VII
La sociedad de la información:
el problema de la influencia social de la televisión
No es posible imaginar la vida actual sin la presencia de la televisión. Los datos de Ecotel y del Estudio General de Medios en los últimos años estiman que la cifra de españoles que se ponen diariamente delante del televisor se sitúan entre 25 y 30 millones de personas. Encuestas oficiales (por ejemplo, la del Ministerio de Cultura) señalan que en el 96% de los hogares españoles hay al menos un aparato de televisión.
1. La televisión.
La televisión se ha convertido en la reina de la comunicación en todos los países desarrollados. En los hogares, ha ocupado el lugar del fuego como punto central de la vida doméstica; en la sociedad, se ha convertido en el escenario principal de la vida comunitaria. Los padres dicen que sus niños deben ver televisión para no "aislarse" de sus compañeros; los intelectuales, por su parte, tratan de aparecer lo más posible en la pequeña pantalla para publicitar mejor sus obras y sus ideas; los políticos han hecho del control de la televisión uno de sus objetivos primordiales, y los comerciantes, a su vez, han descubierto que la publicidad televisiva no es sólo un magnífico instrumento de venta, sino también un poderoso medio de control de la información. Toda nuestra vida gira, cada vez más, alrededor de la televisión.
En estas condiciones, es difícil dudar de la enorme influencia del medio televisivo. Es un hecho que la televisión influye, cada vez en mayor medida, en los comportamientos sociales: no sólo en la decisión de comprar uno u otro producto o de votar a uno u otro partido, sino también en nuestra forma de vestir, en nuestra forma de hablar y en las referencias de la vida cotidiana. Los personajes de la televisión son tema común de conversación en los bares o en los mercados (¿quién no conoce a Raffaella Carra o a Loles León?), los niños adornan sus juegos con las músicas de los anuncios ("Hoy me siento Flex"), el último capítulo de un culebrón es capaz de detener la vida de un país (así sucedió con el caribeño Cristal), las gentes construyen su visión de la historia a partir de los argumentos de los relatos televisivos (quiénes son los buenos, quiénes los malos) y un hecho televisivo (por ejemplo, el intempestivo empeño de Francisco Umbral en que se hablara de su último libro en un determinado programa) puede alimentar las charlas de los comunicadores durante varias semanas y, más aún, permanecer en la memoria colectiva durante más tiempo todavía. Sí, sin ninguna duda: la televisión influye en los comportamientos sociales.
Pero esta constatación lleva aparejada una pregunta: ¿Qué hace, mientras tanto, el sujeto? El individuo -se presume- sigue siendo un ser dotado de libertad de decisión, lo cual le haría capaz de arbitrar la influencia de la televisión en uno u otro sentido. Mientras exista un dedo índice dispuesto para apagar el receptor, siempre será posible desviar o detener la influencia de la televisión; mientras el sujeto siga siendo un ser autónomo, siempre podrá decidir si ha de obedecer a los mensajes publicitarios (también series como Sensación de vivir son mensajes publicitarios) o ignorarlos; en definitiva, y al menos desde un punto de vista teórico, mientras el sujeto tenga voluntad siempre será posible optar entre vivir conforme a lo que la televisión prescribe o vivir conforme a lo que el propio sujeto decide en cada instante.
La cuestión, sin embargo, es saber si el sujeto es capaz de huir de la televisión. ¿Es posible vivir al margen de la televisión? ¿Es posible vivir fuera de los cauces de comportamiento que la televisión instituye? Eso significa preguntarse si es posible esperar una reacción colectiva mediante la cual la mayoría de la sociedad, de común acuerdo, decida, por ejemplo, que la televisión está bien para entretenerse, pero que no debe influir a la hora de adoptar pautas de comportamiento, remitiendo éstas a otros factores como la tradición, la cultura autóctona, la religión, los libros, una ideología, etcétera. Ahora bien: ¿De verdad es posible encauzar, controlar una dinámica como la de la comunicación de masas, en cuya misma esencia hallamos una clara vocación de universalidad técnica? ¿Es posible utilizar la televisión sólo como instrumento, con independencia de la naturaleza misma y de la vocación de ese instrumento? ¿Es posible hacer las cosas de modo que la televisión no nos influya?
Esta disyuntiva nos conduce a un nuevo interrogante: ¿Es posible separar instrumento (televisión) y contenido (programación)? El contenido de nuestra televisión, ¿es necesariamente el que es ahora o podría ser otro distinto? Si así fuera, si el contenido de nuestra televisión pudiera ser otro, habría que mirar hacia aquellos que son responsables de los contenidos de la televisión, esto es, hacia los programadores, pues en manos de los programadores estaría la decisión de hacer televisión de uno u otro modo. ¿Qué lleva a los programadores a hacer un tipo de televisión cada vez más definido, basado en los concursos, la publicidad, los reality shows, etcétera? ¿Estamos ante un caso de maldad extrema por parte de un determinado sector de profesionales? ¿O es que acaso el propio instrumento televisivo exige ese lenguaje, ese contenido? ¿Qué criterios utilizan los programadores para decidir la programación con que nos obsequian? ¿Existen unos baremos determinados? Nuestra tesis es que sí: el propio medio impone esos criterios de programación, porque esos criterios son los que rigen en el ámbito de la comunicación de masas.
Así las cosas, nos encontraríamos con el siguiente paisaje: disponemos de un medio de comunicación que no podemos controlar desde su interior. Sólo hay una forma de controlar la televisión: haciendo que la televisión refleje a posteriori la cultura social. Pero lo que tenemos es más bien lo contrario, a saber, un instrumento que está definiendo y produciendo en todo momento esa misma cultura social, un producto que se ha convertido en productor. ¿Es posible variar las cosas? Ello significaría tanto como hacer borrón y cuenta nueva, definir ex novo el papel de la televisión en nuestras sociedades, y hacerlo no desde posturas próximas al propio medio, sino desde fuera de él. A enunciar esa definición se dirige el siguiente texto.
2. Qué es la comunicación.
La televisión es un instrumento para la comunicación. ¿Y qué es la comunicación? Empecemos por los niveles más elementales. La comunicación es una de las actividades primarias de los animales superiores. El etólogo W. John Smith la define como "cualquier intercambio de información de cualquier fuente" (1). Ese intercambio, esa comunicación se materializa mediante actos-señales por los que un ser vivo comunica a otro sus intenciones. Esos actos-señales se han llamado, en Etología, displays, según el término acuñado por Huxley (2). El cortejo del somormujo o los aullidos de un lobo son actos de display. Y nótese cuál es la función del display: introducir una nueva información en el comportamiento social, ya se trate de una colmena de abejas o de una colonia de orangutanes. Todo acto de comunicación, por elemental que sea, tiene una influencia social inmediata. Y si esto ocurre entre las especies animales más primarias, cuánto más no ocurrirá en el hombre, que ha creado la estructura social más densa y compleja de todas cuantas existen en la naturaleza.
Toda comunicación crea pautas nuevas de conducta. Por tanto, es lógico suponer que aquella comunicación capaz de encontrar un canal de recepción masivo tendrá una influencia aún mayor. El receptor podrá hacer caso omiso del mensaje o podrá actuar en consecuencia; lo mismo da. El hecho es que el mero término "comunicación" implica un cambio inmediato en la conducta social: un lobo nunca volverá a comportarse igual después de haber sido acobardado por los gruñidos de un macho más fuerte, del mismo modo que un vascón del siglo VIII empezaría a comportarse de un modo completamente distinto cuando supo que se acercaban los árabes. Toda comunicación implica un cambio de conducta; toda comunicación social, implica un cambio de conducta social.
Pero, en nuestro siglo, la comunicación de masas, y especialmente la información audiovisual, ha variado mucho las cosas. No es que la televisión no influya, al contrario; lo que pasa es que la televisión influye de un modo nuevo. Y no se trata de una cuestión cuantitativa (un medio más poderoso con mayor capacidad de acción), sino que estamos hablando, fundamentalmente, de un cambio cualitativo. Cuando el somormujo lavanco obedece a un display, o cuando el vascón del siglo VIII se arma al conocer que los árabes asoman la punta de la nariz por la Rioja, ambos están respondiendo a un estímulo que procede de su medio más directo. En sus aspectos básicos, el proceso no es muy diferente del que se produce cuando Goethe se entera de que el joven Gerard de Nerval ha traducido Fausto al francés. En todos estos casos, por dispares que nos puedan parecer, la mecánica es la misma: la comunicación se establece dentro de un mundo de referencias común, un mundo de representaciones compartidas. Toda comunicación ejerce una influencia, porque la comunicación funciona en el interior de un mundo concreto, con representaciones compartidas por todos los actores. Por así decirlo, toda esa información circula en un mismo escenario.
Ahora bien: la información audiovisual ha roto el escenario. Con la televisión, la información deja de estar vinculada a un mundo de representaciones comunes. Gilbert Cohen-Séat y Pierre Fougeyrollas sostienen que los medios audiovisuales han desarraigado la representación del mundo: "Antes de la aparición de los medios audiovisuales, el conocimiento que recibían los individuos provenía, en primer lugar, de su medio ambiente inmediato, y en segundo lugar, de los enunciados, dichos o escritos, que desempeñaban el papel de mediadores entre este medio ambiente y el resto del mundo que podía relacionarse con él. Hoy el cine, la televisión y las imágenes que de ellas resultan, distribuyen a las masas, cada vez más numerosas y densas, materiales informativos que no son en la mayoría de los casos -o, por lo menos, no necesariamente- ni extraídos de su medio ambiente próximo, ni de nada que, a primera vista, se relacione con él, y que no han sido formulados según los términos del grupo (...) Es como si la evolución de la información de lo verbal a lo visual hubiese desarraigado la representación del mundo y la hubiese liberado, por lo menos parcialmente, de los lazos que antaño la unían al medio natural y social" (3).
La televisión, por consiguiente, no es sólo un medio más, un mero instrumento. La televisión crea una determinada forma de entender la realidad, una forma de percepción desconocida hasta ahora. Por eso Cohen-Séat y Fougeyrollas creen que el hombre, con las técnicas de comunicación de imágenes a las masas, se ha convertido en algo distinto a lo que era antes, se ha convertido en otro tipo de hombre. A ese tipo nuevo de hombre le corresponde un nuevo tipo de realidad: una realidad desarraigada, flotante, sin vínculos con un medio ambiente específico o con una cultura concreta.
¿Qué realidad es ésa? Obviamente, se trata de la realidad de la técnica: una realidad cambiante, universal, sujeta a transformaciones contínuas, separada de los mundos de valores que habíamos conocido hasta ahora. La televisión, en efecto, influye, pero no (o no sólo) porque sea capaz de llegar a mucha gente, sino, sobre todo, porque llega de un modo nuevo e inapelable. Con la televisión aparece un nuevo tipo de realidad. Y esa es la realidad de nuestro mundo.
3. El lugar del sujeto.
José Luis Pinillos dice que "La televisión ha conseguido lo que habría maravillado a un Aristóteles, a saber: manejar la forma de las cosas, sin su materia, jugar con la pura similitud de lo real" (4). En efecto, estamos ante una multiplicación hasta el infinito de la forma y la apariencia. Pero la gran pregunta, ahora, es saber cómo reacciona el sujeto ante esta nueva forma de comunicación. Todo parece indicar que reacciona de un modo diferente a como reaccionaba en el marco de la comunicación verbal, ya fuera oral o escrita. Y, desde luego, no reacciona de forma positiva. Con la técnica audiovisual, el sujeto cambia de lugar en la relación comunicacional. Según Mario Perniola, el efecto de los medios de comunicación de masas es disolver la subjetividad del espectador, alejarle del mundo de imágenes y representaciones que hasta ahora era el suyo, "arrebatarle su condición de actor y convertirlo en cosa" (5).
¿Por qué ocurre todo esto? Porque el sujeto se ve desvalido ante un cúmulo de informaciones que no puede digerir con la suficiente soltura. Cohen-Séat y Fougeyrollas sugieren que la imagen produce el impacto sobre nuestro cerebro sin que nos haya dado tiempo a activar los mecanismos de control necesarios (6). Según esa tesis, lo verbal insistimos: tanto oral como escrito- afectaría en primer lugar a los centros superiores y a los mecanismos ya "instalados" de nuestra vida intelectual y psíquica; lo verbal atraviesa los filtros del raciocinio, y sólo raramente alcanzaría la sensibilidad neurovegetativa, lo cual limita sus efectos. Por el contrario, la acumulación de imágenes llamativas y en rápida sucesión haría que la intuición y la afectividad entraran en juego antes de que las instancias de control de la personalidad hayan llegado a estar en condiciones de captar los mensajes intencionales. La televisión actúa sobre el instinto, no sobre el raciocinio. Es como si la televisión atacara por la espalda a nuestro sistema de defensa, a los dispositivos protectores de nuestro entendimiento. De ese modo, el individuo ya no puede ejercer sobre la imagen el mismo control que ejercía sobre la información verbal. El premio Nobel de Medicina Konrad Lorenz lo expresa de este modo: "La excitación instintiva reprime el comportamiento racional, el hipotálamo bloquea el córtex" (7).
Esta alteración psicológica produce a su vez nuevos cambios en la naturaleza de nuestra cultura y de nuestro comportamiento social. Una cultura es una imposición de formas: un grupo mira alrededor de sí e interpreta el mundo de un modo determinado, le otorga unas formas para aprehenderlo. La información visual, que es pura forma, suplanta esta operación colectiva y la somete al arbitrio de la reproducción técnica de imágenes. De ese modo, las culturas tienden a perder su especificidad en el mundo de la imagen técnica. En efecto, como explican Cohen-Séat y Fougeyrollas, grupos e individuos "difieren principalmente en sus representaciones intelectuales, en su afectividad consciente y en sus representaciones biográficas". Recordemos lo antes dicho acerca de la cultura como instancia fundamental de la naturaleza humana. Pues bien: la imagen, que según hemos visto trastorna las instancias superiores del psiquismo, trastorna también esos mecanismos de diferenciación. Por eso la imagen tiende a uniformar las diferencias y a alterar la jerarquía de lo superior y lo inferior.
Ahora bien, lo único que resulta de ahí es que los individuos, al perder las referencias colectivas tradicionales, flotan sin ancla en ese nuevo mundo de imágenes. El sujeto, que en la lógica moderna era un ser libre y consciente en plena auto-construcción, se convierte en una suerte de Narciso que busca un vínculo sólido al mundo consumiendo una tras otra todas las imágenes de la pantalla, pero que, precisamente por la profusión de esas imágenes, termina desechándolas. Así explica Lipovetski el narcisismo contemporáneo: "Una forma inédita de apatía hecha de sensibilización epidérmica al mundo a la vez que de profunda indiferencia hacia él: paradoja que se explica parcialmente por la plétora de informaciones que nos abruman y la rapidez con que los acontecimientos mass-mediatizados se suceden, impidiendo cualquier emoción duradera" (8).
Nuestras mentes se mueven ya en un mundo nuevo. Es ese mundo fluido, líquido e inaprehensible que se ha llamado Iconosfera, a saber: el imperio de las imágenes, cada vez más numerosas, pero cada vez más insignificantes. Esta tiranía icónica se convierte en una permanente amenaza para nuestro psiquismo, se convierte en un elemento de vulnerabilidad humana. Eso es especialmente perpectible en los niños. Como escriben Faye y Rizzi, "El niño es abandonado, en un contexto permisivo, solo y libre frente a los medias y los aparatos electrónicos. Aparece errante entre una jungla de signos que puede comprender técnicamente, pero de donde no obtiene ningún sentido. Se convierte en un ser neo-primitivo. Drogado por los media, ve continuamente cómo se alza una pantalla artificial entre él y el mundo... Es de temer que las generaciones así educadas ya no sean capaces de valorar la realidad, de descodificar el mundo exterior: la pasividad colectiva nace del embrutecimiento individual" (9).
4. ¿Es posible otra comunicación social?
Todas estas reflexiones acerca de la televisión, formuladas desde la psicología y desde la sociología, nos conducen a una conclusión clara: el problema de la televisión no está en los programas que emite; el problema de la televisión está en ella misma. Eso, de todas formas, no quiere decir que sea banal la pregunta acerca de cuáles deben ser los contenidos televisivos. Una de las características esenciales de la televisión es que no podemos prescindir de ella, como no podríamos prescindir de otros muchos logros de la técnica, desde los automóviles hasta los ordenadores. Eso otorga una especial relevancia a la función de las personas e instituciones que tienen bajo su responsabilidad la programación de los contenidos televisivos, porque se convierten en prisioneros del medio que creen dominar.
Los programadores tienen en sus manos un producto cuyo alcance psicológico (casi diríamos antropológico) no siempre conocen con la profudidad que sería deseable. No hay que olvidar esto: el programador, quizá muy a pesar suyo, se ha convertido en un creador de cultura social. Retomando una idea de Abraham Moles, podríamos decir que el programador es una especie de intermediario entre el hombre y su entorno. Como señala Pinillos, "las motivaciones, el pensamiento, la imaginación de nuestro tiempo se hallan en manos de la medioklatura. La pantalla del televisor es el púlpito desde el que se predica a todas horas una imagen del mundo y de la vida de la que está empapada nuestra mente. Yo sigo siendo Yo y mi circunstancia, desde luego, pero mi circunstancia está dejando de ser mía, porque me la componen los mass media" (10).
Entonces, ¿por qué todo el mundo se queja de la televisión? ¿Por qué nos programan tanta cosa infumable? ¿Acaso los programadores son seres torvos que buscan ante todo el dinero sin importarles la salud mental del espectador? No, nada de eso. Los programadores se encuentran atenazados por la propia naturaleza de la comunicación de masas. Todo el mundo se queja de la televisión, sí, pero los índices de audiencia constatan que los programas más vistos son precisamente aquellos que más críticas levantan. Los "culebrones", los "reality shows" o los concursos para analfabetos funcionales son generalmente criticados por su vacuidad, pero el hecho es que son la mejor fórmula para conseguir audiencia. ¿Por qué ocurre ésto? Por la naturaleza piramidal de la cultura en cualquier sociedad. Los argumentos complejos, las piezas musicales más perfectas, los cuadros más audaces o los libros más ricos son, salvo casos excepcionales, cuestión de minorías, las llamadas "minorías cultas", que están en la cúspide de la pirámide. Por el contrario, las mayorías menos cultas, la base de la pirámide, incapaces de entender un matiz en tal o cual pasaje de un cuento de Borges, devoran con avidez lo último de Isabel Pantoja, se emocionan con La dama de rosa o se ríen con Ozores y Esteso. Estas últimas cosas están al alcance de todos, de los cultos y de los incultos; por eso su éxito está asegurado. Y la cultura de masas, precisamente por ser de masas, ha de dirigirse a la base de la pirámide. Es algo que está en su naturaleza misma.
Ahora bien: todo el mundo sabe que la cultura de masas, que nació con el propósito de extender la cultura a la base de la pirámide, presenta muchos aspectos nocivos. Como ha explicado Christopher Lasch, la cultura de masas de las sociedades modernas, homogeneizada como es, no engendra en modo alguno una mentalidad ilustrada e independiente, sino al contrario, genera la pasividad intelectual, la confusión y la amnesia colectiva (11). Y entonces, ¿por qué no hay una televisión para los cultos? ¿Por qué las programaciones están pensadas exclusivamente para la base de la pirámide? Porque hacer una programación para la base de la pirámide es una garantía de audiencia, y eso, en un régimen de competencia comercial, es una garantía de dinero a través de la publicidad. El programador, en efecto, se encuentra atenazado entre la naturaleza piramidal de la cultura y la lógica comercial de nuestras sociedades. Y, como el náufrago que puede optar entre hacer un poema al mar furioso o agarrase al salvavidas y flotar, el programador, por supuesto, opta por lo segundo. Por eso Juan Cueto dice que "el discurso sobre la televisión es una permanente lucha contra la naturaleza de la televisión" (12). En efecto, parece que no hay salida.
¿Qué pueden hacer las instituciones responsables de la televisión para invertir esta corriente? Por desgracia, sólo pueden hacer una cosa: arriesgarse a perder dinero. Y eso, en nuestro mundo, es pecado.
5. El sentido de la comunicación de masas.
¿Estamos ante un problema sin solución? ¿Realmente es imposible convertir el potencial de la televisión en algo positivo? El subtítulo del tema que hoy nos ocupa alude al sentido de la influencia de la televisión sobre los comportamientos sociales. Y, ciertamente, de sentido se trata, aunque no de un sentido entendido como dirección, sino del sentido en tanto que significado. No podemos luchar contra la naturaleza de la televisión, pero quizá sí podemos atribuirle un nuevo papel. ¿Qué papel queremos atribuir a la televisión?
Vamos a reconocer en la televisión aquello que realmente es: un producto técnico, o mejor dicho, un producto de la civilización técnica que ha llegado a poseer una suerte de alma propia y que se nos quiere imponer interiormente. Ahora bien, un producto no es más que un producto, esto es: reclama la existencia de un productor. Y conviene no olvidar que ese productor, en última instancia, es el hombre.
Podríamos tratar de aprehender el problema aplicando someramente un enfoque basado en la Teoría General de Sistemas. Si aprehendemos la naturaleza humana desde ese punto de vista sistémico, veremos que el hecho humano es una composición de diferentes niveles interrelacionados entre sí. Tenemos, en primer lugar, un nivel biológico que nos lleva a comunicar y que nos asemeja al resto de los seres vivos; en este nivel, pocas cosas nos separan de aquel somormujo lavanco que citábamos al principio. Pero después tenemos un nivel cultural -el específicamente humano- que nos lleva a crear representaciones del mundo e imágenes de nuestra situación en la vida; son esas representaciones las que constituyen la esencia de la condición humana. Y en tercer lugar tenemos un nivel que podríamos llamar técnico o nivel de la civilización, y que está constituido por los distintos productos de las diversas culturas humanas, desde una determinada forma de Gobierno hasta un arado, pasando por un aparato como la televisión.
Miremos ahora la televisión: vemos que este aparato, mero producto, se ha convertido en productor y reproductor de nuestra visión del mundo. Es decir: el nivel técnico ha invadido el espacio del nivel cultural. En consecuencia, el problema central de la televisión, y en general todo el problema de la cultura de masas, queda así reducido a esto: los productos se han convertido en productores; la creación se ha convertido en creadora, pero un producto no puede producir porque carece de alma, carece de sentido, y esa es la razón del aparente sinsentido que nos asalta cuando permanecemos una hora delante de la televisión.
Desde este punto de vista, el problema de la televisión se nos plantea como un problema de jerarquía. La cultura (y no nos referimos aquí a los "productos culturales", sino a ese conjunto de valores y usos que conforman la especificidad de un grupo humano) ha perdido la conexión con el instrumento técnico. En consecuencia, una redefinición del papel de la televisión en nuestras sociedades habría de pasar por restaurar el equilibrio perdido. La televisión debería estar sujeta a la esfera cultural. Debería reproducir las representaciones que están arraigadas en nuestra visión del mundo, y no esa suerte de cosmovisión flotante y sin raíces que hoy se nos muestra. Eso no va a impedir que se sigan produciendo los efectos negativos del instrumento técnico; quizá tampoco barrerá todos los inconvenientes de la cultura de masas. Pero, al menos, no nos convertirá en espectadores pasivos de la disolución del mundo.
El destino de la televisión, en definitiva, debería estar determinado por el destino de nuestras culturas, y no al revés. Tal vez sólo así podremos mantener a la "bicha" dentro de un cierto control. Para ello, por supuesto, hará falta que seamos capaces de volver a dar un sentido a nuestra propia cultura. Pero eso, como decía Kipling, es otra historia.
*
Notas:
(1) SMITH, John W.: Etología de la comunicación, Fondo de Cultura Económica, México, 1977, pag. 25.
(2) HUXLEY, J.: "The courtship habits of the great crested grebe", 1914, cit. en SMITH, op. cit., pag. 18.
(3) COHEN-SEAT, Gilbert, y FOUGEYROLLAS, Pierre: La influencia del cine y la televisión, Fondo de Cultura Económica, México, 1967, pag. 12.
(4) PINILLOS, José Luis: La mente humana, Ed. Temas de Hoy, Madrid, 1991, p.245.
(5) PERNIOLA, Mario: "El espectador-cosa", en REVISTA DE OCCIDENTE, 71, Abril de 1987.
(6) COHEN-SEAT, G., y FOUGEYROLLAS, P.: Op. cit., pag. 35.
(7) LORENZ, Konrad: Los ocho pecados mortales de la humanidad civilizada, Plaza y Janés, Barcelona, 1984, pag. 88.
(8) LIPOVETSKY, Gilles: La era del vacío, Anagrama, Barcelona, 1986.
(9) FAYE, G., y RIZZI, P.: "Vers la mediatisation totale", en NOUVELLE ECOLE, 39, Otoño de 1992.
(10) PINILLOS, J.L.: Op. cit., pag. 246.
(11) LASCH, Christopher: "Mass Culture Reconsidered", en DEMOCRACY, 1, 4, Octubre de 1981.
(12) CUETO, Juan: "El caso de la Televisión", EL PAIS, 24-4-1987.
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