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Introducción. Curso general de disidencia
¿Por qué Curso general de disidencia? Este volumen es el fruto de tres años de trabajo desparramados en cursos de formación, universidades de verano, ciclos de conferencias y debates en foros diversos, aunque generalmente vinculados a la labor intelectual del Proyecto Aurora y la revista Hespérides. Por eso lo hemos llamado "Curso", en dos de los sentidos del término: primero, porque es un amplio compendio de (modestas) lecciones, pero también porque es el resultado de un recorrido con armas y bagajes por buena parte de la geografía española, desde Bilbao hasta Granada, desde Santander hasta El Escorial, desde Valencia hasta San Sebastián.
Su contenido no es monográfico: antes bien, se trata de incursiones en un diverso abanico temático cuyo único punto en común es la trascendencia de las preguntas formuladas y el intento de ofrecer a cada una de ellas algunas respuestas que sean coherentes entre sí; hemos tratado de ver los problemas globalmente y, desde esa globalidad, responder a cada problema particular. Por eso hemos añadido el calificativo de "General" a nuestro curso: porque trata de aprehender los elementos comunes de una multitud de problemáticas cuya pluralidad a veces nos desconcierta.
El ejercicio, bueno es confesarlo cuanto antes, nos ha llevado por tierras poco transitadas o incluso incógnitas, muy lejos del discurso hoy dominante, muy lejos de ese "pensamiento único" que hoy se impone por todas partes y muy lejos también de la obediencia a lo "políticamente correcto", esa forma histérica y fofa de inquisición. Cada época tiene su propio tipo de estupidez; nuestro tiempo, a juzgar por sus efectos, ha llegado más lejos que ningún otro anterior. Por nuestra parte, al mirar el mundo que nos rodea y tratar de explicar su por qué, nos hemos visto continuamente llevados a la más clamorosa de las disidencias: disidencia del conformismo imperante, disidencia de ese silencio con que hoy se intenta ocultar la presencia de cuestiones que nos superan, disidencia de ese sistema (ideológico, económico, técnico y, digámoslo también, político) que trata de enmascarar su ruina con toneladas de maquillaje ante las cámaras de televisión, como una vieja madama desdentada de burdel.
Así pues: Curso general de disidencia.
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El pulso de nuestro tiempo, en efecto, es el pulso ora mortecino, ora acelerado de quien se halla en situación terminal. En un libro anterior, Ejercicios de vértigo, nos habíamos asomado a la circunstancia del alma contemporánea: muertas las esperanzas de la modernidad, descubierta la gran trampa del relato moderno, aparecía, burlesco, el fantasma de la posmodernidad y movía sus orejas zumbonas para decirnos que estábamos ya en otro momento, que el mundo -más exactamente: el mundo occidental moderno, como acertadamente me precisó Fernández de la Mora cuando presentamos ese libro en el Ateneo de Madrid- había mudado de piel y llegaba, al mismo tiempo que el segundo milenio, a un punto sin retorno.
Ejercicios de vértigo trató de ser la topografía de ese punto de no-retorno a partir de un paseo por sus pliegues más visibles: la mentalidad apocalíptica, el nomadismo imperante, la tecnificación de la existencia, el retorno de lo trágico, las nuevas formas políticas y sociales, etc. Y si aquello fue una topografía, ésto trata de ser una prospección, un descenso a las capas más profundas de nuestro tiempo y un intento por conocer su verdadera esencia. Pero, a diferencia de Ejercicios de vértigo, este Curso general de disidencia no se contenta con una labor descriptiva y crítica de lo que descubre: pretende, además, aportar vías alternativas a lo descubierto, sugerir líneas de respuesta a la mutación que estamos viviendo. De ahí el subtítulo escogido para este volumen: "Apuntes para una visión del mundo alternativa". El mundo cambia de piel, en efecto -y probablemente también de contenido-; aquí no sólo lo constatamos, sino que, además, con soberbia inaudita pretendemos aconsejarle el nuevo traje que debe ir encargando al sastre del devenir.
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Por supuesto, que no se busque aquí un recetario de soluciones. Bonita cuestión ésta, por cierto: "dar soluciones". Una de las críticas más frecuentes contra Ejercicios de vértigo fue precisamente ésa: "No da soluciones". El lector me entenderá cuando le diga que de tener yo, pobre gacetillero, soluciones para los problemas del mundo, habría fundado inmediatamente una nueva religión. Porque uno de los grandes problemas de nuestro tiempo es, precisamente, la ausencia de soluciones, o al menos de soluciones tal y como las entienden los políticos, o sea como recetarios de medidas administrativas que mecánicamente se pueden poner en marcha al día siguiente de su publicación en el Boletín Oficial del Estado. ¿Quién tiene soluciones mecánicas para el problema ecológico, para la desagregación social, para la cuestión de la técnica, para el nuevo orden del mundo, para la transnacionalización de la vida, para la crisis de los Estados? Podemos ver la causa del problema y podemos apuntar una vía de escape, pero en este tipo de cuestiones la distancia entre mecanicismo y mesianismo es demasiado estrecha como para no andarse con tiento. De manera que si alguien pretende encontrar aquí una lista de medidas para solucionar hic et nunc los grandes problemas de nuestro mundo, puede ir cerrando este libro -y todos los demás, por cierto- y refugiarse en la linda imaginación de mundos utópicos donde todo debe funcionar bien porque así lo dicen los papeles: el liberalismo, el marxismo y demás opiáceas del esfuerzo mental.
Lo que aquí se va a encontrar es más bien otra cosa. Lo que aquí se va a encontrar -y creemos honestamente que ésa es la principal aportación de este Curso- es una clave de interpretación para pensar nuestro tiempo. Nuestra propuesta es ofrecer una plataforma de explicación de este cambio que vivimos: un lugar desde el cual observar, comprender y explicar lo que está pasando. Nuestra perspectiva no es política, sino metapolítica. Los fenómenos que nos rodean, desde la decadencia de las instancias políticas hasta la Conferencia de El Cairo sobre la población mundial, tienen un sentido, responden a una lógica, es posible identificar sus antecedentes, su genealogía y sus objetivos; también es posible prever su evolución y sus consecuencias. La labor resultará todavía más efectiva si además intentamos observar todos esos fenómenos desde un mismo sitio, desde el ojo del huracán, por utilizar la figura de Jünger. En el centro del ojo del huracán, donde reina la calma, la desbocada movilidad del mundo se advierte con nitidez meridiana; todo adquiere sentido. Esa es precisamente la gran carencia de nuestro tiempo: la del sentido. No estamos seguros de haberlo encontrado, pero este Curso general de disidencia puede también definirse de esta manera: una búsqueda del sentido.
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La gran cuestión que se plantea ahora es el para qué: ¿Para qué esta exploración? ¿No tiene más objetivo que la simple especulación o, por el contrario, pretende servir para la acción, para inspirar acciones positivas sobre el mundo que describe?
Digamos de entrada que sentimos el máximo de los respetos por la reflexión y la especulación intelectual, que en ningún caso nos parecen "simples". No hay acción posible sin una reflexión previa y posterior sobre el sentido de la acción. Por eso Bergson, en una de sus frecuentes frases felices, definía al hombre completo como "aquel que actúa como hombre de pensamiento y piensa como hombre de acción". El trabajo intelectual lo es esencialmente de reflexión y especulación; sólo después cabe la acción y, desde nuestro punto de vista, ni siquiera ésta es necesaria para que el pensamiento obtenga su razón de ser: el conocimiento se basta a sí mismo, reposa sobre sí mismo -porque todo, a su vez, reposa sobre el conocimiento.
En los años 60 se puso de moda en Europa la figura del intelectual engagé, el "comprometido". Naturalmente, sólo se aceptaba tal etiqueta para quien estaba comprometido con la izquierda; los otros, los comprometidos con la derecha, no eran "engagés", sino "lacayos de la burguesía", y el tercer grupo, el de los no comprometidos, quedaban bajo sospecha de diletantismo, de inhibición social o de "falsa conciencia". Luego se ha visto que la mayor parte de aquellos "engagés" terminaron haciendo buenos negocios a la sombra de una izquierda que culminó la última gran revolución burguesa de Occidente, la del capitalismo con preocupación social, como acertadamente vio Pasolini. Tan triste trayectoria es argumento suficiente para descalificar a quienes mecánicamente vituperan al "intelectual puro".
Pero dicho ésto, señalemos no obstante que sí, que nuestra exploración es una exploración comprometida, porque pretende servir para la acción. ¿En qué sentido? Ciertamente, no proponiendo recetas programáticas, sino abriendo líneas de reflexión y sugiriendo vías para que esas reflexiones se articulen, en un momento ulterior, en forma de acciones concretas. Nuestro trabajo ha consistido en examinar los problemas, consultar a quienes los han examinado antes que nosotros, desentrañar su lógica interna, dibujar el perfil que esos problemas hoy nos ofrecen y tratar de oponerles salidas alternativas, ya sea mediante rectificaciones radicales, ya forzando su propia evolución, ya apuntando un desarrollo alternativo. ¿Y para qué? Digámoslo sin ambages, aunque el objetivo pueda parecer desmesurado: para mover a reflexión y para que se vaya abriendo camino la necesidad de tomar medidas, de mirar el mundo de otro modo -y, con esa mirada distinta, vivir un mundo distinto. Es más que probable que el objetivo nos supere; pero la audacia también forma parte del trabajo intelectual.
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El método empleado en cada una de estas exploraciones ha sido, con pocas variaciones, el mismo: exponer el problema, dibujar su genealogía, incluirlo en ese proceso general que llamamos modernidad, examinar las razones por las que se ha convertido en tal problema, evaluar su posible evolución y, por último, proponer un esquema alternativo. Especifico el método porque la pregunta va a ser inevitable: "¿Desde dónde habla usted?". Pues bien: por el propio método se verá que aquí hablamos desde después de la modernidad. Y ese después no debe interpretarse sólo desde un punto de vista temporal (el fin del periodo moderno, el periodo posmoderno), sino también desde un punto de vista filosófico: la muerte del pensamiento moderno, la muerte de la Ilustración, lo que hay (o pueda haber) cuando ya nadie cree en las ideas que la modernidad impuso como verdades universales.
Pero hay más: la modernidad ha muerto, sí, pero, ¿qué nos queda? Ya se ha dicho: eso que se llamó posmodernidad y que constituyó la atmósfera de Ejercicios de vértigo. Ahora bien, la posmodernidad, en sí misma, no ofrece salida alguna: es como seguir un camino, llegar al borde de un abismo y sentarse a esperar acontecimientos. La gran apuesta de nuestro tiempo no es ir más allá de la modernidad -éso ya se ha consumado por la propia ffuerza de las cosas-, sino ir más allá de ese estupor paralizante que se ha llamado posmodernidad. Salir de la posmodernidad exige tomar una decisión, señalar objetivos, señalar "enemigos", señalar lo que se quiere y lo que no se quiere -lo que queremos ser y lo que no queremos ser.
Aquí, en esta contraposición de opciones, es donde se abre el debate. Volvemos a la pregunta impertinente: "¿Desde dónde habla usted?". Pues bien: aquí se habla desde una cierta tradición de pensamiento que fue premoderna, que ha sido anti-moderna y que ahora ya no puede ser posmoderna, sino que tiene que ir más allá. La crisis de la modernidad ha devuelto al primer plano de la escena concepciones y visiones del mundo que nacieron antes de la modernidad, que han llevado una vida agitada durante estos últimos siglos y que ahora, cerrado el paréntesis moderno, pueden argüir legítimamente sus razones y reivindicar sus derechos.
Veamos, por ejemplo, lo que ha pasado en el mundo de las ciencias. Tras dos siglos de hegemonía ininterrumpida de los paradigmas mecanicistas, surgidos de la mentalidad ilustrada, la física y la biología nos han hecho cambiar la visión de la realidad y nos han llevado a buscar nuevos paradigmas de tipo holista, donde los fenómenos ya no reposan sobre sí mismos, sino que encuentran su sentido en una globalidad en la que todo guarda relación con todo. Ahora bien, éso lo había visto ya la metafísica antigua, tradicional, desde Aristóteles hasta los hindúes. El progreso de las ciencias nos ha conducido, en cierto modo, a un retorno -de donde podríamos legítimamente deducir que ciertos principios que antes se consideraban antiguos son, en realidad, eternos.
Veamos también lo que ha pasado con la crítica conservadora que emergió en la Europa de los años veinte y treinta: considerada durante cierto tiempo como una mera reacción anti-moderna, vituperada por las corrientes neo-ilustradas como embrión de "fascismo", la propia evolución de la modernidad las ha devuelto al primer plano de la escena. Por ejemplo, aquel famoso neoconservadurismo que Jürgen Habermas inscribía en el polígono Jünger-Schmitt-Heidegger-Lorenz-Gehlen, y al que acusaba de oponerse a la triunfal marcha de las Luces, se ha convertido ahora en una referencia imprescindible para entender la agonía del mundo moderno. Pero es que también otras corrientes nacidas de la propia modernidad, como la primera Escuela de Frankfurt (la de Adorno, Horkheimer y, si se nos permite incluirle aquí, Walter Benjamin) está demostrando ser muy rica en sugerencias para pensar el fracaso de la Ilustración, e incluso es perfectamente posible incorporarlas a un esfuerzo global para superar la extinción de las Luces.
Tampoco es posible prescindir de otras corrientes que han emergido en los últimos decenios y que permiten tomar el pulso de los acontecimientos: el análisis de la sociedad del espectáculo desarrollado por el situacionismo francés entre los años 60 y 70; los movimientos identitarios que se han levantado en defensa de los arraigos y las especificidades culturales, contra el viejo proyecto moderno de construir una humanidad homogénea y uniforme; ese neoespiritualismo difuso que hoy surge, oscilando, es verdad, entre el esoterismo de bazar y el profundo sentido de la sagrado, pero que en cualquier caso demuestra la imposibilidad de eliminar la dimensión espiritual del hombre; el trabajo intelectual de la denominada nueva derecha en Francia y en Italia, que ha formulado las objeciones más sólidas de los últimos treinta años contra el mundo moderno; la estela trazada por el pensamiento débil del posmoderno Gianni Vattimo, en busca de una racionalidad que vaya más allá de la técnica y que ha redescubierto la aportación trascendental de Heidegger; la escuela anti-utilitarista en las ciencias sociales, que ha dibujado un paradigma alternativo al economicismo rampante de neo-liberales y post-marxistas; la corriente comunitarista norteamericana, que ha levantado acta del colapso de la vida social en el mundo capitalista; la crítica ecologista, que a pesar de sus ocasionales excesos y de sus banalizaciones políticas y mediáticas ha puesto el dedo en la llaga más lacerante del mundo industrial...
Son sólo algunos ejemplos. Y lo que nos interesa sobre todo retener es el hecho de que a partir de aquí, a partir de la convergencia de todas estas corrientes, es perfectamente posible construir una clave de interpretación general y relativamente coherente de los problemas de nuestro tiempo. Dicho de otro modo: los premodernos y los posmodernos se pueden hoy dar la mano para pensar el mundo que viene. A pesar de su heterogeneidad evidente, algo está tomando forma a partir de la conjunción de todas estas líneas de reflexión. El presente Curso bebe en todas esas fuentes. El resultado no puede ofrecer siempre, claro es, un perfil homogéneo. Pero quizá pueda ser un primer paso para construir una nueva coherencia frente a la crisis actual.
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Esa búsqueda de una cierta coherencia en el análisis de los problemas de nuestro tiempo permite explicar algunas características de este Curso general. Por ejemplo, la presencia de determinadas reiteraciones. En efecto, si de lo que se trata es de aportar una clave general de interpretación, parece lógico esperar que la clave se repita cada vez que se va a interpretar un hecho. Así, el lector encontrará que un mismo modelo de interpretación filosófica e histórica se aplica a varios fenómenos diferentes: a la técnica, a la economía, al modelo social, etc., repitiéndose en todos los casos. Esa reiteración, deliberada, permite al lector cubrir un triple objetivo: aprehender desde el primer momento el sentido del discurso en cada exploración concreta; seguir con facilidad la coherencia general de nuestro análisis y, por último, aplicar ese mismo modelo de interpretación a diversos casos prácticos.
¿Cuál es esa clave de interpretación que aquí proponemos? En líneas generales, podemos decir que se trata de una genealogía de los valores y, al mismo tiempo, de una ideocrítica en el sentido que Manuel de Diéguez da a este concepto. Nada ocurre porque sí. Las cosas (la economía, la sociedad, la técnica, la política) no se desarrollan por sí mismas, ajenas a las acciones de los hombres. La forma que el mundo adopta está íntimamente relacionada con la mirada que el hombre proyecta sobre el mundo. Eso no quiere decir que el mundo sea siempre lo que el hombre quiere hacer de él; hay una especie de tragedia de la voluntad que con frecuencia conduce a que los paraísos imaginarios se conviertan en infiernos reales. Pero sí quiere decir que toda forma concreta que una parcela de la realidad adopte (una determinada economía, una determinada técnica, una determinada política) procede de una voluntad humana, una voluntad que a su vez es expresión de una visión del mundo concreta. Así pues, de lo que se trata es de recorrer el camino en sentido inverso: partir del hecho para llegar a la idea que lo produjo, tomar apoyo en esa idea para descubrir de qué visión del mundo procede y, por último, confrontar la visión del mundo en cuestión con sus frutos reales, con su acción sobre la vida y sobre los hombres. Descubierto el camino, podemos intentar la exploración de vías alternativas.
En ese sentido, este Curso general de disidencia es tributario, al mismo tiempo apéndice y anticipación, de otra obra más amplia: Las metamorfosis de Fausto. En efecto, en esta última, que verá la luz en breve, hemos recorrido el camino de la modernidad a partir de una interpretación del Fausto de Goethe. Allí nuestra tesis de combate es que el Fausto goetheano fue una gigantesca metáfora de la historia de Occidente, y que tal carácter metafórico sigue siendo válido -más aún: lo es especialmente- incluso para aquellos periodos que Goethe no pudo ver: los siglos XIX y XX. A partir de la narración fáustica, damos un sentido al devenir de la civilización occidental. Y lo más asombroso es que, desde esta perspectiva, Goethe puede ser considerado como un verdadero precursor de la crítica contemporánea a la modernidad. No adelantaremos aquí, por razones obvias, más detalles sobre el contenido de esta obra, pero sí es preciso decir que la clave de interpretación propuesta en este Curso general es fruto directo de la larga investigación emprendida en torno a la problemática moderna del Fausto. Allí se encontrarán las bases de conclusiones que aquí pueden parecer apresuradas; allí se hallarán desarrollos que aquí apenas quedan apuntados. Problemas como el de la técnica, que en este Curso es omnipresente pero en el que se profundiza poco, constituyen la columna vertebral de Las metamorfosis de Fausto. En general, podemos decir que este Curso es el resultado de la adaptación a temáticas concretas del esquema de interpretación general allí trazado.
Así pues, los textos reunidos en este Curso son inseparables de su condición de fruto de una investigación más amplia. Su carácter expositivo y oral condiciona además su estilo y su estructura. Pero no nos ha parecido apropiado dar forma literaria a textos que fueron concebidos para la exposición oral. Respecto a la estructura de esta compilación, responde a esa misma lógica: el fruto de una investigación. Así, el Curso se abre con el planteamiento del esquema general de interpretación, lo cual nos lleva a proponer una
doble superación: la de la modernidad y la de la posmodernidad. Después, complementamos lo anterior con una concepción general de nuestro marco histórico, esbozando una cierta idea de la filosofía de la Historia. A partir de ahí se procede a aplicar el modelo de interpretación a diferentes temáticas: la técnica (y, en relación con ella, la cuestión del humanismo), el modelo social, el modelo económico, el modelo político y el orden político del mundo. Por el camino, a modo de excursos, nos detenemos en otros aspectos del mundo contemporáneo: la sociedad de la información (donde se funden las problemáticas de la técnica y el modelo social), la crisis de la idea de nación o esa barbarie técnica con rostro humano que supuso la ya mencionada Conferencia de El Cairo.
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Una disidencia de la agonía moderna. Un recorrido por las grietas de nuestro tiempo. Una exploración más allá de la parálisis posmoderna. La propuesta de una clave de interpretación para juzgar la evolución de esta gran crisis. La búsqueda de nuevas convergencias entre quienes se han acercado críticamente al alma del mundo contemporáneo... Este Curso general de disidencia pretende ser una pequeña contribución a todo éso. Si sirve para que alguien tome conciencia de la necesidad de imprimir un giro a nuestro mundo, no podremos sentirnos más satisfechos.
Y una última nota sobre esta "toma de conciencia" a la que apelamos. En efecto, el gran problema del momento presente no es que falte vista para percibir la crisis o que falten respuestas para afrontarla; lo que falta es la voluntad, la osadía, la presencia de ánimo para salir de este callejón sin salida. Tras la caída del Muro de Berlín, en 1989, se ha impuesto un cierto tipo de pensamiento que es a todas luces de una fragilidad infinita, pero cuyas fronteras nadie osa traspasar: en lo económico, un ultra-liberalismo que ha vuelto a polarizar el mundo entre ricos y pobres, como en los peores tiempos del capitalismo salvaje; en lo político, una democracia mínima que ha apartado a los pueblos de la participación en su propio destino y ha entregado el poder a los grupos de presión y a los aparatos de los partidos; en lo social, una moralina del individualismo y del pacifismo que bajo la máscara de la "solidaridad" y la "tolerancia" pretende ocultar la abdicación de todo futuro libre y de todo compromiso real del sujeto con su comunidad; en lo cultural, una mixtura de instrucción técnica y cultura de masas que trata de implantar en todo el globo una suerte de cosmopolitismo del sinsentido... Basta ver una hora de televisión o escuchar el discurso de cualquier opinion-maker para captar la inverosímil fuerza de esta apología de la banalidad. Es lo que Ignacio Ramonet ha llamado pensamiento único y lo mismo que Guillaume Faye denominó soft-ideología: paralizado por la incertidumbre de un mundo en cambio, Occidente se entrega a la repetición ritual de una letanía ideológica en la que ya nadie cree, que ha sido desacreditada por la propia evolución cultural y científica, pero que sobrevive porque sigue constituyendo un refugio seguro frente a un futuro arriesgado.
Figura de la modernidad senil. En otro tiempo, la modernidad se caracterizó por su osadía para afrontar los riesgos del porvenir. Era aquella deliciosa impresión de incertidumbre que fascinaba a Ortega, por ejemplo. Pero hoy incluso éso ha desaparecido. Occidente parece buscar desesperadamente una residencia para quemar en ese modesto retiro sus últimos años. Occidente, el Occidente moderno, desea poner fin a su historia. Si la tesis del Fin de la Historia reactualizada por Francis Fukuyama alcanzó tal éxito, no fue por la solidez de su exposición -sumamente discutible-, sino porque logró conectar con el ánimo profundo de un mundo cansado. El "pensamiento único" responde a la misma lógica: es un pensamiento de la tercera edad.
Sin duda es más cómodo refugiarse en ciertas convicciones simples, aunque sean débiles, aunque en el fondo nadie las crea, aunque hagan agua por todas partes... Pero es la técnica del avestruz. Podemos, sí, entregarnos al pensamiento único, pero la renuncia no va a aplazar o a atenuar la explosión de una realidad implacable. Hay que buscar caminos nuevos. Y para éso, lo primero es "tomar conciencia" de que hay que echar a andar. No es verdad que el futuro esté cerrado. Hoy está más abierto que nunca -porque es más incierto que nunca. Saltemos, pues.
"El Guijo", Marzo 1996
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