La identidad europea
Enrique Ravello
La identidad europea no nace en Grecia. La
identidad europea no debe entenderse como el resultado final de varios y
heterogéneos elementos que le van dando forma a lo largo del proceso histórico.
La identidad europea no es la suma del pasado greco-latino por un lado,
cético-germánico por otro, y el cristiano que en la Europa medieval podríamos
llamar euro-catolicismo... La identidad europea es anterior y preexistente a
todas estas realidades, siendo a su vez la que da forma al mundo greco-latino,
al pasado cético-germánico-eslavo, -meras adaptaciones históricas en una espacio
geográfico concreto y sobre unas condiciones determinadas del espíritu de
Europa-, y la que convierte el judeo-cristianismo en una elevada forma religiosa
cual fue la Cristiandad medieval, mezcla de elementos cristianos y paganos que
durante muchos siglos ha sido la referencia espiritual de los europeos, y que
ahora puede dejar de serlo toda vez que las instituciones de las diferentes
confesiones cristianas están claramente decididas a eliminar los elementos
propiamente europeos, y a convertir al cristianismo en una religión igualitaria
y universalista fiel solamente a la mentalidad de los pueblos del desierto en
los que tuvo su primer origen.
La identidad europea no se “forma”. La
identidad europea “nace” en los albores de la prehistoria, casi al mismo tiempo
en el que el hombre, tal y como hoy lo conocemos, aparece en la superficie de
nuestro planeta. Los europeos somos ya reconocibles como algo diferenciado desde
hace varios milenios. La culturas nordeuropeas de Ertebølle y Ellerberck señalan
el nacimiento de la que los historiadores llaman mundo indoeuropeo, mundo
indoeuropeo que se reconoce por un lenguaje común, un tipo humano común, la
existencia de un lugar primigenio concreto, y sobre todo y desde un primer
momento, un determinado sistema de valores y una precisa visión del mundo:
lengua, pueblo y Cosmovisión que se expanden por toda Europa conformando y dando
origen a todo lo que hoy englobamos en el concepto de Europa. “Además de la
importancia de la emigración indoeuropea se refuerza por el hecho de constituir
la nueva raza un pueblo con grandes dotes físicas y espirituales, bien
contrastada en los imperios y culturas que alcanzaron en la Antigüedad y que
lograron su punto álgido en las civilizaciones griega, romana y medopersa” (1) .
La Cosmovisión de nuestros antepasados
indoeuropeos comprendía todos los aspectos de la realidad: desde lo social a lo
metafísico, de la política a la filosófica, determinando toda la actuación del
“hombre europeo” a lo largo de la aventura de la Historia. También nuestro
actual sistema de pensamiento, en gran parte regido por lo que C. G. Jung
definió como arquetipos colectivos.
Para los indoeuropeos, pasados y
presentes, la célula básica de la sociedad es la familia patrilineal, tanto en
sentido descendente como ascendente; estando antiguamente por encima de ella un
gentilidad más amplia que indicaba un antepasado común (las gens latinas o los
clanes célticos). Su sistema de gobierno es el de una asamblea de guerreros con
poder de decisión, muy lejos de sistemas tiránicos y despóticos de raíz
oriental, ejemplos claros los tenemos en el senado romano o en las cortes
medievales. En el terreno religioso se está en las antípodas de cualquier
concepción universalista e igualitaria, y se consideran las diferencias entre
los hombres algo más que un accidente coyuntural, un reflejo del orden del
Cosmos, dividiendo la sociedad en tres categorías a la que cada individuo
pertenece según su naturaleza interna; repitiéndose este esquema religioso y
social en toda la época pagana y también en la Edad Media católica, que mantiene
todavía la misma división social entre: oratores, pugnatores y laboratores.
La mujer, aun dentro de una sociedad
patriarcal, era tenida en muy alta consideración. En oposición al concepto de la
condición femenina que tenían y tienen las civilizaciones del desierto, en las
que es asimilada a la concepción de objeto sexual y pecado, obligada a
prostituirse por lo menos una vez en su vida, o se le cubre su rostro con un
velo, desde la Antigüedad indoeuropea es considerada y honrada, y si al padre le
corresponden las funciones cívicas y militares; a la mujer le corresponde la
administración del hogar. Consecuencia de esto es la diferente realidad que aún
hoy viven las mujeres europeas y las del resto del mundo.
En el terreno personal el reconocimiento
del valor y el espíritu heroico estaban por encima de cualquier otra
consideración, así como la fidelidad a los que estaban por encima de ellos y a
los que libremente se la habían prometido, en el mundo latino y medieval da
lugar al concepto de FIDES. En general un gusto por lo sobrio, lo directo y el
cumplimiento del deber como forma de autorrealización caracterizó a todo el
mundo indoeuropeo. “Nada en exceso”, “Conócete a ti mismo”, “Conviértete en lo
que eres”, eran las frases que aparecían en la entrada de algunos templos
griegos, y que, en su completo significado, encierran un elevadísima concepción
del mundo. Nuestra concepción del mundo.
Este origen común y su consecuente
identidad y cosmovisión compartida no deben convertirse simplemente en objeto de
búsquedas intelectuales sobre el pasado, ni en materia de una erudición y de un
conocimiento a mitad camino entre lo académico y lo romántico. Por el contrario
habrá de ser el pilar básico y el mito movilizador para construir la gran Europa
del futuro inmediato. El siglo XXI es el del combate identitario, superada la
fase del Estado-nación y de los bloques nacidos de la segunda post-guerra,
contemplamos cómo el planeta se organiza entorno a grandes espacios determinados
por una identidad común. El destino pone a los europeos ante una disyuntiva: o
sabemos interpretar nuestro momento histórico y somos capaces de crear una
Europa que por un lado desarrolle las capacidades prometeicas de nuestra
civilización, y por otro sea capaz de leer en su más larga memoria para
edificarse sobre su herencia milenaria; o la próxima será la última generación
de europeos antes de ser fagocitados por los dos enemigos que amenazan la
libertad de nuestro continente-nación: el mundialismo uniformizador e
igualitarista con capital en Nueva York y el islamismo que, al igual que hace
con sus mujeres, tapará nuestro pasado con un velo de intolerancia y oscuridad
profundamente ajeno al alma europea. En nosotros está la decisión.
Nota:
1. Historia de España, vol. II. Colonizadores y
formación de los pueblos prerromanos 1200-218 a. C. Ed. Gredos. Madrid 1989