San Agustín: Iglesia Católica, identidad
e inmigración
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El caso de San Agustín es paradigmático de la ceguera de la iglesia
actual. San Agustín es la fuente de inspiración del Papa Benedicto XVI,
entusiasta de las fronteras abiertas y de las ocupaciones de iglesias
por los sin papeles.
Ahora que miles de africanos se disponen a desembarcar en nuestras
costas, la amenaza de un colapso civilizatorio vuelve a hacerse más real
que nunca. Pero habría que recordarle al obispo de Roma el carácter
frágil de toda civilización, algo que el obispo Talleyrand, que vivió el
salvajismo de la Revolución Francesa, destructora del orden tradicional
cristiano y de cierta idea de civilización inherente a éste, comprendió
y que le llevó a exclamar nostágicamente: “Quien no ha vivido antes de
1789 no sabe lo que es la vida”.
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Hace 1.600 años un obispo mandaba mucho más que un gobernador. Y si este
obispo se llamaba Agustín y era obispo de Hipona, su poder era aún más
contundente. El gobernador romano se quejó amargamente al obispo de Hipona de
la prohibición de las procesiones. A pesar de su gran popularidad , las
procesiones habían sido prohibidas por Agustín debido a su carácter pagano.
El gobernador alegaba que las procesiones constituían una de las señas de
identidad de la Patria y su erradicación ponía en peligro, según él, las
tradiciones de ésta. La respuesta de S. Agustín al gobernador fue contundente:
a los cristianos la Patria les era indiferente, pues no era eterna sino
terrenal, para ellos no había más Patria que la del cielo, que era eterna.
Pero el tiempo le haría rectificar. Con el colapso demográfico del Bajo
Imperio, hordas de miles de inmigrantes entran en el imperio y se dedican a
saquear todo a su paso. La instalación de pueblos culturalmente más primitivos
que los romanos llevó consigo el colapso de la civilización romana.
El mundo de San Agustín era un mundo extrañamente moderno. Los romanos
conocían la máquina de vapor, que usaban como mecanismo para abrir y cerrar
las puertas de sus templos y como motor de coches…de juguete; disponían de
agua caliente en sus casas, así como de sistemas de alcantarillado y habitaban
edificios de cinco pisos; tenían alumbrado público con gas y medicinas hoy en
día olvidadas, que hacían que sus mujeres pariesen sin dolor; una economía
próspera a pesar de (¿o debido a?) la ausencia de un sistema bancario y un
Derecho que hemos debido recuperar para organizar sociedades modernas. Una
idea de estado moderna y el cristianismo como religión oficial estaban
haciendo de ellos hombres civilizados, cada vez más alejados del arcaico
hombre homérico. Eran tan modernos que ya no hacían hijos, y el Imperio se
enfrentaba a un colapso demográfico debido a las bajas tasas de natalidad.
Este era el mundo y la Patria que San Agustín despreciaba con argumentos
teológicos.
Pero la llegada de los inmigrantes a sus tierras le hizo cambiar de idea
sobre la importancia de la “Patria”. Ya no se limitaría a teorizar desde lejos
sobre el saqueo de Roma, como hizo en su obra “La Ciudad de Dios”, en la que
afirmaba que poco importaba el saqueo de Roma, dado que lo importante no era
la ciudad de los hombres, sino la ciudad de Dios.
Agustín tenía una cita con el destino: su Africa natal no sería saqueada,
como lo fue Roma, por los civilizados visigodos (que respetaban iglesias y
vidas humanas) sino por la tribu cuyo nombre ha pasado al léxico como sinónimo
de crueldad y salvajismo: los vándalos. Estos sometían a esclavitud a los que
sobrevivían a los incendios y matanzas.
Enterado del carácter de la invasión de otras diócesis africanas, escribe al
fin que el estado es necesario como marco de civilización y que “ los que dan
su vida en sacrificio por la Patria son merecedores de respeto”. Pero es
tarde, los vándalos han llegado a su ciudad, a la que someten a asedio.
Agustín pide a Dios que le lleve de este mundo para no contemplar la caída de
Hipona, deseo que le es concedido: Agustín cae enfermo, se retira a su
habitación, donde en la pared frente a su cama escribe en grandes caracteres
una oración para recitar continuamente hasta el momento que muera. Poco
después de su muerte Hipona cae, es destruída y su población es sometida a
esclavitud.
El caso de San Agustín es paradigmático de la ceguera de la iglesia actual.
San Agustín es la fuente de inspiración del Papa Benedicto XVI, entusiasta de
las fronteras abiertas y de las ocupaciones de iglesias por los sin papeles.
Ahora que miles de africanos se disponen a desembarcar en nuestras costas, la
amenaza de un colapso civilizatorio vuelve a hacerse más real que nunca: miles
de africanos a los que no es posible alimentar ni alojar, y que se dedican al
saqueo como forma de supervivencia, un escenario que ya en 1972 Jean Raspail
predijo en su obra profética y turbadora “el campamento de los santos”.
La caída de Roma provocada por la llegada repentina de masas de población
culturalmente primitivas, provocó una regresión cultural de siglos y la
llegada de una Edad Oscura que duró medio milenio. A lo largo de ese medio
milenio a germanos y hunos seguirían árabes, vikingos y húngaros, hasta que la
paulatina creación de embriones de estado (Sacro Imperio, Francia, Castilla)
levantaría un dique a las incursiones de poblaciones primitivas. La iglesia
colaboraría con los estados en levantar poco a poco una nueva civilización
sobre las ruinas del mundo antiguo. A esta nueva civilización, a la que
conocemos como civilización occidental y que es la nuestra, le acecha un
peligro grave e inminente: una nueva Edad Oscura, una Edad Oscura cuyo alcance
y significado aún no parece haber entendido Benedicto XVI . Si una mente tan
brillante como la de San Agustín, que como Padre de la Iglesia estableció el
fundamento de la teología católica, no comprendió la importancia de la Patria
terrenal, seamos indulgentes con Benedicto XVI .
Pero habría que recordarle al obispo de Roma el carácter frágil de toda
civilización, algo que el obispo Talleyrand, que vivió el salvajismo de la
Revolución Francesa, destructora del orden tradicional cristiano y de cierta
idea de civilización inherente a éste, comprendió y que le llevó a exclamar
nostágicamente: “Quien no ha vivido antes de 1789 no sabe lo que es la vida”.
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