un determinado momento histórico. Es por ello que el concepto de
Identidad englobaría estabilidad y dinamismo a la vez. Todo proceso de cambio parte del
núcleo mismo de toda cultura como un reflejo adaptativo.
Aferrarse por tanto a la "originalidad" de una realidad cultural, supone
conducirla a un camino sin salida, a una via muerta. Lo contrario, es decir, la necesidad
de buscar "fuera" un estímulo, un patrón, que haga posible un cambio cultural,
puede suponer a la larga la destrucción de la Identidad propia. Es éste el dilema al que
se enfrentan las culturas minoritarias, "atrasadas" y, en diferente medida, las
culturas "civilizadas" aquejadas de mala conciencia por un pasado de
imperialismo colonial.
El arraigo por tanto supone el proceso de aprehensión y transmisión constante de
los contenidos vivenciales que hacen que un pueblo, nación o étnia se definan como una
Identidad diferenciada. Y ese arraigo se presenta tanto con más fuerza, cuanto
que se quiere revalorizar o recuperar esa Identidad.
Es por eso que el próximo milenio se nos aparece marcado por el signo del deseo del
hombre de buscar su Identidad. Ahora que la aldea global nos amenaza con convertirnos a
todos en esclavos de las multinacionales; que los medios de (des)información pretenden
convencernos de que seamos idénticos consumidores globales; cuando quieren presentarnos
como sociedad ideal lo que no es más que un agregado masificado de individuos dominados
por intereses individualistas, ahora, digo, es necesario que llegue la hora de los
Pueblos.
[Artículo publicado en el Boletín n.4, 1997]