VIII
Principios de una nueva economía política
La economía es el rasgo característico de nuestro tiempo: vivimos en una civilización económica; el mundo moderno es un mundo esencialmente económico, y ello por la misma razón por la que es un mundo esencialmente técnico: porque la modernidad es una civilización del poder material. Por consiguiente, ninguna visión actual del mundo puede estar completa si carece de una perspectiva determinada sobre lo económico, si renuncia a integrar el hecho económico dentro de una concepción general de la existencia.
1. Política económica y Economía política.
Dentro del contexto que aquí estamos desarrollando, nos interesarán especialmente las relaciones entre lo económico y lo político. A este respecto, conviene hacer previamente, aunque sea de forma somera, una delimitación de dos conceptos básicos: el de Política económica y el de Economía política.
- Política Económica es el conjunto de decisiones técnicas concretas adoptadas por la autoridad política para cumplir unos objetivos económicos determinados: la mayor o menor cantidad de dinero que circula en el mercado, el desarrollo de tal o cual sector industrial, las reglamentaciones comerciales, la fiscalidad...
- Economía Política, término que proviene del marxismo, quiere definir el conjunto de orientaciones básicas que guían las decisiones económicas: una cierta idea de la propiedad, una concepción determinada del papel del Estado, de la igualdad, de la prosperidad, etc.
Por así decirlo, en la política económica prima el factor económico sobre el político, mientras que en la Economía política prevalecen las concepciones políticas, que ponen a la economía a su servicio.
En los últimos años, y a medida que se imponía el modelo económico hoy vigente, ha tomado cuerpo la idea de que sólo hay una política económica posible para asegurar unas cotas aceptables de bienestar y de riqueza; de hecho, las distintas políticas económicas de los países ricos son muy semejantes, y las diferencias tienen que ver más con lo social que con lo propiamente económico. Este argumento, frecuentemente utilizado por los tecnócratas, conduce a la creencia, ya implícita en el discurso liberal -el discurso fundador de la economía actual-, de que la economía debe funcionar sola, con las menores interferencias posibles de los agentes no económicos. Hechos recientes como el de la independencia de los bancos centrales han de ser interpretados dentro de esta corriente.
Ahora bien, lo que una perspectiva de Economía Política contestaría a esto es que esa "única política económica posible" sólo es tal desde una cierta forma de ver el mundo, desde una ideología determinada; en efecto, para la ideología dominante (cosmopolita, individualista, igualitaria) sólo hay una política económica capaz de universalizar los mercados y proporcionar unos niveles altos de consumo individual al mismo tiempo que unos mínimos aceptables de igualdad (al menos sobre el papel). Pero si nuestros objetivos no son esos, sino, por ejemplo, la soberanía nacional, o la protección del medio ambiente o el reequilibrio Norte-Sur, entonces la política económica tendrá que ser diferente. Así las cosas, lo que hay que definir a la hora de plantear una alternativa no es una política económica -un conjunto de decisiones técnicas-, sino una Economía política entendida como una filosofía de la economía dentro de una filosofía política general, porque la Economía Política siempre precede a la política económica.
2. Génesis de la ideología economicista.
El modelo económico vigente en el espacio occidental no es, por tanto, el único posible, ni siquiera el mejor de los posibles, ni es tampoco un modelo estrictamente técnico, "limpio" de consideraciones históricas, religiosas o culturales. El modelo económico vigente es el producto de una cierta evolución en el espacio cultural europeo, cuyo resultado directo ha sido precisamente el nacimiento de una civilización económica. De hecho, podemos definir a la ideología occidental moderna como una "ideología económica". Merece la pena detenerse en el proceso de surgimiento de esta ideología económica, cuya historia debemos poner en relación con el proceso antes explicado a la hora de hablar de la técnica moderna. Una genealogía complementa a la otra.
2.1. La función económica tradicional.
En la Europa antigua, como en todo el mundo tradicional, lo económico es sólo una de las funciones sociales. Ya hemos señalado en otras ocasiones hasta qué extremo la "ideología social" de los pueblos indoeuropeos era precisa a la hora de situar las funciones sociales dentro de un todo orgánico. Basta recordar la estructura de la República que enuncia Sócrates y recoge Platón: en la cabeza, la función rectora, jurídica y sacerdotal; en el pecho, las potencias de la guerra y las armas; en el vientre, la fecundidad, la riqueza, la alimentación. Y esa estructura, como sabemos, concuerda con la del panteón religioso pagano y se prolongará durante la Edad Media cristiana.
Aquí lo económico no es en modo alguno una categoría independiente. Está incluida dentro de un orden social y ni siquiera ocupa un lugar especialmente relevante. Estamos ante una economía de necesidad y subsistencia, identificada con el mantenimiento del hogar y del reino. Todos los grandes pensadores, hasta el siglo XV, jamás abordarán lo económico en sí mismo, sino siempre puesto en relación con el "buen gobierno" y la justicia, es decir, con unos criterios de ética económica. Importa sobre todo la relación hombre-hombre en el interior de la comunidad, y no la relación de apropiación que se establece con el objeto, la relación hombre-cosas.
Respecto al pueblo, se caracteriza por unos comportamientos del todo anti-económicos: todavía en el siglo XVI, los humanistas españoles reprocharán a los campesinos el que trabajen como bestias durante un año para luego quemarlo todo en unas fiestas patronales. Es la lógica del "despilfarro" en el sentido en que la describió Bataille, inseparable de sus hondas implicaciones religiosas y común a casi todas las culturas pre-modernas. Esa faceta religiosa-sacrificial es esencial para interpretar la economía en la Antigüedad. Así, la moneda es un símbolo de la equivalencia universal, de ese hilo que une a todo con todo. En Grecia la moneda se acuña en el templo de Delfos. Está claro el error de quienes insisten en una visión materialista de la historia. La economía de la antigüedad es anti-materialista.
2.2. Emergencia de la categoría económica.
Las cosas cambian cuando la economía se emancipa del conjunto de las normas sociales y pasa poco a poco a convertirse en una visión del mundo en sí misma. Es difícil saber en qué momento exacto se produce la emergencia de la categoría económica como función autónoma. Pero la cuestión es importante, porque puede considerarse que a partir de aquí comienza el mundo moderno. Por otra parte, hay razones para pensar que el fenómeno nació de una forma más o menos brusca, hacia el siglo XV y especialmente en la península italiana, tras la conjunción de factores muy diversos. ¿Cuáles son esos factores? Entre la abundante literatura que se ha ocupado de este fenómeno, hay que citar a Max Weber, Werner Sombart y Louis Dumont. A partir de sus estudios, podemos reconstruir el siguiente escenario.
Al final de la Edad Media se produce, en Europa, una explosión del poder. En el siglo XV, la idea de imperio es ya sólo un recuerdo. Por doquier aparecen nuevos poderes locales que se independizan del antiguo binomio emperador-papado. Las ciudades-Estado italianas o las nuevas urbes comerciales son un buen ejemplo de estos poderes de nuevo cuño. Ahora bien: tales poderes, al carecer de legitimidad histórica -puesto que ya no se remontan a la herencia de Roma o al derecho divino-, han de procurarse por sí mismos los recursos para sobrevivir frente a otras potencias mayores, y eso exige gastos cada vez mayores. La vía para ello será el comercio. El capitalismo nace en pequeñas ciudades-Estado -no en grandes reinos-, con mucha frecuencia portuarias y con gran ritmo comercial: Génova, Venecia, las ciudades de la Liga de la Hansa en el Norte de Europa, etc. El tráfico comercial potencia el crecimiento de pequeñas burguesías locales, que se convierten en el principal apoyo de los nuevos poderes, los nuevos príncipes. El capitalismo inicial cumple así el objetivo de cimentar un poder precario tras la muerte de la idea imperial europea.
Simultáneamente, el proceso de descomposición del viejo orden y la adopción de nuevas formas (entre ellas, las nuevas formas económicas) provoca la transformación de las antiguas categorías sociales. Durante el Medievo, la economía se había mantenido dentro del orden comunitario a través de los gremios de artesanos. Éstos prolongaban la forma económica tradicional, basada en la subsistencia y en la familia (el hogar) como unidad de producción. A partir de ahora, las nuevas exigencias de poder y la apertura de nuevos mercados van a cambiar la función de la economía, que ya no es la subsistencia, sino la acumulación de riqueza, y también la unidad de producción, que ya no es el hogar/familia, sino el taller y el oficio.
En este contexto tiene lugar la aparición de una nueva ética económica, inseparable del cambio en la filosofía social que el Renacimiento trae consigo. Generalmente se contempla el Renacimiento bajo el prisma de la "recuperación" del pensamiento greco-latino por parte de los humanistas. Sin embargo, y como hemos visto ya anteriormente, la realidad es bastante distinta: quienes recuperaron a los clásicos no fueron los filósofos, sino los burgueses, y lo hicieron bajo la forma de recetas de "buena administración" cuyo denominador común era recomendar prudencia. Así aparece el término santa economicidad, muy extendido en la época. De manera que el primer fruto directo del renacimiento fue la aparición de una ética económica que ya no giraba sobre la función de la riqueza en el seno de la comunidad, como querían los tratadistas antiguos, sino que lo hacía en torno a la actitud individual frente a la riqueza misma. Así se pasa de la reflexión sobre la relación entre hombres, característica del mundo antiguo, a la reflexión sobre la relación entre hombre y cosas, concebida en términos de apropiación, riqueza e interés.
La reforma protestante va a incidir de forma muy particular en este surgimiento de una ética económica. La sociedad europea de la Edad Media seguía siendo tan anti-económica como la de la Antigüedad, con el despilfarro instalado entre los ritos sociales y con una enorme tendencia a la ostentación y el gasto, en la medida en que la riqueza se ponía al servicio de consideraciones no económicas. La moral del hidalgo, por ejemplo, es profundamente antieconómica. Es bien conocido el caso de aquel noble español que, obligado por el Rey a acoger en su castillo a un viejo enemigo de la patria, se vio atrapado entre la desobediencia al rey y la desobediencia a su código del honor, de manera que optó por quemar su propio castillo. Otro ejemplo es el código popular de la hospitalidad, que insistía en que el anfitrión debía ofrecer siempre más de lo que los invitados pudieran consumir -de hecho, aún sigue siendo así en la Europa rural-. Citemos por último, en Francia, la obra de Rabelais, que atestigua hasta qué extremo estaba difundida en la Europa del siglo XVI una ética del derroche absolutamente dionisiaca. Todo esto es incomprensible desde la lógica utilitaria. Y la reforma protestante, entre otras cosas, va a incidir en la crítica de estos comportamientos, juzgados como inmorales. Lutero definirá al dinero como la "puta del diablo". Y en su lugar propondrá una ascesis basada en el ahorro, la austeridad y el trabajo confiado en manos de Dios. Calvino llevará el argumento hasta el extremo. Así el protestantismo favorecerá el desarrollo del capitalismo: al condenar la ostentación y el derroche, y al predicar que la riqueza sólo se justifica si se pone en manos de Dios, extenderá una moral burguesa donde el beneficio queda santificado.
Todos estos factores determinan que entre los siglos XV y XVI, y en el ámbito de la Europa occidental, lo económico emerja como categoría autónoma, cuya libertad es necesaria para el poder de los príncipes y que, por otra parte, se basta a sí misma para facilitar la santidad a quien la practica. De aquí nacerá el capitalismo moderno. Queda claro, por tanto, que el capitalismo no es una regla necesaria de cualquier economía en cualquier civilización ni en cualquier momento histórico, sino que es un producto directo de una determinada evolución política y cultural en el ámbito concreto de la civilización europea moderna.
2.3. Triunfo de la ideología económica.
A partir de este momento, lo económico deja de ser una función social integrada en un orden que la absorbe y pasa a ser, cada vez más, el criterio dominante de la vida política y social. Grosso modo, podemos explicar el proceso a través de los siguientes pasos.
En un primer momento, y como hemos visto, los nuevos poderes se encuentran con que necesitan cada vez más dinero para sus gastos políticos y militares, con el objetivo de garantizar el equilibrio en el escenario internacional. Ese dinero se lo facilita la burguesía, que con su actividad comercial y con la invención del crédito constituye una permanente fuente de ingresos. De este modo, la burguesía se convierte en el sector decisivo para cualquier país, porque de ella depende la fluidez del mercado -y del poder.
Tal posición protagonista hace que la burguesía vaya tomando poco a poco conciencia de clase (hecho único hasta entonces en la historia) y comience a plantear reivindicaciones de orden político y jurídico. Esas reivindicaciones se apoyan en una nueva ideología que consagra el interés individual y el derecho a la riqueza como únicos criterios verdaderos de la justicia. El objetivo de la economía ya no será cimentar el poder del reino, sino hacer que la propia economía circule, porque se estima que en el librecambio entre los individuos, sin injerencias políticas o de otro orden, reside la felicidad individual. El liberalismo clásico aparece en este momento.
Finalmente, la burguesía, autoidentificada con el pueblo en su conjunto, desplaza a los estamentos que tradicionalmente ostentaban el poder y toma las riendas de ese mundo que ella misma había creado: las revoluciones inglesa, norteamericana y francesa significan la asunción total del poder por la burguesía y el triunfo absoluto de la ideología económica.
El mundo en que hoy vivimos es producto de esta tendencia, iniciada hace quinientos años. Desde entonces la filosofía social ha vivido constreñida por el peso de lo económico, hasta el extremo de que las dos grandes teorías políticas que han dominado durante los últimos doscientos años, el liberalismo y el socialismo, son en realidad meras aplicaciones al campo político de unas teorías de matriz económica. Esa reducción a lo económico de todo pensamiento se llama economicismo y es una de las características centrales del discurso dominante en el mundo moderno.
3. Grandes modelos economicistas.
Los dos grandes modelos economicistas son, en efecto, el liberalismo y el socialismo, que con el transcurrir del tiempo han dado lugar a diversas evoluciones. Pero no estamos tan sólo ante sendos cuadros de "recetas" económicas. Liberalismo y socialismo no son sólo "políticas económicas", sino verdaderas economías políticas, en la medida en que son producto a su vez de una determinada visión del mundo: la filosofía de la modernidad, cuyo exponente más acabado va a ser la ideología de la Ilustración, y dentro de la cual se produce un acontecimiento capital que es el paso de la filosofía de la Historia a la filosofía de la praxis. Detengámonos brevemente en este tránsito, porque nos permitirá entender la lógica interna que preside el desarrollo de la ideología moderna.
En efecto, desde el punto de vista de la historia de las ideas podemos decir que el acontecimiento fundamental de la modernidad es el paso de la filosofía de la Historia a la filosofía de la praxis. Recordemos que la filosofía de la modernidad es incomprensible si no tenemos en cuenta que se trata, ante todo, de una filosofía de la Historia: es el permanente camino de perfección del ser humano (el progreso), en su empeño por apoderarse de su razón y ordenar el mundo conforme a ese criterio. Ese "ser humano" es, evidentemente, el burgués europeo del siglo XVIII -en sesiones anteriores hemos explicado ya este proceso. Pues bien: la Revolución Francesa va a ser percibida como el momento en que tiene lugar el descenso casi divino de la Razón sobre la Tierra; la razón se encarna en la revolución, que significa el triunfo de las Luces sobre la oscuridad; el burgués toma la razón histórica en sus manos. En ese instante, la Historia puede darse ya por concluida, como decía Hegel. Corresponderá ahora al movimiento de las Luces llevar a cabo el segundo momento del proyecto moderno, que es dar forma al mundo: la praxis.
La filosofía de la praxis se identifica así con la explosión del dominio técnico sobre el mundo: ese "dar forma" significa, sobre todo, dominar, imponer un orden, una racionalidad a la vida humana sobre la tierra. Y quienes han de imponer tal orden son las mismas elites económicas que habían conducido a la revolución, al advenimiento de la Razón encarnada en la Historia. Las grandes revoluciones industriales, que comienzan a finales del siglo XVIII y que se aceleran sin cesar, expresan de forma gráfica ese esfuerzo. Toda la cuestión estará entonces en saber cuál es el factor más importante en la praxis moderna: si el capital, cuya circulación genera riqueza por el mero hecho de circular, o si el trabajo, que incorpora a grandes masas humanas a ese mismo proceso de dominación técnica. El liberalismo pone el acento en el capital; el socialismo, en el trabajo.
3.1. El liberalismo.
El liberalismo es un conjunto de doctrinas que aparece en Europa entre los siglos XVI y XIX. Esta ascendencia polimorfa provoca que haya casi tantos liberalismos como personas que se dicen liberales, pero, en líneas generales, las grandes familias del pensamiento liberal comparten los siguientes principios:
- Providencialismo. Una "mano invisible" guía los comportamientos individuales y las existencias económicas; el mercado, máxima manifestación de la vida social, presenta una tendencia natural y espontánea al orden, sin necesidad de intervenciones (por ejemplo, políticas) exteriores a él. Así, el estado ideal de la humanidad es configurar un gran mercado planetario sin trabas para el librecambio.
- Individualismo. La base de cualquier vida social es el individuo, definido como agente racional que sólo persigue su propio interés utilitario; el hombre se convierte en homo oeconomicus. La libertad individual consistirá en la ausencia de coacciones para perseguir el propio interés. El egoísmo individual concuerda con el interés general de la sociedad. Por eso Mandeville dirá que "Los vicios privados son virtudes públicas".
- Progresismo materialista. Existen leyes neutras y objetivas que guían la existencia económica (leyes naturales del mercado). La tarea del conocimiento humano es llegar a aprehender esas leyes para orientar los comportamientos según sus preceptos, y alcanzar así los máximos niveles de prosperidad. El progreso en la Historia consistirá en ir desvelando esas "reglas naturales" para llegar a construir un gran paraíso universal regido por el librecambio.
El liberalismo en estado puro (clásico) predominó en los países más desarrollados industrialmente hasta bien entrado nuestro siglo. Es verdad que la gran crisis de 1929 y el surgimiento de modelos alternativos llevó a algunas escuelas liberales a propugnar ciertos grados de intervención estatal y de control sobre el mercado: fue el keynesianismo, que está en el origen del llamado "Estado del Bienestar", como luego veremos. Sin embargo, hoy ha terminado predominando un nuevo modelo de liberalismo puro: el neoliberalismo o monetarismo. El monetarismo se basa en la presunción de que las fluctuaciones económicas dependen de la cantidad de dinero que circule en el mercado en un momento dado, y recomienda políticas neutras (esto es, de no intervención, de inhibición política: políticas impolíticas) para que el propio mercado, que según los liberales tiende espontáneamente al orden, sea el que fije la circulación de la moneda. Esta corriente neoliberal tiene tres exponentes fundamentales: la "escuela de Chicago" -de hecho, la fundadora del neoliberalismo-, representada entre otros por Milton Friedman; la "escuela de Viena", donde cabe citar a Hayek y a von Mises, y los "nuevos economistas" franceses. Su lema podría resumirse así: Los defectos del capitalismo se corrigen con más capitalismo. Esta escuela ha pasado hoy a formar parte del acervo doctrinal de la derecha y el centro políticos en todo Occidente -y también en numerosas políticas socialdemócratas. El resultado es un modelo liberal que podríamos retratar en los siguientes principios:
- La finalidad última de todo hombre y de todo conjunto humano es la obtención del máximo grado de bienestar material individual con el menor esfuerzo posible. El único tipo humano que se reconoce es el homo oeconomicus. Cualquier consideración de otro género es una carga o un obstáculo para la libertad del sujeto.
- El escenario básico de las relaciones entre los pueblos y entre los hombres es el mercado, que es esencialmente justo porque es impersonal y neutro. El patrón del mercado guía tanto la vida en el interior de una sociedad como las relaciones a escala internacional. La política se pone al servicio del beneficio mercantil.
- Los poderes de naturaleza no económica (políticos, religiosos, sociales, etc.) son percibidos como obstáculos para la libre circulación de intereses y mercancías. De ahí que sólo se justifiquen si están sujetos al imperativo general del máximo provecho individual y máxima libertad en el mercado.
- Las diferencias ideológicas no tienen más función que encontrar dialécticamente el modo ideal de gestión, "neutra e ilustrada", de la sociedad y del mercado. Cualquier modelo alternativo de sociedad no es sino una amenaza para el mercado y para la libertad individual. Hay que caminar, por tanto, hacia la configuración de un sistema eficiente ante todo. La eficacia -dentro, por supuesto, del marco liberal- se convierte en el criterio elemental de toda apuesta política.
El liberalismo se ha convertido hoy en credo indiscutible en todo el ámbito del Occidente desarrollado; sin embargo, sus principios son tan endebles que es difícil encontrar una filosofía social más expuesta a la crítica. En efecto, el liberalismo, tanto en su forma original como en sus modelos actuales, se basa en una consideración de orden mágico, a saber: el funcionamiento espontáneo y naturalmente benéfico del mercado, la existencia de un "orden natural" en la circulación de bienes y mercancías, circunstancia que jamás ha podido ser demostrada por nadie. La primera consecuencia de esta fe irracional en los mecanismos del mercado es la obligatoria inhibición de las instancias políticas en el funcionamiento de la economía; de ese modo, cualquier proyecto social que no sea estrictamente mercantil queda proscrito. Las implicaciones de este planteamiento en materia de defensa nacional, por ejemplo, son obvias. Por otro lado, el liberalismo parte de una antropología absolutamente imaginaria basada en la afirmación de una entidad abstracta -el individuo racional y calculador- como eje absoluto de la vida humana. En suma, la economía política del liberalismo es un sistema basado en dogmas de fe cuyo carácter positivo resulta ya indefendible.
3.2. El marxismo.
El orden liberal demostró bien pronto que el provecho individual era en realidad el provecho de los individuos de una clase: la burguesía. La reivindicación de libertad del capital suponía la marginación de otro factor esencial en el proceso de producción: el trabajo. Y el trabajo, sin embargo, era la única potencia realmente visible, palpable, humana en el proceso de producción. Frente al capital, que seguía dominado por una suerte de esencia mágica, el trabajo nos devolvía a la realidad del sistema económico. El socialismo nació como respuesta -absolutamente necesaria y justa, aunque igualmente reduccionista- a esta situación.
Inicialmente, el marxismo sólo era una corriente más dentro de la familia socialista. Sin embargo, terminaría convirtiéndose en el único socialismo que realmente se llevó a la práctica. Al hablar del marxismo es preciso hacer dos precisiones. En primer lugar, que la obra de Marx no constituye un todo homogéneo y lineal, sino que tiene, grosso modo, dos segmentos: el primero, el del "joven Marx", permanece muy vinculado al pensamiento comunitario del romanticismo alemán; el segundo, a partir de su relación con Engels y sobre todo desde El manifiesto comunista, significa ya la formulación directa del materialismo histórico. La otra precisión es que la obra de Marx, frente a la de otros teóricos, es simultáneamente una economía política y una política económica; una teoría y una praxis, y a ello debió, sin duda, su fuerza movilizadora.
Desde un punto de vista genealógico, la teoría marxista es al mismo tiempo una prolongación y una rectificación de la teoría liberal. Frente a los otros socialismos del siglo XIX, de carácter premoderno o antimoderno, el de Marx es un socialismo que entronca directamente con la filosofía de la Ilustración. Simplemente, Marx desplaza el acento desde la Historia hacia la Praxis, y especialmente hacia el Trabajo. Veamos sus puntos esenciales:
- Materialismo histórico. El liberalismo pensaba que una mano invisible regía la vida del mercado. Esa mano invisible era, de hecho, el motor de la historia. Marx afina esta idea y dice que los hechos económicos son la causa determinante de todos los fenómenos históricos. Pero el protagonista de este proceso económico no es el capitalista en sí mismo, ni tampoco el mercado, sino el modo de producción, que determina todos los comportamientos individuales y colectivos (políticos, morales, intelectuales, etc). El modo de producción es la infraestructura de la vida humana; todo lo demás es supraestructura, productos de la infraestructura. Así, el modo de producción y las relaciones de propiedad que éste marca se convierten en la clave que permite reconstruir la historia entera de la humanidad.
- Lucha de clases y materialismo dialéctico. Esa historia no se desarrolla de un modo pacífico, sino de modo polémico, y su agente no es el individuo, sino la clase, definida en función del lugar que cada individuo ocupe en el proceso de producción. Hegel había descrito la historia humana como la lucha del individuo por el reconocimiento. Marx no niega en ningún momento -salvo en sus primeros escritos- el carácter esencial del concepto de individuo -rasgo típicamente moderno-, pero reconduce la condición del sujeto a su condición de clase, y convierte la lucha individual por el reconocimiento en lucha de clases por la posesión de los medios de producción.
- Mesianismo progresista. El análisis de la historia humana en términos de lucha de clases por la posesión de los medios de producción es el secreto "científico" para llegar a la construcción de una sociedad sin clases, limpia de injusticias y donde habrá desaparecido la gran mancha del capitalismo: la apropiación de la plusvalía (excedente generado por el trabajador) por parte del propietario. La clase obrera adquiere el papel de mesías que habrá de llevar a cabo la revolución, la emancipación universal del género humano. Por cierto que el género humano viene a ser equivalente de la clase obrera, igual que el liberalismo había identificado al género humano con el burgués. Por otra parte, cuando Marx imagina este paraíso sin clases lo hace como "un paraíso universal de contables"; una imagen muy semejante a la del paraíso liberal del mercado planetario.
Tras el autodesplome del bloque soviético, a partir de 1989, no puede hablarse de un modelo actual de marxismo. Los sistemas supervivientes (Cuba, Corea del Norte, etc.) oscilan entre la apertura indiscriminada de mercados y la economía de guerra. Por otro lado, los grandes ejemplos de economía marxista (URSS, China) se hallan en plena evolución y es imposible saber si conducirán a nuevas formas de "capitalismo pobre" o si, por el contrario, mantendrán determinados criterios de índole socialista. No obstante, y en líneas generales, podemos decir que el modelo de la economía marxista se caracterizaba por los siguientes elementos:
- Dirección absoluta de la economía por parte del Estado, identificado con el partido y, por tanto, con la clase obrera como vanguardia revolucionaria histórica ("dictadura del proletariado"). Ese predominio del Estado permitió desarrollos espectaculares en determinadas áreas de la economía pública (la sanidad en Cuba, la astronáutica en la URSS), pero también significó, de hecho, la imposibilidad de tomar decisiones económicas en ninguna escala fuera del aparato estatal, lo cual condujo al gigantismo burocrático y a la nula flexibilidad del aparato productivo.
- Persecución obstinada de cualquier estructura social previa (familia, credos religiosos, propiedad privada, etc.), identificadas como supervivencias del modo de producción capitalista. Eso condujo a un feroz totalitarismo policial en absolutamente todos los países marxistas y, al mismo tiempo, a una cierta frustración del proyecto económico-político del Estado, porque esas viejas estructuras no desaparecieron jamás. De hecho, la pequeña propiedad terminó siendo autorizada en casi todas partes.
- Dogmatismo igualitario en la distribución de la riqueza. El objetivo del socialismo era la supresión de las desigualdades económicas y, por tanto, el acceso obligatorio de todos y cada uno de los ciudadanos a un puesto de trabajo remunerado, al margen del esfuerzo individual. Sin embargo, el hecho es que todos los modelos marxistas generaron sus propias elites políticas, en condiciones de vida notablemente superiores a la media. El dogmatismo igualitario, no obstante, sobrevivió hasta el final, si bien bajo un aspecto ciertamente insospechado: la militarización de la existencia social, rasgo que en el modelo asiático (chino, camboyano, etc.) alcanzó grados extremos mediante la uniformización física de la población.
La supervivencia del modelo económico marxista ya ha dejado de ser una realidad en el terreno de los hechos. Sin embargo, permanece en el terreno de la teoría (esa "vigencia como método de análisis" a la que todavía se refieren los marxistas recalcitrantes): la interpretación economicista de los hechos históricos, la explicación de los cambios sociales en términos de lucha de clases y la descripción de la "mejor sociedad posible" como aquella en la que haya desaparecido toda desigualdad, siguen siendo mitos teóricos activos en el panorama intelectual.
La crítica del marxismo como praxis de política económica no necesita de grandes refutaciones: la propia marcha de los acontecimientos se ha encargado de demostrar la invalidez de un orden económico basado en la dirección totalitaria, la planificación absoluta y la proscripción de la acción individual. Ahora bien: el marxismo no es sólo una política económica, sino también y sobre todo una economía política, una filosofía del lugar de la economía en la vida humana. Y hay razones para pensar que, contra lo que sostienen los marxistas, el verdadero error del marxismo no está tanto en sus políticas económicas -mero reflejo de la teoría- como en la teoría misma, basada en una serie de apriorismos muy poco científicos, así como en diversos errores de carácter filosófico y antropológico.
En primer lugar, el marxismo, como el liberalismo, parte de un claro reduccionismo económico: la economía es el motor elemental de la historia. Ahora bien, esa presunción es insostenible desde el momento en que incorporamos al análisis otras perspectivas como las de la psicología (individual y colectiva), la etología (que ha demostrado la "naturalidad" de los comportamientos de jerarquía y territorialidad) o la antropología (que demuestra el carácter determinante de los patrones culturales en las formas políticas de un conjunto humano dado). Todos esos factores, que el marxismo clásico desdeñaba como simples superestructuras, han demostrado ser las verdaderas infraestructuras de la vida humana en sociedad. Por otra parte, el marxismo, como el liberalismo, reduce la condición del sujeto a su posición en el sistema económico, y de ahí se deducen una serie de consecuencias (lucha de clases, pulsión de apropiación de plusvalías, etc.) que en realidad sólo pueden aplicarse a una determinada época de la historia, y no a toda la historia en general ni mucho menos a cualquier sociedad de cualquier época. En fin, el marxismo sigue atado al esquema mesiánico del paraíso laico al final de la Historia, lo cual entra ya en el terreno de la magia, y no de la ciencia.
Así, el gran problema del marxismo es que, pretendiendo ser un socialismo "científico", ha terminado por demostrar que de "científico" no tiene nada. Es simplemente un credo laico travestido de terminología científica.
3.3. El liberalismo del bienestar. El centro y la periferia.
Antes hemos hablado, en escorzo, de la evolución "keynesiana" del liberalismo, que le condujo a introducir elementos heterodoxos en su doctrina, en la medida en que admitía -e incluso recomendaba- la intervención de las instituciones públicas en la actividad de los agentes privados, y ello incluía el control sobre la circulación de la moneda, pecado de leso liberalismo para los ortodoxos. En realidad, el sistema de Keynes no era sino una respuesta inteligente a la catastrófica situación producida por el descontrol del mercado financiero, cuyo primer gran colapso tuvo lugar en 1929. Ese descontrol había conducido, además, a un estado de insoportable tensión social. De manera que el keynesianismo se terminaría convirtiendo en una tabla de salvación para el capitalismo, en la medida en que mantuvo los aspectos básicos del sistema y además permitió introducir serias correcciones en materia social, devolviendo al Estado parte de los cometidos que le había arrancado el capitalismo primario. Por eso es tan frecuente que los socialdemócratas actuales reivindiquen a Keynes -y no siempre, por cierto, con razón-.
También el marxismo tuvo su evolución. La incapacidad de llevar a la práctica revoluciones proletarias en países desarrollados -de hecho, tales revoluciones sólo fueron posibles en países pobres- condujo a la aparición de escisiones moderadas en el movimiento socialista. Esa es la historia de la Internacional Obrera, que no vamos a desarrollar aquí. Pero así tomaron auge en las naciones más industrializadas diversos grupos de carácter socialdemócrata cuyas características básicas eran las siguientes: renuncia a la dictadura del proletariado como método de transformación social y aceptación del marco político liberal-burgués, pero defensa de la intervención del sector público en una economía fundamentalmente dirigida a conseguir la igualdad social y la distribución igualitaria de la riqueza, sin abandonar los patrones básicos del materialismo histórico. Toda la socialdemocracia europea que hoy conocemos tiene su origen aquí.
Estas corrientes terminaron confluyendo después de la segunda guerra mundial. Los países que cayeron en la esfera de influencia norteamericana abrazaron los valores del libre cambio. Pero al mismo tiempo, la desolación de las economías europeas tras la guerra fue el pretexto para una política de reconstrucción que se otorgó el objetivo -más o menos socializante- de democratizar la prosperidad.
El liberalismo de la preguerra se había caracterizado por perseguir la riqueza como un fin en sí misma y convertirla en el objetivo de la vida social, lo cual suponía, de hecho, que sólo los poseedores de la riqueza tenían derecho a la existencia social. El centro de la sociedad eran los propietarios; todo el resto era periferia. Frente a eso, no había más alternativa que la revolución de los excluidos, los proletarios. Es importante subrayar que, ante este estado de cosas, las políticas económicas de los fascismos consiguieron introducir a todo el conjunto social en una política de desarrollo, lo cual explica su éxito entre las masas obreras, del mismo modo que, pocas décadas antes, habían sido los paternalismos conservadores (desde Bismarck hasta Maura) quienes habían creado los primeros servicios de protección social.
El liberalismo de la posguerra no podía cometer el mismo error que su antepasado más directo (marginar a la periferia social), de modo que su esquema social cambió: el objetivo del sistema económico sería ahora integrar a la periferia en el centro, extendiendo la prosperidad a todo el mundo. Es decir: el trabajo seguiría siendo un factor sometido al capital, pero los beneficios del capital ya no irían sólo a las manos de un reducido grupo de propietarios. Ello requería una enorme capacidad de producción y, al mismo tiempo, una gran capacidad de consumo. La "primera sociedad de consumo", en torno a los años sesenta, nace en este momento. Junto a ella, comienza a desarrollarse el llamado "Estado del Bienestar", donde las instituciones públicas se van a encargar de mantener un mínimo de igualdad distributiva que haga soportables las fluctuaciones económicas, la inflación y la explosión permanente del mercado, con la consiguiente mundialización de los intercambios.
A fecha de hoy, con el marxismo arruinado en la práctica, puede decirse que las dos grandes corrientes de la economía occidental han terminado por converger: el liberalismo y la socialdemocracia han conducido a una suerte de social-liberalismo que, con muy pocas diferencias, domina en todo el mundo desarrollado. Toda polémica se reduce a los diferentes grados de intervención del Estado. Es una cuestión que no carece de importancia, pero no puede decirse que estemos ante una dialéctica de modelos; el modelo es el mismo.
Sin embargo, estamos muy lejos de haber encontrado ese "modelo neutro de gestión ideal" con que soñaba el liberalismo clásico. La reducción del mercado mundial en 1981, después de la crisis del petróleo en 1973, vino a demostrar que no era posible una expansión permanente, y eso a su vez afectó a los niveles de bienestar en Occidente, que era el motor de la economía mundial y que ya no es capaz de garantizar el mismo grado de prosperidad a sus ciudadanos. Hoy se habla de crisis del Estado del Bienestar y se recomienda un retorno a los principios del liberalismo clásico, con la reducción consiguiente de gastos sociales, es decir, dejando de nuevo a la periferia entregada a su suerte y retornando, por tanto, a las líneas generales del primer liberalismo; pero al mismo tiempo, nadie puede aplicar esa supuesta política liberal sin tener que hacer frente a problemas sociales muy serios. Así el modelo económico occidental ha entrado en crisis.
4. La crisis del modelo económico occidental.
Lo más importante en las sucesivas crisis que está viviendo el modelo económico occidental es el hecho de que no se trata de problemas locales o parciales, que puedan arreglarse con ajustes aquí y allá, sino que son problemas globales, que afectan al conjunto del sistema y que, por tanto, requieren una solución global. Aquí los examinaremos desde un punto de vista doble: por un lado, los problemas en el interior del propio sistema; por otro, los problemas creados por el sistema en su relación con factores exteriores a él.
4.1. Crisis en el interior del sistema.
En el interior del propio sistema económico occidental está apareciendo cada vez con mayor nitidez un primer factor de crisis: el provocado por la naturaleza abstracta del capital. El permanente recurso a la especulación financiera para hacer circular la riqueza ha conducido a un verdadero espejismo sobre nuestra situación económica. Marx decía: "El oro circula porque tiene valor; el dinero tiene valor porque circula". Es decir: la verdadera riqueza del capitalismo se basa en la ficción de una riqueza que sólo es tal en la medida en que se mueve. Eso significa que una moneda en permanente circulación, moviéndose libremente, puede generar fortunas fabulosas sin que haya ninguna riqueza material por medio. Ahora bien: los obreros de una fábrica, los contables de una empresa o el equipamiento de una industria son entes reales, materiales, cuya vida depende de objetos producidos, vendidos y comprados, y no de un valor de cambio. En España tenemos ejemplos muy claros de esto: la circulación libre del capital genera un aumento del precio del dinero que es completamente artificial, porque no responde a bienes que circulen con la misma intensidad. El resultado es que en un país puede llegar a haber más riqueza que bienes materiales, como ocurre en España. Y eso significa, a medio plazo, que la gran masa de consumidores no va a poder consumir más, lo cual revertirá en el descenso de la producción y, finalmente, en el colapso del tejido económico. La única opción, en ese caso, será reducir desde el Estado la cantidad de dinero en circulación o, por el contrario, abaratar su precio, dirigiendo en cualquier caso la economía nacional hacia nuevos objetivos; pero eso implica salirse de la ortodoxia liberal.
El segundo vector de crisis en el interior del sistema es la galopante burocratización. Liberalismo y socialdemocracia coinciden en despojar al Estado de cualquier atributo soberano en la dirección de la economía. El Estado no sería más que una instancia reguladora del mercado, un agente económico como los demás. Ahora bien, en nuestras sociedades, cada vez más complejas, es imposible la supervivencia sin un poder central, aunque sólo sea a título de reglamentador, o precisamente: porque es necesario sentar cada vez más reglas. Nace así una formidable burocracia estatal completamente desprovista de autoridad política y directiva, pero saturada de responsabilidades reglamentarias: controles fiscales, gestiones administrativas de importación y exportación, etc. Esta burocratización, inevitable, supone una carga enorme para el sector público, obligado a mantener unas estructuras políticamente inútiles pero administrativamente necesarias, sin que a cambio reciba la facultad de organizar nada; y es además una carga para el sector privado, que la ve como a un peligroso enemigo que obstaculiza la libre iniciativa. Es la contradicción absoluta.
Y un tercer elemento de crisis en el interior del modelo económico es la tendencia a la creación de oligopolios. La necesidad de incrementar la producción sin cesar, en ramos cada vez más especializados y en el marco de un mercado con un creciente número de concurrentes, exige unas inversiones cada vez mayores que sólo se pueden acometer desde grandes unidades de producción, para abaratar costes. Esa dinámica conduce a la fusión de grandes empresas y a la absorción de las pequeñas empresas por las grandes. Es un proceso que estamos viviendo en la banca, en el automóvil y, en general, en todos los grandes sectores del mundo económico. Así nacen los llamados "oligopolios". Ahora bien, los oligopolios, que son consecuencia inevitable del modelo liberal (supervivencia frente a la extrema competencia), contradicen al mismo tiempo el modelo liberal, porque limitan de hecho la cantidad de agentes en el mercado (reducción de la competencia). Y en la lógica liberal, la reducción de la competencia conduce al descenso de la producción y de la calidad de esa producción. Por otra parte, los oligopolios tienen unas consecuencias graves desde el punto de vista político y social, porque constituyen feudalidades cimentadas sobre su poder incontestado en el sector que dominan y terminan actuando completamente al margen del interés general y, por supuesto, de las orientaciones políticas que puedan emanar del Estado, haciendo imposible la administración coherente de los recursos.
La especulación producida por la abstracción del capital, la creciente burocratización y la creación de oligopolios son los tres vectores fundamentales de crisis en el interior del sistema económico occidental.
4.2. Crisis en el exterior del sistema.
Pero un sistema económico no es autosuficiente, no existe sólo para sí mismo, sino que se halla también en necesaria relación con otros elementos: los hombres y sus sociedades, el entorno natural, las relaciones políticas entre los agentes del sistema... En la terminología que aquí estamos utilizando, éstos serían los factores externos del sistema. Pues bien: también en ese aspecto, el sistema económico occidental manifiesta graves síntomas de crisis.
Primer vector de crisis en el exterior del sistema: el acelerado aumento de las patologías sociales. Todo el sistema económico está basado sobre la presunción de que el individuo se comportará como un agente económico racional, tanto en el aspecto de la producción como en el del consumo. Ahora bien, lo que se está produciendo en el interior del sistema social es algo muy distinto. Por una parte, y como saben todos los sociólogos, el individuo rara vez es racional, sino que generalmente se mueve por impulsos estéticos, conflictuales, estrategias personales, etc., y eso también se extiende al terreno económico. Por otra parte, la presunción de que el individuo seguirá consumiendo siempre que pueda es errónea, porque en los últimos años estamos viendo en todo el mundo desarrollado cómo surge una periferia económica a la que no es posible recuperar para el sistema. La conformación de esa periferia obedece a dos fuerzas: una, la lógica de la exclusión de los no aptos, típico dogma del credo neoliberal que está acumulando ghettos en los suburbios del sistema económico; otra, la extensión de una mentalidad de "consumidor asistido" según la cual el individuo tiene derecho a percibir del sistema (el "Estado") trabajo, vivienda, seguridad, etc., típico producto de las políticas socialdemócratas que crece paralelamente al enquistamiento de un paro estructural en todos los países desarrollados. La confluencia de ambas fuerzas hará que el consumo se reduzca, porque literalmente no habrá capacidad de consumo real a largo plazo. El resultado es una patología social en el interior mismo del modelo económico vigente.
Segundo vector de crisis externa: el deterioro ambiental. El factor ecológico se ha convertido ya en una frontera de hecho para el sistema económico. La necesaria explotación incesante de recursos provoca que todos los recursos se hagan escasos. Pero el problema no se agota aquí -nuevas fuentes de energía podrían paliar la amenaza-. Hay que sumar, además, el hecho de que los países en vías de desarrollo también necesitan materias primas y, por otra parte, no poseen capacidad para invertir en la investigación de fuentes energéticas alternativas. Ese es el problema que se planteó en la Cumbre de Río: los países en vías de desarrollo, para responder al reto que les lanza el orden económico internacional, necesitan impulsar sus economías, lo cual es imposible si no recurren a energías contaminantes, pero eso, a su vez, pone en jaque al orden económico internacional, porque le enfrenta a la posibilidad de una catástrofe ambiental. La contradicción es prácticamente irresoluble.
Y tercer vector de crisis: el desorden planetario que el actual sistema económico lleva consigo. En efecto, el sistema económico internacional se basa sobre la atribución de ramos de producción especializados a los países dependientes (el "Sur" del sistema económico). Al no poder procurarse la autosuficiencia en materia productiva, estos países se ven abocados a políticas incapaces de satisfacer a sus grandes poblaciones, por otra parte crecientes. Es un hecho que la depauperación del Tercer Mundo crece exponencialmente desde la descolonización. El orden económico internacional es el principal responsable de las catástrofes que se viven en Africa desde los años setenta, por ejemplo. Eso produce grandes olas migratorias de los países pobres hacia los ricos. Y las migraciones suponen, a su vez, la alteración de los mercados de los países de acogida, que en tiempos de recesión sólo pueden aceptar nueva mano de obra a cambio de mantener inactiva (y subsidiada) a buena parte de la población propia. Es una situación social -y mundial- insostenible.
5. Reconstrucción de una economía política.
Hemos visto cuál es el camino que nos ha conducido hasta el modelo económico vigente, cuáles son sus bases ideológicas, cuáles son sus principios económicos y cuáles son sus consecuencias reales. Deliberadamente hemos dejado de lado las diversas corrientes no economicistas del pensamiento económico: la escuela histórica alemana, la corriente organicista, las críticas de estudiosos como Maurice Allais, los modelos de "espacios autocentrados", la alternativa sistémica, etc. Lo que nos interesa, ante todo, es mostrar el fundamento del orden económico vigente y demostrar su error. Y a partir de ahí, tratar de esbozar un modelo alternativo de economía política.
En efecto, ¿cuál es la base del modelo vigente? Esa base es común al liberalismo y al socialismo:
- El individuo es considerado como homo oeconomicus: un ser que persigue siempre y únicamente su interés utilitario tras un cálculo racional.
- La sociedad es considerada como instancia económica: un mercado o un escenario de producción, cuyo funcionamiento sólo se entiende si consideramos las relaciones económicas como las únicas relaciones sociales verdaderas.
- La moral de las necesidades: lo que guía los comportamientos del ser humano en todos los aspectos de su vida y en todas las épocas de su historia es la satisfacción de sus necesidades (no sólamente de las necesidades vitales), y esas necesidades son siempre las mismas en todas partes.
Sin embargo, lo que las ciencias sociales -y la mera observación- nos dicen hoy es todo lo contrario:
- El individuo no es solo un homo oeconomicus, sino que es, sobre todo y al mismo tiempo, homo ludens, zoon politikon, homo faber... El hombre rara vez se comporta como un ser racional guiado por su cálculo utilitario. Reducir lo humano a la dimensión económica es castrar la condición humana.
- La sociedad tampoco es una instancia fundamentalmente económica. La economía es una parte de las funciones sociales, pero no es la que determina el conjunto de los comportamientos sociales ni los relatos comunes que se otorga una comunidad. Las reglas sociales provienen de estructuras mucho más complejas. Por otra parte, una sociedad reducida a su dimensión económica es una sociedad incompleta, donde la vida comunitaria queda desprovista de objetivo histórico.
- Por último, las necesidades de los individuos no son las mismas en todas partes ni en todas las épocas. Las necesidades individuales vienen dictadas por factores culturales y antropológicos. Por eso es tan difícil -hasta el día de hoy, imposible- imponer modelos de producción homogéneos en todo el mundo sin causar trastornos incontrolables.
Así las cosas, es conveniente reconstruir un marco en el que sea posible concebir una economía diferente. Ese marco debe partir de constataciones que ya no es posible seguir dejando de lado. Y desde esas constataciones, pueden sentarse los principios de una nueva economía política.
En primer lugar, es preciso redefinir el lugar de la economía. Al igual que en la teoría clásica organicista, a nosotros nos parece más sensato pensar las sociedades humanas como conjuntos vivos integrados por diferentes sujetos y por diferentes funciones que interactúan permanentemente entre sí, y no como mecanismos racionales unidimensionales. Eso implica aceptar que la economía es una parte de la vida social y que el comportamiento económico es una parte de la conducta habitual del hombre, pero que en modo alguno puede considerarse como la única dimensión. La visión que aquí proponemos es antirreduccionista y pluralista.
En esa misma lógica, hemos de pensar que la economía no puede sobrevivir como función independiente, y menos aún sepultando a las demás, sino que ha de estar integrada en el conjunto de la actividad del grupo humano y puesta al servicio de la acción del grupo en su marco vital. Por lo tanto, los grandes objetivos de la economía deben estar sometidos a unos criterios políticos (en sentido amplio) de orientación general, porque éstos son, como hemos apuntado en sesiones anteriores, los que permiten a una comunidad otorgarse un destino y proyectarse en la historia. La economía ha de estar al servicio de los proyectos de los hombres y sus comunidades, no a la inversa.
Esa sumisión de lo económico a lo político y a lo comunitario no puede hacerse a costa de sepultar a su vez a la función económica (eso significaría caer en otro reduccionismo, éste de signo contrario). La función económica debe seguir siendo una función integrada en el conjunto. Por consiguiente, el Estado no puede hacerse cargo de la intervención global de la economía. Preferiremos una economía privada, pero políticamente dirigida, para que actúe en beneficio de los objetivos generales de la comunidad, antes que una economía estatalizada que actúe en función de criterios de beneficio a corto plazo o según dogmas ideológicos de ambición totalizante. El papel de lo político no es suplantar a lo económico: es otorgarle un cauce, una dirección y un objetivo.
A este respecto merece la pena detenerse en el papel de la propiedad, que es probablemente el aspecto más específicamente humano de toda problemática económica. Tenemos razones para estar convencidos de que toda vida económica reposa sobre unos principios básicos que no son propiamente económicos, sino antropológicos, y que forman parte de la estructura elemental de la cultura humana hasta el punto de poder ser considerados como instituciones necesarias. Uno de esos principios/instituciones es el de la propiedad, que no es sólo aquello que se adquiere y se posee o se disfruta, sino que es también, y sobre todo, aquello que se transmite. Una nueva economía política ha de partir del reconocimiento de la propiedad como una pulsión elemental del individuo; en ese sentido, siempre será preferible una sociedad formada por modestos propietarios antes que otra constituida por consumidores a crédito o de alquiler. La propiedad es una proyección inmediata del sujeto en su medio, en su futuro y en su linaje. Es un principio inviolable -porque es un principio humano.
Con la misma intensidad hemos de reparar en el papel del trabajo. Si la propiedad es lo que permite al sujeto proyectarse más allá de sí mismo, el trabajo es lo que le proyecta en su relación cotidiana con la comunidad. No es, por tanto, un factor más de la ecuación económica -como el capital, por ejemplo-, sino que es la esencia misma de la actividad económica, el primer vínculo económico entre el sujeto y su entorno comunitario. Desde ese punto de vista, el trabajo no es sólo un derecho, sino que es, sobre todo, un deber. Y las cosas han de organizarse de modo que ese deber sea vivido como tal por el trabajador. En ese sentido, la participación del trabajador en los beneficios de su trabajo es una reivindicación que no puede dejar de ser desatendida.
Hay otro elemento capital que antes hemos examinado como factor externo de la crisis del sistema: el contexto mundial de la economía. En efecto, en el mundo actual es impensable una actividad económica desligada del entorno geográfico directo. La autarquía en un sólo país es una utopía regresiva, tanto más en el momento en que todos los grandes problemas se planetarizan; hoy es imposible vivir al margen de los demás. Ahora bien, es un error pensar que la globalización de la economía supone una forma "más solidaria" de hacer dinero: antes bien, la experiencia demuestra que la globalización sólo ha servido para imponer en continentes enteros formas de actividad económica que les son ajenas y, de paso, les ha empobrecido hasta niveles insostenibles. Veremos todo esto en detalle en próximas jornadas, cuando hablemos del llamado Nuevo Orden del Mundo. Adelantemos que, por nuestra parte, pensamos que la solución más juiciosa es la enunciada por economistas como Perroux o Grjebine: una suerte de desarrollo autocentrado, de hecho una autarquía de grandes espacios, que limite la competencia al interior de mercados culturalmente homogéneos y dentro de unos objetivos comunes de carácter político.
Y por último, es imprescindible hacer una referencia específica al problema ecológico. En días anteriores hemos visto cómo el sistema natural es el sistema de sistemas, aquel que nos engloba y que, por tanto, debe ser considerado en primer lugar a la hora de construir un nuevo orden de las cosas. Ninguna actividad económica puede ser desarrollada al margen del equilibrio ecológico. La Naturaleza es el suprasistema que engloba a todos los demás subsistemas (al social, al político, al económico); como tal debe ser integrada en el análisis de una economía política nueva, lo cual tiene que llevar necesariamente a la propuesta de medidas de protección y conservación del medio ambiente, pero no sólo "para que dure más", como señalan los tecnócratas del Club de Roma, sino también y sobre todo porque la supervivencia de la Naturaleza ha de contar como factor prioritario de cualquier equilibrio económico.
A partir de estos principios, podrá ser posible empezar a construir una verdadera alternativa al modelo económico vigente.
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