Europa Libre
Charles Champetier
Europa es hoy la primera potencia comercial y la segunda potencia económica del
mundo. En solitario, la Unión Europea representa un cuarto del Producto Interior
Bruto mundial. Su moneda única es ya la segunda moneda de reserva internacional
detrás del dólar. Con un grueso de 372 millones de ciudadanos, después de la
ampliación de la Europa central y oriental se convertirá en la primera potencia
demográfica del mundo occidental. Su sistema educativo y la cualidad de su
población le permite producir elites en todos los campos de la investigación
fundamental. Su patrimonio arqueológico, histórico, literario, musical
tecnológico y científico figura entre aquellos más ricos del planeta. Madre de
la filosofía, sus conceptos, sus ideas y sus representaciones irrigan una
tradición del pensamiento ininterrumpida desde casi tres mil años: En
conclusión: Europa posee hoy todas las cartas necesarias para destronar los
Estados Unidos de América de su hegemonía e imponerse sin complejos como la
primera potencia mundial. Pero no quiere –no todavía– asumir la responsabilidad
histórica de similar tarea. Ofrece su propia riqueza al saqueo de un sistema
liberal mundial de explotación. Deja expatriar las propias elites hacia los
Estados Unidos, que si fuesen privados de los recursos ofrecidos por la fuga de
cerebros, serian relegados al rango de media potencia en términos de creatividad
científica y tecnológica. Abandona la propia defensa en una Alianza gobernada de
Washington, sometiendo la propia diplomacia común, todavía en estado embrional,
al diktat de un país que no ha dudado a la hora de bombardear recientemente uno
de sus pueblos. Esta llevando, en el espacio de algunas generaciones, una
identidad multimilenaria a la dejadez de la sociedad de consumo y a la
degradación de la sociedad del espectáculo.
Se está construyendo, en fin, de manera confusa, a través de una Unión Europea que no osa afirmarse por aquello que es –el baluarte de un Estado federal con vocación continental– y demasiado a menudo se muestra a la opinión pública simplemente como un Parlamento de políticos-fantasma, una Comisión de tecnócratas omnipotentes y una Corte de magistrados puntillosos. No se puede valorar la situación actual de Europa si no se la coloca en el más amplio contexto del nuevo orden mundial que está en vías de emerger desde la caída del muro de Berlín.
El orden de las naciones, nacido en 1648 con los tratados de Westfalia, había durado ciento cincuenta años; el del Congreso de Viena cien; el de Yalta apenas cuarenta. Estas transformaciones cada vez más rápidas señalan la aparición de un nuevo “Nomos de la Tierra”, como diría Carl Schmitt, o sea del sistema ordenador global a través del cual el mundo alcanza el equilibrio.
El primer “Nomos de la Tierra” fue el de las civilizaciones más o menos autárquicas de la Antigüedad y del Medievo: en su interior Europa conoció sus primeras tentativas de unificación a través del Imperio romano, el papado y el Imperio romano-germánico. El segundo Nomos fué el de la división: las naciones europeas, a partir del Renacimiento, se poner a competir por la colonización del mundo y el dominio de Europa: esta época se concluyó con la gran guerra civil de treinta años (1914-1945), en el curso de la cual nuestro continente perdió sus mejores hijos. El tercer Nomos se ha articulado entorno al orden bipolar Este-Oeste, enfrentamiento ideológico entre el liberalismo y el comunismo, enfrentamiento geopolítico entre la Tierra (potencia continental soviética) y el Mar (potencia marítima americana). Desde la caída del Muro de Berlín hemos entrado en el cuarto “Nomos de la Tierra”, que está marcado por la recomposición del mundo en grandes áreas de civilización. Los “terceros excluidos” del orden de Yalta –India, China, Japón, mundo árabe-musulmán, África, etc.– se han modernizado a pesar de rechazar, de modo progresivo o bien brutal, las costumbres y los valores del antiguo patrón occidental.
No obstante, esta multipolaridad del mundo por ahora es sólo virtual, porque una sola civilización, los Estados Unidos de América, ocupa actualmente una posición hegemónica en los seis ámbitos del poder: tecnológico, económico, financiero, militar, mediático y cultural. El objetivo de los americanos es simple: retardar, por cuanto sea posible, la transformación del universum occidental en pluriversum planetario. A pesar de las apariencias, su principal adversario no es ni China ni el mundo musulmán, sino Europa: basta que esta última se libere de su tutela afirmando la propia soberanía y los Estados Unidos perderán el control casi exclusivo del mundo, viéndose obligados a alcanzar acuerdos con las potencias emergentes. Europa tiene por ello en sus manos el destino del mundo: los europeos no son conscientes de ello, los americanos si. La expedición punitiva contra Yugoslavia, haciendo de marco de la ampliación de la OTAN, intentaba sobretodo a reafirmar sus condiciones de predominio sobre el Viejo Continente, reconstruyendo mientras tanto, el viejo Telón cortina de hierro entre Europa occidental y Europa oriental.
La globalización en dirección occidental muestra en sí otra mutación: a través del juego de la confusión y la circulación de la información, encoge las dimensiones del planeta y conduce a las diversas civilizaciones instantáneamente presentes en una misma e única . Homogeneizante en la superficie, se revela a sí misma diferenciadora en profundidad: contrariamente a como sucedía en todas las épocas precedentes, nuestra identidad se alimenta de la conciencia inmediata de la alternidad.
Aparece, para los europeos, un sentimiento de común adhesión del cual Hermann Keyserling había sabido reconocer la génesis ya antes de la guerra, escribiendo: “Europa no se constituye por efecto del movimiento pan-europeo o de cualquier otro movimiento similar, es posible sólo porque representa una tendencia primaria que vive con vida propia. Europa se constituye porque aquello que hay en común en todos los europeos asume una importancia siempre mayor respecto a aquello que les separa, en frente a una humanidad no europea peligrosamente más próxima y mucho más superior en fuerza material”. Un francés se sentirá como tal en Berlín, pero un francés y un alemán se sentirán europeos en Argelia, Estambul, Pekín o Nueva York. Independientemente de cualquier juicio que se pueda expresar al respecto, la construcción europea se nutre antes que nada de la “tendencia primaria” constituida del gran rassemblement de los pueblos europeos al interno de un planeta globalizado. Todos nuestros pueblos están puestos se enfrentan a los mismos factores de descomposición o de conflicto, y frente al peligro la unión ha sido siempre más ventajosa de la desunión. Todos nuestros pueblos llevan impresos en la memoria el terrible balance de las guerras fraticidas del siglo XX y ninguno de ellos desea recaer en aquella locura colectiva: 150 guerras y 80 millones de muertos en dos siglos. Todos nuestros pueblos son considerados “europeos” sea de los asociados que de los adversarios, y aunque quisiésemos negarlo, la historia nos volvería a mandar llegado el momento a esta común forma de adhesión.
La caída del Muro de Berlín y el surgimiento del cuarto Nomos de la Tierra asumen además para Europa un significado particular. Por primera vez desde hace diez siglos hasta nuestros días, nuestra civilización puede pensar en términos de continente. Las divisiones religiosas (católicos, ortodoxos, protestantes) han perdido una parte de su fuerza. Las divisiones nacionales se mantienen en el orden lingüístico y cultural más o menos pero desaparecen en el orden económico, militar y político. Las divisiones ideológicas han sido disueltas junto al comunismo. Momento histórico decisivo: desde el Cabo Norte hasta el estrecho de Gibraltar y desde el Atlántico al Pacífico, los europeos redescubren poco a poco aquello que tienen en común, fundado sobre un mismo sustrato antropológico, sobre una durante un pargo tiempo convivida, sobre intercambios y préstamos culturales incesantes, sobre un modo de ser ciertamente diferenciado pero sobre todo diverso de aquél de las otras civilizaciones que lo rodean. La carrera secular hacia Occidente ha terminado y a estas alturas esta estancada en el kisch californiano: los europeos están volviendo a aprender a mirar hacia el Este, hacia el Oriente siberiano donde surge el sol. La vocación de Europa es ahora la de ser plenamente europea, o sea de reunir los pueblos que han sido alejados desde hace siglos. Esto incluye obviamente a Rusia (en su forma institucional transitoria de una coalición) y excluye evidentemente pueblos que sea la historia sea la geografía separan de Europa, como Turquía o el Magreb. Europa se ha convertido en una divergencia ideológica.
Por cuanto puedan aparecer extrañas a nuestro tema, estas consideraciones generales forman el bagaje interior de la construcción europea que nos es familiar y que, desde hace algunos años, alimenta los debates:¿ pro o contra los tratados de Maastricht, de Amsterdam, la moneda única, la mayoría cualificada, la supremacía del derecho comunitario? A través de estas preguntas y las respectivas respuestas nos encontramos hoy, delante a tres tipos de posturas con respecto a Europa, que corresponden a: - quien como nosotros, se da cuenta de los defectos de Europa pero se propone corregirlos dentro de la misma dinámica de la construcción europea; - quien está satisfecho de una Europa tecno-mercantil integrada en Occidente y ve nuestro futuro como el de un gran mercado pacífico abierto a los cuatro vientos, puesto bajo la protección del paraguas americano y en comunión espiritual con el humanitarismo planetario (de este tipo de personas no diremos nada, porque no tienen nada que decir); - quien desea volver hacia atrás, o sea bloquear el resurgimiento del Estado federal europeo y reafirmar la soberanía nacional.
Este último sector, minoritario pero en fase ascendente, viene en general definido “soberanista” o “nacional-republicano”. En Francia es encarnado por un largo espectro de personalidades que van desde Chevènement [ministro socialista del interior del ndr] a Megret [jefe del Movimiento Nacional Republicano, escisión del Frente nacional] y de Pasqua [gaullista disidente del RPR] a Le Pen en campo político, de Debray a Coûteaux y de Gallo [socialista] a Pujo [maurrasiano] en el campo intelectual. Este polo ideológico transversal, en desacuerdo sobre este o aquel detalle, se encuentra sin embargo de acuerdo sobre el punto esencial: los defectos intrínsecos de la Unión Europea serán corregidos sólo con un puro y simple retorno a la soberanidad nacional. Esta elección drástica, a la cual a menudo acompaña una mostrada hostilidad hacia la globalización liberal y hacia la hegemonía americana, seduce a un franja no insignificante de la opinión pública. Y es necesario reconocer que los soberanistas encuentran a veces sus mejores aliados en el seno de una tecnocracia europea cuyas características –obsesión por los reglamentos, la insignificancia política y el enjuiciamiento moralizador– ofrecen fáciles objetivos. Sin embargo, si se examinan de cerca sus críticas, rápidamente nos damos cuenta de sus equivocaciones y de sus contradicciones. Los soberanistas recriminan a la Unión Europea por ejemplo la ausencia de voluntad política, que se traduce en la inexistencia de una defensa y una diplomacia común, así mismo en una incerteza de los objetivos fundamentales de la Unión. Esperando que las instituciones europeas retornen al voto a la unanimidad en vez que a la mayoría cualificada, los soberanistas se mueven no obstante en dirección de una completa impotencia de la Europa política, ya que a su advertencia cada una de las decisiones deberá ser sometida a la aprobación del entero conjunto de sus miembros. Con otras palabras, sus propuestas agravan el mal que condenan.
Como quiera que se la bautice –“Europa de las patrias”, “Europa de las naciones” o “Europa de los Estados”-, la confederación queda siempre una construcción coja, amenazada de parálisis o de implosiones cada vez que se manifiesta una divergencia de orden económico, militar o diplomático. O los intereses de las naciones europeas convergen, y en consecuencia éstas deben dotarse de una unidad política superior que encarne tal convergencia, o bien tales intereses divergen y no se ve con qué mano invisible el humo en los ojos confederal transformará los egoísmos nacionales en el bien común europeo. Los “soberanistas” obran en consecuencia a una verdadera desviación del significado: no son tan amigos de la soberanía, que podrían muy bien defender o promover en escala europea, sino más bien nostálgicos del Estado nacional –o sea nacionalistas, por usar un lenguaje clásico de la politología-.
Por otra parte, si la existencia de un Estado fuese puesta en correlación con el deseo de soberanía y de independencia expresado por sus dirigentes responsables, no sería necesario disolver únicamente la Unión Europea: ¡La Francia de Jacques Chirac debería conocer inmediatamente la misma suerte! ¿Un monstruo tecnocrático? Ciertamente... ¡pero no tanto cuanto lo es el Estado francés! Segunda crítica de los soberanistas: la Unión Europea es un monstruo tecnocrático y burocrático, lejos de los pueblos, que sufre de un crónico déficit de democracia, vampirizado por una Comisión que ejercita poderes exorbitantes lejos de cualquier control político eficaz. Estas quejas son en parte fundadas, y no incumbe ciertamente a la Comisión europea decidir el tamaño de los cigarrillos, la fecha de apertura de la caza a la paloma o contenido de leche no refinada de los quesos. Aunque en este caso, sin embargo, la instauración efectiva (y no formal) del principio de subsidariedad, el único en grado de corregir esta desviación hacia la tecnocracia, presupone que Europa se dote de una Constitución o de una Carta accesible a todos sus pueblos, que fije de forma clara la repartición de los poderes y de las competencias a nivel regional, nacional y federal. Sólo una auténtica federación de Europa la hará escapar del reino de los burócratas cooptados.
En cuanto pues a los enamorados de la República francesa una e indivisible, harían bien en dar un vistazo a lo que sucede en su propia casa. ¿Hay demasiados funcionarios europeos? Son 17.000 en la Comisión de Bruselas (para 378 millones de europeos), pero 35.000 sólo para la ciudad de París. ¿Están demasiado lejos de los pueblos? El Consejo constitucional francés a decretado la inexistencia del pueblo corso sin que, a nuestro conocimiento hasta ahora, la Comisión europea haya hecho lo mismo con el pueblo francés. Y el Comité de las regiones de la Unión Europea toma con un poco más de consideración la realidad de los patrias carnales y de las lenguas minoritarias de cuanto lo hagan los incendiarios de refugios, los represores de idiomas y los bastilladores de autonomistas.
¿ El déficit democrático? La crítica (indudablemente fundada) hace sonreír cuando provienen de un país cuyo gobierno representa a duras penas el 20% de los inscritos en las listas electorales y en el cual cinco millones de electores se han encontrado de nuevo recientemente privados de representantes en la Asamblea nacional. En conclusión: los defectos que los soberanistas imputan a Europa se pueden encontrar fácilmente en Francia. Por una simple razón: Europa y Francia están afectadas por la misma enfermedad, o sea de una concepción demasiado centralizadora y autoritaria del ejercicio del poder.
Tercera crítica habitualmente escuchada: la construcción de Europa debilita a Francia y asegura la preponderancia de Alemania. Puesto que ninguna federación puede existir sin federador, la Unión Europea desembocaría inexorablemente en la supremacía germánica. La reciente alianza entre las bolsas de Londres y Fráncfort, la extensión de la influencia económica y cultural de Alemania en la Europa central y oriental, la reticencia de los alemanes a oponerse a los Estados Unidos en el campo estratégico (a cambio de una presunta benevolencia con respecto a su “expansionismo centro-europeo” y el lanzamiento del euro sobre la base de criterios de convergencia inspirados en la política del deutschmark, fuerte parecen acreditar este punto de vista). Sin embargo, en nuestra opinión, este modo de ver las cosas es el producto de un completo error de perspectiva; hasta el punto que desde la otra orilla del Rin los soberanistas alemanes hacen repicar las mismas quejas de sus colegas franceses, considerando al mismo tiempo que la Unión Europea esta deshaciendo una nación alemana que es, desde sus origenes la principal contribuyente en el plano financiero. Dado que los soberanistas son ávidos de historia y de geografía, no se puede hacer otra cosa que aconsejarles de abrir cualquier manual, gracias al cual podrán constatar que Alemania no es Cerdeña y que tanto su historia milenaria cuanto su colocación geográfica central la destinan a ocupar una función de primer plano en la edificación europea. En vez de desesperarse por el echo que los alemanes readquieran la influencia de la que han naturalmente gozado en el transcurso de los siglos, los franceses harían bien en desarrollar, junto a los españoles, italianos y griegos la gran política mediterránea que Europa está esperando. En vez de echar una mirada sospechosa sobre la penetración alemana en Polonia, Croacia o en Alsacia, los franceses ganarían si defendiesen con más vigor y constancia la francofonía en el mundo. En vez de agitar el espectro del Tercer Reich, los franceses deberían complacerse por el consolidamiento democrático del régimen alemán, condición indispensable de la estabilidad y seguridad de Europa. En cuanto al mejor medio para hacer pedazos el eje Fráncfort-Londres-Nueva York, éste consiste seguramente en el desarrollo del eje París-Berlín-Moscu, en vez de fantasear sobre alianzas dando rodeos que tanto fascinaron a las cancillerías de la Tercera República y tantos daños causaron a los pueblos europeos.
Es necesario dejar de interpretar la Europa del siglo XXI con la óptica del siglo XIX, o sea de considerarla del mismo modo que en un juego a suma cero en el que aquello que es vencido por una nación es perdido por otra. Ya no estamos en la condición de deber preguntarnos qué nación deba dominar Europa, sino cómo las naciones europeas puedan escapar, juntas, al dominio americano. Ya no estamos en la condición de enfrentamiento por interpuestas colonias, sino de encontrar juntos soluciones al desbordamiento demográfico de nuestras ex-colonias. Ya no estamos en la condición de producir más trigo, carbón o acero de nuestros vecinos, pero sí de crear juntos polos industriales lo bastante potentes para poder plantar cara a una competencia planetaria.
¡Que la Unión Europea presentes defectos, ninguno lo niega ni tan siquiera los miembros de la Comisión o del Parlamento de Estrasburgo! Pero la verdadera pregunta es: ¿Qué es mejor, una “mala Europa” o ninguna Europa? Nosotros, por varios motivos, preferimos la primera opción. En primer lugar porque la necesidad hace la ley, y Europa responde precisamente a una necesidad para los europeos.
En tres décadas hemos cambiado completamente de época: la población de la humanidad se ha duplicado; el volumen de los intercambios económicos se ha decuplicado; el Tercer Mundo descolonizado se ha lanzado al mismo tiempo la carrera hacia la producción; la explosión de la comunicación ha atravesado las fronteras y se ríe de los territorios; el poder se conquista trámite una influencia inmaterial más fácilmente de cuanto se mantenga trámite una represión material ejercitada sobre una población; las fortalezas son reemplazadas por polos y las pirámides por redes; los desafíos de potencia se miden en escala continental; los equilibrios mundiales reclaman una diplomacia civilizada. Consecuencia de estas evoluciones: La era del Estado nacional soberano e independiente se ha cerrado.
La era del Estado nacional se ha cerrado. Esta forma política correspondía de forma óptima a las necesidades de otra época, que se ha prolongado desde el Renacimiento hasta el siglo XX, de la invención de la imprenta hasta el ferrocarril, de la guerra entre religiones a la guerra entre ideológicas. Está ya superada en una época en la que el poder no es ejercitado desde el vértice hasta la base sobre un territorio circunscrito, sino se ha dilatado en un complejo enredo que se extiende desde la realidad local hasta la mundial. No es cuestión de volver a poner pasivamente un cualquier “sentido de la historia”: cada época cristaliza la voluntad política en el contexto que le son adeptos: Alejandro vino después de Pericles, Napoleón después de Felipe el Hermoso. Al mismo tiempo, si la política es una esencia inmutable ligada a la indeterminación de los fines últimos, las formas políticas se transforman incesantemente: los griegos pensaban en términos de ciudad; en la Edad Media en términos de Imperio, de papado y de feudalismo; los clásicos y los modernos en términos de Estados nacionales, etc.
En este nuevo contexto, renunciar a Europa para retornar al Estado nacional significa privar a los europeos del contexto indispensable de afirmación de su propia soberanía, de su poder y de su independencia. El complejo de Astérix –60 millones de galos en frente a 600 millones de seres humanos– puede ser divertido en los teveos pero consternante en política.¿ Una transformación de este genero significa el fin de Francia? Sería necesario ser altos funcionarios para creerlo. La construcción europea no anula todas las prerrogativas de los Estados nacionales: suprime en compensación la confiscación de soberanía organizada desde hace cuatro siglos hasta ahora de la concepción contractual y absolutista del poder. Y además la identidad no debe ser confundida con la soberanía. La edificación de un Estado federal europeo al nivel de vértice y la instauración de verdaderos gobiernos regionales al nivel de base reducirán seguramente el poder del Estado francés: no por esto harán desaparecer la nación francesa; o sea la cultura francesa, la lengua francesa, las tradiciones francesas, esta herencia histórica que viene de lejos y en un tiempo el Estado contribuyó a hacer emerger, hoy vive, y mañana sobrevivirá, en su ausencia. Ya hace veinte años en las columnas de esta revista (Eléments) escribíamos que Francia habría podido ser el “detonador de Europa”. Esto permanece como una verdad, por que Francia, afluente de la etnias y de las culturas de Europa occidental (germánico-nórdica, céltica y latina), ha sabido expresar en el curso de los siglo un espíritu singular, espíritu combativo refinado en la corte, el espíritu emergente de singularidades y llevado a lo universal que hizo un tiempo del francés la segunda lengua común del continente después del latín. Infundir un poco de aquel espíritu en Europa, y no tenerlo cerrado en su museo hexagonal: ésta es hoy el verdadero reto para los herederos del genio francés.
La segunda razón para preferir una “mala Europa” a la ausencia de Europa está en el hecho de que la Unión Europea no es tan mala. Aunque sí es oportuno evitar un euro-optimismo demasiado crédulo, no se debe permanecer prisioneros, a la inversa, de la doble imagen deformada de Europa que es transmitida por sus partidarios liberales y de sus adversarios nacionalistas. Bajo el tejido gris de conferencias intergobernativas dignas de Courteline se pueden distinguir en realidad metamorfosis densas de significado.
La Unión Europea, en primer lugar, ha cambiado de nombre y, poco a poco, a sobrepasado el estrecho contexto economicistica de la CEE de un tiempo. En segundo lugar ha dado vida al euro, primera moneda común de los europeos desde los tiempos del reinado de Augusto, primer serio competente del dólar en la escena internacional y primera concretización en el plano cotidiano de la nueva conciencia continental. La hegemonía de Wall Street se nutre de la omnipotencia del dólar en los formularios del comercio mundial, en las transacciones sobre el mercado de los cambios y en las emisiones de obligaciones internacionales: el tiempo de esta supremacía sin ningún rival esta llegando a sus últimos goteos. Nos duele, con razón, la independencia del Banco Central Europeo, pero podemos apostar que se trata de una independencia destinada, con el andar del tiempo, a convertirse en algo tan serio cuanto lo es la de la Reserva federal americana, que no parece en verdad actuar contra los intereses superiores de los Estados Unidos. La moneda es primero de todo un atributo de la soberanía y Win Duisenberg, primer director de el BCE, no ha jugado al escondite cuando a declarado, en el día de su nombramiento: “ mi tarea es eminentemente política”.
La Unión Europea tiende por otra parte a favorecer el resurgimiento de polos socio-económicos internos fundados en la proximidad geográfica y en la afinidad etnocultural antes que en las centralizaciones nacionales de un tiempo (y la política de “arcos” regionales teorizada por Bernard Dézert). Y además continua, a partir de su núcleo franco-alemán, a afirmar la propia voluntad de ampliación rápida hacia el Este. Sobretodo, la Unión Europea no escapa al efecto de arrastre típico de la ley de los sistemas: a pesar de toda la mala voluntad de ciertas elites demasiado a menudo conectadas a la ideología del libre mercado. Europa se encuentra ante la obligación de afrontar en el plano comercial a sus adversarios, en primera fila los Estados Unidos. Detrás de la aparente calma atenuada de los negociados internacionales vemos desde hace algunos años multiplicarse los enfrentamientos: el acuerdo multilateral sobre las inversiones, los plátanos, las ayudas a la agricultura, la carne de buey hormonada, los organismos genéticamente modificados, la lucha contra el proteccionismo mimetizado de los americanos (desfiscalización de las ganancias comerciales de sus empresas), el escándalo de la red de espionaje Echelon, etc.
Empeñándose de este modo en la guerra comercial, los funcionarios de Bruselas dan la razón a cuanto Nietzsche escribía en La voluntad de poder: “Los pequeños Estados de Europa [...] llegarán a ser insostenibles económicamente, vistas las exigencias soberanas de las grandes relaciones internacionales y del grande comercio que reclaman la extensión suprema de los intercambios universales, el comercio mundial. Sólo el dinero obligará a Europa, antes o después, a coagularse en una única masa” (Libro IV, aforismo 71). Nosotros hemos llegado en ese estado: Ahora es importante superar la fase económica y monetaria, dándole una corrección social, una dirección política y una determinación histórica, y recoger de esta manera el reto que al inicio de 1999 nos ha dejado el director de la revista estadounidense Foreign Affairs, Fareed Zakaria, escribiendo: “A través del entero curso del siglo XX los europeos han repetido incesantemente a los americanos que el dinero no lo era todo.
Ahora toca al Viejo Continente hacer esta experiencia”. Más alla de la idolatría del Estado nacional y a la denigración sistemática, un tercer peligro nos espera a los europeos en la próxima encrucijada: es la intransigencia, que consiste en remandar a un indefinido futuro el resurgir institucional de Europa, con el pretexto de que ésta no corresponda a la imagen ideal que nos hemos echo de ella. De esta manera, los irreductibles de la Europa de las cien banderas no apreciaran la Europa de Bruselas porque no reconoce la inmediata necesidad de una subdivisión etno-regional del continente; los irreductibles de la Europa federal consideraran que todavía se concierne demasiada importancia a la soberanía nacional; los irreductibles de la Europa confederada la consideraran por el contrario decididamente demasiado federal para su gusto; los irreductibles de la Europa unitaria añoraran que no se oriente en la dirección de un Estado de tipo jacobino que impone con los fórceps el nacimiento de una nación europea. Y así sucesivamente.
Pero la Europa ideal que, reuniéndose en un pequeño comité, se edifica sobre el papel, en el fondo de cualquier sótano o entorno a un a baso de vino, tiene tan pocas probabilidades de ver la luz cuanto las tiene la Jerusalém terrestre. La política es también el arte de lo posible: quien refuta este vínculo se encierra demasiado pronto en la metafísica o en el idealismo. ¿Cualquier dirección es válida para la Europa del siglo XXI? Al contrario, el realismo no equivale al fatalismo: el hecho de que la Europa “perfecta” no existe no es una razón para evitar comprometerse en perfeccionar Europa. ¿En qué direcciones?
Primero de todo, Europa debe conciliar el poder y la identidad, o sea dotarse de todo aquello que le sirve para la lucha económica, comercial, tecnológica y militar, sin por ello crear una indiferenciada sociedad de masa. Contrariamente al mundo anglosajón, nuestro continente ha sabido desarrollar fórmulas económicas que no se inspiran en un liberalismo puro, fundado sobre la desreglamentación sistemática de los intercambios comerciales: modelo colbertista francés (relanzamiento voluntario por parte del Estado), modelo cooperativo alemán (economía social de mercado), modelo reticular lombardo, flamenco y hanseático (tejido de pequeñas empresas familiares competitivas), etc. En el plano interno, tenemos todos intereses para comparar y concertar estos modelos, que han sabido producir un desarrollo duradero, antes que lanzarse en una carrera hacia la rentavilidad en breve término. El “modelo social europeo” hoy en gestación se inspira en este rechazo de la ley de la jungla: profundizar en dirección de un simultaneo crecimiento de la competitividad y de la equidad, de la voluntad y de la libertad, de la eficacia y de la solidaridad, puede hacer de nuestro continente un polo de atracción mucho más atractivo que el Dorado americano o asiático.
En el plano externo, Europa tiene vocación de restablecer la preferencia comunitaria, abandonada por el tratado de Maastricht, mientras todos sus competidores practican en manera abierta o disimulada el proteccionismo. Esta reforma debería ser acompañada de una tasación de los movimientos de capitales especulativos en la frontera europea (“tasa Tobin”), cuyos ingresos podrían alimentar los fondos estructurales de redistribución del balance federal (sobretodo para amortizar los “choques asimetricos” provocados por la unificación monetaria). La Europa unida está en fin llamada a hacer sentir todo su peso para imponer, en ocasión de la conferencia internacional sobre ecología, medidas de retorsión contra los países contaminantes –Estados Unidos a la cabeza– que, por falta de interlocutores a la altura, torpedean desde hace diez años toda decisión que aspira a regular su desenfrenado consumismo.
Europa debe además conciliar autoridad y libertad, o sea fundar una soberanía europea que no enajene la autonomía de sus componentes nacionales y regionales. En este ámbito reside la principal carencia de la Unión Europea: su indeferencia hacia los pueblos, sus elecciones sin embargo forman el único fundamento de legitimidad del poder democrático. La clave reside en la aplicación del principio de subsariedad, formalmente enunciado en el tratado de Maastricht pero regularmente violado por el funcionamiento de las instituciones (sin que Francia se haya turbado, por otra parte, desde el momento que ese principio la obligaría a aplicar una verdadera regionalización, que por el contrario continua a rechazar) El principio de subsiedaridad enuncia que ninguna autoridad puede atravesar su esfera de competencias, siendo la autoridad superior siempre limitada de extensión y del poder de la autoridad inferior. En otros términos, no es competencia de Bruselas determinar la anchura de las aceras de Burdeos, pero tampoco es competencia de Burdeos decidir si se deba intervenir o no en el Kosovo.
La Unión será antes o después llamada a proponer a sus ciudadanos una Constitución clara (en vez de tratados ilegibles) que establezca la prioridad de la legitimidad democrática por encima de la confiscación tecnocrática. La subsiedaritad alimenta en realidad el “federalismo desde abajo” fundado sobre la democracia participativa: Europa debe a estas alturas pensar como un continuum político que va de lo local al continental pasando a través lo regional y lo nacional, sin que alguno de estos niveles pretenda asumir en exclusiva el conjunto de las prerrogativas de soberanía en el conjunto de los diversos ámbitos. En el interior de este edificio institucional, la regla debe ser la “presunción de poder ilimitado”, como lo define John C. Calhoun, de la más pequeña unidad constitutiva: los miembros autónomos de la federación disponen de la plenitud del poder público, excepto en los casos en los cuales la Constitución dispone explícitamente en sentido contrario. Esta concepción orgánica del federalismo, que tiene detrás de si una larga tradición europea (de Marsilio de Padua hasta Altusio, de Occam al Cusano y de Dante a Proudhon), resuelve la falsa cuestión del “federador” de Europa. Afirmar que no existe federación sin federador significa en realidad permanecer prisioneros de la imagen de la unificaciones absolutistas y autoritarias de Europa –papado, Napoleón, Stalin-, que corresponden no a la forma federal e imperial de soberanía sino a su forma nacional-estatal e imperialista. La tierra de la diversidad, Europa, debe por fin conciliar la unidad y la diversidad, o sea adquirir una conciencia común con vocación universal que no sea la negación del arraigamiento en contextos particulares.
La idea de una “nación europea” homogénea contradice la especificidad misma de nuestro continente. De todo el mapamundi, Europa se distingue por encima de todo por la extraordinaria densidad de vivos y muertos. En ninguna otra parte se encuentran reunidas en tan poco espacio tal variedad de lenguas, de costumbres, de folklore, de paisajes, de tipos antropológicos, de estilos arquitectónicos, de formas religiosas. En ninguna otra parte se pueden ver tan sobrepuestos los estratos de diez mil años de historia en permanente metamorfosis. De la unidad primigenia ha derivado la pluralidad del mundo eslavo, germánico, nórdico, céltico, latino, griego; pluralidad que seguidamente se ha encarnado en naciones y provincias. Y contrariamente, este florecimiento de las formas culturales incesantemente transmitidas, comparadas, modificadas y meditadas han definido los perfiles singulares del espíritu europeo. Como escribía Jean-Marie Domenach,”el europeo no es un representante de una identidad cualquiera, sino un amante de la historia. No tiene una identidad, sino una personalidad”. Y sólo la historia impregnará en la mentalidad el sentido de una común adhesión.
¿Europa puede ser considerada una idea “abstracta”? Ni más ni menos de la Francia en tiempos de Clodoveo o de la Alemania en la época de Otón. Para que Europa defina una forma, será necesario el espesor de varias generaciones. Será necesario además la voluntad de sus doctos en la reinterpretación de su historia a la luz de la unidad antes que de la división : Lepanto, los Campos Catalaúnicos, Poitiers, Viena y alguna de las otras batallas que vieron a los europeos unidos en la sangre versada contra un adversario común: la koiné griega, la universidad medieval, el pensamiento francés del siglo XVIII, la filosofía alemana del siglo XIX y XX y algunas otra de las comuniones fundadoras que empujaron a los europeos a reexaminarse, quizá de manera crítica, a partir de una misma base. Será necesario en fin, como subrayaba Jérôme Clément, presidente de Arte [red cultural televisiva francesa] y con este titulo poco sospechoso de “extremismo identitario”, “querer la Europa cultural”, y quererla en un sentido casi ofensivo: “Es cuando se oponen a los demás que los europeos se expresan con mayor claridad. Pués bien: los terminos de la lucha a mantener son, desde este punto de vista, radicales. Quiero ser claro: la amenaza e la disolución, o incluso de la desaparición, de nuestra identidad nacional y de nuestra identidad común europea es seria [...]. No es normal que Los Ángeles parezca más cerca de Berlín o de París a los polacos y a los checos. Y que las películas americanas, sus literatos y sus pintores sean, en París como en cualquier otra parte, más conocidos de las obras de países vecinos, mucho más cerca de las nuestras”. Sería suficiente que las elites europeas del mañana estuviesen convencidas de esta anomalía, y Europa podría finalmente nacer en sí misma sobre las ruinas de Occidente. De todo cuanto los griegos han dado a Europa, además del nombre, la filosofía, la metafísica, la tragedia y alguno de los otros placeres del espíritu, los europeos han aprendido a transmitir su precioso legado conjugando la particularidad con lo universal, la construcción de sí mismo con el distanciamiento al mismo tiempo.
Por lo menos los “buenos europeos”, esta forma altamente exigente de la humanidad, que nos espera siempre de ver nacer en cada generación, y que Nietzsche definía así: “ Los herederos de Europa, herederos ricos y sabios, pero herederos igual e infinitamente deudores de varios milenios de espíritu europeo”. Ya en 1929, Ortega y Gasset lo subrayaba: “Si pasásemos revista a nuestro patrimonio intelectual y espiritual –teorías y normas, aspiraciones e hipótesis-, constataremos que sus raíces no están, en su mayor parte, ancladas en nuestras respectivas patrias, sino en nuestro común legado europeo. En cada uno de nosotros es lo europeo lo que debe prevalecer sobre lo alemán, sobre lo español, sobre lo francés”. Edgar Morin dice, en su canto, que Europa es “compleja” en el primitivo sentido del termino: complexus, aquello que ha sido tejido conjuntamente.
Quién sabe juzgar las distancias con la debida
distancia, cada hilo entretejido de la historia hace resurgir poco a poco la
obra final. En la medida en que se perfila como unidad de destino, Europa se
replantea como comunidad de nacimiento. Lo más antiguo se reconvierte en lo más
actual, las fracturas se consolidad. El devenir de Europa pide el conocimiento
de su origen: El Imperio renace a la aurora.