XII
La Gran Política y el Orden del Mundo
Una visión del mundo no es un juego de abstracciones; contiene también, entre otras cosas, una idea concreta del orden que debe poseer el mundo vivo, el de los hombres y sus grupos.
En sesiones anteriores hemos definido lo político como el conjunto de decisiones que la nación adopta para materializar su proyección histórica. Nuestra idea de nación, en efecto, surge cuando un pueblo se organiza para proyectarse en la historia, esto es, cuando se atribuye un destino. Lo político es la forma de organizar tal proyección. Y el marco de esa proyección histórica es siempre y necesariamente universal. Por universal no entendemos universalista, es decir, un movimiento abocado al dominio del planeta (imperialismo) o a la disolución en una civilización planetaria (cosmopolitismo), sino que por universal entendemos una doble superación espacial y temporal:
a) Superación de las fronteras materiales de la nación, porque la proyección histórica se define por relación (ora pacífica, ora polémica, pero siempre conflictual) con las otras naciones. Más allá de cualquier sueño pacifista o aislacionista, la realidad es que la política es siempre conflicto, y el escenario de ese conflicto es universal.
b) Superación de la circunstancia temporal concreta en beneficio de una concepción continua en la historia del proyecto nacional. La continuidad en la historia es lo que otorga identidad permanente a la nación: los objetivos básicos de la política exterior de los zares eran los mismos que los de la URSS; los de De Gaulle, los mismos que los de Napoleón; los de Bismarck, los mismos que los de Kohl. Cambian las circunstancias materiales y la evaluación de los medios, pero no los fines y objetivos últimos. Por eso la política exterior de una nación ha de estar más allá de las ideologías.
1. La Gran Política.
A partir de aquí, podemos entender que política exterior es el conjunto de decisiones específicamente encaminadas a materializar la proyección histórica y universal de la nación, esto es, su proyección respecto a las otras naciones y más allá de las circunstancias temporales concretas. Y por eso la política exterior es la forma más completa, pura y radical de política.
Para nosotros, la política exterior, definida en estos términos, es la Gran Política pura en el mismo sentido en que la entendía Nietzsche: aquella que crea destino y que, por tanto, justifica por sí sola la existencia de la nación más allá de los cambios coyunturales e ideológicos que la nación experimente.
A continuación, y para verificar el carácter permanente de la política exterior, veremos cuál ha sido la marcha histórica de los grandes bloques de poder internacionales y cuáles han sido sus constantes; repasaremos los métodos científicos de análisis de la política exterior y fijaremos los criterios geopolíticos básicos; por último, traspasaremos estos datos al caso español en nuestros días.
2. Evolución histórica de los bloques de poder.
La idea de un orden del mundo (aquel Nomos de la Tierra del que habla Carl Schmitt) nace exclusivamente en el ámbito cultural e histórico de la civilización europea, al que nosotros pertenecemos. El punto de partida de ese orden es el Imperio Romano. El imperio atraviesa por dos fases bien definidas:
a) La Roma imperial pagana, que basa su orden universal en la figura del emperador y que funda la idea política de Europa;
b) La Christianitas medieval (Res publica christiana), que, tras la caída de Roma y la cristianización del viejo imperio, trata de reencontrar la unidad perdida a partir del doble poder del papa y del emperador, y donde el protagonismo pasa, sobre todo, a los pueblos germánicos.
La bicefalia del Imperio acentúa la crisis de la idea imperial desde la Baja Edad Media, porque instala una guerra permanente entre la autoridad espiritual y el poder temporal. Las célebres guerras entre güelfos y gibelinos arrancan de ahí. Pero cuando el sistema se rompe definitivamente es a partir del Renacimiento, cuando surge el Estado soberano moderno, y donde el papel de España es crucial. De hecho, el imperio español de los Austrias va a ser el último intento viable de prolongar un orden imperial para Europa a partir de un Estado moderno que se atribuye esa misión. Las guerras de la Reforma arruinarán esa idea.
2.1. Del Imperio a la sociedad mundial.
Tras la crisis de la idea imperial, los bloques de poder internacionales van a ir transformándose hasta llegar a la actual situación. El derecho internacional irá a compás de esas transformaciones de las relaciones de poder. Siguiendo a Truyol y Serra, y por convención académica, podemos estructurar esa gran transformación en las siguientes fases:
a) El sistema europeo de Estados, que nace en la Paz de Westfalia (1648). Europa deja de identificarse con la Cristiandad: desde el protestantismo ya no hay una sola fe cristiana; por otra parte, la evangelización ha cristianizado territorios no europeos. A partir de ahora el orden del mundo gira en torno a unos Estados soberanos celosos de su independencia. Con todo, existe una armonía entre esos intereses, y esa armonía se debe a tres factores: un derecho público común, que ejerce de vínculo normativo; un equilibrio de poder entre las potencias y una diplomacia permanente.
b) El sistema de Estados de civilización cristiana. La progresiva independencia de las colonias -la primera es la de los Estados Unidos de América, en 1776- hace que el orden internacional deje de ser exclusivamente europeo. Cuando España y Portugal pierdan también sus colonias americanas, nacerá un nuevo mundo político en ese continente. El nuevo escenario pasa a definirse en función de los rasgos comunes a ambos lados del Atlántico: la civilización cristiana.
c) La sociedad de Estados civilizados. El orden del mundo hasta el siglo XIX era, de hecho, eurocéntrico, porque las nuevas naciones de América prolongaban el ámbito de la civilización europea. Pero la situación cambia a mediados del siglo XIX, cuando las potencias europeas comienzan a firmar tratados políticos y comerciales con los estados asiáticos y africanos. Antes había existido un derecho común de convivencia con el Islam, Turquía, etc., pero no se consideraba que estos Estados pertenecieran al orden del mundo. Sin embargo, la modernización -y, especialmente, el desarrollo de los transportes- incluirá al Oriente en la esfera política de Occidente.
d) La sociedad mundial. Tras la primera guerra mundial, y especialmente desde la Conferencia de Paris (1919-1920), los estados no europeos entran en el derecho internacional. La descolonización acentúa el proceso. Así se llega la llamada sociedad mundial.
Desde el punto de vista jurídico, esta evolución supone una evidente tendencia a incluir progresivamente a todos los Estados en el derecho internacional, es decir, en el orden del mundo. Sin embargo, desde el punto de vista de la realidad política, el camino no ha sido el de una progresiva emancipación del mundo no-europeo, sino el de una progresiva extensión de la hegemonía occidental: la verdad es que la ampliación del campo del Derecho Internacional se ha realizado a base de cañonazos.
Por otra parte, la existencia internacional ha seguido siendo polémica, e incluso más polémica que antes, desde el momento en que existen más actores que en el escenario anterior. Las apuestas de poder de los nuevos bloques internacionales no han desaparecido; más aún, tras el aparente universalismo del moderno Nomos de la Tierra se esconden en realidad las distintas políticas exteriores de las naciones más poderosas, que han seguido fieles a sí mismas. De hecho, las diversas fases por las que ha atravesado la "sociedad mundial" siguen mostrando esta gran competencia de poder a escala planetaria.
2.2. Las fases de la sociedad mundial.
En efecto, la sociedad mundial no ha sido -ni está siendo- un camino de rosas. La primera guerra mundial consagró un sistema internacional donde todo el poder pasaba a los Estados más identificados ideológicamente con los principios de la modernidad: democracia liberal y liberalismo económico. A partir de este momento, el objetivo del orden mundial será impedir que aparezcan fórmulas alternativas de poder capaces de competir con los designios de esa ideología. El resultado ha sido una nueva dinámica que Carl Schmitt estructuró en las siguientes fases:
a) Fase Monista. Las potencias vencedoras de la primera guerra mundial se alían frente a un único enemigo: las tentaciones imperiales de Alemania, que pretendería crear un orden mundial distinto al establecido en Versalles.
b) Fase Dualista. Derrotada Alemania, las potencias modernas se enfrentan entre sí por el dominio mundial. La división de campos opone, por un lado, a la esfera de influencia norteamericana, identificada con el mundo capitalista-liberal, y por otro, a la esfera de influencia soviética, identificada con el modelo económico-político socialista.
c) Fase Pluralista. A partir de la Conferencia de Bandung (1955), con la consiguiente toma de conciencia política de los países no-alienados, Schmitt preveía la aparición de una fase pluralista donde el orden internacional tendría que aceptar la existencia de distintos destinos nacionales autónomos.
Schmitt no se ha equivocado en su diagnóstico, pero el desplome del imperio soviético ha abierto una fase nueva, de carácter fundamentalmente reactivo, donde las potencias "occidentalistas" tratan de mantener su hegemonía absoluta tras el hundimiento del sistema bi-polar. Así, podríamos actualizar el análisis de Schmitt con un nuevo elemento:
d) Fase neo-monista. Tras la desaparición del comunismo, el mundo capitalista-liberal se propone asumir el liderazgo en la construcción de un Nuevo Orden del Mundo (NOM) caracterizado por la extensión universal de los principios ideológicos, políticos y económicos de Occidente. Para ello ha de someter a las potencias menores, que desde la Fase Pluralista habían tratado de actuar como agentes soberanos en el Nomos de la Tierra. La oposición del futuro, por tanto, ya no estará entre potencias territoriales, sino entre modelos diversos de organización política y económica.
2.3. El nuevo escenario: el NOM.
Desde este punto de vista, es evidente que no podemos interpretar la moderna "sociedad mundial" como un Nomos continuador del viejo imperio universal. Más bien debemos pensar que la sociedad mundial, materializada hoy en el proyecto del NOM, es la consecuencia lógica de un doble proceso: por una parte, la dinámica de la civilización técnica y económica, que tiende hacia la homogeneización del mundo en un mercado planetario; por otra, el proyecto expreso de la ideología que ha sustentado esa civilización económica, la ideología ilustrada, que tiende, por definición, a una forma de universalismo entendida como cosmopolitismo: la desaparición de todas las diferencias en el seno de un Estado Mundial.
La idea de un imperio universal es clásica en la tradición europea, pero es de esencia metafísica: el poder político se funde con el poder espiritual en un solo designio. Por el contrario, la genealogía del NOM es específicamente moderna y su base ya no es metafísica ni religioso-política, sino esencialmente económica, del mismo modo que sus agentes ya no son los Estados o los pueblos, sino -al menos teóricamente- los individuos.
El NOM, en efecto, sólo es posible si los individuos abandonan sus pertenencias de tipo nacional o étnico, y si los grupos humanos sustituyen las apuestas de poder en beneficio de una concepción exclusivamente mercantil de la vida. Sólo así, sin naciones, sin pueblos y sin política, puede nacer un Estado Mundial. Y esa utopía es propiamente moderna. De hecho, el antepasado más ilustre del NOM es aquel "Estado Mundial" soñado por Immanuel Kant: un sólo macroestado planetario construido sobre la base del libre juego de intereses entre unos individuos definidos como seres radicalmente iguales y que comparten una sola razón universal.
El NOM no es sino la fórmula contemporánea que ha adoptado el proyecto de dominio planetario de las potencias occidentales, y especialmente de los Estados Unidos, que desde su origen han identificado su proyecto histórico con la implantación de un Estado Mundial. En efecto, los padres fundadores de los Estados Unidos, como Thomas Jefferson y John Quincy Adams, habían definido el proyecto nacional de los Estados Unidos como "la construcción de una república pura y virtuosa cuyo destino es gobernar el globo e introducir la perfección del hombre". El NOM no es, en realidad, sino la expresión más radical del proyecto nacional norteamericano.
3. El análisis de la política exterior.
Hasta aquí hemos visto la transformación de las relaciones mundiales de poder en el transcurso de la historia. Naturalmente, esas transformaciones no son el producto de una "mano invisible" o de un "destino manifiesto", sino que obedecen a causas concretas y varias: las grandes revoluciones espirituales e ideológicas, los cambios técnicos, los azares climáticos... y, por supuesto, la voluntad política de los actores, esto es de los Estados.
¿Puede dictarse una norma general, una ley sobre las conductas políticas de los Estados en materia internacional? Dicho de otro modo: ¿Es posible extraer unas consecuencias objetivas de las transformaciones de las relaciones de poder en el globo y, a partir de ellas, dictar leyes que nos ayuden a prever de forma positiva la política exterior, igual que es posible extraer unas consecuencias de los cambios físicos en la materia y, a partir de ellas, formular leyes científicas? Si así fuera, podría decirse que la política exterior obedece a unas leyes y a unos criterios inmutables, pero también podría ocurrir que esas leyes nos mostraran unas tendencias "naturales" en el orden político del mundo.
A lo largo del siglo XX, diversas escuelas y un gran número de autores han intentado formular leyes o cuadros teóricos generales para aprehender la política internacional y las relaciones mundiales de poder. Aquí no nos detendremos en todos ellos, pero, muy grosso modo, podemos clasificar estas teorías en tres grupos:
3.1. La escuela tradicional: el realismo político.
Es la teoría clásica del poder en la cultura europea y gira en torno a la noción de razón de Estado. Sus primeros ejemplos conocidos son la Historia de la guerra del Peloponeso del griego Tucídides (s. V a.C.) y el Artha-Sastra hindú (s. IV a.C.). Una cita de Tucídides resume perfectamente su espíritu: "Por su naturaleza, que es inmutable, los dioses y los hombres imperan siempre sobre aquellos a quienes superan en poder. Nosotros no hemos inventado esta ley ni la hemos aplicado los primeros, sino que la hemos encontrado ya existente y habrá de subsistir por siempre, y cualquier otro que alcanzase nuestro poder haría lo mismo (...) A ojos de tus aliados, la seguridad no está en la amistad que les profesas, sino en que tengas una gran seguridad militar".
Así, el poder, entendido como conjunto de recursos materiales o de otro tipo que le permiten a uno imponer su decisión, se convierte en criterio principal -de hecho, único- de toda política exterior: se trata de poseerlo, mantenerlo, manifestarlo y, si es posible, aumentarlo. La buena política será la que no menoscabe nunca el propio poder. Esta concepción se prolongará hasta nuestros días. Maquiavelo y nuestro gran Álamos de Barrientos la profesarán sin reparos. En nuestro siglo, el mayor teórico del realismo político aplicado al escenario internacional es el norteamericano Hans J. Morgenthau, que construye su teoría sobre dos principios:
- El concepto de interés definido en términos de poder.
- El concepto de sociedad internacional entendida como pluralidad de Estados y de intereses que sólo puede ser concebida en términos de equilibrio de poder.
3.2. Las teorías científicas-cuantitativas.
El inconveniente del realismo político es que no ofrece la posibilidad de formular leyes sólidas sobre la conducta exterior de los Estados. El realismo se basa en la presunción de que la acción exterior de los Estados pivotará siempre sobre las categorías inmutables del poder y del equilibrio. Ahora bien, basta con que un jefe de Estado o un simple diplomático decida actuar un día en función de intereses distintos a los del interés nacional, para que el realismo pierda toda su fuerza normativa. Lo que haría falta -se arguye- sería un conjunto de métodos empíricos para poder reglar y prever la política exterior. En esa línea ha habido varios intentos:
a) Teorías cuantitativo-matemáticas. Buscan establecer leyes tan eficaces como las de las ciencias físico-naturales, prescindiendo de los factores éticos, históricos, ideológicos o estéticos. Para ello se requiere poder cuantificar las distintas variables que influyen en la acción política -por ejemplo, la producción de armamentos en unas circunstancias determinadas-. El problema es la cuantificación de las decisiones personales, que se hurtan a cualquier tipo de cálculo de probabilidades rígido: la astucia, por ejemplo, no es cuantificable.
b) Teoría general de sistemas y Teoría de Modelos. La TGS concibe la relación de fuerzas internacionales como un sistema compuesto por diferentes variables. Para examinar la relación entre las variables hay que fabricar previamente una serie de "moldes" teóricos que den razón de circunstancias reales: una situación de equilibrio de poder, una situación de bipolaridad flexible, etc. Después, una vez creado el "molde", hay que dictar reglas capaces de predecir cuál será la decisión de cada actor en una situación determinada. A ese efecto se han construido juegos de simulación que podrían indicar cuál será la decisión de un Estado ante un problema concreto y en unas condiciones determinadas.
Las teorías cuantitativo-matemáticas conocieron un gran desarrollo a lo largo de los años setenta y ochenta, con el eficaz apoyo de la revolución informática. Sin embargo, ni uno sólo de los modelos o de los simuladores existentes consiguió prever el hecho más importante en las relaciones de poder del último medio siglo: el hundimiento del comunismo. Ese fracaso permite dudar de la viabilidad real de las teorías cuantitativas en política exterior. Sin duda se trata de una herramienta útil en determinadas circunstancias, pero no parece que se pueda construir sobre ella una filosofía general de las relaciones internacionales.
3.3. La teoría sociológica.
Ciertos autores (por ejemplo, Raymond Aron) reprochan a la corriente realista el utilizar los conceptos de "equilibrio de poder" y de "interés nacional" como categorías inmutables, cuando en realidad pueden variar en función de los valores e ideologías que orienten la política exterior. El caso del presidente norteamericano Carter es representativo: una política exterior guiada por prejuicios ideológicos que entró en conflicto con el interés político inmediato de la nación. Eso significa que el poder puede ser un criterio general, pero no una ley universalmente válida. Al mismo tiempo, estos autores reprochan a las teorías cuantitativo-matemáticas el menospreciar otros factores igualmente determinantes: los factores filosóficos, que determinan incluso los propios postulados científicos.
Así surge la llamada "Escuela Sociológica", cuya base es considerar la sociedad internacional como un conjunto sociológico, con reglas de carácter interno y con variables fijas (los distintos sistemas internacionales conocidos, la naturaleza de las fuerzas en presencia, la estructura de poder en cada unidad política, la cultura política de cada unidad y, por supuesto, las ideologías).
El gran inconveniente de la teoría sociológica es que renuncia a formular predicciones: se limita deliberadamente al estudio de las condiciones en un momento determinado, sin aportar tampoco conclusiones de carácter normativo. En realidad, y al margen de su indudable interés intelectual, sólo es útil en la medida en que aporta información sobre los límites y condiciones del ejercicio del realismo político.
3.4. Conclusión: la realidad del poder.
Es importante señalar que los estudios de nuestro siglo sobre política internacional han demostrado la importancia de los factores sociales, étnicos, culturales o históricos; han señalado la eventualidad de que, en casos excepcionales, el político actúe según criterios ajenos al concepto de interés nacional, así como han establecido la posibilidad de crear artificialmente escenarios ideales de decisión en función de criterios determinados. Pero ninguna de estas corrientes actuales ha logrado refutar la concepción esencial del realismo político, a saber: que el juego de poder es la médula de la vida internacional, que ese poder depende de la capacidad de decisión sobre los propios recursos y, en fin, que la renuncia al poder significa un perjuicio para el interés de la nación. Así las cosas, sólo nos queda volver los ojos hacia los únicos dos criterios que realmente parecen capaces de mediatizar y condicionar la acción exterior -el poder- de un Estado: la geografía, que determina la posición del Estado en el espacio, y la civilización, que determina la posición de la nación en la historia y frente a sí misma.
4. La geopolítica.
La geopolítica obedece a una constatación muy simple: "La política de los Estados está en su geografía", decía Napoleón. La proyección histórico-política de una nación está en función de su situación en el espacio.
4.1. Qué es la geopolítica.
Aunque se considera que su precursor fue el alemán Ratzel (1844-1904), el término geopolítica se debe al sueco Rudolf Kjellen (1864-1922). La invención es recogida por el británico McKinder (1861-1947) y por el alemán Haushofer (1869-1946). Su punto de partida es que toda política exterior de un país -esto es, todo juego internacional de poder concreto- está en función del espacio que ese país ocupe. A partir de ahí, se enuncia una serie de principios:
a) El Estado no puede ser analizado independientemente del medio natural en que se incluye.
b) Los factores que intervienen en la vida de los Estados son de dos tipos:
- Constantes (clima, localización, fauna, flora, relieve, red hidrográfica, extensión de las costas, capacidad de relaciones exteriores a través del mar, permeabilidad de las fronteras, etc.)
- Variables (evolución demográfica, afinidades espirituales, características culturales, riqueza, potencial de recursos, capacidad de exportación, etc.)
- La confrontación de los factores constantes y los variables determinará la capacidad de adaptación de un Estado o grupo de estados en relación con su medio. De esta adaptación dependerá la situación geopolítica a la que un Estado deberá hacer frente.
La contribución de la geopolítica ha sido poco reconocida por sus implicaciones ideológicas, al hacer depender las relaciones internacionales de criterios del todo ajenos a la clase, la ideología o el derecho, que son los criterios de la ideología moderna. Sin embargo, ha sido de una gran importancia para la comprensión de las reglas de la disuasión nuclear y las relaciones mundiales durante los últimos años: los métodos cartográficos, la importancia de los recursos naturales, el sistema de relaciones entre estrategia política y estrategia militar, etc.
4.2. El orden del mundo según la Geopolítica.
En lo que respecta a las relaciones mundiales, el marco geográfico que dibuja la Geopolítica, especiamente debido a McKinder, es el siguiente:
a) Una "Isla Central del Mundo" que comprende Eurasia y Africa. Dentro de esta Isla Central hay un Corazón Territorial (Heartland) que esá situado en Rusia y una serie de zonas de contacto (Rimlands) que son Europa, China y el mundo árabe.
b) Una "Isla Periférica" que comprende el continente americano.
En los últimos años, otros desarrollos geopolíticos han desplazado el centro geográfico del mundo (el Corazón) hacia Europa, al añadir factores de tipo social y cultural. Europa, en efecto, ofrece la mayor densidad de población técnicamente capacitada del planeta.
Por otra parte, la perspectiva geopolítica concreta de cualquier Estado o grupo de estados varía en función de su propia posición. Cada espacio tiene su centro geopolítico. Lo que no cambia es el marco general de la geopolítica, cuya principal enseñanza es que quien domine el Corazón dominará la Isla Central, y quien domine la Isla Central dominará el mundo.
4.3. Tierra y Mar.
Otro elemento de gran importancia en materia Geopolítica es la división de los estados en función de dos elementos mayores: Tierra y Mar. Hay, en efecto, naciones geográficamente abocadas a una existencia terrestre, continental, y otras abocadas a una existencia marítima, las llamadas "Talasocracias". Carl Schmitt dedicó una de sus obras a glosar las diferentes características de ambos tipos de Estados. En líneas generales, y recogiendo diferentes aportaciones, podemos esbozar el carácter de cada uno de estos pueblos del siguiente modo:
a) El Estado marítimo, oceánico, busca ante todo crear una red de influencia comercial a través de su dominio de los mares (Talasocracia: poder en el agua), lo cual le empuja a una incesante mejora de sus medios de transporte y, por lo tanto, a una gran labor de creatividad técnica, esencial para mantener su poder. Su civilización es técnica y comercial. Rara vez perderá tiempo en ocupar territorios y gobernarlos. El ejemplo clásico de Talasocracia es Cartago; en los tiempos modernos, Inglaterra y, después, los Estados Unidos. Su figura mítica es la ballena Behemoth.
b) El Estado terrestre, continental, persigue un dominio efectivo sobre la tierra y una extensión de su civilización. Su objetivo es imponer un determinado orden en el mundo mediante el control de grandes espacios y su mantenimiento, lo cual le lleva a generar estructuras de poder y cultura muy conservadoras, poco dadas al desarrollo técnico. El ejemplo clásico de potencia terrestre es Roma. En los tiempos modernos, el primer gran imperio terrestre fue el español, que gastó sus esfuerzos en ordenar sus posesiones ultramarinas. Hasta hace poco, la última potencia terrestre ha sido la Unión Soviética, cuya proyección geopolítica era continuación directa de la Rusia zarista. En nuestros días, sólo Europa estaría en condiciones de jugar ese papel.
Hay quien reprocha a esta división Tierra/Mar su nula adaptación a una nueva imagen del mundo donde ha entrado en juego el aire como factor de proyección geopolítica. Con todo, lo cierto es que no es imaginable una potencia exclusivamente aérea, porque la primera regla del poder es que sea duradero, y eso exige una ocupación material, ya sea de grandes espacios terrestres o ya sea de grandes espacios aeronavales, con lo cual volvemos a la división Tierra/Mar. Por otra parte, esta división no se agota en las modalidades de control militar, sino que refleja, sobre todo, tipos concretos de poder y de civilización. También en ese sentido la división sigue siendo válida.
5. El choque de civilizaciones.
La última gran teoría que ha afectado a la concepción del juego de fuerzas internacionales es la formulada por el profesor de Yale Samuel Huntington en su artículo "¿Choque de civilizaciones?". Este artículo ha sido crucial por un motivo: hace depender el orden del mundo de los distintos tipos de civilización que existen en el globo, con lo cual aporta nuevos criterios fijos (constantes) para analizar el equilibrio de poder.
Huntington divide el mundo en ocho grandes espacios de civilización:
- Occidental cristiana: Norteamérica, Europa Occidental y Australia.
- Eslava ortodoxa: Rusia y su ámbito de influencia.
- Islámica: el gran cinturón de países musulmanes.
- Hindú: la India y su esfera de influencia.
- Iberoamericana: Centro y Suramérica.
- Confuciana: China y su ámbito de influencia.
- África negra: todo el subcontinente africano.
- Japón y su proyección insular.
La aportación de Huntington es interesante porque deshace el sueño occidental de construir un solo mundo y devuelve importancia a los factores culturales, que serían la verdadera infraestructura de la civilización. Pero, por otra parte, se ha visto en el análisis de Huntington un argumento a favor del intento por señalar enemigos concretos a una diplomacia tan poco dada a ello como la norteamericana, que con frecuencia sucumbe a su sueño de imponer por vía mercantil aquel "dominio del globo" del que hablaban los "padres fundadores" de los Estados Unidos. En ese sentido, el nuevo objetivo de la política exterior norteamericana sería arruinar las culturas autóctonas como paso previo a cualquier política de dominio.
Asimismo, hay que señalar la fragilidad de los espacios de civilización que Huntington dibuja: España y Portugal tienen más que ver con Iberoamérica que con los Estados Unidos o Australia, aunque Huntington los incluye en el mismo espacio de civilización; por otra parte, aparecen zonas de fricción como Grecia (al mismo tiempo occidental y ortodoxa) o Turquía, cuyo estatuto no es fácil de definir. Estas zonas de fricción estarían llamadas a protagonizar los próximos conflictos de poder, pero nada se dice sobre los intereses geopolíticos concretos de cada una de estas zonas.
Desde nuestro punto de vista, hay que reconocer en el análisis de Huntington una aportación interesante a la hora de establecer constantes en el juego mundial de fuerzas. El factor "civilización" o "cultura" puede, efectivamente, decidir tal o cual política de alianzas con ciertas garantías de continuidad histórica. Pero no es posible separar este análisis de los intereses geográficos concretos.
6. El lugar de España.
De todo lo visto hasta el momento, se deduce que la política exterior de un Estado (aquella proyección histórica universal de una nación de la que hablábamos al principio) está en función de constantes geográficas y culturales. Estos rasgos apenas cambian -por eso son constantes-, de manera que es posible formular una política exterior continua a lo largo de la historia. La única condición necesaria para ello es que el Estado en cuestión no renuncie en ningún momento a ejercer su poder. En el caso de España, y especialmente a partir del siglo XVIII, ha habido pocas políticas exteriores conscientes de todos estos elementos. Lo más frecuente, en los tres últimos siglos, ha sido una suerte de repliegue sobre sí mismo en busca de una política de carácter aislacionista. El error ha sido pensar que tal aislacionismo era posible en un país con muchos kilómetros de costa, una formidable proyección transatlántica de su civilización y una evidente función de "tapón" del Mediterráneo. Por otra parte, es interesante constatar que ese auto-repliegue viene a coincidir con la decadencia del país, es decir, con su renuncia a ejercer el poder. Ahora bien: sin ejercicio exterior del poder no hay proyección histórica, y sin proyección histórica no hay supervivencia de la nación. En gran medida, ese está siendo el problema de España en los últimos cien años.
¿Cómo podría definirse una política exterior para España? A tenor de lo expuesto, podríamos definirla en función de los siguientes parámetros:
6.1. Constantes desde el punto de vista geopolítico.
- La constante geopolítica de España es la de una península situada en el extremo suroccidental de la península europea. Somos el Rimland principal del corazón del mundo. Eso nos convierte en flanco de la principal apuesta geográfica de poder. Los rusos y los alemanes lo vieron muy claro durante nuestra guerra civil. Los Estados Unidos, después, también, y la política exterior de Franco fue consciente de ello en todo momento.
- Por otra parte, somos el "tapón" del Mediterráneo, puerta de acceso al mar más poblado del mundo. La pérdida de Gibraltar y la internacionalización de Rota han disminuido nuestra capacidad de acción en este terreno, pero seguimos jugando un papel clave.
- Mantenemos una capacidad de proyección ultramarina importante, especialmente hacia el Atlántico Sur.
6.2. Constantes desde el punto de vista de la civilización.
- Nuestro marco de civilización es Europa. No es imaginable una política exterior española ajena a esta realidad. Por consiguiente, también nuestra proyección futura pasa por la coordinación con las proyecciones de los países europeos.
- Simultáneamente, gozamos de una proyección extraordinaria hacia Iberoamérica, zona en la que entramos en conflicto con el otro gran poder de la zona: los Estados Unidos. Nuestra proyección allá depende de que seamos capaces de imponernos a la proyección norteamericana.
- Por otro lado, somos frontera con otro gran espacio de civilización: el Islam. A medida que vaya creciendo la conciencia de unidad política del mundo islámico, más importante será nuestro papel como frontera occidental de un eventual conflicto.
6.3. Apuestas.
Sentadas estas constantes, no es difícil imaginar una serie de reglas generales de la política exterior española desde el punto de vista del poder:
a) Geopolíticamente, somos absolutamente necesarios para Europa, que no puede perder el flanco occidental de su Rimland. Nuestro interés en la Unión Europea, por tanto, no es esencialmente económico, sino geopolítico. Una Europa cohesionada en materia exterior y defensiva nos proporcionaría la seguridad suficiente para acometer los otros objetivos geopolíticos: el eventual conflicto con el Islam y el cierre militar del Mediterráneo. Ello exige, evidentemente, que nosotros no renunciemos a nuestra capacidad de decisión en materia política y militar. El error de las políticas europeas de la II Restauración ha sido enfocar la relación con Europa como un paso más hacia la disolución de la nación en el marco supranacional del continente, en lugar de enfocarla desde un punto de vista prioritario de interés nacional.
b) Asimismo, mantenemos una relación polémica inevitable con el mundo islámico. En ese sentido, no pueden perderse de vista las eventuales alteraciones del mapa político islámico. Pero, precisamente por eso, estamos obligados a encontrar vías de equilibrio con el mundo islámico, sea cual fuere el interés de nuestros actuales aliados. Nuestra obligación es mantener siempre tranquilo ese flanco -pase lo que pase. Para ello nos es preecisa una potencia militar suficiente y una capacidad de decisión propia.
c) El gran campo de influencia de España es el mundo iberoamericano, porque los lazos de civilización nos permiten ejercer sobre él una influencia considerable, la cual habrá de ser utilizada a su vez para reforzar nuestra posición frente a los aliados militares y económicos del espacio occidental y europeo. Desde ese punto de vista, España puede compartir con Iberoamérica, además de su pasado, un mismo interés futuro en escapar a la hegemonía mundial de los Estados Unidos, que es hoy el principal problema tanto de los europeos como de los iberoamericanos.
d) Todo ello exige, naturalmente, no renunciar en ningún momento a ejercer el poder, y eso pasa a su vez por mantener la suficiente cantidad de recursos propios tanto en materia económica como en materia militar. El error de las políticas recientes ha sido pensar que las apuestas políticas nacionales habían desaparecido en el magma mercantil del NOM. Episodios como el de las querellas pesqueras -y los que vendrán- nos demuestran que tales apuestas no han desaparecido, y que es preciso mantener una importante potencia propia para negociar en buenas condiciones.
Al margen de las eventuales alianzas económicas y militares, España debe mantener la suficiente capacidad de decisión sobre sus propios recursos materiales para otorgarse una política acorde con su especial situación geopolítica. Si renuncia a ella, la propia existencia de España perderá cualquier fundamento sólido.
*
Bibliografía:
- ALAMOS DE BARRIENTOS, Baltasar: Aforismos al Tácito español (2 vols.), Centro de Estudios Constitucionales, Madrid, 1987.
- de BENOIST, Alain: La geopolítica, Ed. Alternativa, col. "Cuadernos Políticos", nº 9, Barcelona, 1985.
- ESCALANTE, Manuel F.: Alamos de Barrientos y la teoría de la razón de Estado en España, Fontamara, Madrid, 1975.
- SCHMITT, Carl: El Nomos de la Tierra, Centro de Estudios Constitucionales, Madrid, 1979; Tierra y Mar, Instituto de Estudios Políticos, Madrid, 1952; Diálogos, Instituto de Estudios Políticos, Madrid, 1962.
Índice Ir a Capítulo XIII - El Nuevo Orden del Mundo.<