XI

España y la crisis de la conciencia nacional

(Excurso a "La idea de Nación")

 

 

El presidente del Gobierno vasco, José Antonio Ardanza, ha venido a decir en fecha reciente (verano de 1994) que España no es una nación, pero que Euskadi sí lo es. La idea ha hecho algún ruido, aunque no es nueva y aunque se trate, además, de algo que también dicen los catalanes: "Somos una nación". Desde varios puntos de vista, es preciso decir que Ardanza tiene razón. Y tiene razón porque la nacionalidad de España es un difícil asunto. Lo es ahora y lo ha sido siempre.

1. Nación y modernidad.

En el momento actual, muy poca gente se atreve a hablar de nación española, y menos aun de patria. Nuestros políticos, de derechas o de izquierdas, prefieren hablar de "este país" o del "Estado español". Este extraño fenómeno obedece sin duda, al menos en gran parte, a causas fácilmente deducibles del proceso político que vivió España desde 1975 y que quedó plasmado en la Constitución de 1978. Pero tal desafección hacia lo nacional-español obedece también a causas más generales, que hay que conectar con la ideología imperante en la civilización occidental quizá desde 1945, pero sobre todo desde la caída del Muro de Berlín. Esa ideología echa sus raíces en la ideología ilustrada kantiana del cosmopolitismo universal, y predica la condena del hecho nacional por cuanto constituiría un obstáculo para la emancipación del individuo, un individuo que se presume independiente de vínculos materiales con los otros hombres e igual por todas partes. El hecho nacional, en esta lógica, queda así condenado como generador de nacionalismo, entendiéndose por tal una actitud violenta que alienaría al individuo en nombre de unos vínculos de historia, de lengua, de suelo o de sangre donde se diluye la libertad del sujeto. La crisis de la idea nacional es, por consiguiente, un típico fenómeno ideológico arraigado en la filosofía de la modernidad.

Lo más chocante, sin embargo, es que la propia idea de nación también es una idea moderna. Es en el siglo XVIII cuando el término nación adquiere un significado político autónomo. La nación se identifica con el Pueblo. Aun así, lo nacional, esta nación-pueblo, va a presentar una ambigüedad irreductible en función del ámbito cultural desde donde se enuncie. Insistamos sobre ello. En el ámbito de la ilustración revolucionaria francesa, en Siéyes por ejemplo, Nación quiere decir Pueblo, Pueblo quiere decir Tercer Estado y Tercer Estado quiere decir Cuerpo de la Nación. Lo nacional se identifica con la suma de los individuos adscritos a un determinado sector social, liderado por la burguesía, y que se define por oposición al rey, los nobles y el clero, que no son la nación (y por eso hay que destruirlos). Sin embargo, en el ámbito alemán, por ejemplo en Fichte, Herder o Schlegel, surge una idea distinta de Nación. La Nación es el Pueblo (Volk), pero el Volk no es una suma social de individuos, sino un aliento que trasciende a los sujetos, que va más allá de ellos y que echa sus raíces en la pertenencia a un ámbito de sangre -entendido como participación de una herencia cultural e histórica común- cuyo vehículo será la lengua -y, especialmente, la lengua alemana-.

Al margen de otras consideraciones históricas, podemos decir que ambas concepciones se han sucedido de forma alternativa en distintos países -pero sobre todo en el ámbito de la civvilización europea- hasta nuestros días, en que ha terminado por prevalecer la primera idea, la idea individualista y voluntarista de la nación, creada por la ilustración francesa. Quizás el último intento por construir una identidad nacional romántica en Europa fue el del general De Gaulle -paradójicamente en Francia, la madre de la Ilustración-, mediante la identificación -recurrente en el discurso del general- entre soberanía nacional y tradición histórica. Por lo demás, el resto de las identidades nacionales europeas se han construido hoy sobre la idea individualista.

Ahora bien: esa idea individualista de la Nación porta en sí el germen de la destrucción de la Nación. ¿Por qué? Porque aquí la nación surge como protesta del individuo y su autoconciencia histórica frente al poder coercitivo de los reyes. La nación francesa moderna no surge como apología del ser francés, sino como apología del pueblo-suma de individuos frente y contra las constricciones políticas y sociales impuestas por el poder. Así se constituye una nación-pueblo que, sin embargo, para seguir existiendo políticamente también necesita crear a su vez nuevas constricciones políticas y sociales. Esas nuevas constricciones podrán juzgarse más legítimas que las anteriores, pero no por ello dejan de entrar en contradicción con el norte del paradigma ideológico ilustrado, que es, recordémoslo, la emancipación individual. Así, la Nación termina por convertirse en un obstáculo para el mismo impulso que la hizo nacer. Por eso debe desaparecer. Y por eso hoy tiende a considerarse que un gobierno universal de gestores técnicos y asistentes sociales es mejor, más coherente con la ideología moderna, que los "viejos" Estados nacionales. La conciencia nacional es un hecho de modernidad. La crisis de la conciencia nacional, también.

2. La nación española.

En el caso de España, sin embargo, las cosas ocurren de modo distinto. España se configuró como estado-nación antes de que el concepto de nación fuera autónomo. Aquí la nación era el estado, y el estado eran la Corona, la Fe y, en nuestros mejores momentos, los Fueros. Algo similar ocurrió en Francia, por ejemplo. Pero, a diferencia de Francia, nosotros no tuvimos una revolución burguesa, una revolución del Tercer Estado, de modo que tampoco pudo existir una identificación entre nación y pueblo. El ascenso de la burguesía se produce de forma irregular y poco uniforme a lo largo del siglo XIX, y rara vez traduce una voluntad de emancipación política, porque la cultura social predominante impulsa a la burguesía a asimilarse con la aristocracia, y los escasos intentos de transformación burguesa de la política española se saldaron con considerables fracasos. Eso dio lugar a una extraña mezcla de monarquismo político, catolicismo social, liberalismo formal y jacobinismo territorial cuyo mejor exponente es quizás Espartero.

Entre los siglos XIX y XX, ni la derecha ni la izquierda fueron capaces de consolidar una conciencia nacional moderna. La izquierda, porque padecía una notable fobia a lo nacional (o al menos a lo nacional-español) desde fecha muy temprana. La derecha, porque su concepto de nación seguía absolutamente vinculado a la idea tradicional de la monarquía católica y a los sectores sociales aristocráticos. Por otra parte, en toda esta trayectoria histórica hay un momento culminante: 1898. No es ningún tópico. Y nunca se insistirá bastante sobre ello. En 1898 perece la última razón que justificaba la existencia de España, o al menos que la justificaba desde el punto de vista con que lo había venido haciendo hasta ese momento: una España inicialmente configurada como nación de naciones, que había encontrado en su proyección exterior un motivo para existir. En 1898, la proyección exterior de España desaparece psicológicamente. La crisis de la conciencia nacional es muy aguda. En torno a esa fecha -y el dato es importantísimo- adquierenn carta de naturaleza los nacionalismos vasco y catalán, que desde ese momento y hasta hoy van a levantar acta de esa pérdida de justificación de España y van a presentarse como referencias alternativas para construir una nueva vida en común en sus respectivos ámbitos territoriales, y sobre la base -otro dato importante- de una conciencia nacional entendida al modo étnico e histórico, algo que en España acababa de morir. Pero ésa, 1898, es también la fecha del Regeneracionismo, que en este contexto podemos definir como el intento por hacer nacer en España una nueva justificación de sí misma, una nueva conciencia que alumbre razones para seguir existiendo. ¿Qué suerte correrá, en el aspecto político y nacional, el regeneracionismo? En mi opinión, y si exceptuamos el efímero episodio de Maura y algunas realizaciones técnicas del general Primo de Rivera, una suerte muy poco agradable.

Desde mi punto de vista, en efecto, el único intento político que pudo haber consolidado una conciencia nacional moderna en España fue el de don Antonio Maura, que era burgués (o sea, no aristócrata), mallorquín (o sea, periférico) y moderno (o sea, no nostálgico). Pero Maura, que en ese sentido podría haber protagonizado una auténtica revolución conservadora, concitó sobre sí el odio de la Corona, la aristocracia y los líderes marxistas, en un extravagante contubernio que quizá merecería mayores desarrollos, pero que no podemos tratar aquí. Lo que aquí importa retener es que todos los intentos por asentar en España una conciencia nacional moderna fracasaron. Fracasaron en el inmenso caos de la II República y fracasaron en el inmenso aburrimiento de la Era de Franco. El concepto de lo nacional de los gobiernos de Franco era decimonónico, o sea, monárquico, católico y jacobino (o centralista), de manera que no resolvió ninguno de los problemas heredados de la difícil nacionalidad española: la identificación de la unidad nacional con la Corona, la identificación de la historia nacional con el proyecto misionero y la absoluta inhibición sobre la verdadera textura de nuestro país, que es, insisto, una nación de naciones, un ente plural que se hurta a la ingeniería política del centralismo moderno. Franco, eso sí, dio impulso a un desarrollo económico incontestable que terminó generando una gran masa burguesa. Y esa masa burguesa, como ha ocurrido en todo el occidente desarrollado, ha traído consigo un espectacular aumento de las reivindicaciones individuales; ha creado, en definitiva, las condiciones para que creciera aquí el estilo individualista e ilustrado de la conciencia nacional.

La transición política desde 1975, en efecto, puede interpretarse como la consagración definitiva en España del modelo nacional moderno: individualista, laico y democrático. Dicho de otro modo: una conciencia nacional cuya tendencia contemporánea es la disolución de lo nacional. Por otra parte, en los discursos oficiales desaparece toda alusión a un proyecto nacional español autónomo: el único proyecto visible es el de la Comunidad Europea, entendida como "homologación con los países de nuestro entorno". Pero hay más: por el delicado equilibrio político de los años setenta, los primeros gobiernos de la Corona (y también los últimos, pero esto es otra historia) se creyeron obligados a estirar la estructura del Estado mediante concesiones a las oligarquías locales de la periferia. Es la desdichada ocurrencia del "café para todos" de Martín Villa. En lo que no cayeron nuestros "primeros padres" es en que la conciencia nacional moderna, que a nivel estatal se había desarrollado en términos de reivindicación individual, en los niveles locales -especialmente en Euskadi y Cataluña- y desde 1898 se había desarrollado en los términos del nacionalismo étnico (si se me permite, en los términos del modelo del romanticismo alemán), que era precisamente lo que no había en España.

En otros términos: España no tenía una conciencia nacional étnica y popular; Euskadi y Cataluña, sí la iban teniendo. Por eso Ardanza tiene razón. Y así llegamos a donde estamos hoy: una España-nación que se disuelve al mismo ritmo y por las mismas razones que se disuelve la conciencia nacional de los países occidentales ("los países de nuestro entorno", como dice la pedantería política contemporánea), y una España-nación que se disuelve porque la conciencia étnica e histórica de los pueblos periféricos ha sido más fuerte y más constante que la de España en su conjunto. ¿Hay o no hay razones para hablar de crisis de la conciencia nacional?

3. La muerte de la idea nacional.

Y bien: ¿Qué va a pasar ahora? Podemos intentar un pequeño análisis de anticipación. En primer lugar, parece probado que en las actuales circunstancias sociales, económicas y, sobre todo, ideológicas, los nacionalismos de carácter étnico-histórico terminan derivando insensiblemente hacia nacionalismos individualistas-burgueses, de modo que la presunta emancipación catalana o vasca, si es que algún día se materializa, difícilmente llegará a constituir algo más que un área temporal de inversión para los intereses económicos alemanes, dentro de una Europa políticamente neutralizada a través del Mercado Unico. Respecto al conjunto de España, estamos en los mismo que otros países europeos: por un lado, la universalización de los comportamientos y las culturas; por otro, la individualización de los intereses; la conjunción de ambos está haciendo que dejen de existir razones para vivir juntos, bajo un sólo poder político, con un sólo Ejército, una lengua oficial, unas fronteras, etc., e incluso una flota pesquera bien protegida. Nuestros gobiernos españoles, por otra parte, parecen haberse entregado a esta tarea con una vehemencia que no comparten otros gobiernos europeos.

¿Por qué muere nuestra nación? Uno de los conceptos más bellos que había alumbrado la tradición política europea era el de Patria. Entre los siglos XIX y XX, ese concepto de Patria se funde con el Nación. Hoy la nación empieza a llevar una vida problemática y la Patria, por su parte, está enferma de muerte. Muerte: Max Weber decía que la Política tenía un arcano que la acerca a la religión, y es su dominio sobre el impulso de muerte. Uno muere por su Patria y eso significa que muere por algo que está mucho más allá de sí mismo. Tal cosa, sin embargo, es imposible en la fase actual de nuestros estados, donde las sociedades se definen por la protección de los derechos individuales más allá de cualquier pertenencia comunitaria a nación alguna. Pocos españoles dirán hoy en una encuesta que están dispuestos a morir por Ceuta y Melilla, aun cuando tenemos la certidumbre de que sí hay alguien dispuesto a matar por ellas. Es un fenómeno inseparable del individualismo contemporáneo y de esa crisis de lo nacional que se está viviendo en la Europa occidental, y muy notablemente en España.

El problema aparece cuando la elite gobernante constata que es preciso un mínimo grado de patriotismo para seguir viviendo juntos. La existencia política de una comunidad exige sacrificios y compromisos colectivos, y esos sacrificios y compromisos se están poniendo muy caros en unas sociedades fundamentadas en la sacralización del derecho individual. Por eso, y en la mente de autores como Jürgen Habermas, ha surgido últimamente la tesis del patriotismo constitucional: el patriotismo antiguo sería malo, porque ha dado lugar a guerras y tiranías, pero como el patriotismo sigue siendo necesario, es menester definirlo en los términos aparentemente pacíficos e inocuos del ordenamiento legal vigente. No quiero extenderme sobre la refutación del patriotismo constitucional, entre otras cosas porque debo ir concluyendo. Baste decir, en todo caso, que si la Constitución no ha sido capaz de inspirar patriotismo hasta ahora, no veo por qué habría de inspirarlo a partir de Habermas. Por otro lado, uno puede entender que haya que morir por su familia, por la tierra de sus antepasados, por su cultura, por su lengua, por el futuro de sus hijos, por la independencia de la comunidad a la que pertenece... Pero es más difícil morir por una cosa que puede cambiar mañana si dos tercios o tres quintos de la elite política del país lo pacta de modo satisfactorio. El patriotismo constitucional, en definitiva, no parece que vaya a ser capaz de sustituir a ese poderoso creador de deber y sacrificio que era el patriotismo antiguo. Y basta ver las cifras de insumisos y objetores para asegurar que en España, a fecha de hoy, el patriotismo constitucional sólo es una ilusión de aquellos que parecen satisfechos con la circunstancia presente.

4. ¿Una reconstrucción?

Repitamos la pregunta: ¿Qué va a pasar ahora? Parece, de momento, que lo fundamental es contestar a la pregunta de si deseamos que España continúe existiendo como nación en su configuración presente. Y si la respuesta es afirmativa, entonces debemos aportar ideas para reconstruir una identidad nacional nueva. Esa identidad nacional nueva, por otra parte, no puede anclarse en el paradigma moderno de la nación, que está haciendo agua. Esa identidad nacional nueva ha de ser capaz de superar los obstáculos que plantea la naturaleza pluricultural de España y la descomposición de la conciencia nacional en el occidente desarrollado. Nada podemos esperar de un nacionalismo reactivo y regresivo, entendido como simple reacción de defensa, patriotera y estéril, frente a un proceso que le supera por todas partes. Y ésto que decimos sobre el nacionalismo vale tanto para el nacionalismo de la periferia (vasco o catalán) como para el nacionalismo españolista, el nacionalismo del centro. Es imposible no conceder que José Antonio Primo de Rivera tenía toda la razón del mundo cuando definió el nacionalismo como "el egoísmo de los pueblos".

Después, habrá que afirmar todas estas ideas con un acto de voluntad política que nos entronque con nuestra historia y que nos proyecte hacia el futuro como una comunidad de destino, según quería Frobenius. Cuando ese acto de voluntad política suscite la adhesión sentimental e intelectual, espontánea en todo caso, de la gran mayoría de los españoles, entonces podremos hablar de reconstrucción de la conciencia nacional.

¿Qué ideas pueden guiar esa reconstrucción? Creo que ése es el norte que debe guiar nuestro debate. A mí se me ocurre proponer algunas: la decidida voluntad de reconocernos en nuestra historia; la defensa con uñas y dientes de nuestra identidad cultural en el arte, el cine o la televisión, esos nuevos escenarios de la legitimidad; la consideración de los derechos individuales como contrapartida de los deberes sociales; la confianza en unas autoridades políticas que realmente sean capaces de exhibir y sostener nuestra soberanía (por ejemplo, en los caladeros del Norte), y no lo que tenemos ahora, esa diplomacia cagueta y claudicante ante "los países de nuestros entorno". Pero, al mismo tiempo, también es necesaria la suficiente capacidad de evolución para ir más allá del nacionalismo entendido en los términos jacobinistas de nuestro siglo XIX, ser capaces de volver a pensar España como unidad de entes diversos, como nación de naciones si es preciso. Dicho de otro modo: nos resulta imprescindible aprender que lo que hay que salvaguardar es la identidad y la voluntad, no la estructura del Estado, que siempre es secundaria y posterior.

Por supuesto, no es preciso decir que ni la derecha ni la izquierda están ahí. Ambas están comprometidas con la construcción del orden planetario que predica "el marido de la señora Clinton", según feliz expresión del profesor Dalmacio Negro. Pero gracias a César Alonso de los Ríos hemos descubierto que hay en España una izquierda capaz de pensar en términos nacionales. Si nuestra derecha se desprende de sus fantasmas, sus complejos y sus servilismos, quizás el paisaje pueda ser interesante.

Tenemos ante nosotros dos expectativas: una es la del nuevo orden del mundo, la desaparición de las naciones o su transformación en meros aparatos estatales, la disolución de las identidades en el zurriburri del nuevo orden planetario y, en definitiva, el Fin de la Historia, que es la culminación del proyecto ilustrado, del programa cosmopolita establecido por Imanuel Kant. La otra es la contraria: el comienzo eterno de la Historia, el redescubrimiento de nuestras identidades y nuestras almas propias, el reconocimiento en nuestras patrias, que quizás habría que empezar a definir en términos de Matrias, lo que nos ha hecho nacer, lo que permanece, lo que funda... en fin, la voluntad de seguir siendo nosotros mismos. A mí, personalmente, me parece más sugestiva la segunda opción. Por lo menos, me parece que es la única desde la que podemos operar una reconstrucción positiva de nuestra conciencia nacional.

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