El Romanticismo alemán
Alain de Benoist [Traducción: Santyago Rivas]
"En Alemania escribe Jacques Droz, profesor de la Sorbona, el romanticismo no está considerado solamente como una estética o una filosofía de las ciencias, sino también como una política que le sitúa en el corazón del movimiento contrarrevolucionario europeo".
"El romanticismo se siente afirmaba Sébastien Mercier, no se define". Para Paul Valéry "Perdería toda rigurosidad quien intente definir al romanticismo". A finales del siglo XVII, Friedrich von Schlegel confesaba a su hermano que había rellenado no menos de 125 pliegos buscando una tal definición.
En esta forma literaria, que es también una manera de pensar, muchos han visto "un estado permanente de sensibilidad, no un fenómeno histórico" (Paul Van Tieghem, El romanticismo en la literatura europea, 1948).
Los adversarios del romanticismo no han dejado de explotar esta imprecisión. En un ensayo célebre (Polistische Romantik, 1948) Carl Schmitt reprocha a los románticos el sustituir a Dios, en tanto que instancia absoluta (o Ser Supremo), por no importa qué otro concepto: unas veces el Estado, otras el pueblo, otras más el individuo (cierto éxito tuvo la definición schmittiana: "El romanticismo es un ocasionalismo subjetivo").
En lengua inglesa, el vocablo "romatic" tiene el mismo sentido que el adjetivo francés "romanesque" y el castellano "romántico", que suele ser su traducción habitual desde mediados del siglo XVIII, introducido por las ediciones españolas de la obra de Jean Jacques Rousseau. Lo "romántico" se aplica menos a los eventos que forman la acción que a los personajes que participan en la misma, en tanto que adjetivo que intenta definir una figura literaria por medio, ante todo, de "evocaciones". Por la misma época, el sentimental romántico comienza a tomar forma en las novelas de capa y espada. Habrá que esperar hasta el siglo XIX para ver aparecer al sustantivo "romanticismo" en el uso corriente. Madame Stäel lo define opuesto a la tradición clasicista, como la cultura se opone a la civilización: el romanticismo es antagónico al clasicismo.
Pero esta definición no deja de ser insatisfactoria para muchos otros, sobre todo en el contexto del romanticismo alemán, cuyo carácter y evolución difieren completamente de los romanticismos inglés y francés.
Lejos de contraponerse a los clásicos, los románticos alemanes comienzan por proclamarse herederos de los estoicos en filosofía y de Goethe en materia de literatura. Más aún, entre ellos toma fuerza el sentimiento de pertenecer a una tradición que, a través del Sturm und Drang, del barroco y de las obras de Leasing, de Herder, del joven Goethe y del joven Schiller, no dejó nunca de proclamar la soberanía de la pasión, el culto a la vida y la adoración del genio creador. Al menos desde 1770, en Alemania, los clásicos "dan muestra de una teoría y un ejemplo de una poesía lírica directa y espontánea, de un drama libre de obstáculos, variado, pintoresco, de una crítica histórica y no dogmática, de una abertura a las más variadas formas del arte, de una literatura en disidencia frente al ideal francés" (Paul Van Thiegen, El romanticismo en la literatura europea).
Los grandes místicos alemanes (Paracelso, Eckhart, Boehme), así como Friedrich Christoph Oetinger, el teórico del pietismo, serán también incluidos entre los "ancestros" de la especulación romántica.
"El principal antagonista del romanticismo alemán subraya Erika Turner no es el clasicismo, sino el racionalismo del Aufklärung" (el racionalismo iluminista).
Al igual que la reforma luterana puede también explicarse como una reacción contra el racionalismo tomista ligado al auge de la escolástica, el romanticismo alemán aparece como una "respuesta" al racionalismo profano, esto es a la ilustración de las luces, al "Aufklärung".
La noche misteriosa,la noche inefable y sagrada
En general, se distingue un primer romanticismo (Frühromantik), ante todo literario, del que forman parte Novalis, Ludwig Thieg, los hermanos Schlegel, Heinrich von Kleist, E.T.A. Hoffmann, Hölderin; y un segundo romanticismo (jüngere Romantik) más político, con Adam Müller, Görres, von Eichendorff, los hermanos Grimm, Bettina y Achim von Armin, Clemen Brentano, von Chamizo, Bonaventura, Mörike, Büchner, etc.
En total, el movimiento abarca poco más de un cuarto de siglo: desde 1795 hasta 1825.
Los primeros círculos románticos se forman en Berlín (1795-96) y en Jena (1798-99), donde los hermanos Schlegel editan la revista Athenaeum. Enseguida cundirá el ejemplo en Heidelberg y Dresde.
Novalis (pseudónimo de Friedrich von Hardenberg) es el primero en introducir en su poesía las teorías del tradicionalismo monárquico y la admiración por la concepción medieval del Estado, influenciado por el pietismo y, sobre todo, por Jacob Boehme. Sus obras (editadas por su amigo Frederic de La Motte, descendiente de hugonotes normandos emigrados a Prusia después de la revocación del edicto de Nantes) pronto conocerían un éxito que no tenía precedentes en tierras germánicas.
Novalis había escrito: "El mundo debe romantizarse. Otorgando una significación elevada a aquello que es común, un aspecto misterioso a lo que es banal, una dignidad de misterio a lo que es conocido, un halo de infinitud a lo que es finito, yo he procurado romantizar el mundo".
A los ojos de sus contemporáneos, los autores románticos aparecieron ante todo como poetas imaginativos, dotados de una sensibilidad fuera de lo común, pero también como individuos inadaptados, cultivadores del amor imposible, propensos al suicidio, melancólicos por vocación y frecuentemente enfermizos ("La tuberculosis escribió Pasteur es la enfermedad romántica por excelencia"). Pero este "cliché" (simbolizado por la "rosa azul") no ofrece más que una mediocre idea de la naturaleza del movimiento.
En realidad, los primeros románticos concebían el mundo como un "infinito dinámico": una inagotable plenitud de formas siempre renovadas.
Los románticos sustituyeron al ideal grecolatino de la perfección finita, completa, y de la forma terminada, el ideal fáustico de la hipérbole y de la forma en devenir (el culto de lo inacabado y de lo infinito); a la relación social, que asocia los hombres entre ellos opusieron la relación cósmica, que religa los hombres al universo. Por similares razones, en literatura, a la obra sistemática, construida sin espontaneidad, prefirieron el "fragmento", el texto inacabado pero auténtico, en donde el corazón se expresa bajo una forma original, intransferible, y creadora.
En el dominio estético, proclaman que la obra de arte no es únicamente la creación de una inteligencia consciente, sino que nace a la manera de un ser vivo, en virtud de un proceso casi orgánico.
En la teoría y en el culto del Yo expresaban la certeza de que el destino obedece a las individualidades de excepción, a las voluntades que sobrepasan las realidades demasiado "humanas, demasiado humanas" para así crear un mundo nuevo. Schlegel y Novalis hablan de un "egoísmo divino". Un hombre excepcional, aseguran, puede ser la humanidad completa. El hombre que participa en la obra del universo deviene en una especie de dios. Se redescubre la idea de la "chispa en el alma" (cintilla in anima), presente en el Maestro Eckhart, así como la del "genio" que, en el movimiento del Sturm und Drang, será erradicada de su contexto cristiano.
El gusto de la naturaleza, proclamado tan primordial como el espíritu, conduce a los románticos a celebrar la infancia, el "periodo feliz" durante el cual el hombre se encuentra en simpatía inmediata con el mundo. La "feliz ingenuidad del infante para estudiar la naturaleza", dirá Novalis. "La naturaleza infantil, extraordinariamente receptiva, más directamente ligada a las acciones de lo alto", observa Heinrich Schubert.
Los románticos son grandes cultivadores de un género literario especialmente concebido para la infancia: el cuento (Märchen), que traduce en imágenes recitadas todo un universo de creencias y de sentimientos populares. En el cuento todo es posible; los contrarios dejan de oponerse: se funden para dar nacimiento a nuevos conceptos. La imaginación creadora, completamente liberada, toma el lugar a la razón de la época.
El grupo de Heidelberg, con Görres, Brentano, los hermanos Grimm, Achim von Arnim, se especializa en rescatar las tradiciones literarias orales del pueblo, las antiguas canciones de gesta y las poesías ancestrales.
Al mismo tiempo, los románticos descubren las virtudes de la oscuridad, del silencio y de la noche. La Luna, eternamente fría, ilumina sus obras. El mismo amor pertenece a este reino de loa noche (cfr. el segundo acto del Tristan, de Wagner). "Necesitamos de la noche misteriosa, la noche inefable y sagrada", escribe Novalis en sus Himnos a la noche (1800), rememorando la "Noche amable más que la alborada" cantada por San Juan de la Cruz.
En 1863 Baudelaire alabará, él también, "las luces de la fantasía, únicamente presentes en la oscuridad profunda de la noche".
El gusto por la naturaleza y la infancia, esta nostalgia del paraíso perdido, no desemboca en ningún momento en el utopismo igualitario de un Rousseau. En un primer tiempo seducidos por Les confessions rousseaunianas, los románticos denunciarán más tarde sus "imposturas" (Novalis). No quieren retornar a la naturaleza para descubrir un hombre "bueno" o "liberal", sino para penetrar en su autenticidad, que se descubre "amorosa y cruel, maternal y caprichosa".
El inconsciente en el cual se prolongan no es, como en Freud, ese "rincón" en donde el individuo "reprime" las brutalidades de su naturaleza, sino más bien el "fondo del alma", el dominio íntimo en donde la personalidad se descubre a sí misma, su fuente de riqueza creadora. "El hombre debe sumergirse de nuevo en su inconsciente escribe Goethe, porque allí reside la raíz de su ser".
Lejos de reducirse a un simple ejercicio literario, el sueño es un modo de comunicación con el universo invisible. Gracias al sueño, observa Novalis, el pasado se conjuga con el futuro en un mismo eterno presente.
Un puesto particular es el reservado a la música, saludada como "La más romántica de las artes": Keine Farbe ist so romantich als ein Ton! (¡"Ningún color es tan romántico como una nota"!). Ello es así porque la música abre una puerta al inconsciente colectivo, como el sueño lo hace sobre el inconsciente individual. Durante los siglos de "falsa claridad", la música fue el último refugio de los sentimientos y de los ritmos antiguos.
Después de Beethoven, vino el apogeo del lied, con Schubert, y el florecer de la ópera romántica, con Weber y después con Schumann, Liszt, Brahms y, más tarde, con Wagner y Richard Strauss.
ETA Hoffmann es a la vez poetisa y compositora. Tieck alaba la música sobre todas las artes. Otros se esfuerzan en componer "sinfonías poéticas", o precisan en sus escritos cuáles deben ser los "efectos musicales" del verso.
Una nueva religión
Todo el movimiento romántico se desenvuelve en una religiosidad poco ortodoxa. Novalis, en sus Himnos, desarrolla una especie de panteísmo nocturno. En otra ocasión propone fundar una Iglesia a la vez prestataria de las sociedades secretas, de los místicos de la Edad Media, de la Compañía de Jesús y de los cultos paganos. Según Novalis, Alemania habría de conocer el auge de un "nuevo catolicismo", "una Sabiduría del puro genio que tiene su patria entre los hombres". El 2 de diciembre de 1798, Friedrich von Schlegel anota en una epístola dirigida a Novalis: "Cuento con crear una nueva religión, o más bien ayudar a su anunciación, porque es seguro que la misma llegará y triunfará también sin mi ayuda".
Tal es, también, la opinión de Schleiermacher, para quien el "verdadero cristianismo" debe reunir las riquezas del protestantismo y del catolicismo, en una fórmula-resumen del sentido agudo de lo sacro: "Hacer todo con religión, nada por religión".
Bien diferente del primero, al que no obstante prolonga, el segundo romanticismo es una rebelión contra el "espíritu de los tiempos".
La obra de Rousseau, después de la revolución, terminaría sublevando las esperanzas de los románticos, desengañados de las ideas de 1789, de la lógica y la filosofía "iluministas". El movimiento asiste con horror a la ejecución de Luis XVI, al asesinato de los sospechosos, al Terror. Los románticos fueron los más ardientes propagandistas de las Consideraciones sobre la Revolución Francesa publicadas en 1790 por el inglés Edmond Burke, obra de especial influencia sobre Novalis y Adam Müller. A los ojos románticos, Francia sería en adelante la madre de las ideas democráticas e igualitaristas.
Diez años más tarde, la inmensa sombra de Napoleón se extiende sobre Europa. Como reacción, el romanticismo alemán va a contribuir a la formación de un nacionalismo volcado a la búsqueda de sí mismo. (Este logro diestro de un fenómeno que, en otros países, tendrá resultados rigurosamente inversos, parece ser una característica del temperamento alemán. Podría evocarse, a este propósito, el destino de movimientos como el Vandervögel y el Jungendbewegung a principios del siglo XX. Una de las preguntas clave de la historia de la cultura europea es el devenir específico, en Alemania, de una cierta "contestación").
"Es necesario representar, por un momento anota Erika Tunner, lo que significó, sobre el simple plano material, la invasión napoleónica: familias dislocadas, amistades separadas, correspondencias discontinuas. Los centros antiguos del romanticismo serán abandonados, comenzando por Berlín: desde 1806 hasta 1809 la corte prusiana se traslada a Königsberg, y los salones literarios, de espíritu generalmente liberal y abiertos a los grandes problemas artísticos del romanticismo, repentinamente se encontrarán desiertos".
Los románticos se ven así obligados a replegarse sobre sí mismos.
En un primer tiempo, se insiste únicamente en el amor y en la amistad individual ("El amor escribe Schleiermacher consiste en hacer de dos personas una sola, en tanto la amistad hace dos personas de cada uno de nosotros"), pasando poco después a otras formas privilegiadas de "sociabilidad", como la "symfilosofía" ("symphilosophie", o "filosofía en común"), la "meditación recíproca", etc. Schlegel sueña con una internacional de las élites, una especie de "Hamsa" (por recordar la antigua liga comercial germánica) para los espíritus superiores. Schleiermacher declara querer hacer de la vida universitaria una "existencia científica en común". En un segundo tiempo, la "sociabilidad" de afectiva, deviene política. La mayoría de los románticos reconocen que los seres de cualidad, necesitan, para formarse, de un contacto con sus semejantes y, por consiguiente, admiten que el desarrollo de la personalidad es tributario de la "comunidad". (Gemeinschaft), marco privilegiado donde se operan los contactos sociales.
Poco a poco se repudia el individualismo: el individuo no puede ser sustraído a su medio ambiente cultural ni a su linaje y herencia.
En el centro de las preocupaciones del segundo romanticismo se sitúa ya no la sensibilidad pura, los diversos estados del alma, los humores inquietos, sino todo lo que se vincula, de un modo u otro, al alma popular: la historia y la ciencia del lenguaje, el origen de las creencias, las tradiciones y las leyendas ancestrales, la Edad Media caballeresca, el derecho consuetudinario, el folklore, la caligrafía gótica, etc.
La literatura se lanza entonces a suscitar el entusiasmo y a galvanizar las energías. Erika Tunner constata: "El romanticismo alemán toma un giro netamente político; la inspiración patriótica del periodo de Heidelberg muta en inspiración nacionalista".
Apelación a las armas
Prusia y Austria forman los dos centros de resistencia germánica antibonapartista.
En 1808, año en que Napoleón se encuentra en lo más alto de sus triunfos, en tanto Goethe escribe la primera parte del Fausto, Heinrich von Kleist publica La Batalla de Arminius, homenaje a Hermann (Arminius), el caudillo germánico que derrotó en Teutoburgo, en el año 9 de nuestra era, a las legiones romanas del general Varo. Interpretado en función del instante presente, el drama es una verdadera apelación a las armas. La censura prohíbe su representación.
Von Kleist escribe también su famoso Catecismo de los alemanes, en donde un padre interroga a sus hijos sobre los deberes del patriotismo en la Alemania ocupada: "¿Por qué debes amar a tu patria? Porque es mi patria".
Ese mismo año de 1808, Adam Müller, el más profundo de los teóricos políticos del romanticismo, hace publicar sus Elementos del arte política, en tanto Schleiermacher pronuncia sus célebres sermones, animando a sus auditores transformar en un deber religioso la toma de conciencia de sus responsabilidades cívicas.
Schlegel escribe: "¿Por qué, siendo pequeños como nación, somos grandes como individuos? La razón es simple y clara: somos un pueblo parcelado". Mientras Arnim pone su pluma al servicio de su patria prusiana, Hölderin publica un Himno a Alemania que expresa un amor doloroso:
"¡Oh corazón sagrado de los pueblos, oh patria!
Silenciosa y paciente como la tierra maternal,
Por todos despreciada, tus mismos hijos creyéndose extranjeros
Arrojando de tu seno lo mejor de tus bienes.
Pocos ven en ti el espíritu que nos anima,
Menos son los que aman los racimos salutíferos
De la viña informe que para nosotros eres, para los alemanes.
País del genio alto y grave, país del amor,
Patria desdichada por culpa de tus malos hijos
Siempre prestos a renegar de tu alma".
El 29 de abril de 1809, Kleist se instala en Praga procedente de Dresde, donde espera publicar una revista titulada Germania. Pero su proyecto fracasa. En enero de 1810 se encuentra en Berlín, donde lanza Los cuadernos del atardecer, semanario "revisado por la censura" que dejará de aparecer el 30 de marzo de 1811.
En noviembre de 1811, en la aldea de Wannese, a las afueras de Berlín, el desesperado Kleist se dará muerte a la edad de 34 años.
En la misma época Clausewitz enseña en la Escuela Superior de Guerra, mientras Ernst Moritz prosigue la composición de sus poemas patrióticos y Ludwig Jahn, "Turnvater", difunde en las aldeas y suburbios la cultura física e higiénica colectiva.
El 3 de febrero de 1813, el rey Federico Guillermo III lanza en Breslau una "Apelación al pueblo". Numerosos románticos se enrolan como voluntarios en la guerra de liberación, empezando por Joseph von Eichendorff y el pintor Philipp Veit. El joven poeta Theodor Corner cae a los veintidós años en las trincheras de Meklenburgo. Sus cantos serán primero reunidos bajo el título de La lira y la espada, antes de ser adaptados a la música por Carl Maria von Weber.
En Coblenza, Joseph Görres, eminente teólogo católico, funda El Mecurio de Renania, al que Napoleón calificaría como "El panfleto de mayor poder en Europa". El mensual será prohibido en enero de 1816.
El pionero de esta nueva actitud es, sin duda, J. G. Fichte, el autor de los catorce Discursos a la nación alemana que habrían de poner las bases de lo que, más tarde, se denominará la "ideología alemana".
La época de los "Discursos" de Fichte
Fichte, autor de la ideología idealista que opera la transición entre las reivindicaciones racionalistas del siglo XVIII y el nacionalismo alemán, no es un romántico, pero el pensamiento romántico le debe muchos de sus préstamos, y viceversa. En él se descubre el tema de la exclusividad del Yo nacional concebido como un conjunto cerrado, el tema de la originalidad del carácter popular, ligado al "primitivismo" de la lengua alemana, la exaltación de la historia como factor regenerador etc.
Los Discursos a la nación alemana empezarán a ser compuestos al día siguiente de la batalla del Jena, durante en invierno de 1806-1807, en las salas de la Academia de Berlín. Mientras sus tropas ocupan la ciudad, Napoleón desdeña esta literatura juzgándola "insignificante" (el 26 de agosto de 1806 hizo ejecutar al librero Johann Philipp Palm, de 39 años, acusado de imprimir y difundir panfletos patrióticos).
Fichte, que vincula su predicación a la de Lutero, expone el tema de la "predestinación de Alemania". Afirma que los alemanes tienen el privilegio de hablar una lengua "original" (Ursprache), que hace de ellos un "pueblo elegido", destinado al dominio del mundo en virtud de una necesidad interna a la historia. El "Espíritu", a sus ojos, en tanto que absoluto, implica que a un "Yo absoluto" no puede oponerse otro Yo, sino un "No-Yo" y, por tanto, a un "Pueblo absoluto" no puede oponerse un conjunto de otros pueblos, sino un "No-Pueblo": el Extranjero. Según Fichte, precisa Jean Edouard Spenlé, "Los alemanes son el pueblo absoluto, el pueblo que existe "en si", es decir "el pueblo por excelencia" (das Volk schlechtweg), aquel que no toma su realidad de la historia, sino que, inversamente, engendra su ser, su historia, mediante la conciencia que toma de sí mismo" (La penseé allemande, París 1934).
Un poema de Schiller poco conocido, La grandeza de Alemania, compuesto en 1801, ya anunciaba esta idea. "Aquello que constituye la grandeza de Alemania dice al poeta es precisamente la indigencia actual del pueblo alemán, el hecho de que su grandeza resida únicamente en su cultura y en el carácter moral de la nación, cosas que no dependen en modo alguno de su destino político. El espíritu alemán es el único para el cual "Existen las cosas sagradas", el único en comunicación con el espíritu del universo" (J.A. Spenlé, op.cit.)
En un pasaje célebre, declara Fichte: "Todos aquellos que creen en la realidad espiritual y en la libertad de esta vía espiritual, todos aquellos que creen en un eterno progreso de la espiritualidad por medio de la libertad, aquellos que sienten en su interior su país de origen y la lengua que hablan, todos ellos pertenecen a nuestra raza, forman parte de nuestro pueblo y han de incorporarse al mismo tarde o temprano. Al contrario, todos aquellos que creen en un Ser fijo o en la regresión, o en una danza circular del cosmos, o que sitúan el gobierno del mundo en una Naturaleza inanimada, aquellos que no sienten en sí mismos su país de origen ni la lengua que hablan, no son alemanes, sino eternos extranjeros para nosotros y es de desear que sean completamente enajenados de nuestro pueblo..."
La influencia ejercida por los Discursos sobre el pensamiento romántico es considerable.
Hölderin contempla en pueblo alemán al Urvolk, el "pueblo del origen". Observa que, de todas las lenguas de Europa, la lengua alemana es la más cercana al "lenguaje primitivo". Novalis escribe: "Con su paso lento, pero seguro, Alemania precede a los otros países de Europa" (...) "Alemanes son todos aquellos que forman parte del pueblo de Alemania". En 1848, la Asamblea de Frankfurt proclamará: Was deutsch spricht soll deutsch werden; es decir: "Todos aquellos que hablan alemán deben ser alemanes".
El círculo de Heidelberg, bajo la égida de Arnim y Brentano, es el que más de esfuerza en definir los nuevos elementos constitutivos de la nacionalidad: "Estaban de acuerdo escribe Jacques Droz en que no habría de despertar un pueblo alemán si antes no alcanzaba a tomar conciencia de los tesoros artísticos que guardaba en su seno, si no se producía el paso decisivo de una cultura reservada a una élite "afrancesada" a una cultura verdaderamente popular, si los individuos no consideraban en sus prioridades vitales al despertar espiritual de toda la nación. Pusieron el acento sobre una cierta comunidad o parentesco étnico, al que denominaban Volkstum o Volkheit, cimentado por el idioma que hablaba el pueblo, por la cohabitación en una región determinada, por el respeto común de ciertas costumbres, instituciones, creencias, tradiciones jurídicas y morales".
Al ideal cosmopolita de la nación, los románticos responderán con una teoría de la ineluctabilidad de la pertenencia nacional.
Rescatando las tesis del publicista Justus Möser (Historia de Alemania, 1773) y, sobre todo, de Johann Gottfried Herder (1744-1803), hacen reposar la noción de "genio nacional" sobre una entidad espiritual colectiva a la que denominan "el pueblo" (das Volk). Este vocablo no designa a ninguna clase social, sino a la totalidad de la comunidad nacional, por fin consciente de sí misma en su eterna permanencia: no depende de sus manifestaciones históricas, sino que es anterior a las mismas.
Comenta Madame Staël: "La música se acopla a los poemas de Goethe y Burger para ser repetidos desde el Rin hasta el Báltico por voces de todo género y procedencia. Nuestros poetas franceses son admirados por todos los espíritus cultivados, tanto entre nosotros como en el resto de Europa, pero completamente desconocidos por el pueblo y por los burgueses de las ciudades y las villas".
Al mismo tiempo que sitúan al pueblo en su devenir, los románticos rehabilitan la historia. En sus Disertaciones sobre el estudio de la historia de la patria (1808), Heinrich Luden afirma que "la misma ciencia debe tener una nacionalidad" y que "por haber perdido el sentido de la historia" los alemanes se han visto abocados a un sinfín de desastres. "La historicidad", precisa, "es el criterio de toda la humanidad".
Sistemáticamente, los románticos insisten en los temas de la originalidad y la diversidad. Al Aufklärung, que examina el pasado a la luz de la historia universal y busca descubrir las leyes de un progreso constante del espíritu, oponen la búsqueda de todo aquello que permite situar la mentalidad de los hombres y el genio de los pueblos en el espacio y en el tiempo.
Joseph Görres pone el acento sobre la Stammesgefühl, sobre la conciencia popular de un mismo origen étnico, cimentada por el uso de una misma lengua, el afecto a un mismo paisaje, el respeto a unas mismas costumbres, la cohabitación en las mismas regiones.
Escribe: "La más deplorable de las obcecaciones, para un pueblo, está en perder su originalidad, en desconocer su naturaleza profunda, en dejar paso a las prácticas extranjeras... Todo lo que es extraño, todo lo que sin razón profunda es introducido en la vida de un pueblo, resulta para él causa de enfermedad y debe ser extirpado si desea permanecer sano. Al contrario, todo aquello que le es esencial o particular debe ser cultivado sin relajo".
De aquí se sigue que "Todo grupo étnico tiene el derecho y el deber de conservar celosamente su denominación histórica, a la cual están vinculados los recuerdos del pasado".
Maurice Barrès (1862-1923), cuyo pensamiento está en gran parte moldeado por la escuela del romanticismo alemán, hará suya como máxima la expresión "La tierra y los muertos" (Les déracinés).
El Espíritu Santo y los valores "medievales"
La "autenticidad", para los románticos, hace referencia directa a la vieja Alemania medieval, a la que contemplan con una ardiente nostalgia acompañada por una admiración por el catolicismo "histórico". Uno de los principales ensayos de Novalis, Europa o la cristiandad, comienza con estas palabras: "Fue una era brillante, bella, en donde Europa fue una tierra cristiana, cuando una sola y única cristiandad habitó este continente característicamente humano".
En esta nostalgia (Sehnsucht) apasionada se apoyará el deseo de un renacimiento del Sacro Imperio Romano Germánico.
Los autores románticos otorgan un lugar preponderante a los valores "medievales": al concepto feudal del servicio y de la protección, a la palabra dada, al honor, al coraje, a la disciplina y la obediencia libremente consentidas. Los románticos aspiran a la formación de una nueva nobleza. Se pronuncian por un sistema patriarcal, un campesinado ligado al Sol, una burguesía limitada en sus ambiciones económicas, la inalienabilidad de la propiedad de la tierra (el propietario está "casado" con su tierra: un "divorcio" es impensable), etc.
Joseph Görres distingue el Orden enseñante (Lehrstand), el Orden combatiente (Wehrstand) y el Orden nutricio (Nährstand). Estamos ante un retorno a la división tradicional tripartita, propia de las sociedades indoeuropeas, entre los sabios y dirigentes (función soberana), los combatientes y defensores (función guerrera), y los trabajadores y productores (función productora).
El Estado orgánico
De hecho, los románticos, proponen una síntesis de contrarios: el pueblo y la nación, el Estado y el espíritu público, Europa y las regiones.
"Vendrá un día asegura Novalis es que será universalmente asumido que ningún Rey puede existir sin República y, recíprocamente, que ninguna República puede ser concebida sin un Rey; que el uno y la otra son tan inseparables como el alma y el cuerpo".
Del mismo modo que el sueño, el inconsciente, el cuento de hadas, nos ayudan a redescubrir la infancia, la canción de gesta (Heldenlied), la epopeya, la literatura de los Minnesänger (los trovadores) permiten situarse a un "pueblo" en sus orígenes lejanos.
Muchos de los románticos peregrinarán a París con el fin de estudiar en la Biblioteca Nacional los textos originales de la Edad Media. Es en París donde Achim von Arnim escribe su epopeya Los hijos de Hermann. Es también en París donde Friedrich von Schlegel toma conciencia de su nacionalidad y de su "patria terrestre". En 1804 asiste en Frankfurt a un curso sobre mitología nórdica; se interesa, sobre todo, por la epopeya de los Nibelungos, más tarde adaptada a la ópera en la famosa tetralogía de Richard Wagner.
El otro Schlegel, August Wilhelm, publicará una Apología del Imperio Romano Germánico: "Los pueblos de raza germánica fundaron y formaron Europa, luego hay que reconocer en Alemania a la madre patria de Europa".
Y precisa: "El águila, nuestro símbolo de la realeza, es para Alemania una herencia de Roma".
A la actitud "mecanicista" del Aufklärung, que toma a los hombres por cosas y reduce la naturaleza orgánica a las leyes del mundo físico, los románticos oponen una concepción dinámica de la vida, la cual afecta no solamente, como en Lessing o Leibniz, a la moral y a la religión, sino también a la naturaleza y la historia.
Novalis denuncia a "los miserables filisteos, vacíos de espíritu y pobres de corazón, los sectarios de la letra, que ocultan la simpleza de su pensamiento y su íntima indigencia bajo oropeles pomposos y bajo las imposturas del cosmopolitismo". "Todo lo que es absoluto declara Friedrich von Schlegel es, por su misma naturaleza, inorgánico, tendente a destruir sus elementos componentes. Por lo mismo, puede decirse que lo absoluto es el enemigo del género humano".
De aquí se deriva una concepción absolutamente novedosa del Estado, no considerado ya como un concepto (Begriff), sino como una Idea dinámica.
La ideología del Aufkärung veía en el Estado un mal necesario, y por tanto transitorio, un escándalo para la razón. El romanticismo vio en el Estado una necesidad en sí, una realidad natural, orgánica, independiente de la voluntad arbitraria (el "contrato social") de los individuos, una entidad al servicio, sí, del pueblo, pero que, estando dotada de vida propia, le trasciende y sobrepasa, expresando todas sus virtualidades y sus valores específicos y, por ello, dotándole de forma.
Adam Müller, en sus Elementos del arte política, escribe: "El Estado no es una invención de los hombres destinada a la utilidad o al placer de la vida de los ciudadanos. El Estado es indispensable, inevitable, fundado sobre la naturaleza humana. Es la fusión de los intereses humanos en un Todo orgánico".
Novalis expresa la misma idea: "Todo ciudadano es funcionario del Estado; percibe sus intereses como tal".
Los románticos perciben que la comunidad nacional "no puede considerarse como la suma aritmética de sus miembros iguales entre sí, sino formando por sí misma una síntesis nueva y creadora, poseyendo una existencia mística independiente de sus miembros componentes" (Jacques Droz, Le romanticisme allemand et l´Etat, París 1966).
La idea de que el Estado es un todo compuesto, pero un todo orgánico, algo más que la simple suma de los ciudadanos al igual que un organismo es más que la simple "suma" de sus órganos componentes, encuentra su origen en el pensamiento de Schelling.
En sus Conferencias sobre el método de la enseñanza académica (1802), Schelling establece los lazos entre la filosofía de la naturaleza y la doctrina romántica del Estado. Su interpretación, señala Jacques Droz, "se acompaña de un desprecio aristocrático por todas las formas del igualitarismo moderno, como una afirmación pronunciada por las prerrogativas del monarca, sin el cual el Estado permanecería "invisible" a los sujetos".
Fichte escribió: "En un producto de la naturaleza, cada parte no es sino el engarce con el todo, y sin esa ligazón no sería nada en absoluto. En los cuerpos orgánicos, cada parte, conservado al todo, se conserva a sí misma. De igual forma sucede con los ciudadanos en su relación con el Estado".
Por lo demás, el Estado se justifica por la desigualdad natural, soporte de la libertad."Si la libertad no es, en efecto, mas que el esfuerzo general de naturalezas diferentemente dotadas hacia un desarrollo más perfecto de sus facultades escribe Adam Müller, entonces no hay nada más contradictorio que la negación de las particularidades y las diversidades de estas naturalezas. El concepto de libertad que hemos definido no es el que ha sido implantado en Francia. Es un falso concepto de la libertad el que, acompañado de la igualdad, ha caracterizado a la Francia revolucionaria (...) Si los diversos elementos de la sociedad civil no son diferentes y desiguales, no podrían dar lugar a un Estado. Porque el Estado no es una especie de compromiso, de conciliación, de síntesis entre fuerzas diversas que se oponen entre sí: es en sí mismo el instrumento de compromiso, de conciliación, de síntesis entre estas fuerzas".
En fin, el Estado, siendo un fin en sí, no debe someterse a instancias internacionales. Es por ello que los románticos son beligerantes frente a la doctrina del "equilibrio de fuerzas" sostenida por Metternich tras el fin de las guerras napoleónicas. "Una paz eterna afirma Heinrich Luden sería tan perniciosa para la raza humana como si las tormentas desapareciesen de la atmósfera sobre una comarca proclive a las infecciones de los pantanos".
Escribe Müller. "Desde el punto de vista del Estado, se observa que la guerra es el acontecimiento en donde se manifiesta lo mejor del elan de la vida política, en donde el Estado toma conciencia de su esencia particular y pone a prueba la totalidad de sus fuerzas en presencia de un adversario de su misma talla".
Joseph von Eichendorff, uno de los poetas más apreciados de la guerra de liberación, declara, a propósito de los textos de las constituciones: "El papel no es nada. No es la letra muerta donde reposa la santidad del contrato, sino en la lealtad, en la voluntad inquebrantable de quien escribe esa letra".
En 1814, el jurista Friedrich Carl von Savigny publica De la vocación de nuestro tiempo por la legislación y la ciencia del derecho, obra que va a dar nacimiento a la escuela de derecho histórico.
Rompiendo con todo internacionalismo jurídico, Savigny afirma que "El derecho, como la lengua, crece con el pueblo, se desarrolla y muere con él, cuando éste llega a perder sus particularidades profundas". Y es porque la voluntad puede interrumpir el curso que la historia que es un crimen de "voluntad" imponer a una nación instituciones que le son extrañas, y la tarea principal del jurista no es por tanto codificar y legislar, sino el reunir y formalizar los elementos de la jurisprudencia conformes al genio popular.
A partir de los años 1812-16, el romanticismo se desarrolla sobre todo en el Sur especialmente en Viena, convertida desde 1809 en la capital de los adversarios de Napoleón, y en Munich.
Desde Viena, el barón Joseph von Hormayr, nacido en Innsbruck en 1772, se entrega a la tarea de hacer de la historia un instrumento al servicio de los valores nacionales: "La historia es la única depositaria de la originalidad de los pueblos". En Viena se instalan igualmente Adam Müller y Beethoven. En Viena, August Wilhelm von Schlegel, siguiendo la estela de Madame Staël, insiste, en sus Conferencias sobre el arte y la literatura dramáticas, en la necesidad de hacer coincidir el elan poético y el interés superior de la patria.
En Baviera, donde los románticos se agrupan alrededor de Joseph Görres y Franz von Baader, la penetración del movimiento está ligada al combate por la independencia de la Iglesia, lo que le reviste de un carácter ultracatólico y particularista que no posee en otros lugares. Su centro se instala en la Universidad Nueva, que Luis I ha hecho transferir desde Landshut a Munich.
Aquí, von Baader, profesor de la universidad y director de la revista Eos, redescubre las obras del Maestro Eckhart, que habían sido eliminadas de los centros de estudio después de la condena del gran místico renano por el tribunal de la inquisición de Colonia, en 1328.
En Suavia, los autores más representativos son Ludwig Uhland (1787-1862), el novelista Wilhelm Hauff (1802-1827), Gustav Schwab (1792-1850) y el poeta Eduard Mörike.
Romanticismo y ciencia moderna
El romanticismo se agota hacia 1827, dando paso, en el sur de Alemania, a una doctrina de la Restauración y una apología del Estado cristiano. Sus últimas manifestaciones son ahogadas por las ideas de izquierda, ligadas al desarrollo de la burguesía liberal (Heinrich Heine, teórico de la Joven Alemania y romántico "exclaustrado", verá en el romanticismo "el apoyo del más probado despotismo").
En el mundo, mientras tanto, la empresa del romanticismo no ha hecho más que comenzar.
En Francia, las obras de Madame Staël son una vigorosa apología del romanticismo alemán que provocarán controversias apasionadas. A partir de 1829, la Revue de Paris publica los textos de E.T.A. Hoffmann, de Kleist, de Novalis y Alfred de Musset, de Vigny, Aloysius, Bertrand, Baudelaire y Rimbaud, y después de Apollinaire, Barrès, los simbolistas y los surrealistas, exponiendo los elementos de su propio pensamiento.
En Alemania, la literatura romántica no solamente ha contribuido a la renovación nacional y política. Todos los filósofos de la vida, desde Schopenhauer y Nietzsche hasta Klages y Dilthey, se alimentan, directa o indirectamente, del romanticismo.
Sobre el plano científico, el aporte del romanticismo no es menos cualitativo. Los hermanos Grimm pusieron las bases de la moderna filología. Gracias a Brentano se renovaron los estudios sobre folklore y mitología. La lingüística del indoeuropeo arranca con los trabajos de Schlegel y Franz Bopp, al mismo tiempo que la etnología, la arqueología y la paleontología. El desarrollo de la escuela de derecho histórico, con Savigny y después con Niebuhr y Raumer, cuyo eminente heredero fue Leopold von Ranke constituye una etapa decisiva de la historiografía.
En 1821, la música romántica conocerá un triunfo con la primera representación del Freischütz, de Carl Maria von Weber.
A principios del siglo XX, Oswald Spengler llevará hasta sus últimas consecuencias la teoría orgánica de la cultura y del Estado. Carl Schmitt comentará los trabajos de Savigny. El economista Ernst Wagemann se esforzará en cimentar las bases de una "economía orgánica". La escuela de Viena, con Othmar Spann, verá en Adam Müller el precursor del "espíritu de comunidad" (Geist des Gemeinschaft) y uno de los fundadores de la sociología.
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