La sociedad multirracial
Guillaume Faye
[Traducción: Carlos Gómez]
Durante los últimos diez años, la mayoría de los países europeos han testificado
precipitadamente la instalación en su seno de un nuevo tipo de sociedad - que habrían
podido prever hace veinte años pero que no habían previsto, una forma que se creía
reservada, hasta ahora a América: la sociedad multirracial, consecuencia
de la descolonización, de la inmigración de mano de obra extraeuropea y de la
desigualdad demográfica entre el Norte y el Sur. Por primera vez en su historia - al
menos la de los últimos mil años - Europa del Oeste acoge minorías afroasiáticas de
rápido crecimiento (entre 5 y 10%) . El choque es de importancia y es en Francia donde se
manifiesta lo más violentamente posible. Queda allí pues abierta con una brutalidad y
una urgencia desconocida la cuestión de la identidad. Y este reto finalmente permite a
los Europeos tomar conciencia, o al menos reflexionar, sobre la naturaleza de su
propia especificidad.
La identidad, la profundidad del sentimiento de pertenencia y el valor del concepto de
ciudadanía se basan obviamente en una relativa homogeneidad etnocultural de los
habitantes de Europa. Lo que implica preguntarnos sobre la "deseabilidad" de la
sociedad multirracial o pluricultural. Frente a esta nueva realidad, el debate público
menciona abiertamente la proposición de un posible y deseable devenir en un país de
minorías. Sin embargo, diversas corrientes de opinión no dudan ya en poner en entredicho
la posibilidad de adquirir la ciudadanía de un país europeo si no se es de origen
etnocultural europeo [1].
La sociedad multirracial presenta dos inconvenientes principales: en primer lugar,
es una sociedad " multirracista", dónde prosperan los ghettos,
el odio racial, las guerras sociales en todas las clases, como lo demuestran los ejemplos
de EE.UU., de Brasil, de Sudáfrica, etc, en segundo lugar, este
modelo social equivale a la new-yorkisación de Europa, según la lógica del Occidente
planetario, donde el desarraigo, el individualismo narcisista, el refuerzo del carácter
mecánico y comercial del cuerpo social, la pérdida de la identidad cultural, constituyen
la norma y vacian de sentido el concepto de ciudadanía, tanto para los alógenos como
para los indígenas.
Por razones de hostilidad a todo racismo, por el derecho de cada hombre a beneficiarse de
una identidad y de una ciudadanía, por la preferencia de un modelo comunitario frente a
la sociedad masificada que muestra hoy su carácter patógeno, y por respeto de la cultura
europea, cuestionar la sociedad multirracial debe pasar a ser hoy una prioridad. Por otra
parte, en la medida en que lo que está en juego es crucial, la nueva oposición no
será entre una "derecha" y una "izquierda" - división
puramente socioeconómica ya secundaria y obsoleta - sino entre los partidarios del
cosmopolitismo y los partidarios de la identidad, que se reclutaran dentro de la izquierda
como de la derecha, el problema de la sociedad multirracial se hace central y se instaura
como el problema político principal de este fin de siglo.
Lo que se bautiza como "inmigración" en Europa es, en realidad, una
"colonización demográfica" por parte de los pueblos fértiles de los países
de Asia y África, según la expresión de Alfred Sauvy. Sufrimos el movimiento inverso de
colonización que hicimos sufrir a los otros. Si no rechazamos y detenemos nuestra
decadencia demográfica, no solamente se realizara la idea de Pierre Chaunu según la cual
"Alemania esta condenada a desaparecer, pero ella no lo sabe aún", sino que a
principios del próximo siglo una muy fuerte proporción de los habitantes de Europa,
sobre todo entre la juventud, ya no será de origen europeo y probablemente ni de
"cultura" europea, puesto que esta última habrá perdido su facultad de
integración y porque las poblaciones inmigradas elegirán abiertamente la
americanización. Enfrentamos una pérdida de identidad etnocultural (más grave
aún que la desculturización, ya que no es recuperable) que amenaza muy seriamente a
Europa. En realidad, como intenté demostrarlo en un ensayo reciente [2], nunca, durante
su historia, Europa ha estado tan amenazada de desaparición como ahora ni sus dirigentes
han sido tan inconscientes.
A la hora en que (con mucha razón, por supuesto) nos sentimos abrumados y afectados por
los genocidios que afectan o afectaron, total o parcialmente a otros pueblos, seguimos
siendo indiferentes y ciegos al genocidio - étnico, demográfico - del que se encuentran
amenazados los europeos.
Los adeptos de la asimilación de los extranjeros en Europa (como los de su integración
en el sistema de ghettos de una sociedad "pluricultural") siguen exactamente el
mismo planteamiento que los mesiánicos convertidores de los Indios de América, que los
niveladores jacobinos y sobre todo de los colonialistas de los siglos XIX y XX.
Solamente, con la diferencia que es a nosotros a quienes quieren ahora acabar de
colonizar. Por espinosa y trágica paradoja de la historia, es la Europa excolonizadora
quien se encuentra ahora a la espera de su colonización definitiva. ¡Y, suprema ironía,
los inmigrantes afroasiáticos, hijos de los que colonialismo antes domino y destruyó su
identidad, son ahora los protagonistas dirigidos y utilizados para hacer perder a Europa
los restos de su identidad, son también los instrumentos de nuestra propia
"hyperoccidentalización" !
La sociedad multirracial es a la vez la reversión y la continuación de la sociedad
colonial; y el multirracialismo aparece como la hipóstasis del colonialismo. En los dos
casos es el progresismo quien lleva la danza y se puede comprender, ahora, que el
colonialismo no era más que la fase infantil del multirracialismo...
Debe existir en alguna parte del inconsciente de los progresistas y socialdemócratas,
este fantasma secreto, mezcla de masoquismo y altérofobia, autorracismo y
altérorracismo: no bastaba con ir a colonizar, a occidentalizar y desculturizar a los
pueblos del Sur, es necesario ahora traerles a vivir con nosotros, para que acabásemos
juntos desculturizados y desidentificados mutuamente. Quienes fueran los vectores de su
desculturalización, vienen ahora a nuestra casa para ayudar a nuestra desculturalización
definitiva. Laurent Fabius, fiel en eso a la ideología de Jules Ferry, y en perfecta
concordancia con el espíritu de la Revolución francesa como de la Constitución
americana, recordaba que la República tenía vocación que construir una sociedad y una
nación multirraciales, donde las identidades y las pertenencias religiosas, culturales y
étnicas de los ciudadanos pasaran a un segundo lugar [3]. ¿Autojustificación del
etnocidio?
No es pues una novedad, la ideología que preside hoy al multirracialismo, a pesar de su
pretensión a serlo. La doctrina de la "República Francesa", en efecto,
prosigue explícitamente el modelo "nacional" de los monarcas centralizadores,
asentándose en la asimilación forzada de los pueblos y la abolición de sus identidades.
En Francia, la colonización de los pueblos de las "provincias" por el
Estado central, el colonialismo de ultramar y el multirracialismo y la asimilación de hoy
se prolongan naturalmente. El poder actual, "multicultural", no hace
más que proseguir la doctrina de sus antecesores. Paradójicamente, es la identidad
francesa que paga los gastos de la ideología francesa... en la medida en que no basta ya
con integrar grupos étnicamente cercanos, como fue el caso durante siglos. La evidencia
que la sociedad multirracial crea los guetos e institucionaliza el racismo nos es
confirmada por el hecho de que en las instituciones, más allá de un determinado límite
máximo de "gente de color", estos últimos reivindican una autonomía racial.
En Gran Bretaña, en el partido laborista, los Negros reivindicaron y obtuvieron (además,
con mucha lógica) la constitución de una "sección negra", verdadero
partido dentro del partido (Daily Mail, 15 de abril de 1985). Así pues, como en Bélgica
con el problema de los Flamencos y Valones que ha obligado a duplicar todas las
instituciones (pero con una gravedad múltiple a causa de la profundidad de la diferencia
étnica), nos acercamos poco a poco a una sociedad en la que se asignaran todos los
sectores en función de las razas y etnias. Es innecesario decir que el sentimiento
comunitario y el concepto de interés general como servicio público se menoscabaran, y
que no subsistirá ya otro lazo social que aquel de las relaciones comerciales y
contractuales de intereses económicos [4] - lo que corresponde al proyecto social
liberal.
La sociedad multirracial intenta superponer al racismo ordinario y a la
desintegración de la sociedad, la dictadura absoluta del mercantilismo diario, lo
que equivale a suprimir todas las relaciones humanas que no están basadas en el interés
material. La sociedad multirracial, cuya instalación refuerza a la sociedad
comercial, al desarrollo de las doctrinas neoliberales y a la potenciación de los poderes
tecnoeconómicos en detrimento de los poderes políticos en Occidente, es también
correlativa de la aparición de la "Nueva Sociedad de Consumo" [5],
caracterizada por la tribalización del cuerpo social. Consecuencia: los únicos lazos
sociales "calientes" serán los vínculos privados o intraétnicos
(intratribales); tan ajenos a las relaciones y a las "comunicaciones" que operan
a un nivel "nacional" o macrosocial, serán cada vez más fríos, anónimos,
técnicos y mercantilizados. La sociedad multirracial contribuye pues a acentuar
estas características patológicas de los pueblos de hoy: incremento de la masificación
y del individualismo anónimo, desaparición de los vínculos cívicos y del altruismo
comunitario.
A los que dicen : "Muy bien, vamos a perder nuestra identidad cultural y
antropológica:" ¿¿por qué negarnos a ello? Una nueva civilización,
universal, mestiza está naciendo. ¿¿Por qué no debemos aceptarlo? ",
no hay sino que responderles a nivel racional o a nivel moral."
Queda también por oponer un deseo contrario, el mismo deseo, la misma voluntad, que
manifiestan por ejemplo, los Africanos o Árabes de no dejarse invadir por Europeos, de
seguir siendo fieles a su identidad. En efecto, así como es normal y legítimo que el
Árabe, el Negro africano, el Japonés quieran seguir siendo ellos mismos, que se
reconozca que un Africano es necesariamente un hombre negro o un Asiático un hombre
amarillo, es legítimo, natural y necesario que se reconozca el derecho a un Europeo a
rechazar el multirracialismo y a afirmarse como hombre blanco. Tratar de racismo
tal posición es una fanfarronada inadmisible. Los verdaderos racistas son, al contrario,
los que organizan en Europa la constitución de una sociedad multirracial.
Que sean lógicos: así como era necesario combatir el colonialismo y la opresión que los
Blancos invasores hacían sufrir a los pueblos de color, así mismo es necesario rechazar
la implantación en la Europa de estos mismos pueblos de color. Y ello, precisamente en
nombre del antirracismo. Porque la historia demuestra que las sociedades constituidas
sobre mezclas o yuxtaposiciones brutales de poblaciones de orígenes muy distantes
terminan por dar lugar, como el caso de los Estados Unidos o de Brasil lo demuestran, a
sociedades obsesionadas por el veneno de la cuestión racial, sustituto de la cuestión
social, a sociedades infectadas por el racismo de masas, el racismo diario constituye el
irrefrenable telón de fondo.
Las sociedades americanas del Norte y el Sur nos muestran que la asimilación de etnias
distintas en un conjunto comunitario y cultural falla y que sólo subsiste la
yuxtaposición jerarquizada de los grupos humanos - con todas las tensiones que se
derivan. ¿¿Se cree seriamente que nuestro modelo sociocultural actual, que ya no posee
para los autóctonos ningún poder consensual, podrá federar a poblaciones de orígenes
muy diferentes ?
Es pues en nombre del antirracismo que es necesario condenar a la sociedad multiracial y a
sus apologistas. Es en nombre del antirracismo que es necesario denunciar al que niega la
existencia de las razas e identidades, y cuyos enemigos son tanto el europeo como el
Africano orgullosos de sus orígenes. Los partidarios del cosmopolitismo multirracial
realmente se proponen constituir una organización social del mundo de carácter
profundamente racista: quieren construir una civilización planetaria, de cultura
americana occidental, donde los Blancos dominan a los mestizos y a la gente de color
(puesto que estos últimos tendrán más difícil su integración en el modelo cultural
occidental, que es "blanco" a pesar de todo), dónde cada país sea un melting
pot heterogéneo en el cual dominará una casta occidentalizada. Es la extensión
planetaria del modelo racista de la sociedad americana. Dividir para reinar. Los
totalitarismos quieren sociedades fragmentadas...
A este modelo, por antirracismo, por respeto de las razas y los pueblos, preferimos el de
un mundo heterogéneo de pueblos homogéneos (y no al revés), la sola garantía del
respeto al otro. Se respetará en Europa al hombre africano o el hombre árabe que no se
integren y desaparezcan como hombres diferentes o ni se refugien en ghettos, que puedan
apreciarse como extranjeros que dispondrán de una patria y no como unos parias
malasimilados.
Consecuencia del multirracialismo (pero no solamente de él) el racismo, este mal de las
sociedades igualitarias implícitamente contenido en el asimilacionismo de los derechos
humanos, incrementa en una forma que escandaliza a la opinión publica. Es en este nivel
más vil que los racistas declarados (en privado, ya que su expresión publica se
sanciona, como la homosexualidad antes) y los antirracistas profesionales plantean hoy el
problema de la identidad de los pueblos. La cuestión racial toma pues hoy el mismo
carácter que la cuestión social, y en algunos aspectos que la cuestión sexual hace
algunas décadas. Y, por una fatalidad trágica, cuanto más el racismo es hecho tabú, y
más se legisla contra él, más se instaura como discurso implícito de referencia en el
trasfondo de todos los debates y de todos los comportamientos diarios... El racismo, fase
final, fase cancerosa de las identidades en perdición, pasea en adelante su espectro
entre nosotros.
La cuestión racial se convirtió en el demonio interior del mundo occidental no solo por
culpa del simple hecho del planetarizacion de la historia, de la abolición de las
distancias o de la creación de doctrinas políticas como el racismo de los siglos XIX y
XX en los países anglosajones, en Alemania y Francia (patria del nacimiento del racismo
teórico, como lo muestra bien Zeev Sternhell) [6]; sino que la responsabilidad de
la obsesión racial la tiene la socialdemocracia, que hoy se declara antirracista pero que
fue históricamente responsable, desde hace un centenar de años, del colonialismo, luego
del neocolonialismo ocultado bajo la mampara de la "descolonización", y
finalmente de la organización de la inmigración y de la sociedad multirracial en Europa.
Pero también otro factor, más específico, impulso la instalación de la obsesión
racial.
Los medios denominados antirracistas, humanistas militantes, que por su obsesión
y persecución patológica del "fascismo", y "nazismo", han
contribuido a su resurgir en sociedades donde estas doctrinas en realidad habían
desaparecido después de la guerra. Encontramos allí uno de los más asombrosos
efectos de hétérotelia social que podramos constatar.
Hitler permanece vivo, como mito, presencia latente y segunda conciencia subterránea,
gracias al celo de sus pretendidos denunciadores, que no dejan de anunciar
fantasmagóricamente su regreso, mientras que en realidad, durante los años sesenta,
había desaparecido realmente.
No hay pues un día en que no se nos presente una dudosa publicación de
"antología" sobre las fechorías del nazismo, una película televisada triste
sobre la deportación, el "holocausto", la resistencia antifascista, etc.
La fascinación por el fenómeno fascismo-racismo-nazismo se expresa en los medios de
comunicación, bajo el pretexto pedagógico de inmunizar a las poblaciones, pero en
realidad se hace para incrementar el beneficio económico de unos pocos, como lo
demuestran los escandalosos y dudosos affaires del "Diario de Ana
Frank" (un fraude con bolígrafo) o de la película "Holocausto", película
que apela a la morbosidad bajo un discurso "antinazi" de fachada.
Un psicoanálisis de estos síndromes obsesiónales, que ocurren en mayor virulencia
cuarenta años después, mostraría, que los promotores del discurso de
"denuncia" pedagógico de la tríada fascismo-racismo-nazismo, sufren una
angustia de atracción-repulsión, un deseo irreprensible de "hablar", una
necesidad de expresar y encubrir a la vez una obsesión racial y un racismo profundos bajo
su proyección (en otros) y su denuncia permanente. Intelectuales como Jean-Pierre Faye,
Bernard- Henri Lévy, Albert Jacquard (este último usual de los lapsos racistas), por no
hablar de Simone Veil, que pasa su vida persiguiendo hitlerianos imaginarios o
visualizando el retorno de Mussolini en el mas minúsculo fenómeno social xenófobo, son
responsables de la propagación de ese "mito ario", de la
"racialización " ideológica de nuestra sociedad [7] y del mantenimiento
de la sombra de Hitler en el imaginario de los Europeos de hoy.
Tal síndrome puede compararse a lo que pasaba con el sexo en los ambientes cristianos no
hace mucho tiempo. Los curas "antimasturbadores" de nuestros órganos
colegiados, las damas protectoras denunciadoras de orgías imaginarias o los padres de
familia cazadores de pederastas, manifestaban, también, una profunda atracción por los
hechos - imaginarios - que denunciaban, y sobre todo, suscitaban en otros la fascinación
y la tentación. El obseso del sexo o la raza, del antisemitismo o la pederastia,
al crear su psicodrama de sospechas y tabúes, propaga su obsesión y sus tentaciones y
hace posible la aparición del fenómeno que denuncia [8].
En efecto, uno de los principales resultados sociológicos a los cuales llegaron los B.H.
Lévy y Roy Ladurie (compañeros de raza, por otra parte, de Hanna Arendt), en su denuncia
del resurgir del "espíritu de Auschwitz", es la creación de una atmósfera de
"sacralización" del fenómeno, en particular, en las generaciones mas jóvenes.
Mientras que el "desconocimiento de Hitler" les habría podido inmunizar
contra un renacimiento de las doctrinas racistas o fascistas haciéndolas hundirse en el
olvido y la trivialidad de lo retro, la advertencia permanente contra su renacimiento ha
reconstruido objetivamente a las sectas neonazis. De la misma forma, la estúpida letanía
sobre que "la raza no existe" ha desarrollado naturalmente una contrarreacción
racista. La advertencia contra el "racista grande-ario y rubio" [9] hizo nacer
una fascinación patológica por ese mito que se pretendía evitar (véase como ejemplo,
la utilización provocadora de símbolos nazis por jóvenes marginados, en ruptura con un
mundo de adultos que para ellos esta vacio de sentido, encerrado en su egoísmo y su
hipocresía). Los escritos de un Bernard- Henri Lévy muestran una extraña fascinación
por el tema racial ario y una protesta implícita contra la "barbarie" inherente
a todo lo que estaría incluido en la cultura europea "pura".
En el espíritu de un público cada vez mas alejado de lo que se pudo llamar la cultura
política clásica, el exceso de discurso y sermones sobre el racismo, el fascismo, el
nazismo, la provocación permanente respecto al supuesto renacimiento de un antisemitismo
de masas, la sempiterna y estúpida asociación (como en la película
[2] Véase. Guillaume Faye, Nouveau discours à la nation européenne, Albatros, Paris 1985.
[3] Véase. Le
Monde, 9 de marzo de 1985: discurso de L. Fabius en Toulouse.
[4] Un interesante informe confidencial fue publicado por la administración francesa de
los Servicios de Correos sobre la aparición preocupante de "redes" y de
"sectores" basadas en la etnia dentro de las jerarquías oficiales, y que dan
lugar a discriminaciones raciales endémicas en ambos sentidos.
[5] Guillaume Faye, La Nouvelle Société de Consommation, Le Labyrinthe,
Paris 1983.
[6] Zeev
Sternhell, La Droite révolutionnaire en France, Seuil, Paris 1978.
[7] Véase. sobre este punto Alain Griotteray, Les immigrés, le choc, Plon,
Paris 1984.
[8] Es
necesario mencionar a este respecto la increíble campaña de propaganda organizada en
Francia en 1985, con el apoyo del poder, por la asociación Sos-Racismo y una parte de la
prensa, en favor de la sociedad multiracial. El objeto sutil de esta campaña fue al mismo
tiempo devaluar la identidad francesa ("Francia está como un ciclomotor, se
mezcla"), de crear tensiones étnicas, en particular, antiárabes y presentar la
sociedad multiracial como un hecho establecido. Hicieron que la Juventud se sumara
moralmente, en particular, a llevar una insignia antirracista vendida a centenares de
millares de ejemplares, dado que se culpabilizó los que la rechazaban explícitamente. El
resultado más notable de esta campaña habrá sido dividir a la población sobre la
cuestión racial, lo que ocurria por primera vez desde 1945, y de hacer crecer en
proporciones considerables a los partidarios de una expulsión brutal de la gente de
color... Hasta se puede decir que, sociológicamente, a partir de 1985, Francia es el
primer país europeo donde la cuestión racial fue abierta y planteada explícitamente,
dónde el problema de la identidad fue formulado en términos étnicos y biológicos y
donde el racismo se han convertido en un sentimiento corriente, tanto por parte de la
gente de color como en otros.
[9] Tema recurrente en las series televisadas y las innumerables películas
"pedagógicas" que florecen desde mediados de los años setenta, y no solamente
en torno al sempiterno tema de "la brutalidad de las SS", por lo que no hay
ninguna semana sin que los periodistas de los grandes medios de comunicación escritos y
audiovisuales mencionen con delicia el espectro.
[10] Durante una emisión televisada de la 2° cadena francesa consagrada al racismo - una
vez más Albert Jacquard, que se pretende por impostura genétista pero que es el bufón
de los medios científicos, desde más de diez años, se dedica a explicar a los Franceses
que las razas no existen, pero no deja, para demostrar esta contraevidencia, de hacer
apología de la sociedad multirracial. O bien existen, o bien no existen...
Véase. también B.H. Lévy, Le Diable en tête, Grasset,
Paris 1985.
[11] Véase. Pierre Vial, Quand lArabe était le diable,
en Éléments número 53, primavera de
1985.
[12] Guillaume Faye desde entonces cambió completamente de parecer sobre esta cuestión y
considera ahora al Islam y la inmigración-invasión como la amenaza principal para
Europa, puesto que calificó a los Estados Unidos de simples "adversarios". Ver
Guillaume Faye, La colonisation de lEurope, éditions
de lAencre, 2000. (nota del
compilador)
[Este texto constituye un
capítulo del libro de Guillaume Faye, Les nouveaux enjeux idéologiques, Le
Labyrinthe 1986]