UNA REALIDAD APARTE
(Nuevas conversaciones
con don Juan) Carlos Castaneda |
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INTRODUCCIÓN
HACE diez años tuve la
fortuna de conocer a don Juan Matus, un indio yaqui del noroeste de
México. Entablé amistad con él bajo circunstancias en extremo fortuitas.
Estaba yo sentado con Bill, un amigo mío, en la terminal de autobuses
de un pueblo fronterizo en Arizona. Guardábamos silencio. Atardecía
y el calor del verano era insoportable. De pronto, Bill se inclinó y
me tocó el hombro. ‑Ahí está el sujeto
del que te hablé ‑dijo en voz baja. Ladeó casualmente la
cabeza señalando hacia la entrada. Un anciano acababa de llegar. ‑¿Qué me dijiste
de él? ‑pregunté. ‑Es el indio que
sabe del peyote, ¿Te acuerdas? Recordé que una vez Bill
y yo habíamos andado en coche todo el día, buscando la casa de un indio
mexicano muy "excéntrico" que vivía en la zona. No la encontramos,
y yo tuve la sospecha de que los indios a quienes pedimos direcciones
nos habían desorientado a propósito. Bill me dijo que el hombre era
un "yerbero" y que sabía mucho sobre el cacto alucinógeno
peyote. Dijo también que me sería útil conocerlo. Bill era mi guía en
el suroeste de los Estados Unidos, donde yo andaba reuniendo información
y especímenes de plantas medicinales usadas por los indios de la zona. Bill se levantó y fue
a saludar al hombre. El indio era de estatura mediana. Su cabello blanco
y corto le tapaba un poco las orejas, acentuando la redondez del cráneo.
Era muy moreno: las hondas arrugas en su rostro le daban apariencia
de viejo, pero su cuerpo parecía fuerte y ágil. Lo observé un momento.
Se movía con una facilidad que yo habría creído imposible para un anciano. Bill me hizo seña de
acercarme. ‑Es un buen tipo
‑me dijo‑. Pero no le entiendo. Su español es raro; ha de
estar lleno de coloquialismos rurales. El anciano miró a Bill
y sonrió. Y Bill, que apenas habla unas cuantas palabras de español,
armó una frase absurda en ese idioma. Me miró como preguntando si se
daba a entender, pero yo ignoraba lo que tenía en mente; sonrió con
timidez y se alejó. El anciano me miró y empezó a reír. Le expliqué
que mi amigo olvidaba a veces que no sabía español. ‑Creo que también
olvidó presentarnos ‑añadí, y le dije mi nombre. ‑Y yo soy Juan
Matus, para servirle ‑contestó. Nos dimos la mano y quedamos
un rato sin hablar. Rompí el silencio y le hablé de mi empresa. Le dije
que buscaba cualquier tipo de información sobre plantas, especialmente
sobre el peyote. Hablé compulsivamente durante un buen tiempo, y aunque
mi ignorancia del tema era casi total, le di a entender que sabía mucho
acerca del peyote. Pensé que si presumía de mi conocimiento el anciano
se interesaría en conversar conmigo. Pero no dijo nada. Escuchó con
paciencia. Luego asintió despacio y me escudriñó. Sus ojos parecían
brillar con luz propia. Esquivé su mirada. Me sentí apenado. Tuve en
ese momento la certeza de que él sabía que yo estaba diciendo tonterías. ‑Vaya usted un
día a mi casa ‑dijo finalmente, apartando los ojos de mí‑.
A lo mejor allí podemos platicar más a gusto. No supe qué más decir.
Me sentía incómodo. Tras un rato, Bill volvió a entrar en el recinto.
Advirtió mi desazón y no pronunció una sola palabra. Estuvimos un rato
sentados en profundo silencio. Luego el anciano se levantó. Su autobús
había llegado. Dijo adiós. ‑No te fue muy
bien, ¿verdad? ‑preguntó Bill. ‑No. ‑¿Le preguntaste
de las plantas? ‑Sí. Pero creo
que metí la pata. ‑Te dije, es muy
excéntrico. Los indios de por aquí lo conocen, pero jamás lo mencionan.
Y eso es por algo. ‑Pero dijo que
yo podía ir a su casa. ‑Te estaba tomando
el pelo. Seguro, puedes ir a su casa, pero eso qué. Nunca te dirá nada.
Si llegas a preguntarle algo, te tratará como si fueras un idiota diciendo
tonterías. Bill dijo convincentemente
que ya había conocido gente así, personas que daban la impresión de
saber mucho. En su opinión tales personas no valían la pena, pues tarde
o temprano se podía obtener la misma información de alguien que no
se hiciera el difícil. Dijo que él no tenía paciencia ni tiempo que
gastar con viejos farsantes, y que posiblemente el anciano sólo aparentaba
ser conocedor de hierbas, mientras que en realidad sabía tan poco como
cualquiera. Bill siguió hablando,
pero yo no escuchaba. Mi mente continuaba fija en el indio. El sabía
que yo había estado alardeando. Recordé sus ojos. Habían brillado, literalmente. Regresé a verlo unos
meses más tarde, no tanto como estudiante de antropología interesado
en plantas medicinales, sino como poseso de una curiosidad inexplicable.
La forma en que me había mirado fue un evento sin precedentes en mi
vida. Yo quería saber qué implicaba aquella mirada. Se me volvió casi una
obsesión, y mientras más pensaba en ella más insólita parecía. Don Juan y yo nos hicimos
amigos, y a lo largo de un año le hice innumerables visitas. Su actitud
me daba mucha confianza y su sentido del humor me parecía excelente;
pero sobre todo sentía en sus actos una consistencia callada, totalmente
desconcertante para mí. Experimentaba en su presencia un raro deleite,
y al mismo tiempo una desazón extraña. Su sola compañía me forzaba
a efectuar una tremenda revaluación de mis modelos de conducta. Me habían
educado, quizá como a todo el mundo, para tener la disposición de aceptar
al hombre como una criatura esencialmente débil y falible. Lo que me
impresionaba de don Juan era el hecho de que no destacaba el ser débil
e indefenso, y el solo estar cerca de él aseguraba una comparación
desfavorable entre su forma de comportarse y la mía. Acaso una de las
aseveraciones más impresionantes que le oí en aquella época se refería
a nuestra diferencia inherente. Con anterioridad a una de mis visitas,
había estado sintiéndome muy desdichado a causa del curso total de
mi vida y de cierto número de conflictos personales apremiantes. Al
llegar a su casa me sentía melancólico y nervioso. Hablábamos de mi interés
en su conocimiento, pero, como de costumbre, íbamos por sendas distintas.
Yo me refería al conocimiento académico que trasciende la experiencia,
mientras él hablaba del conocimiento directo del mundo. ‑¿A poco crees
que conoces el mundo que te rodea? ‑preguntó. ‑Conozco de todo
‑dije. ‑Quiero decir,
¿sientes el mundo que te rodea? ‑Siento el mundo
que me rodea tanto como puedo. ‑Eso no basta.
Debes sentirlo todo; de otra manera el mundo pierde su sentido. Formulé el clásico argumento
de que no era necesario probar la sopa para conocer la receta, ni recibir
un choque eléctrico para saber de la electricidad. ‑Ya transformaste
todo en una estupidez ‑dijo-. Ya veo que quieres agarrarte de
tus razones a pesar de que no te dan nada; quieres seguir siendo el
mismo aún a costa de tu bienestar. ‑No sé de qué habla
usted. ‑Hablo del hecho
de que no estás completo. No tienes paz. La aserción me molestó.
Me sentí ofendido. Pensé que don Juan no estaba calificado en modo alguno
para juzgar mis actos ni mi personalidad. ‑Estás lleno de
problemas ‑dijo‑. ¿Por qué? ‑Sólo soy un hombre,
don Juan ‑repuse malhumorado. Hice la afirmación en
la misma vena en que mi padre solía hacerla. Cada vez que decía ser
sólo un hombre, implicaba que era débil e indefenso y su frase, como
la mía, rebosaba un esencial sentido de desesperanza. Don Juan me escudriñó
como el día en que nos conocimos. ‑Piensas demasiado
en ti mismo ‑dijo sonriendo‑. Y eso te da una fatiga extraña
que te hace cerrarte al mundo que te rodea y agarrarte de tus razones.
Por eso tienes solamente problemas. Yo también soy sólo un hombre, pero
no lo digo como tú lo dices. ‑¿Cómo lo dice
usted? ‑Yo me he salido
de todos mis problemas. Qué lástima que mi vida sea tan corta y no me
permita aferrarme de todas las cosas que quisiera. Pero eso no es problema,
ni punto de discusión; es sólo una lástima. Me gustó el tono de sus
frases. No había en él desesperación ni compasión por sí mismo. En 1961, un año después
de nuestro primer encuentro, don Juan me reveló que poseía un conocimiento
secreto de las plantas medicinales. Me dijo que era brujo. Desde ese
punto, cambió la relación entre nosotros; me convertí en su aprendiz
y durante los cuatro años siguientes luchó por enseñarme los misterios
de la hechicería. He escrito sobre ese aprendizaje en Las enseñanzas de don Juan: una forma yaqui de conocimiento. Nuestras conversaciones
fueron todas en español, y gracias al magnífico dominio que don Juan
poseía del idioma obtuve explicaciones detalladas de los complejos significados
de su sistema de creencias. He llamado brujería a esa intrincada y sistemática
estructura de conocimiento, y brujo a don Juan, porque él mismo empleaba
tales categorías en la conversación informal. Sin embargo, en el contexto
de elucidaciones más serias, usaba los términos "conocimiento"
para categorizar la brujería y "hombre de conocimiento" o
"el que sabe" para categorizar al brujo. Con el fin de enseñar
y corroborar su conocimiento, don Juan usaba tres conocidas plantas
sicotrópicas: peyote, Lophophora williamsii; toloache, Datura inoxia,
y un hongo perteneciente al género Psylocibe. A través de la ingestión por separado de cada uno de
estos alucinógenos produjo en mí, su aprendiz, unos estados peculiares
de percepción distorsionada, o conciencia alterada, que he llamado
"estados de realidad no ordinaria". He usado la palabra "realidad"
porque una premisa principal en el sistema de creencias de don Juan
era que los estados de conciencia producidos por la ingestión de cualquiera
de las tres plantas no eran alucinaciones, sino aspectos concretos,
aunque no comunes, de la realidad de la vida cotidiana. Don Juan no
se comportaba hacia tales estados de realidad no ordinaria "como
si" fueran reales; los tomaba "como" reales. Clasificar como alucinógenos
las plantas citadas, y como realidad no ordinaria los estados que producían,
es, desde luego, un recurso mío. Don Juan entendía y explicaba las plantas
como vehículos que conducían o guiaban a un hombre a ciertas fuerzas
o "poderes" impersonales; y los estados que producían, como
los "encuentros" que un brujo debía tener con esos "poderes"
para ganar control sobre ellos. Llamaba al peyote "Mescalito"
y lo describía como maestro benévolo y protector de los hombres. Mescalito
enseñaba la "forma correcta de vivir". El peyote solía ingerirse
en reuniones de brujos llamadas "mitotes", donde los participantes
se juntaban específicamente para buscar una lección sobre la forma correcta
de vivir. Don Juan consideraba
al toloache, y a los hongos, poderes de distinta clase. Los llamaba
"aliados" y decía que eran susceptibles a la manipulación;
de hecho, un brujo obtenía su fuerza manipulando a un aliado. De los
dos, don Juan prefería el hongo. Afirmaba que el poder contenido en
el hongo era su aliado personal, y lo llamaba "humo" o "humito". El procedimiento de don
Juan para utilizar los hongos era dejarlos secar dentro de un pequeño
guaje, donde se pulverizaban. Mantenía cerrado el guaje durante un año,
y luego mezclaba el fino polvo con otras cinco plantas secas y producía
una mezcla para fumar en pipa. Para convertirse en hombre
de conocimiento había que "encontrarse" con el aliado tantas
veces como fuera posible; había que familiarizarse con él. Esta premisa
implicaba, desde luego, que uno debía fumar bastante a menudo la mezcla
alucinógena. Este proceso de "fumar" consistía en ingerir
el tenue polvo de hongos, que no se incineraba, y en inhalar el humo
de las otras cinco plantas que componían la mezcla. Don Juan explicaba
los profundos efectos del humo sobre las capacidades de percepción diciendo
que "el aliado se llevaba el cuerpo de uno". El método didáctico de
don Juan requería un esfuerzo extraordinario por parte del aprendiz.
De hecho, el grado de participación y compromiso necesario era tan extenuante
que a fines de 1965 tuve que abandonar el aprendizaje. Puedo decir ahora,
con la perspectiva de los cinco años transcurridos, que en ese tiempo
las enseñanzas de don Juan habían empezado a representar una seria amenaza
para mi "idea del mundo". Yo empezaba a perder la certeza,
común a todos nosotros, de que la realidad de la vida cotidiana es algo
que podemos dar por sentado. En la época de mi retirada,
me hallaba convencido de que mi decisión era terminante; no quería volver
a ver a don Juan. Sin embargo, en abril de 1968 me facilitaron uno de
los primeros ejemplares de mi libro y me sentí compelido a enseñárselo.
Fui a visitarlo. Nuestra liga de maestro‑aprendiz se restableció
misteriosamente, y puedo decir que en esa ocasión inicié un segundo
ciclo de aprendizaje, muy distinto del primero. Mi temor no fue tan
agudo como lo había sido en el pasado. El ambiente total de las enseñanzas
de don Juan fue más relajado. Reía y también me hacía reír mucho. Parecía
haber, por parte suya, un intento deliberado de minimizar la seriedad
en general. Payaseó durante los momentos verdaderamente cruciales de
este segundo ciclo, y así me ayudó a superar experiencias que fácilmente
habrían podido volverse obsesivas. Su premisa era la necesidad de una
disposición ligera y tratable para soportar el impacto y la extrañeza
del conocimiento que me estaba enseñando. ‑La razón por la
que te asustaste y saliste volado es porque te sientes más importante
de lo que crees ‑dijo, explicando mi retirada previa‑. Sentirse
importante lo hace a uno pesado, rudo y vanidoso. Para ser hombre de
conocimiento se necesita ser liviano y fluido. El interés particular
de don Juan en el segundo ciclo de aprendizaje fue enseñarme a "ver".
Aparentemente, había en su sistema de conocimiento la posibilidad de
marcar una diferencia semántica entre "ver" y "mirar"
como dos modos distintos de percibir. "Mirar" se refería a
la manera ordinaria en que estamos acostumbrados a percibir el mundo,
mientras que "ver" involucraba un proceso muy complejo por
virtud del cual un hombre de conocimiento percibe supuestamente la "esencia"
de las cosas del mundo. Con el fin de presentar
en forma legible las complicaciones del proceso de aprendizaje he condensado
largos pasajes de preguntas y respuestas, reduciendo así mis notas
de campo originales. Creo, sin embargo, que en este punto mi presentación
no puede, en absoluto, desvirtuar el significado de las enseñanzas
de don Juan. La reducción tuvo el propósito de hacer fluir mis notas,
como fluye la conversación, para que tuvieran el impacto deseado; es
decir, yo quería comunicar al lector, por medio de un reportaje, el
drama y la inmediacidad de la situación de campo. Cada sección que he
puesto como capítulo fue una sesión con don Juan. Por regla general,
él siempre concluía cada una de nuestras sesiones en una nota abrupta;
así, el tono dramático del final de cada capítulo no es un recurso
literario de mi cosecha: era un recurso propio de la tradición oral
de don Juan. Parecía ser un recurso mnemotécnico que me ayudaba a retener
la cualidad dramática y la importancia de las lecciones. Empero, son necesarias
ciertas explicaciones para dar coherencia a mi reportaje, pues su claridad
depende de la elucidación de ciertos conceptos clave o unidades clave
que deseo destacar. Esta elección de énfasis es congruente con mi interés
en la ciencia social. Es perfectamente posible que otra persona, con
un conjunto diferente de metas y anticipaciones, resaltara conceptos
enteramente distintos de los que yo he elegido. Durante el segundo ciclo
de aprendizaje, don Juan insistió en asegurarme que el uso de la mezcla
de fumar era el requisito indispensable para "ver". Por tanto,
yo debía usarla con toda la frecuencia posible. ‑Sólo el humo te
puede dar la velocidad necesaria para vislumbrar ese mundo fugaz ‑dijo. Con ayuda de la mezcla
sicotrópica, produjo en mí una serie de estados de realidad no ordinaria.
La característica saliente de tales estados, en relación a lo que don
Juan parecía estar haciendo, era una condición de "inaplicabilidad".
Lo que yo percibía en aquellos estados de conciencia alterada era incomprensible
e imposible de interpretar por medio de nuestra forma cotidiana de entender
el mundo. En otras palabras, la condición de inaplicabilidad acarreaba
la cesación de la pertinencia de mi visión del mundo. Don Juan usó esta condición
de inaplicabilidad de los estados de realidad no ordinaria para introducir
una serie de nuevas "unidades de significado" preconcebidas.
Las unidades de significado eran todos los elementos individuales pertinentes
al conocimiento que don Juan se empeñaba en enseñarme. Las he llamado
unidades de significado porque eran el conglomerado básico de datos
sensoriales, y sus interpretaciones, sobre el cual se erigía un significado
más complejo. Una de tales unidades era, por ejemplo, la forma en que
se entendía el efecto fisiológico de la mezcla sicotrópica. Esta producía
un entumecimiento y una pérdida de control motriz que en el sistema
de don Juan se interpretaban como una acción realizada por el humo,
que en este caso era el aliado, con el fin de "llevarse el cuerpo
del practicante". Las unidades de significado
se agrupaban en forma específica, y cada bloque así creado integraba
lo que llamo una "interpretación sensible". Obviamente, tiene
que haber un número infinito de posibles interpretaciones sensibles
que son pertinentes a la brujería y que un brujo debe aprender a realizar.
En nuestra vida cotidiana, enfrentamos un número infinito de interpretaciones
sensibles pertinentes a ella. Un ejemplo sencillo podría ser la interpretación,
ya no deliberada, que hacemos veintenas de veces cada día, de la estructura
que llamamos "cuarto". Es obvio que hemos aprendido a interpretar
en términos de cuarto la estructura que llamamos cuarto; así, cuarto
es una interpretación sensible porque requiere que en el momento de
hacerla tengamos conocimiento, en una u otra forma, de todos los elementos
que entran en su composición. Un sistema de interpretación sensible
es, en otras palabras, el proceso por virtud del cual un practicante
tiene conocimiento de todas las unidades de significado necesarias para
realizar asunciones, deducciones, predicciones, etc., sobre todas las
situaciones pertinentes a su actividad. Al decir "practicante"
me refiero a un participante que posee un conocimiento adecuado de todas,
o casi todas, las unidades de significado implicadas en su sistema particular
de interpretación sensible. Don Juan era un practicante; esto es, era
un brujo que conocía todos los pasos de su brujería. Como practicante, intentaba
abrirme acceso a su sistema de interpretación sensible. Tal accesibilidad,
en este caso, equivalía a un proceso de resocialización en el que se
aprendían nuevas maneras de interpretar datos perceptuales. Yo era el "extraño",
el que carecía de la capacidad de realizar interpretaciones inteligentes
y congruentes de las unidades de significado propias de la brujería. La tarea de don Juan,
como practicante ocupado en hacerme accesible su sistema, consistía
en descomponer una certeza particular que yo comparto con todo el mundo:
la certeza de que la perspectiva "de sentido común" que tenemos
del mundo es definitiva. A través del uso de plantas sicotrópicas,
y de contactos bien dirigidos entre su sistema extraño y mi persona,
logró mostrarme que mi perspectiva del mundo no puede ser definitiva
porque sólo es una interpretación. Para el indio americano,
acaso durante miles de años, el vago fenómeno que llamamos brujería
ha sido una práctica, seria y auténtica, comparable a la de nuestra
ciencia. Nuestra dificultad para comprenderla surge, sin duda, de las
unidades de significado extrañas con las cuales trata.
Don Juan me dijo una
vez que un hombre de conocimiento tiene predilecciones. Le pedí explicar
este enunciado. ‑Mi predilección
es ver -dijo. ‑¿Qué quiere usted
decir con eso? ‑Me gusta ver -dijo‑
porque sólo viendo puede un hombre de conocimiento saber. ‑¿Qué clase de
cosas ve usted. ‑Todo. ‑Pero yo también
veo todo y no soy un hombre de conocimiento. ‑No. Tú no ves. ‑Por supuesto que
sí, ‑Te digo que no. ‑¿Por qué dice
usted eso, don Juan? ‑Tú solamente miras
la superficie de las cosas. ‑¿Quiere usted
decir que todo hombre de conocimiento ve a través de lo que mira? ‑No. Eso no es
lo que quiero decir. Dije que un hombre de conocimiento tiene sus propias
predilecciones; la mía es sencillamente ver y saber; otros hacen otras
cosas. ‑¿Qué otras cosas,
por ejemplo? ‑Ahí tienes a Sacateca:
es un hombre de conocimiento y su predilección es bailar. Así que él
baila y sabe. ‑¿Es la predilección
de un hombre de conocimiento algo que él hace para saber? ‑Sí, pues. ‑¿Pero cómo podría
el baile ayudar a Sacateca a saber? ‑Podríamos decir
que Sacateca baila con todo lo que tiene. ‑¿Baila como yo
bailo? Digo, ¿cómo se baila? ‑Digamos que baila
como yo veo y no como tú bailas. ‑¿También ve como
usted ve? ‑Sí, pero también
baila. ‑¿Cómo baila Sacateca? ‑Es difícil explicar
eso. Es un baile muy especial que usa cuando quiere saber. Pero lo único
que te puedo decir es que, a menos que entiendas los modos del que sabe,
es imposible hablar de bailar o de ver. ‑¿Lo ha visto usted bailar? ‑Sí. Pero no todo
el que mira su baile puede ver
que ésa es su forma especial de saber. Yo conocía a Sacateca,
o al menos sabía quién era. Nos habían presentado y una vez le invité
una cerveza. Se portó con mucha cortesía y me dijo que fuera a su casa
con entera libertad en cualquier momento que quisiese. Pensé largo tiempo
en visitarlo, pero no se lo dije a don Juan. La tarde del 14 de mayo
de 1962, fui a casa de Sacateca; me había dado instrucciones para llegar
y no tuve dificultad en hallarla. Estaba en una esquina y tenía una
cerca en torno. La verja estaba cerrada. Di la vuelta para ver si podía
atisbar el interior de la casa. Parecía desierta. ‑Don Elías ‑llamé
en voz alta. Las gallinas asustadas, se desparramaron por el patio cacareando
con furia. Un perrito se llegó a la cerca. Esperé que me ladrara; en
vez de ello, se sentó a mirarme. Grité de nuevo y las gallinas estallaron
otra vez en cacareos. Una vieja salió de la
casa. Le pedí llamar a don Elías. ‑No está ‑dijo. ‑¿Dónde puedo hallarlo? ‑Está en el campo. ‑¿En qué parte
del campo? ‑No sé. Ven más
tarde. El regresa como a las cinco. ‑¿Es usted la mujer
de don Elías? ‑Sí, soy su mujer
‑dijo y sonrió. Traté de hacerle preguntas
sobre Sacateca, pero se excusó y dijo que no hablaba bien el español.
Subí en mi coche y me alejé. Volví a la casa a eso
de las seis. Me estacioné ante la verja y grité el nombre de Sacateca.
Esta vez salió él de la casa. Encendí mi grabadora, que en su estuche
de cuero café parecía una cámara colgada de mi hombro. Sacateca pareció
reconocerme. ‑Ah, eras tú ‑dijo
sonriendo‑. ¿Cómo está Juan? ‑Muy bien. ¿Pero
cómo está usted, don Elías? No respondió. Parecía
nervioso. Pese a su gran compostura exterior, sentí que se hallaba
disgustado. ‑¿Te mandó Juan
con algún recado? ‑No. Vine yo solo. ‑¿Y para qué? Su pregunta pareció traicionar
su sorpresa genuina. ‑Nada más quería
hablar con usted ‑dijo, tratando de parecer lo más despreocupado
posible‑. Don Juan me ha contado cosas maravillosas de usted y
me entró la curiosidad y quería hacerle unas cuantas preguntas. Sacateca estaba de pie
frente a mi. Su cuerpo era delgado y fuerte. Llevaba camisa y pantalones
caqui. Tenía los ojos entrecerrados; parecía adormilado o quizá borracho.
Su boca estaba entreabierta y el labio inferior colgaba. Noté su respiración
profunda; casi parecía roncar. Se me ocurrió que Sacateca se hallaba
sin duda borracho sin medida. Pero esa idea resultaba incongruente,
porque apenas unos minutos antes, al salir de su casa, había estado
muy alerta y muy consciente de mi presencia. ‑¿De qué quieres
hablar? ‑erijo por fin. La voz sonaba cansada;
era como si las palabras reptaran una tras otra. Me sentí muy incómodo.
Era como si su fatiga fuese contagiosa y me jalara. ‑De nada en particular
‑respondí‑, Nada más vine a que platicáramos como amigos.
Usted me invitó una vez a venir a su casa. ‑Pues sí, pero
esto no es lo mismo. ‑¿Por qué no es
lo mismo? ‑¿Qué no hablas
con Juan? ‑Sí. ‑¿Entonces para
qué quieres hablar conmigo? ‑Pensé que quizá
podría hacerle unas preguntas . . . ‑Pregúntale a Juan,
¿Qué no te está enseñando? ‑Sí, pero de todos
modos me gustaría preguntarle a usted acerca de lo que don Juan me enseña,
y tener su opinión. Así podré saber a qué atenerme. ‑¿Para qué andas
con esas cosas? ¿No te confías en Juan? ‑Sí. ‑¿Entonces por
qué no le preguntas a él todo lo que quieres saber? ‑Sí le pregunto.
Y me dice todo. Pero si usted también pudiera hablarme de lo que don
Juan me enseña, tal vez yo entendería mejor. ‑Juan puede decirte
todo. El es el único que puede. ¿No entiendes eso? ‑Sí, pero es que
me gusta hablar con gente como usted, don Elías. No todos los días encuentra
uno a un hombre de conocimiento. ‑Juan es un hombre
de conocimiento. ‑Lo sé. ‑¿Entonces por
qué me estás hablando a mí? ‑Ya le dije que
vine a que habláramos como amigos. ‑No, no es cierto.
Tú te traes otra cosa. Quise explicarme y no
pude sino mascullar incoherencias. Sacateca no dijo nada. Parecía escuchar
con atención. Tenía de nuevo los ojos entrecerrados, pero sentí que
me escudriñaba. Asintió casi imperceptiblemente. Sus párpados se abrieron
de pronto, y vi sus ojos. Parecía mirar más allá de mi. Golpeó despreocupadamente
el suelo con la punta de su pie derecho, justo atrás de su talón izquierdo.
Tenía las piernas levemente arqueadas, los brazos inertes contra los
costados. Luego alzó el brazo derecho; la mano estaba abierta con la
palma perpendicular al suelo; los dedos extendidos señalaban en mi dirección.
Dejó oscilar la mano un par de veces antes de ponerla al nivel de mi
rostro. La mantuvo en esa posición durante un instante y me dijo unas
cuantas palabras. Su voz era muy clara, pero las palabras se arrastraban. Tras un momento dejó
caer la mano a su costado y permaneció inmóvil, adoptando una posición
extraña. Estaba parado en los dedos de su pie izquierdo. Con la punta
del pie derecho, cruzado tras el talón del izquierdo, golpeaba el suelo
suave y rítmicamente. Experimenté una aprensión
sin motivo, una especie de inquietud. Mis ideas parecían disociadas.
Pensaba yo en cosas sin conexión ni sentido que nada tenían que ver
con lo que ocurría. Advertí mi incomodidad y traté de encauzar nuevamente
mis pensamientos hacia la situación inmediata, pero no pude a pesar
de una gran pugna. Era como si alguna fuerza me evitara concentrarme
o pensar cosas que vinieran al caso. Sacateca no había pronunciado
palabra y yo no sabía qué más decir o hacer. En forma totalmente automática,
di la media vuelta y me marché. Más tarde me sentí empujado
a narrar a don Juan mi encuentro con Sacateca. Don Juan rió a carcajadas. ‑¿Qué es lo que
realmente pasó? ‑pregunté. ‑¡Sacateca bailó!
‑dijo don Juan ‑. Te vio, y después bailó. ‑¿Qué me hizo?
Me sentí muy frío y mareado. ‑Parece que no
le caíste bien, y te paró tirándote una palabra. ‑¿Cómo pudo hacer
eso? -exclamé, incrédulo. ‑Muy sencillo;
te paró con su voluntad. ‑¿Cómo dijo usted? ‑¡Te paró con su
voluntad! La explicación no bastaba.
Sus afirmaciones me sonaban a jerigonza. Traté de sacarle más, pero
no pudo explicar el evento de manera satisfactoria para mi. Obviamente, dicho evento,
o cualquier evento que ocurriese dentro de este ajeno sistema de sentido
común, sólo podía ser explicado o comprendido en términos de las unidades
de significado propias de tal sistema. Esta obra es, por lo tanto, un
reportaje, y debe leerse como reportaje. El sistema en aprendizaje me
era incomprensible; así que la pretensión de hacer algo más que reportar
sobre él sería engañosa e impertinente. En este aspecto, he adoptado
el método fenomenológico y luchado por encarar la brujería exclusivamente
como fenómenos que me fueron presentados. Yo, como perceptor, registré
lo que percibí, y en el momento de registrarlo me propuse suspender
todo juicio. |
PRIMERA PARTE
LOS PRELIMINARES
DE "VER"
2 de abril, 1968
DON JUAN me miró un momento
y no pareció en absoluto sorprendido de verme, aunque habían pasado
más de dos años desde mi última visita. Me puso la mano en el hombro
y sonriendo con suavidad dijo que me veía distinto, que me estaba poniendo
gordo y blando. Yo le había llevado un
ejemplar de mi libro. Sin ningún preámbulo, lo saqué de mi portafolio
y se lo di. ‑Es un libro sobre
usted, don Juan ‑dije. El lo tomó y lo hojeó
rápidamente como si fuera un mazo de cartas. Le gustaron el color verde
del forro y el tamaño del libro. Sintió la cubierta con la palma de
las manos, le dio vuelta un par de veces y luego me lo devolvió. Sentí
una oleada de orgullo. ‑Quiero que usted
lo guarde ‑dije. Don Juan meneó la cabeza
con una risa silenciosa. ‑Mejor no ‑dijo,
y luego añadió con ancha sonrisa‑: Ya sabes lo que hacemos con
el papel en México. Reí. Su toque de ironía
me pareció hermoso. Estábamos sentados en
una banca en el parque de un pueblito en el área montañosa de México
central. Yo no había tenido absolutamente ninguna manera de informarle
sobre mi intención de visitarlo, pero me había sentido seguro de que
lo hallaría, y así fue. Esperé sólo un corto tiempo en ese pueblo antes
de que don Juan bajara de las montañas; lo hallé en el mercado, en el
puesto de una de sus amistades. Don Juan me dijo, como
si nada, que había llegado yo justo a tiempo para llevarlo de regreso
a Sonora, y nos sentamos en el parque a esperar a un amigo suyo, un
indio mazateco con quien vivía. Esperamos unas tres horas.
Hablamos de diversas cosas sin importancia, y hacia el final del día,
exactamente antes de que llegara su amigo, le relaté algunos eventos
que yo había presenciado pocos días antes. Mientras viajaba a verlo,
mi carro se descompuso en las afueras de una ciudad y tuve que quedarme
en ella tres días, mientras lo reparaban. Había un motel enfrente del
taller mecánico, pero las afueras de las poblaciones siempre me deprimen,
así que me alojé en un moderno hotel de ocho pisos en el centro de la
ciudad. El botones me dijo que
el hotel tenía restaurante, y cuando bajé a comer descubrí que había
mesas en la acera. Era un arreglo bastante bonito, en la esquina de
la calle, a la sombra de unos arcos bajos de ladrillo, de líneas modernas.
Hacía fresco afuera y había mesas desocupadas, pero preferí sentarme
en el interior mal ventilado. Había advertido, al entrar, un grupo de
niños limpiabotas sentados en la acera frente al restaurante, y estaba
seguro de que me acosarían si tomaba una de las mesas exteriores. Desde donde me hallaba
sentado, podía ver al grupo de muchachos a través del aparador. Un par
de jóvenes tomaron una mesa y los niños se congregaron alrededor de
ellos, ofreciendo lustrarles los zapatos. Los jóvenes rehusaron y quedé
asombrado al ver que los muchachos no insistían y regresaban a sentarse
en la acera. Después de un rato, tres hombres en traje de calle se levantaron
y se fueron, y los muchachos corrieron a su mesa y empezaron a comer
las sobras: en cuestión de segundos los platos se hallaron limpios.
Lo mismo ocurrió con las sobras de todas las demás mesas. Advertí que los niños
eran muy ordenados; si derramaban agua la limpiaban con sus propios
trapos de lustrar. También advertí lo minucioso de sus procedimientos
devoradores. Se comían incluso los cubos de hielo restantes en los
vasos de agua y las rebanadas de limón para el té, con todo y cáscara.
No desperdiciaban absolutamente nada. Durante el tiempo que
permanecí en el hotel, descubrí que había un acuerdo entre los niños
y el administrador del restaurante; a los muchachos se les permitía
rondar el local para ganar algún dinero con los clientes, y asimismo
comer las sobras, siempre y cuando no molestaran a nadie ni rompieran
nada. Había once niños en total, y sus edades iban de los cinco a los
doce años; sin embargo, al mayor se le mantenía a distancia del resto
del grupo. Lo discriminaban deliberadamente, mofándose de él con una
cantinela de que ya tenía vello púbico y era demasiado viejo para andar
entre ellos. Después de tres días
de verlos lanzarse como buitres sobre las más escasas sobras, me deprimí
verdaderamente, y salí de aquella ciudad sintiendo que no había esperanza
para aquellos niños cuyo mundo ya estaba moldeado por su diaria pugna
por migajas. ‑¿Les tienes lástima?
‑exclamó don Juan en tono interrogante. ‑Claro que sí ‑dije. ‑¿Por qué? ‑Porque me preocupa
el bienestar de mis semejantes. Esos son niños y su mundo es feo y vulgar. ‑¡Espera! ¡Espera!
¿Cómo puedes decir que su mundo es feo y vulgar? -dijo don Juan, remedándome con burla‑.
A lo mejor crees que tú estás mejor, ¿no? Dije que eso creía, y
me preguntó por qué, y le dije que, en comparación con el mundo de aquellos
niños, él mío era infinitamente más variado, más rico en experiencias
y en oportunidades para la satisfacción y el desarrollo personal. La
risa de don Juan fue amistosa y sincera. Dijo que yo no me fijaba en
lo que decía, que no tenía manera alguna de saber qué riqueza ni qué
oportunidades había en el mundo de esos niños. Pensé que don Juan se
estaba poniendo terco. Creía realmente que sólo me contradecía por molestarme.
Me parecía sinceramente que aquellos niños no tenían la menor oportunidad
de ningún desarrollo intelectual. Discutí mi punto de vista
un rato más, y luego don Juan me preguntó abruptamente: ‑¿No me dijiste
una vez que, en tu opinión, lo más grande que alguien podía lograr era
llegar a ser hombre de conocimiento? Lo había dicho, y repetí
de nuevo que, en mi opinión, convertirse en hombre de conocimiento era
uno de los mayores triunfos intelectuales. ‑¿Crees que tu
riquísimo mundo podría ayudarte a llegar a ser un hombre de conocimiento?
‑preguntó don Juan con leve sarcasmo. No respondí, y él entonces
formuló la misma pregunta en otras palabras, algo que yo siempre le
hago cuando creo que no entiende. ‑En otras palabras
‑dijo, sonriendo con franqueza, obviamente al tanto de que yo
tenía conciencia de su ardid‑, ¿pueden tu libertad y tus oportunidades
ayudarte a ser hombre de conocimiento? ‑¡No! ‑dije
enfáticamente. ‑¿Entonces cómo
pudiste tener lástima de esos niños? ‑dijo con seriedad‑.
Cualquiera de ellos podría llegar a ser un hombre de conocimiento. Todos
los hombres de conocimiento que yo conozco fueron muchachos como ésos
que viste comiendo sobras y lamiendo las mesas. El argumento de don Juan
me produjo una sensación incómoda. Yo no había tenido lástima de aquellos
niños subprivilegiados porque no tuvieran suficiente de comer, sino
porque en mis términos su mundo ya los había condenado a la insuficiencia
intelectual. Y sin embargo, en los términos de don Juan, cualquiera
de ellos podía lograr lo que yo consideraba el pináculo de la hazaña
intelectual humana: la meta de convertirse en hombre de conocimiento.
Mi razón para compadecerlos era incongruente. Don Juan me había atrapado
en forma impecable. ‑Quizá tenga usted
razón ‑dije‑. ¿Pero cómo evitar el deseo, el genuino deseo
de ayudar a nuestros semejantes? ‑¿Cómo crees que
podamos ayudarlos? ‑Aliviando su carga.
Lo menos que uno puede hacer por sus semejantes es tratar de cambiarlos.
Usted mismo se ocupa de eso. ¿O no? ‑No. No sé qué
cosa cambiar ni por qué cambiar cualquier cosa en mis semejantes. ‑¿Y yo, don Juan?
¿No me estaba usted enseñando para que pudiera cambiar? ‑No, no estoy tratando
de cambiarte. Puede suceder que un día llegues a ser un hombre de conocimiento,
no hay manera de saberlo, pero eso no te cambiará. Tal vez algún día
puedas ver a los hombres
de otro modo, y entonces te darás cuenta de que no hay manera de cambiarles
nada. ‑¿Cuál es ese otro
modo de ver a los hombres, don Juan? ‑Los hombres se
ven distintos cuando uno ve. El humito te ayudará a ver a los hombres como fibras de luz. ‑¿Fibras de luz? ‑Sí. Fibras, como
telarañas blancas. Hebras muy finas que circulan de la cabeza al ombligo.
De ese modo, un hombre se ve como un huevo de fibras que circulan. Y
sus brazos y piernas son como cerdas luminosas que brotan para todos
lados. ‑¿Se ven así todos? ‑Todos. Además,
cada hombre está en contacto con todo lo que lo rodea, pero no a través
de sus manos, sino a través de un montón de fibras largas que salen
del centro de su abdomen. Esas fibras juntan a un hombre con lo que
lo rodea: conservan su equilibrio; le dan estabilidad. De modo que,
como quizá veas algún día, un hombre es un huevo luminoso ya sea un
limosnero o un rey, y no hay manera de cambiar nada; o mejor dicho,
¿qué podría cambiarse en ese huevo luminoso? ¿Qué?
Mi visita a don Juan inició un nuevo ciclo. No tuve dificultad alguna en recuperar mi viejo hábito de disfrutar su sentido del drama y su humor y su paciencia conmigo. Sentí claramente que tenía que visitarlo más a menudo. No ver a don Juan era en verdad una gran pér |