IV
La cuestión de la técnica
Inclinarse sobre la cuestión de la técnica es inclinarse sobre la columna vertebral de nuestro mundo. Vivimos en una civilización técnica; estamos en la Era de la Técnica. Nuestra vida es inexplicable sin la técnica. Pero, al mismo tiempo, la técnica es también responsable de los mayores problemas de nuestro tiempo, y basta pensar en la cuestión ecológica. De manera que si pretendemos aportar una respuesta global a los grandes temas de nuestro tiempo, es imprescindible incluir el fenómeno técnico dentro del análisis.
1. Perspectivas de la técnica.-
Básicamente, podemos decir que hay dos maneras fundamentales de acercarse al problema técnico: una de ellas es considerar la técnica como algo neutro en sí mismo, un producto de los hombres que la hacen; otra es pensar que la técnica tiene su propia esencia, su propia vida autónoma.
¿Qué se quiere decir con que la técnica es neutra? La mayor parte de las ideologías dominantes -cada vez más reductibles a una sola ideología- coinciden en considerar el fenómeno técnico como un hecho neutro. La técnica sería simplemente un instrumento; será buena o mala según el uso que el hombre haga de ella. De ese modo, un uso "bueno" convertirá a la técnica en "buena". Una técnica puesta al servicio del progreso humano, por ejemplo, será buena; por el contrario, una técnica puesta al servicio del exterminio físico de los ciudadanos de Nagasaki, sería mala. Ahora bien, el hecho es que la potencialidad de la técnica está siempre ahí y le es indiferente el discurso ideológico: así, los ciudadanos de Nagasaki pudieron ser exterminados en nombre del progreso humano y en nombre de la paz. Esa coincidencia de poder mortífero y discurso moral no puede estar vacía, no puede ser una broma; debe querer decir algo. Por otra parte, nadie ha conseguido impedir, desde la perspectiva de la neutralidad, el uso perverso de la técnica, y ello a pesar de que la cuestión se ha planteado desde hace ya varios decenios. El hecho de estar guiada por discursos morales o humanitarios no ha impedido que la técnica, supuestamente "neutra", produzca efectos negativos. Lo cual deja pensar que el desarrollo técnico posee, por utilizar esta expresión, una especie de alma propia, es decir, que no es neutro, que tiene un significado en sí mismo, irreductible a los discursos o justificaciones que los hombres despliegan para darle sentido.
La alternativa consiste, precisamente, en pensar que la técnica posee una esencia propia, un sentido en sí misma, al margen del sentido que los hombres quieran darle en un determinado momento histórico. Esa esencia podría definirse como un permanente esfuerzo por dominar y controlar todo lo vivo. La esencia de la técnica residiría en el poder material puro y desnudo, que se basta a sí mismo. En tal sentido, y si aceptamos esta hipótesis esencialista, la obligación del hombre sería tratar de controlar el desarrollo técnico, someterlo a un orden, sin pensar que el desarrollo técnico en sí mismo sea un factor de "progreso". Desde la perspectiva de la hipótesis neutralista, la técnica puede extenderse sin traba alguna; por el contrario, la hipótesis esencialista implica poner barreras a la técnica.
2. La técnica no es neutra.-
La mejor prueba de que la técnica no es neutra es precisamente el hecho de que se haya convertido en una ideología en sí misma. Hoy, en efecto, vemos cómo los criterios de eficacia técnica se convierten en el horizonte común -y casi único-de los discursos dominantes. No es un fenómeno nuevo: de hecho, toda la ideología de la modernidad puede ser definida como una ideología de la técnica.
En sesiones anteriores hemos visto cuál es la operación central del pensamiento moderno: la separación radical entre el mundo físico y el mundo mental o espiritual. Generalmente se dice que esta operación empieza con Descartes y su oposición res cogitans/res extensa. Es el inicio del materialismo. En realidad, como vimos también, tal dicotomía puede remontarse a los filósofos post-socráticos y al pensamiento bíblico. Y añadamos otro dato importante: la técnica moderna surge y crece exclusivamente en el ámbito geográfico del Occidente cristiano, y de ahí dedujo Lynn White su tesis sobre el origen religioso del problema técnico. Luego volveremos sobre ello, cuando tratemos de reconstruir el camino de la técnica moderna para plantear una alternativa. De momento, y desde este punto de vista histórico, lo que nos interesa retener es el hecho siguiente: a partir de un cierto momento, la tierra, que antes estaba sacralizada, empieza a considerarse como una extesión inanimada de materia puesta al servicio del hombre para que éste la domine y la explote en beneficio propio.
La primera consecuencia de esta nueva perspectiva es que el mundo físico se convierte en territorio de caza para la razón. Y el instrumento de esa caza es, naturalmente, la técnica. El impulso humano de supervivencia encuentra en la técnica su manifestación primordial. Y más aún: la técnica se convierte en el eje de la nueva visión del mundo -porque la técnica es el medio físico, material, visible, a través del cual el hombre despliega sobre el mundo su dominio.
A este elemento materialista del pensamiento moderno hay que añadir otro concepto-clave: el de progreso. Para el hombre moderno, en efecto, el despliegue de la dominación técnica se justifica en tanto que es el medio para alcanzar mayores cotas de bienestar y prosperidad. Es un camino ascendente cuya meta consiste en la felicidad material absoluta. Y los avances de la técnica son la principal manifestación de ese progreso. Así, el progreso llega a identificarse con el desarrollo técnico, y viceversa. Cuando se habla de países o de civilizaciones "avanzadas" o "atrasadas", se hace en función de su mayor o menor grado de desarrollo técnico. De ese modo, la técnica va a ser considerada durante mucho tiempo en el espacio occidental como sinónimo de felicidad, y esto ha venido siendo así hasta una fecha relativamente reciente.
Hoy no es fácil seguir interpretando el desarrollo de la técnica como sinónimo de "felicidad" o de "progreso". El mensaje según el cual la expansión de la técnica daría lugar a un progreso sin límites del espíritu -y, por tanto, a la felicidad- ya no es verosímil. Entre otras cosas, porque hoy somos plenamente conscientes de que la técnica crea al menos tanto problemas como los que resuelve, y para constatarlo basta con mirar los sucios ríos de nuestras ciudades. Sin embargo, el camino de la técnica es imparable. Los valores que justificaban el desarrollo técnico a cualquier precio prácticamente han desaparecido, pero el desarrollo técnico sigue su camino, y lo que es más importante: sigue adelante sin necesidad de nuevas coartadas ideológicas, sin necesidad de un discurso que lo justifique, que le de sentido.
Esta supervivencia del desarrollo técnico por encima de los discursos ideológicos que lo justificaban demuestra que la técnica posee una esencia propia, una vida autónoma. Marx lo explicaba utilizando una vieja metáfora: la del brujo que conjura ciertas fuerzas, las hace aparecer y luego no es capaz de controlarlas. Con la técnica ha ocurrido lo mismo: la modernidad la hizo aparecer, creyó utilizarla para moldear el mundo, pero ha terminado siendo la técnica la que intenta moldear el mundo a su imagen y semejanza -a imagen y semejanza de la máquina. Así, la cuestión de la técnica se ha convertido en uno de los grandes puntos de quiebra del discurso moderno: éste no puede seguir defendiéndola, porque la técnica ha demostrado que no es el soñado instrumento de emancipación; pero tampoco puede detener su avance, porque la técnica es ya la esencia misma del pensamiento moderno, y éste no podría negarla sin negarse a sí mismo. La ideología dominante se encuentra ante un callejón sin salida.
3. Manifestación del problema técnico.
En absoluto estamos ante un problema menor, o simplemente teórico, que sólo concierna a los filósofos. Para hacerse una idea de la magnitud de la cuestión basta con mirar alrededor, en todos y cada uno de los aspectos de nuestra vida. Veremos así como la técnica es el factor determinante de nuestras existencias. Y acto seguido, veremos cómo la técnica desbocada se ha convertido simultáneamente en la principal amenaza del género humano.
Cuando decimos que estamos en una civilización de la técnica queremos decir que la técnica se ha convertido en el eje absoluto de toda la organización de nuestras vidas: el principio rector de las relaciones entre los individuos, de sus aspiraciones íntimas, etc. Al igual que ha habido épocas religiosas o guerreras, hoy vivimos en una época técnica. Y eso significa que la técnica es el criterio orientador de toda actividad en cualquier aspecto de la vida.
Por ejemplo, la técnica se ha apoderado por completo de la actividad económica. Eso no quiere decir sólo que en la actividad económica se utilicen aparatos técnicos, sino, sobre todo, que la propia concepción de la economía se ha tecnificado, y ello en perjuicio de los factores más directamente humanos. La economía antigua era una economía de supervivencia, ahorro y gasto, orientada a la subsistencia del grupo. El capitalismo temprano cambió mucho las cosas, pero el crecimiento en sí mismo seguía sin tener sentido si no repercutía directamente en el sujeto. Por el contrario, la economía moderna es una economía técnica porque toda la actividad del sistema se pone al servicio exclusivo del esfuerzo de producción. En la economía actual no se produce para satisfacer necesidades; se produce para producir más, para mantener el aparato en funcionamiento. Nadie se pregunta para qué se produce; la única pregunta es cuánto se produce y cómo se puede producir más. Y por eso decimos que la economía ha acabado completamente subyugada por la técnica.
Otro tanto ha ocurrido en la esfera de lo político. La técnica se ha apoderado de la política porque las grandes decisiones de los estadistas ya no conciernen al destino colectivo, ni responden tampoco a actitudes filosóficas o éticas ante la vida pública, sino que giran en torno a los conceptos de eficacia, prosperidad, crecimiento, desarrollo y bienestar, que son criterios económicos y por tanto, como acabamos de ver, sometidos ya al principio técnico. Hoy la política no consiste en impulsar empresas audaces, y mucho menos en hallar la fórmula del buen gobierno, como dicen los tratadistas clásicos, sino que el único objetivo de la política consiste en gestionar de un modo eficaz los mecanismos del Estado, y esa gestión eficaz pretende pasar por encima de cuestiones políticas tan elementales como la independencia de los pueblos. La tecnocracia es el ejemplo más acabado de la tecnificación de la política.
Y, por supuesto, la técnica se ha apoderado también de la ciencia. Originalmente, la ciencia era el conocimiento y la técnica era la aplicación de ese conocimiento. La técnica, por así decirlo, era un movimiento posterior y subordinado al conocimiento científico. El propio Ortega consideraba todavía que la técnica podía reivindicar el noble linaje de hija de la ciencia. Hoy, por el contrario, quienes deciden los programas de investigación científica son los burócratas del Estado (del sistema) que piensan, sobre todo, en la inmediata rentabilidad técnica de esas investigaciones. Quien explore en un campo poco dado a la rentabilidad, se encontrará con obstáculos sin fin. Todo conocimiento no traducible directamente a una aplicación técnica queda fuera de juego. Ese es uno de los motivos por los que la investigación en Humanidades, por ejemplo, está llamada a desaparecer de los planes de inversión científica, pero lo mismo podríamos decir de ramas enteras de las propias ciencias físicas, como ha lamentado René Thom.
Señalemos, finalmente, que esta omnipotencia contemporánea de la técnica no se limita al gobierno de nuestros cuerpos, sino que se extiende también al gobierno de nuestras almas. La técnica se ha convertido en el nuevo motor de los mitos sociales en la civilización urbana. Desde los fenómenos de irracionalidad colectiva (los Ovnis, por ejemplo) hasta las utopías futuristas (la ciencia-ficción), el elemento técnico es imprescindible en la configuración de los mitos sociales de nuestro siglo, del alma de nuestro tiempo. Cabe extender esta característica a los mitos "científicos", vendidos en forma de vulgata por los medios de comunicación, que siguen viendo en cada nuevo avance técnico un paso más hacia un paraíso redentor. Existen, ciertamente, contrautopías que denuncian la técnica (desde el Brave new world de Huxley hasta los escenarios apocalípticos de Mad Max), pero esto también constituye un rasgo de la omnipresencia de la técnica en el imaginario colectivo de nuestra civilización.
Pues bien: en ese mismo momento en que la técnica explota y extiende su dominio sobre todos los aspectos de la vida, surge también la conciencia de que la técnica encierra graves peligros, amenazas decisivas. No es preciso, por conocida, repetir la letanía de umbrales de crisis donde la técnica nos ha situado: catástrofes nucleares, manipulaciones genéticas, etc. Lo que aquí nos interesa retener es sobre todo el siguiente hecho: temores que hasta hace poco tiempo sólo eran compartidos por unos pocos, se han convertido ahora en convicción general.
¿Quién no ha oído hablar todavía de la problemática ecológica? La certidumbre de que la técnica está produciendo un grave daño a la naturaleza es uno de los grandes tópicos del momento. Pero no es sólo un tópico. Es innegable que el desarrollo técnico está alterando nuestras condiciones biológicas de supervivencia de un modo irreversible. Esa constatación ha sepultado la vieja fe que hacía del progreso técnico un sinónimo de felicidad humana universal.
De igual manera, se han constatado los efectos del mundo técnico en la psicología individual y colectiva: la aparición de patologías de la civilización (stress, ansiedad, depresiones, etc.), características de un mundo donde los criterios de eficacia técnica han sustituido a todos los demás valores, lleva a los psicólogos a preguntarse cuánto más es posible "estirar" el equilibrio psicológico individual y colectivo para adaptarlo a las exigencias del mundo técnico.
Por último, se ha hecho patente el grave desajuste entre el desarrollo técnico (cultural) y el desarrollo biológico del ser humano. La técnica se mueve más deprisa que nuestra evolución como especie, como ha explicado abundantemente Konrad Lorenz. Lo que pueda salir de ahí es todavía un enigma, pero las perspectivas no son nada positivas.
La confrontación de estas dos realidades: la técnica como eje de nuestra vida y la técnica como amenaza global, confiere a nuestra civilización un carácter claramente esquizofrénico. Es como si sólo pudiéramos sobrevivir tomando una medicina que, no obstante, sabemos que nos matará en breve plazo. La angustia del hombre contemporáneo se sitúa en esa contradicción. Y éso es exactamente lo que nos obliga a replantear de un modo general el problema, reconstruyendo desde el inicio la cuestión de la técnica y tratando de resolver esta contradicción aparentemente irresoluble.
4. Reconstrucción: Antropología de la técnica.-
Nuestra reconstrucción partirá del escalón más elemental: el papel que juega la técnica en la adaptación de la especie humana a su entorno. Haremos, pues, una antropología de la técnica, y desde ahí iremos cubriendo etapas, interpretando el camino de la técnica moderna, tratando de sacar a la luz su contenido profundo, hasta desembocar en una metapolítica de la técnica.
Empecemos por decir que la técnica no es una adquisición tardía del hombre, o una maldición o una desviación. La técnica, en sí misma, es un fenómeno consustancial a la propia existencia de la especie humana. Tanto Arnold Gehlen como Konrad Lorenz han explicado que el ser humano, desde un punto de vista biológico, es un animal desprovisto por completo de instintos acabados, a diferencia de los otros animales superiores. Por eso el hombre se puede adaptar prácticamente a cualquier medio, desde Alaska hasta el Sahara: precisamente porque carece de especialización adaptativa, algo que los demás animales sí poseen. De modo que el hombre es un animal incompleto. Ahora bien: esas carencias fisiológicas son sustituidas por un desarrollo único de su capacidad intelectiva. Y dentro de esa capacidad intelectiva se halla la aptitud de utilizar instrumentos y servirse de ellos para adaptarse al medio. Eso es la técnica. Por lo tanto, y desde este punto de vista antropológico, la técnica no es algo ajeno a la naturaleza, sino todo lo contrario: la técnica es la naturaleza específica del hombre.
Por la misma razón, la mera existencia del ser humano sobre la tierra es imposible sin técnica. No existe ni un solo grupo humano que no haya desarrollado tal o cual forma de técnica, desde el hacha de silex hasta el cohete espacial, pasando por las pirámides y la pólvora. Esta constatación invalida las tesis apresuradas acerca de la maldad de toda técnica o de la técnica en sí misma. Incluso aunque se volviera a una existencia semejante a la del Neolítico, con armas rudimentarias y útiles domésticos primarios, eso seguiría siendo técnica. La técnica es nuestra naturaleza; es la forma humana de estar en el mundo; sin técnica, no hay humanidad propiamente dicha.
Pero, si la técnica es la naturaleza del hombre, ¿por qué hoy la técnica es la principal amenaza contra la propia naturaleza? ¿Acaso la naturaleza del hombre es incompatible con la naturaleza de las demás especies? Hoy parece que así ocurre. Y sin embargo, durante milenios no ha sido así. ¿Por qué este cambio? Aquí entramos en una de las cuestiones fundamentales de nuestra reconstrucción, que es el paso de la técnica antigua a la técnica moderna.
5. Técnica antigua y técnica moderna.-
Páginas atrás hemos recordado la aparición del materialismo, definitiva para el surgimiento de lo que hoy llamamos técnica. Sin embargo, esa no es la única técnica que ha conocido el hombre. Todavía hoy es posible encontrar en otros pueblos formas técnicas perfectamente integradas en el entorno natural. De modo que cabe concluir que hubo antes una técnica que no se consideraba como algo opuesto a la naturaleza, y que esa vieja técnica, la técnica antigua, desapareció en un momento determinado para dejar paso a la técnica moderna. El problema de la técnica antigua ha generado miles de páginas. No es fácil explicar en su totalidad este concepto. Por nuestra parte, aquí nos ceñiremos a una explicación general del fenómeno.
Básicamente, podemos decir que la técnica antigua se caracterizaba por poseer grandes connotaciones religiosas. En el mundo antiguo, la tierra, la materia, poseía un alma. Hoy todavía es posible ver cómo en ciertos lugares del mundo se reza antes de cortar un árbol. Por nuestros historiadores sabemos que los pueblos europeos practicaban ciertos ritos antes de abrir una mina o saludaban a la tierra antes de arar un campo. La tierra poseía una sacralidad. Ese era el motivo de que no fuera posible adoptar hacia la tierra una actitud de "explotación de recursos", como se dice hoy. Una tierra sacralizada posee alma; en consecuencia, no es posible penetrar en ella sin respeto. La técnica antigua no es una técnica de explotación y de rendimiento, sino una técnica de adaptación y de convivencia. Y es que en la visión antigua del mundo todo guarda relación con todo, el mundo es una unidad, y no se puede alterar uno de los elementos del conjunto -la tierra- sin alterar al conjunto mismo -la vida-.
Por el contrario, la técnica moderna parte de otros principios. Desde el momento en que se ve la tierra como materia inerte puesta a disposición del hombre, nada prohíbe penetrar en ella y obtener el máximo rendimiento posible. El mundo deja de ser una unidad, un conjunto, para pasar a ser una "cosa". El hombre, al alterar la materia, no tiene conciencia de estar rompiendo ningún equilibrio ni ningún conjunto, puesto que ignora la existencia de éste. La técnica moderna es una técnica donde sólo cuenta el hombre y sus deseos inmediatos de satisfacción de necesidades y de acumulación de recursos. A partir de ese momento -y sólo a partir de ahí-, la técnica se convierte en una amenaza. Este proceso de transformación, este paso de la técnica antigua a la técnica moderna, no debió de ser evidente a ojos de todo el mundo. En realidad, hasta el siglo XIX la técnica no se convierte en un mito expresamente llamado con ese nombre: técnica. Sin embargo, sus consecuencias son ya visibles: se han levantado las viejas barreras para aplicar inmediatamente cualquier conocimiento adquirido. Antes, la adquisición de un conocimiento no implicaba en modo alguno el desarrollo de una técnica; por ejemplo, sabemos que los griegos conocían la fuerza del vapor, pero a nadie se le ocurrió hacer máquinas. Hoy, sin embargo, es prácticamente imposible que un nuevo conocimiento en cualquier rama de la ciencia (la genética, la termodinámica, la energía nuclear) no sea transformado en técnica.
La técnica arrastra tras de sí a todos los productos de la civilización, y acaba arrastrando al propio hombre. Este proceso, que hoy ha llegado a su límite, ha atravesado por diversas fases, desde la insurrección del fenómeno técnico con la revolución industrial hasta el imperio de la técnica como nuevo nihilismo.
Podemos hablar de insurrección de la técnica, en efecto, a partir de las primeras revoluciones industriales, sobre todo entre los siglos XVIII y XIX. La burguesía ya dominante encuentra en la técnica su mejor aliado para una expansión sin límites del crecimiento económico. Y como el crecimiento económico -la acumulación de riqueza mediante la explotación cada vez mayor de los recursos naturales- se considera bueno en sí mismo, nadie tiene autoridad moral para detener el proceso. La técnica ha de ir adelante pase lo que pase, lo cual significa que el proceso queda fuera de control. Spengler lo expresa con una metáfora sugestiva: "La criatura levanta la mano contra su creador".
La insurrección de la técnica pone de relieve un rasgo característico de nuestro tiempo: la técnica se convierte en un fin en sí misma; todas los energías sociales que la técnica moviliza no tienen más objetivo que acelerar el crecimiento de la propia técnica. De ese modo, la técnica se instala en el corazón de nuestras sociedades como eje absoluto de los objetivos comunes. Por así decirlo, la técnica se convierte en destino: toda la estructura social, política y económica se orienta hacia el avance técnico, identificado con el progreso humano. Y en este momento es ya imposible seguir arguyendo que la técnica es "neutra" respecto a los valores sociales; no sólo no es neutra, sino que ella misma se convierte en valor.
Por último, la fase terminal del problema técnico adviene cuando empieza a ponerse en cuestión la legitimidad de una técnica concebida como fin en sí misma y como destino necesario de toda la humanidad. En primer lugar, porque la técnica pertenece sólo a un espacio concreto de civilización: el occidental, de manera que su pretensión planetaria, incluso cuando adopta aires filantrópicos, no deja de ocultar una forma evolucionada de colonialismo. En segundo lugar, y quizá sobre todo, porque dos ramas concretas de la aplicación técnica (la genética y lo nuclear) han planteado por primera vez la posibilidad real de modificar o de suprimir la vida, lo cual supone un "salto cualitativo" en el problema técnico.
En efecto, a partir de este momento la técnica se convierte en un elemento de negación de la vida, de destrucción y, por tanto, en el exponente más claro del nihilismo inherente a la modernidad. En esas condiciones, es imposible seguir hablando de la técnica como criterio de destino, y esa imposibilidad implica también la negación de los grandes valores (progresistas y materialistas) que han amparado la expansión del dominio técnico sobre todo lo vivo. La fase terminal del problema técnico reclama la instauración de unos nuevos valores capaces de someter a la técnica desencadenada.
6. Crítica metapolítica de la técnica moderna.-
En estas condiciones, abordar el problema de la técnica es un desafío que va mucho más allá de las posibilidades de un partido político de nuestros días, por ejemplo. La superación de la técnica moderna es una apuesta metapolítica, en el sentido de que apela al mundo de los valores y no sólo al mundo de la acción administrativa. Sin embargo, eso no significa que los criterios políticos -en el más amplio sentido del término- estén fuera de lugar. De hecho, autores como Arnold Gehlen, que han estudiado en profundidad la cuestión de la técnica, sostienen la necesidad de que una nueva élite, política y espiritual al mismo tiempo, tome en sus riendas el problema. ¿Qué perspectiva debería adoptar esa nueva elite para dar una respuesta adecuada a la cuestión? Desde nuestro punto de vista, sostenemos que esa nueva perspectiva pasa por los siguientes elementos.
Ante todo, una nueva antropología. La técnica moderna es el resultado de una desviación antropológica. Es preciso partir de una antropología nueva, más realista, diferente a la que ha engendrado la técnica moderna. En esa nueva antropología, la técnica ha de ser considerada como parte de la naturaleza humana y, por tanto, como un hecho inscrito en un orden ecológico, en una cadena vital: la técnica materializa la adaptación humana al entorno, luego la adopción de toda técnica ha de ser previamente evaluada en función de sus repercusiones sobre ese entorno. Eso significa, de hecho, abandonar la óptica antropocéntrica, según la cual el hombre era el eje del universo, y adoptar otra perspectiva donde la afirmación del hecho humano no signifique la negación o la sumisión del mundo físico, natural.
Después, no hay que perder de vista que el fondo del problema técnico no es político, económico o administrativo (y mucho menos técnico), sino que estamos ante un problema filosófico, en la medida en que es producto de una determinada manera de ver el mundo. La técnica es un desafío filosófico. Y por eso el problema de la técnica nos obliga hoy a pensar de nuevo los grandes tópicos del pensamiento moderno: el materialismo, el individualismo, el progresismo... en suma, el discurso de la Ilustración, que ha actuado como máscara de la expansión universal de la técnica. Hay que pensar otra vez nuestra situación en el mundo más allá del humanismo y más allá del nihilismo.
Esta tarea significa, en el orden práctico, sustituir la actual escala de valores por unos valores nuevos. ¿Cuáles son esos valores nuevos? Ese es el gran problema de nuestro tiempo -y la cuestión de fondo de este Curso-, pero podemos apuntar algunas vías que habrá que explorar: frente al individualismo de masas, que produce una concepción económica de la existencia, la reivindicación de una comunidad formada por personas singulares; frente al cosmopolitismo planetario, que favorece la expansión universal de la técnica, la defensa del arraigo y las identidades; frente al materialismo economicista, que obliga a todos los grupos humanos a vivir en torno a los criterios de la producción y la explotación, una nueva espiritualidad que sea capaz de integrar a la naturaleza en su visión del mundo. Forjar tal concepción no es misión de los políticos; pero ninguna política podrá acercarse con una visión alternativa al problema de la técnica moderna si no parte de estos supuestos.
Desde esa nueva antropología y desde esa nueva filosofía, se puede aspirar a reconstruir un orden capaz de someter el fenómeno técnico. Volvemos a recurrir a los patrones de la Teoría General de Sistemas para recomponer una visión del mundo jerarquizada que incluya a la técnica. Desde esa perspectiva, el orden sería el siguiente:
Mundo físico. Naturaleza
Grupos humanos (Culturas)
Estructuras sociopolíticas
Actividad económica
Instrumentos técnicos
La técnica sólo tiene sentido si está integrada dentro de un orden que la supera y que le confiere significado. La técnica es un producto de la civilización y la civilización es un producto de la cultura, es decir, del conjunto de valores de un grupo humano concreto en un medio físico concreto. Ese grupo se proyecta en la historia y se otorga un destino a través de lo político. Todos estos elementos (ecológicos, culturales y políticos) han de ser previos a cualquier decisión de orden técnico. Y sólo entonces podremos decir que hemos domado al dragón.
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Bibliografía:
- COLLI, Giorgio: Después de Nietzsche, Anagrama, Barcelona, 1978.
- DESCARTES, René: Discurso del método (op. cit.).
- FETSCHER, Irving: Condiciones de supervivencia de la humanidad, Laia/Alfa, Barcelona, 1988.
- GEHLEN, Arnold: El hombre. Su naturaleza y su lugar en el mundo, Ed. Sígueme, Salamanca, 1987; Antropología filosófica, Paidós, Barcelona, 1993.
- HEIDEGGER, Martin: Serenidad, Ed. del Serbal, Barcelona, 1988; "La pregunta por la técnica", en Conferencias y artículos, Ed. del Serbal, Barcelona, 1995.
- LORENZ, Konrad: Los ocho pecados mortales de la humanidad civilizada, Plaza y Janés, Barcelona, 1984; Decadencia de lo humano, Plaza y Janés, Barcelona, 1985.
- ORTEGA Y GASSET, José: Meditación de la técnica (y otros ensayos), Revista de Occidente/Alianza Editorial, Madrid, 1982.
- SPENGLER, Oswald: El hombre y la técnica, Espasa-Calpe, Madrid, 1967.
- VV.AA.: "La cuestión de la técnica", en revista Hespérides (Madrid), 7, primavera 1995.
- VV.AA.: "Crisis ecológica: caminos para la alternativa", en Hespérides, 6, otoño 1994.
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