La superstición del cambio permanente
José Javier Esparza
Se ha hablado mucho de
lo que dijo Rajoy hace unos días: "Mirar al futuro". Se ha hablado menos de
otra cosa que dijo en el mismo acto y que, sin embargo, es más interesante, a saber, que
el Partido Popular tiene que "adaptarse a una sociedad en cambio permanente". Es
una frase bastante común, poco original, pero muy del gusto de la tecnocracia dominante
y, sobre todo, que queda bien en los discursos, porque deja pensar que quien así se
expresa es hombre tranquilo y hasta inofensivo, sin ganas de meterse en líos y partidario
de dejar a la gente que funcione como quiera.
Ahora bien, la bonancible fórmula pierde un poco de fuste si uno examina a fondo su
contenido. ¿Por qué una sociedad ha de estar "en cambio permanente"? Y eso,
¿es bueno o es malo? Por otro lado, ¿quién promueve los cambios? ¿Y en qué
dirección? ¿O es que las sociedades cambian solas, al margen de los hombres que las
componen? ¿Estamos ante una especie de "animismo sociológico", una fe torda en
que la sociedad genera por sí misma sus propios movimientos? Y entonces, ¿adaptarse a
una sociedad "en cambio permanente" no sería tanto como renunciar a cualquier
acción significativa sobre nuestra vida común?
Eso de la "adaptación al cambio social" viene siendo una constante retórica en
el discurso de la derecha política desde hace unos cuantos años. En esa filosofía
y esta vez el término no está mal empleado- hay dos fuentes bastante
transparentes.
Una es la mentalidad progresista, ciertamente dominante, según la cual la naturaleza de
la sociedad de toda sociedad- es el cambio permanente, la transformación continua,
bajo la tácita superstición de que todo cambio es en sí mismo positivo. La otra fuente
es el apoliticismo neoliberal, que predica la abstención de los gobiernos en materia de
principios colectivos, de razones para vivir juntos, y estigmatiza como "ingeniería
social" todo intento de dar forma a la comunidad política según convicciones
"fuertes".
El resultado es la apología de la inhibición. Los ocho años de gobierno del Partido
Popular han sido letales en este aspecto.
Un partido que se adapta a los cambios de la sociedad es, sin duda, una
asociación de hombres tranquilos, y eso siempre inspira sentimientos confortables, pero
tal actitud presenta un inconveniente no menor: renuncia expresamente a pilotar los
cambios sociales. Lo cual, en la práctica, significa dejar que sea el rival quien marca
el tempo y la intensidad de los mencionados cambios. Y si los cambios en cuestión
caminan hacia posiciones antitéticas de las que uno mantiene, ¿qué hacemos? ¿Cambiamos
de posiciones para "adaptarnos" mejor? Y en ese caso, ¿no dejaremos de ser lo
que somos? Y entonces, ¿para qué necesitamos un partido político?
Si el modelo de sociedad que ofrece el PP es la inexistencia de modelo alguno y la mera
"adaptación" al modelo ajeno, deberían decirlo más claramente. Más que nada,
para que los demás sepamos a qué atenernos.
[El Semanal Digital, 26 de septiembre de 2005.]