|
CAPÍTULO
PRIMERO
EL VELO DE ISIS
CAPÍTULO PRIMERO
EGO SUM QUI SUM.
Axioma de la Filosofía hermética.
“Empezamos
las investigaciones en donde las modernas
conjeturas pliegan sus engañosas alas. Y con nosotros están
los
elementos científicos que los sabios del día desdeñan
por
quiméricos o con prevención los miran como arcanos
insondables”.-BULWER, ZANONI.
Hay en un lugar de este mundo un libro de tan remota antigüedad que
los arqueólogos lo atribuirían a una época de incalculable
cómputo y no acertarían a ponerse de acuerdo sobre la materia
de que está compuesto. Es el único ejemplar manuscrito que
de dicho libro se conserva. El más antiguo tratado hebreo de ciencia
oculta, el Siphra-Dzeniuta es una compilación de aquel manuscrito,
hecha en época en que ya se le consideraba como reliquia literaria.
Uno de los dibujos que lo ilustran representa la Esencia divina al emanar
de Adam (1) en traza de arco luminoso que tiende a cerrarse en circunferencia
y, luego de llegado al culminante punto de la gloria inefable, retrocede
hacia la tierra, envolviendo en su torbellino un tipo superior de humanidad.
A medida que va acercándose a nuestro planeta, la Emanación
es más sombría y al tocar en él es negra como la
noche.
En toda época han tenido los filósofos herméticos
el convencimiento, basado en sesenta mil años de experiencia (2),
de que a través del tiempo, y por efecto del pecado, fue densificándose
más groseramente el cuerpo físico del hombre cuya naturaleza
era en un principio casi etérea y le permitía percibir claramente
las cosas hoy invisibles del universo. Desde la caída del género
humano, la materia es un espeso muro interpuesto entre el mundo terrestre
y el mundo de los espíritus.
Las más antiguas tradiciones esotéricas enseñan asimismo
que antes del Adam mítico existieron sucesivamente varias razas
humanas. ¿Eran tipos más perfectos? ¿Pertenecían
a alguna de estas razas los hombres alados que menciona Platón
en Fedro? A la ciencia le incumbe resolver este problema, tomando por
punto de partida las cavernas de Francia y los restos de la edad de piedra.
A medida que avanza el ciclo se van abriendo los ojos del hombre hasta
conocer el “bien y el mal” tan acabadamente como los mismos
Elohim. Después de alcanzar el punto culminante comienza a descender
el ciclo. Cuando el arco llega al punto situado al nivel de la línea
fija del plano terrestre, la naturaleza proporciona al hombre vestiduras
de piel y el Señor Dios “le viste con ellas”.
En las más antiguas tradiciones de casi todos los pueblos se descubre
la misma creencia en una raza de espiritualidad superior a la actual.
El manuscrito quiché Popal Vuh, publicado por Brasseur de Bourbourg,
dice que el primer hombre pertenecía a una raza dotada de raciocinio
y de habla, con vista sin límites, que conocía todas las
cosas a un tiempo. Según Filo Judeo, el aire está poblado
de multitud de invisibles espíritus, inmortales y libres de pecado
unos; y perniciosos y mortales otros. “De los hijos de ÉL
descendemos, e hijos de ÉL volveremos a ser”. La misma creencia
se trasluce en el pasaje del Evangelio de San Juan, escrito por un anónimo
agnóstico, que dice: “Más a cuantos le recibieron
les dio poder de ser hijos de Dios, a aquellos que creen en su nombre”
(3); es decir, que cuantos practicaran la doctrina esotérica de
Jesús, se convertirían en hijos de Dios. “¿No
sabéis que sois dioses?”, dice Cristo a sus discípulos.
Platón describe admirablemente, en Fedro, el estado primario del
hombre al cual ha de volver de nuevo. “Antes de perder las alas
vivía entre los dioses y él mismo era un dios en el mundo
aéreo”. Desde la más remota antigüedad enseñó
la filosofía religiosa que el universo está poblado de divinos
y espirituales seres de diversas razas. De una de éstas surgió
con el tiempo ADAM, el hombre primitivo.
Los kalmucos y otros pueblos de Siberia describen también en sus
leyendas, razas anteriores a la nuestra y dicen que aquellos hombres poseían
conocimientos casi ilimitados, de lo que se engrieron hasta la audacia
de rebelarse contra el Gran Espíritu, quien, para humillar su presunción
y castigar su arrogancia, los encerró en cuerpos que limitaron
sus facultades. Únicamente pueden salir de este encierro por medio
de un perseverante arrepentimiento, de la purificación y desenvolvimiento
interior. Creen que sus shamanos pueden ejercer a veces las divinas facultades
que un tiempo poseyeron todos los hombres.
LOS LIBROS DE HERMES
En la biblioteca Astort, de Nueva York, hay el facsímil de un tratado
egipcio de medicina escrito en el año 1552 antes de J. C., cuando,
según la cronología corriente, contaba Moisés veintiún
años de edad. Los caracteres están trazados sobre una corteza
interna del Cyperus papyrus, y el profesor Schenk, de Leipzig, no sólo
atestigua su autenticidad, sino que lo diputa por el más perfecto
de cuantos se conocen. Es una sola hoja de excelente papiro amarillento
obscuro, de tres decímetros de ancho y más de veinte metros
de largo, arrollado en ciento diez páginas cuidadosamente numeradas.
Lo adquirió en 1872 el arqueólogo Ebers de manos de un árabe
de Luxor. El periódico La Tribuna, de Nueva York, dijo, a propósito
de este asunto, que del examen del papiro se infiere con toda probabilidad
que es uno de los seis Libros herméticos de Medicina citados por
Clemente de Alejandría. Dice el mismo periódico: “El
año 363, en tiempo de Jámblico, los sacerdotes egipcios
enseñaban cuarenta y dos libros atribuidos a Hermes (Thuti). Según
Jámblico, de estos libros, treinta y seis trataban de todos los
conocimientos humanos y los seis restantes se ocupaban especialmente en
anatomía, patología, oftalmología, quirúrgica
y terpéutica (4). El Papiro de Ebers es seguramente uno de estos
tratados herméticos”.
Si el fortuito encuentro del arqueólogo alemán y del árabe
de Luxor ha iluminado con tan viva luz la antigua ciencia de los egipcios,
no cabe duda de que si se repitiera el caso con un egipcio tan servicial
como el árabe, se esclarecerían muchos puntos tenebrosos
de la historia antigua.
Los descubrimientos de la ciencia moderna no invalidan en modo alguno
las remotísimas tradiciones que atribuyen increíble antigüedad
a la raza humana. La geología, que hasta hace pocos años
no había descubierto las huellas del hombre más allá
de la época terciaria, tiene hoy pruebas incontrovertibles de que
el hombre existía ya sobre la tierra mucho antes del último
período glacial que se remonta a 250.000 años. Es un cómputo
muy duro de roer para los teólogos. Sin embargo, así lo
creyeron los antiguos filósofos.
Por otra parte, junto con restos humanos se han encontrado utensilios,
en prueba de que en aquella remota época se ejercitaba ya el hombre
en la caza y sabía edificar chozas. Pero la ciencia se ha detenido
en su investigadora marcha, sin dar otro paso para descubrir el origen
de la raza humana cuyas pruebas ulteriores han de aducirse todavía.
Desgraciadamente, los antropólogos y psicólogos modernos
son incapaces de reconstruir con los fósiles hasta ahora descubiertos
el trino hombre físico, mental y espiritual. El hecho de que cuanto
más hondas son las excavaciones arqueológicas, más
toscos y groseros resultan los utensilios prehistóricos, parece
una prueba científica de que el hombre es más salvaje y
semejante a los brutos a medida que nos acercamos a su origen. ¡Extraña
lógica! ¿Acaso los restos hallados, por ejemplo, en la cueva
de Devon, demuestran que no existieran entonces otras razas superiormente
civilizadas?
Cuando hayan desaparecido los actuales pobladores de la tierra y los arqueólogos
de la raza futura hallen en sus excavaciones los utensilios pertenecientes
a los indios o a las tribus de las islas de Andamán, ¿podrían
afirmar con razón que en el siglo XIX comenzaba la humanidad a
salir de la Edad de piedra?
LÍMITES DE LAS CIENCIAS FÍSICAS
Hasta
hace muy poco estaba de moda hablar de “los insostenibles conceptos
de un pasado inculto”, ¡como si fuera posible ocultar tras
un epigrama las canteras intelectuales en que se labraron tantas reputaciones
científicas! Así como Tyndall propende fácilmente
a mofarse de los antiguos filósofos con cuyas ideas se han pavoneado
muchos sabios modernos, así también se inclinan de día
en día los geólogos a suponer que las razas arcaicas estaban
sumidas en profunda barbarie. Sin embargo, no todos los orientalistas
son de esta opinión, pues algunos sostienen lo contrario, como,
por ejemplo, Max Müller que dice: “Hay todavía muchas
cosas incomprensibles para nosotros, y el lenguaje jeroglífico
de los antiguos tan sólo expresa la mitad de los pensamientos.
Sin embargo, la imagen del hombre se nos aparece cada vez más pura
y noble en todos los países, según nos acercamos a su origen
y comprendemos sus errores e interpretamos sus ensueños. Por lejanas
que estén las huellas del hombre, aun en los más apartados
confines de la historia, descubrimos desde un principio el divino don
de la vigorosa y razonable inteligencia, de suerte que es imposible sostener
que la raza humana haya surgido lentamente de las profundidades de la
brutalidad animal" (5).
Como se ha dicho que no es filosófico inquirir las causas primeras,
los sabios se ocupan tan sólo en estudiar los efectos físicos,
y el campo de investigación científica no va más
allá de la naturaleza física, en cuyos límites se
detienen los investigadores para recomenzar su tarea y dar vueltas y más
vueltas a la materia, como ardillas enjauladas, dicho sea con todo el
respeto debido a los eruditos. Somos demasiado pigmeos para poner en tela
de juicio la valía potencial de la ciencia; pero los científicos
no encarnan la ciencia, como tampoco los habitantes del planeta son el
planeta mismo. Ninguno de nosotros tiene autoridad ni derecho para forzar
a los modernos filósofos a que acepten sin reparo la descripción
geográfica del hemisferio de la luna oculto a las miradas de los
astrónomos; pero si un cataclismo lunar lanzase a alguno de sus
habitantes a la esfera de atracción de nuestro globo, de modo quesano
y salvo cayera ante la puerta del doctor Carpenter, no podría éste,
sin mengua de sus deberes profesionales, considerar el hecho más
que desde el punto de vista físico. Pero el investigador científico
no debe rehuir el estudio de ningún nuevo fenómeno, así
fuera éste tan insólito como la caída de un hombre
de la luna o la aparición de un espectro en su alcoba. Tanto da
investigar por el método aristotélico como por el platónico;
pero lo cierto es que los antiguos antropólogos conocían
perfectamente las dos naturalezas interna y externa del hombre. A pesar
de las vacilantes hipótesis de los geólogos empezamos a
tener casi diariamente pruebas de las aserciones de aquellos filósofos,
quienes dividían la existencia del hombre sobre la tierra en dilatados
ciclos, durante cada uno de los cuales alcanzaba gradualmente la humanidad
el pináculo de la civilización para ir sumiéndose
paulatinamente en la más abyecta barbarie. De los maravillosos
monumentos de la antigüedad todavía existentes y de la descripción
que hace Herodoto de otros ya desaparecidos, puede inferirse, aunque no
por completo, el eminente grado de progreso a que llegó la humanidad
en cada uno de sus pasados ciclos. Ya en la época del célebre
historiador griego eran montones de ruinas muchos templos famosos y pirámides
gigantescas a que el padre de la historia llama “venerables testigos
de las glorias de nuestros remotors antepasados”. Elude Herodoto
tratar de las cosas divinas y se contrae a describir, según referencias
llegadas a sus oídos, los maravillosos subterráneos del
Laberinto que sirvieron de sepulcro a los reyes iniciados cuyos restos
yacen todavía en lugares ocultos.
Sin embargo, los relatos hitóricos de la época de los Ptolomeos
nos proporcionan elementos bastantes para juzgar de las florecientes civilizaciones
de la antigüedad, pues ya entonces habían decaído las
ciencias y las artes con pérdida de muchos de sus secretos. En
las excavaciones recientemente efectuadas en Mariette-Bey, al pie mismo
de las Pirámides, se han encontrado estatuas de madera y otros
objetos artísticos cuyo examen muestra que muchísimo antes
de las primeras dinastías habían llegado ya los egipcios
al refinamiento de la perfección artística, hasta el punto
de maravillar a los más entusiastas partidarios del arte helénico.
NÚMEROS PITAGÓRICOS
En una de sus obras describe Taylor dichas estatuas diciendo que es verdaderamente
inimitable la belleza plástica de aquellas testas con ojos de piedras
preciosas y párpados de cobre.
A mucha mayor profundidad de la capa de arena en que yacían los
objetos existentes hoy en el Museo Británico y en las colecciones
de Lepsius y Abbott se encontraron posteriormente las pruebas tangibles
de la ya referida doctrina hermética de los ciclos.
El entusiasta helenista doctor Schliemann halló en las excavaciones
efectuadas no ha mucho en el Asia menor, notorias huellas del progreso
gradual de la barbarie a la civilización y del también gradual
regreso de la civilización a la barbarie. Así, pues, si
el hombre antediluviano era mucho más docto que nosotros en ciencias
profanas y mucho más hábil en ciertas artes que ya damos
por perdidas, ¿por qué no admitir que pudiera igualmente
aventajarnos en el conocimiento de la psicología? Esta hipótesis
debe prevalecer mientras no se aduzcan pruebas evidentes en contrario.
Todo sabio digno de este nombre reconoce que muchas ramas de la ciencia
están todavía en mantillas. ¿Será porque nuestro
ciclo haya principiado hace poco tiempo? Sin embargo, según la
filosofía caldea, los ciclos de evolución no abarcan a un
tiempo a toda la humanidad, y así lo corrobora espontáneamente
Draper al decir que los períodos en que a la geología le
plugo dividir los progresos del hombre, no son tan exabruptos que comprendan
simultáneamente a toda la humanidad, pues cabe poner por ejemplo
los indios nómadas de América que en nuestros días
están trascendiendo la para ellos Edad de piedra.
Los cabalistas versados en el sistema pitagórico de números
y líneas saben perfectamente que las doctrinas metafísicas
de Platón se fundan en rigurosos principios matemáticos.
A este propósito, dice el Magicón: “Las matemáticas
sublimes están relacionadas con toda ciencia superior; pero las
matemáticas vulgares no son más que falaz fantasmagoría
cuya encomiada exactitud dimana del convencionalismo de sus fundamentos”.
Algunos filósofos de nuestra época ponderan el aristotélico
método inductivo en perjuicio del deductivo de Platón, porque
se figuran que aquél consiste tan sólo en ir a rastras de
lo particular a lo universal. Draper lamenta (6) que los místicos
especulativos como Amonio Saccas y Plotino suplantaran a los rigurosos
geómetras de las escuelas antiguas; pero no tiene en cuenta que
la geometría es entre todas las ciencias el más acabado
modelo de síntesis y en toda su trama procede de lo universal a
lo particular o sea el método platónico. Ciertamente que
no fallarán las ciencias exactas mientras, recluidas en las condiciones
del mundo físico, se contraigan al método aristotélico;
pero como el mundo físico es limitado aunque nos parezca ilimitado,
no podrán las investigaciones meramente físicas trasponer
la esfera del mundo material.
La teoría cosmológica de los números, que Pitágoras
aprendió de los hierofantes egipcios, es la única capaz
de conciliar la materia y el espíritu demostrando matemáticamente
la existencia de ambos principios por la de cada uno de ellos.
Las combinaciones esotéricas de los números sagrados del
universo resuelven el arduo problema y explican la teoría de la
irradiación y el ciclo de las emanaciones. Los órdenes inferiores
proceden de los espiritualmente superiores y evolucionan en progresivo
ascenso hasta que, llegados al punto de conversión, se reabsorben
en el infinito.
La fisiología, como todas las ciencias, está sujeta a la
ley de evolución cíclica, y si en el actual ciclo va saliendo
apenas del arco inferior, algún día tendremos la prueba
de que en época muy anterior a Pitágoras estuvo en el punto
culminante del ciclo. Por de pronto, Pitágoras aprendió
fisiología y anatomía de boca de los discípulos y
sucesores del sidonio Mochus, que floreció muchísimos años
antes que el filósofo de Samos, cuya solicitud por conservar las
enseñanzas de la antigua ciencia del alma le hacen digno de vivir
eternamente en la memoria de los hombres.
COMENTADORES DE PLATÓN
Las ciencias enseñads en los santuarios estaban veladas impenetrablemente
por el más sigiloso arcano. Ésta es la causa del poco aprecio
en que hoy se tiene a los filósofos antiguos, y más de un
comentador acusó de incongruentes a Platón y Filo Judeo,
por no advertir el propósito que se trasluce bajo el laberinto
de contradicciones metafísicas cuya aparente absurdidad tan perplejos
deja a los lectores del Timeo. Pero ¿qué comentador de los
clásicos supo leer a Platón? Esto nos mueve a preguntar
los juicios críticos que sobre el insigne filósofo encontramos
en las obras de Stalbaüm, Schleiermacher, Ficino, Heindorf, Sydenham,
Buttmann, Taylor y Burges, por no citar otros de menos autoridad. Las
veladas alusiones de Platón a las enseñanzas esotéricas
han puesto en extrema confusión a sus comentadores, cuya atrevida
ignorancia llegó al punto de alterar muchos pasajes del texto,
creídos de que estaban equivocadas las palabras. Así tenemos
que respecto a la alusión órfica en que el autor exclama:
Del canto el orden de la sexta raza cierra,
cuya
interpretación sólo cabe dar en el sentido de la aparición
de la sexta raza en la consecutiva evolución de las esferas (7),
opina erróneamente Burges que el pasaje “está sin
duda tomado de una cosmogonía, según la cual fue el hombre
el último ser creado” (8). El que edita una obra ¿no
tiene la obligación de por lo menos entender lo que dice el autor?
Es opinión general, aun entre los críticos más serenos,
que los sabios de la antigüedad no tuvieron de las ciencias experimentales
el profundo conocimiento que tanto engríe a nuestro siglo.
Algunos comentadores han sospechado que ignoraban el fundamental apotegma
filosófico: ex nihilo nihil fit, y dicen que si algo sabían
de la indestructibilidad de la materia, no era por deducción de
principios firmemente establecidos, sino por intuición y analogía.
Sin embargo, nosotros opinamos lo contrario, pues aunque las enseñanzas
de los filósofos antiguos en lo concerniente a las cosas materiales
fuesen públicas y estén sujetas a la crítica, sus
doctrinas sobre las cosas espirituales fueron profundamente esotéricas,
y movidos por el juramento de mantener en absoluto sigilo cuanto se refiriese
a las relaciones entre el espíritu y la materia, rivalizaban unos
con otros en ingeniosas trazas para encubrir sus verdaderas opiniones.
La doctrina de la metempsícosis, tan acerbamente ridiculizada por
los científicos y con no menos dureza combatida por los teólogos,
es un concepto sublime para quienes desentrañan su esotérica
adecuación a la indestructibilidad de la materia e inmortalidad
del espíritu. ¿No sería justo mirar la cuestión
desde el punto de vista en que los antiguos se colocaron, antes de burlarnos
de ellos? Ni la superstición religiosa ni el escepticismo materialista
pueden resolver el magno problema de la eternidad. lA armónica
variedad en la matemática unidad de la dual evolución del
espíritu y de la materia está comprendida tan sólo
en los números universales de Pitágoras, enteramente idénticos
al “lenguaje métrico” de los Vedas, según ha
demostrado el celoso orientalista Martín Haug en su por desgracia
demasiado tardía traducción del Aitareya Brâhmana
del Rig Veda, hasta ahora desconocido de los occidentales. Tanto el sistema
pitagórico como el brahmánico entrañan en el número
el significado esotérico. En el primero depende de la mística
relación entre los números y las cosas asequibles a la mente
humana; en el segundo, del número de sílabas de cada versículo
de los mantras.
Platón, ferviente discípulo de Pitágoras, siguió
con tal fidelidad las enseñanzas de su maestro que sostuvo que
el Demiurgos se valió del dodecaedro para construir el universo.
Algunas figuras geométricas tienen especial y profunda significación,
como, por ejemplo, el cuadrado, emblema de la moral perfecta y la justicia
absoluta, pues sus cuatro lados o límites son exactamente iguales.
Todas las potestades y armonías de la naturaleza están inscritas
en el cuadrado perfecto cuyo número 4 es la tercera parte del número
12 del dodecaedro, de suerte que el inefable nombre de Aquél se
simboliza en la sagrada Tetractys, por quien juraban solemnemente los
antiguos místicos.
EL SISTEMA HELIOCÉNTRICO EN LA INDIA
Si después de estudiarla como es debido comparáramos las
enseñanzas pitagóricas de la metempsícosis con la
moderna teoría de la evolución, hallaríamos en ella
todos los eslabones perdidos en esta última; pero ¿qué
sabio se avendría a desperdiciar el tiempo en lo que llaman quimeras
de los antiguos? Porque, a pesar de las pruebas en contrario, dicen que,
no ya las naciones de las épocas arcaicas, sino que ni siquiera
los filósofos griegos tuvieron la más leve noción
del sistema heliocéntrico. San Agustín, Lactancio y el venerable
Beda desnaturalizaron con su ignorante dogmatismo las enseñanzas
de los teólogos precristianos; pero la filología, apoyada
en el exacto conocimiento del sánscrito, nos coloca en ventajosa
situación para vindicarlos. Así, por ejemplo, en los Vedas
encontramos la prueba de que 2.000 años antes de J. C., los sabios
indos conocían la esfericidad de la tierra y el sistema heliocéntrico
que tampoco ignoraba Pitágoras, por haberlo aprendido en la India,
ni su discípulo Platón.
A este propósito copiaremos dos pasajes del Aitareya Brâhmana
(9):
“El Mantra-Serpiente es uno de los que vio Sarparâjni (la
reina de las serpientes). Porque la tierra (iyam) es la reina de las serpientes
puesto que es madre y reina de todo cuanto se mueve (sarpat). En un principio,
la tierra era una enorme cabeza calva (10).
“Entonces vio la tierra este Mantra que confiere a quien lo conoce
la facultad de asumir la forma que desee. La tierra “entonó
el Mantra”, esto es, sacrificó a los dioses y por ello tomó
jaspeado aspecto y fue capaz de producir diversidad de formas y mudarlas
unas en otras.
“Este Mantra comienza con las palabras: Ayam gaûh pris’nir
akramît” (X-189).
La descripción de la tierra en forma de cabeza calva, al principio
dura y después blanda, cuando el dios del aire (Vayu) sopló
en ella, demuestra que los autores de los Vedas, no sólo conocían
la esfericidad de la tierra, sino también que en un principio era
una masa gelatinosa que con el tiempo se fue enfriando por la acción
del aire. Veamos ahora la prueba de que los indos conocían perfectamente
el sistema heliocéntrico unos 2.000 años por lo menos antes
de J. C.
El Aitareya Brâhmana enseña cómo ha de recitar el
sacerdote los shâstras y explica el fenómeno de la salida
y puesta del sol. A este propósito dice: “Agnisthoma es el
dios que abrasa. El sol no sale ni se pone. Las gentes creen que el sol
se pone, pero se engañan, porque no hay tal, sino que llegado el
fin del día, deja en noche lo que está debajo y en día
lo del lado opuesto. Cuando las gentes se figuran que sale el sol, es
que llegado el fin de la noche, deja en día lo que está
debajo y en noche lo del lado opuesto. Verdaderamente, nunca se pone el
sol para quien esto sabe” (11).
El pasaje transcrito es tan concluyente, que el mismo traductor del Rig
Veda llama la atención sobre su texto diciendo que en él
se niega la salida y la puesta del sol, como si el autor estuviese convencido
de que el astro conserva constantemente su elevada posición (12).
En uno de los nividas más antiguos, el rishi Kutsa, que floreció
en muy remotos tiempos, explica alegóricamente las leyes a que
obedecen los cuerpos celestes. Dice que “por hacer lo que no debió”
fue condenada Anâhit (13) a girar alrededor del sol. Los sattras,
o sacrificios periódicos, prueban, sin dejar duda, que diecinueve
siglos antes de la era cristiana estaban ya los indos muy adelantados
en astronomía. Duraban estos sacrificios un año y correspondían
a la aparente carrera del sol.
Según dice Haug “se dividían en dos períodos
de seis meses de treinta días, con intervalo de un día llamado
vishuvan (ecuador o día central) que partía el sattras en
dos mitades” (14).
ANTIGUOS CÓMPUTOS ASTRONÓMICOS
Aunque Haug remonta la antigüedad de los Brâhmanas tan sólo
a unos 1.200 ó 1.400 años antes de J. C., reconoce que los
himnos más antiguos corresponden al comienzo de la literatura védica,
entre los años 2.400 y 2.000 antes de J. C., pues no ve razón
para considerar los Vedas menos antiguos que las Escrituras chinas. Sin
embargo, como está probado de sobra que el Shu-King (Libro de la
Historia) y los cantos sacrificiales del Shi-King (Libro de las Odas)
datan de 2.200 años antes de J. C., los filólogos modernos
se verán forzados a confesar la superioridad de los indos en conocimientos
astronómicos.
De todos modos, estos hechos demuestran que ciertos cómputos astronómicos
de los caldeos eran tan exactos en tiempo de Julio César como puedan
serlo en nuestros días. Cuando el conquistador de las Galias reformó
el calendario, las estaciones habían perdido toda correspondencia
con el año civil, pues el verano se prolongaba a los meses de otoño
y el otoño a los de invierno.
Las operaciones científicas de la corrección estuvieron
a cargo del astrónomo caldeo Sosígenes, quien retrasó
noventa días la fecha del 25 de Marzo para que coincidiese con
el equinoccio de primavera y dividió el año en los doce
meses distribuidos en días tal como aún subsisten.
El calendario de los aztecas mexicanos dividía el año en
meses de igual número de días con tan escrupulosa exactitud
calculados, que ningún error descubrieron las comprobaciones efectuadas
posteriormente en la época de Moctezuma, al paso que al desembarcar
los españoles el año 1519, advirtieron que el calendario
Juliano, por el cual se regían, adelantaba once días con
relación al tiempo exacto.
Gracias a las inestimables y fieles traducciones de los libros védicos
y a los trabajos de investigación del doctor Haug, podemos corroborar
las afirmaciones de los filósofos herméticos y reconocer
la indecible antigüedad de la época en que floreció
el primer Zoroastro. Los Brâhmanas, cuya fecha remonta Haug a 2.000
años, describen los combates entre los indos prevédicos
simbolizados en los devas y los iranios en los asuras. ¿En qué
época levantaría su voz el primer profeta iranio contra
lo que llamaba la idolatría de los brahmanes a quienes calificó
de devas o, según él, demonios?
A ello responde Haug que estas luchas debieron parecerles a los autores
de los Brâhmanas tan legendarias como les parecen las proezas del
rey Arturo a los historiadores ingleses del siglo XIX.
Los más conspicuos filósofos reconocen que tanto los brahmanes
como los budistas y los pitagóricos enseñaron esotéricamente,
en forma más o menos inteligible, la doctrina de la metempsícosis,
profesada asimismo por Clemente de Alejandría, Orígenes,
Sinesio, Calcidio y los agnósticos, a quienes la historia diputa
por los hombres más exquisitamente cultos de su tiempo (15). Pitágoras
y Sócrates sostuvieron las mismas ideas y ambos fueron condenados
a muerte en pena de enseñarlas, porque el vulgo ha sido igualmente
brutal en todo tiempo y el materialismo ofuscó siempre las verdades
espirituales.
De acuerdo con los brahmanes, enseñaron a Pitágoras y Sócrates
que el espíritu de Dios anima las partículas de la materia
en que está infundido; que el hombre tiene dos almas de distinta
naturaleza, pues una (alma astral o cuerpo fluidico) es corruptible y
perecedera, mientras que la otra (augoeides o partícula del Espíritu
divino) es incorruptible e imperecedera. El alma astral, aunque invisible
para nuestros sentidos por ser de materia sublimada, perece y se renueva
en los umbrales de cada nueva esfera, de suerte que va purificándose
más y más en las sucesivas transmigraciones. Aristóteles,
que por motivos políticos se muestra muy reservado al tratar cuestiones
de índole esotérica, declara explícitamente su opinión
en este punto, afirmando que el alma humana es emanación de Dios
y a Dios ha de volver en último término. Zenón, fundador
de la escuela estoica, distinguía en la naturaleza dos cualidades
coeternas: una activa, masculina, pura y sutil, el Espíritu divino;
otra pasiva, femenina, la materia que para actuar y vivir necesita del
Espíritu, único principio eficiente cuyo soplo crea el fuego,
el agua, la tierra y el aire. También los estoicos admitían
como los indos la reabsorción final. San Justino creía en
la emanación divina del alma humana, y su discípulo Taciano
afirma que “el hombre es inmortal como el mismo Dios” (16).
EL ALMA DE LOS ANIMALES
Es muy importante advertir que el texto hebreo del Génesis, según
saben los hebraístas, dice así: “A todos los animales
de la tierra y a todas las aves del aire y a cuanto se arrastra por el
suelo les di alma viviente” (17). Pero los traductores han adulterado
el original substituyendo la frase subrayada por la de: “allí
en donde hay vida”.
Demuestra Drummond que los traductores de las Escrituras hebreas han tergiversado
el sentido del texto en todos los capítulos, falseando hasta la
significación del nombre de Dios que traducen por Él cuando
el original dice ... Al que, según Higgins, significa Mithra, el
Sol conservador y salvador. Drummond prueba también que la verdadera
traducción de Beth-El es Casa del Sol y no Casa de Dios, pues en
la composición de estos nombres cananeos, la palabra El no significa
Dios, sino Sol (18).
De esta manera ha desnaturalizado la teología a la teosofía
antigua y la ciencia a la filosofía (19).
El desconocimiento de este capital principio filosófico invalida
los métodos de la ciencia moderna por seguros que parezcan, pues
no sirven para demostrar el origen y fin de las cosas. En lugar de deducir
el efecto de la causa inducen la causa del efecto. Enseña la ciencia
que los tipos superiores proceden evolutivamente de los inferiores, pero
como en esta laberíntica escala va guiada por el hilo de la materia,
en cuanto se rompe no puede adelantar un paso y retrocede con espanto,
y se confiesa impotente ante el Incomprensible. No procedían así
Platón y sus discípulos, para quienes los tipos inferiores
eran imágenes concretas de los abstractos superiores. El alma inmortal
tiene un principio aritmético y el cuerpo lo tiene geométrico.
Este principio, como reflejo del Arqueos universal, es semoviente y desde
el centro se difunde por todo el cuerpo del microcosmos.
La triste consideración de esta verdad mueve a Tyndall a confesar
cuán impotente es la ciencia aun en el mismo mundo de la materia,
diciendo: “El primario ordenamiento de los átomos a que toda
acción subsiguiente está subordinada, escapa a la penetración
del más potente microscopio. Después de prolongadas y complejas
observaciones, sólo cabe afirmar que la inteligencia más
privilegiada y la más sutil imaginación retroceden confundidas
ante la magnitud del problema. no hay microscopio capaz de reponernos
de nuestro asombro, y no sólo dudamos de la valía de este
instrumento, sino de si en verdad la mente humana puede inquirir las más
íntimas energías estructurales de la naturaleza”.
La fundamental figura geométrica de la cábala, que según
la tradición, de acuerdo con las doctrinas esotéricas recibió
Moisés en el monte Sinaí (20) encierra en su grandiosamente
sencilla combinación la clave del problema universal. Esta figura
contiene todas las demás y los capaces de comprenderla no necesitan
valerse de la imaginación ni del microcopio, porque ninguna lente
óptica supera en agudeza a la percepción espiritual. Para
los versados en la magna ciencia, la descripción que un niño
psicómetra pueda dar de la génesis de un grano de arena,
de un pedazo de cristal o de otro objeto cualquiera, es mucho más
fidedigna que cuantas observaciones telescópicas y microscópicas
aleguen las ciencias experimentales.
Más verdad encierra la atrevida pangenesia de Darwin, a quien llama
Tyndall “especulador sublime”, que las cautas y restringidas
hipótesis de este otro sabio, quien, como todos los de su linaje,
recluyen su imaginación entre las, según ellos, “firmes
fronteras del raciocinio”. La hipótesis de un germen microscópico
con suficente vitalidad para contener un mundo de gérmenes menores,
parece como si se remontara a lo infinito y trascendiendo al mundo material
se internara en el espiritual.
Si consideramos la darwiniana teoría del origen de las especies,
advertiremos que su punto de partida está situado como si dijéramos
frente a una puerta abierta, con libertad de atravesar o no el dintel
a cuyo otro lado vislumbramos lo infinito, lo incomprensible, o, por mejor
decir, lo inefable. Si el lenguaje humano es insuficiente para expresar
lo que vislumbramos en el más allá, algún día
habrá de comprenderlo el hombre que ante sí tiene la inacabable
eternidad.
EL PROTOPLASMA Y EL “MÁS ALLÁ”
No sucede lo propio en la hipótesis de Huxley acerca de los fundamentos
fisiológicos de la vida. Contra las negaciones de sus colegas alemanes
admite un protoplasma universal que al formar las células origina
la vida. Este protoplasma es, según Huxley, idéntico en
todo organismo viviente, y las células que constituye entrañan
el principio vital, pero excluye de ellas el divino influjo y deja sin
resolver el problema. Con habilísima táctica convierte las
leyes y hechos en centinelas cuyo santo y seña es la palabra necesidad,
aunque al fin y a la postre desbarata toda la hipótesis calificándola
de “vano fantasma de mi imaginación”. “Las doctrinas
fundamentales del espiritualismo, continúa diciendo Huxley, trascienden
toda investigación filosófica” (21). Sin embargo,
nos atreveremos a contradecir esta afirmación observando que mejor
se avienen las doctrinas espiritualistas con las investigaciones filosóficas
que con el protoplasma de Huxley, pues al menos ofrecen pruebas evidentes
de la existencia del espíritu, mientras que una vez muertas las
células protoplásmicas, no se advierte en ellas indicio
alguno de que sean los orígenes de la vida, como pretende el eminente
pensador contemporáneo.
Los cabalistas antiguos no formulaban hipótesis alguna hasta que
podían establecerla sobre la firmísima roca de comprobadas
experiencias.
Pero la exagerada subordinación a los hechos físicos ocasiona
la pujanza del materialismo y la decadencia del espiritualismo. Tal era
la orientación dominante del pensamiento humano en tiempos de Aristóteles,
y aunque el precepto délfico no se había borrado de la mente
de los filósofos griegos, pues todavía algunos afirmaban
que para conocer lo que es el hombre se necesita saber lo que fue, ya
empezaba el materialismo a corroer las raíces de la fe. Los mismos
Misterios estaban adulterados hasta el punto de ser especulaciones sacerdotales
y fraudes religiosos. Pocos eran los verdaderos adeptos e iniciados, legítimos
sucesores de los que dispersara la espada conquistadora del antiguo Egipto.
Ciertamente había llegado ya la época vaticinada por el
gran Hermes en su diálogo con Esculapio; la época en que
impíos extraqnjeros reconvinieran a los egipcios de adorar monstruosos
ídolos, sin que de ella quedara más que los jeroglíficos
de sus monumentos como increíbles enigmas para la posteridad. Los
hierofantes andaban dispersos por la faz de la tierra, buscando refugio
en las comunidades herméticas llamadas más tarde esenios,
donde sepultaron a mayor hondura que antes la ciencia esotérica.
La triunfante espada del discípulo de Aristóteles no dejó
vestigio de la un tiempo pura religión, y el mismo Aristóteles,
típico hijo de su siglo, aunque instruido en la secreta ciencia
de los egipcios, sabía muy poco de los resultados dimanantes de
milenarios estudios esotéricos.
Lo mismo que los que florecieron en los días de Psamético,
los filósofos contemporáneos “alzan el velo de Isis”
porque Isis es el símbolo de la naturaleza; pero sólo ven
formas físicas y el alma interna escapa a su penetración.
La Divina Madre no les responde. Anatómicos hay que niegan la existencia
del alma, porque no la descubren bajo las masas de músculos y redes
de nervios y substancia gris que levantan con la punta del escalpelo.
Tan miopes son estos en sus sofismas como el estudiante que bajo la letra
muerta de la cábala no acierta a descubrir el vivificador espíritu.
Para ver el hombre real que habitó en el cadáver extendido
sobre la mesa de disección, necesita el anatómico ojos no
corporales; y de la propia suerte, para descubrir la gloriosa verdad,
cifrada en las escrituras hieráticas de los papiros antiguos, es
preciso poseer la facultad de intuición, la vista del alma, como
la razón lo es de la mente.
La ciencia moderna admite una fuerza suprema, un principio invisible,
pero niega la existencia de un Ser supremo, de un Dios personal (22).
Lógicamente es muy discutible la diferencia entre ambos conceptos,
porque, en este caso, fuerza y esencia son idénticas. La raxzón
humana no puede concebir una fuerza suprema e inteligente sin identificarla
con un Ser también supremo e inteligente. Jamás el vulgo
tendrá idea de la omnipotencia y omnipresencia de Dios sin atribuirle,
en gigantescas proporciones, cualidades humanas; sin embargo, para los
cabalistas, siempre fue el invisible En-Soph una Potestad.
DESCONOCIDOS, PERO PODEROSOS ADEPTOS
Vemos, por lo tanto, que los filósofos positivistas de nuestros
días tuvieron sus precursores hace miles de años. El adepto
hermético proclama que el simple sentido común excluye toda
contingencia de que el universo sea obra del acaso, pues equivaldría
este absurdo a suponer que los postulados deEuclides los dedujo un mono
entretenido en jugar con figuras geométricas.
Muy pocos cristianos comprenden la teología hebrea, si es que algo
saben de ella. El Talmud es profundamente enigmático, aún
para la mayor parte de los mismos judíos; pero los hebraístas
que lo han descifrado, no se engríen de su erudición. Los
libros cabalísticos son todavía menos comprensibles para
los judíos, y a su estudio se dedican, con mayor asiduidad que
estos, los hebraístas cristianos. Sin embargo, ¡cuán
menos conocida todavía es la cábala universal de Oriente!
Pocos son sus adeptos; pero estos privilegiados herederos de los sabios
que “descubrieron las deslumbradoras verdades que centellean en
la gran Shemaya del saber caldeos (23) han solucionado lo “absoluto”
y descansan ahora de su fatigosa tarea. No pueden ir más allá
de la línea trazada por el dedo del mismo Dios en este mundo, como
límite del conocimiento humano. Sin darse cuenta, han topado algunos
viajeros con estos adeptos en las orillas del sagrado Ganges, en las solitarias
ruinas de Tebas, en los misteriosamente abandonados aposentos de Luxor,
en las cámaras de azules y doradas bóvedas cuyos misteriosos
signos atraen sin fruto posible la atención del vulgo. Por doquiera
se les encuentra, lo mismo en las desoladas llanuras del Sahara y en las
cavernas de Elefanta, que en los brillantes salones de la aristocracia
europea; pero sólo se dan a conocer a los desinteresados estudiantes
cuya perseverancia no les permite volver atrás. El insigne teólogo
e historiador judío Maimónides, a quien sus compatriotas
casi divinizaron, para después acusarle de herejía, afirma
que lo en apariencia más absurdo y extravagante del Talmud, encubre
precisamente lo más sublime de su significado esotérico.
Este eruditísimo judío ha demostrado que la magia caldea
profesada por Moisés y otros taumaturgos, se fundaba en amplios
y profundos conocimientos de diversas y hoy olvidadas ramas de las ciencias
naturales, pues conocían por completo los recursos de los reinos
mineral, vegetal y animal, aparte de los secretos de la química
y de la física, con añadidura de las verdades espirituales
que les daban tanta idoneidad en psicología como tuvieron en fisiología.
No es maravilla, pues, que los adeptos educados en los misteriosos santuarios
de los templos, obraran portentos en cuya explicación fracasaría
la infatuada ciencia contemporánea. Es denigrante para la dignidad
humana motejar de imposturas la magia y las ciencias ocultas, pues si
hubiera sido posible que durante miles de años fuesen unas gentes
víctimas de los fraudes y supercherías amañados por
otras gentes, necesario sería confesar que la mitad de los hombres
son idiotas y la otra mitad bribones. ¿En qué país
no se ha practicado la magia? ¿En qué época se olvidó
por completo?
Los Vedas y las leyes de Manú, que son los documentos literarios
más antiguos, describen muchos ritos mágicos de lícita
práctica entre los brahmanes (24). Hoy mismo se enseña en
el Japón y en China, sobre todo en el Tíbet, la magia cladea,
y los sacerdotes de estos países corroboran con el ejemplo las
enseñanzas relativas al desenvolvimiento de la clarividencia y
actualización de las potencias espirituales, mediante la pureza
y austeridad de cuerpo y mente, de que dimana la mágica superioridad
sobre las entidades elementales, naturalmente inferiores al hombre. En
los países occidentales es la magia tan antigua como en los orientales.
Los druidas de la Gran Bretaña y de las Galias la ejercían
en las reconditeces de sus profundas cavernas, donde enseñaban
ciencias naturales y psicológicas, la armonía del universo,
el movimiento de los astros, la formación de la tierra y la inmortalidad
del alma (25). En las naturales academias edificadas por mano del invisible
arquitecto, se congregaban los iniciados al filo de la media noche para
meditar sobre lo que es y lo que ha de ser el hombre (26). No necesitaban
de iluminación artificial en sus templos, porque la casta diosa
de la noche hería con sus rayos las cabezas coronadas de roble
y los sagrados bardos de blancas vestiduras sabían hablar con la
solitaria reina de la bóveda estrellada (27).
ANTIGÜEDAD
DE LA MAGIA
Pero aunque el ponzoñoso hálito del materialismo haya consumido
las raíces de los sagrados bosques y secado la savia de su espiritual
simbolismo, todavía medran con exuberante lozanía para el
estudiante de ocultismo, que los sigue viendo cargados del fruto de la
verdad tan frondosamente como cuando el archidruida sanaba mágicamente
a los enfermos y tremolando el ramo de muérdago segaba con su dorada
segur la rama del materno roble. La magia es tan vieja como el hombre
y nadie acertaría en señalar su origen, de la propia suerte
que no cabe computar el nacimiento del primer hombre. Siempre que los
eruditos intentaron determinar históricamente los orígenes
de la magia en algún país, desvanecieron sus cálculos
investigaciones posteriores. Suponen algunos que el sacerdote y rey escandinavo
Odín fue el fundador de la magia unos 70 años antes de J.
C.; pero hay pruebas evidentes de que los misteriosos ritos de las sacerdotisas
valas son muy anteriores a dicha época (28).
Otros eruditos modernos atribuyen a Zoroastro las primicias de la magia
apoyados en que fue el fundador de la religión de los magos; pero
Amiano Marcelino, Arnobio, Plinio y otros historiadores antiguos, prueban
concluyentemente que tan sólo se le debe considerar como reformador
de la magia, ya de muy antiguo profesada por los caldeos y egipcios (29).
Los más eminentes maestros de las cosas divinas convienen en que
casi todos los libros antiguos están escritos en lenguaje sólo
entendido de los iniciados, y ejemplo de ello nos da el bosquejo biográfico
de Apolonio de Tyana, que, según saben los cabalistas, es un verdadero
compendio de filosofía hermética con trasuntos de las tradiciones
relativas al rey Salomón. Lo mismo que éstas, parece el
bosquejo biográfico de Apolonio fantástica quimera, porque
los acontecimientos históricos están cubiertos bajo el velo
de la ficción. El viaje a la India, allí descrito, simboliza
las pruebas del neófito, y sus detenidas conversaciones con los
brahmanes, sus prudentes consejos y sus diálogos con el corintio
Menipo, equivalen en conjunto, debidamente interpretados, a un catecismo
esotérico. En su visita al país de los sabios, en la plática
que sostuvo con el rey Hiarkas y en el oráculo de Anfiarao, se
simbolizan muchos dogmas secretos de Hermes, cuya explicación revelaría
no pocos misterios de la naturaleza. Eliphas Levi indica la sorprendente
analogía entre el rey Hiarkas y el fabuloso Hiram, de quien recibió
Salomón el cedro del Líbano y el oro de Ofir. Curioso fuera
averiguar si los modernos masones, por mucha que sea su elocuencia y habilidad,
saben quién es el Hiram cuya muerte juran vengar.
NADA HAY NUEVO BAJO EL SOL
Si prescindiendo de las enseñanzas puramente metafísicas
de la cábala, atendiéramos tan sólo al ocultismo
fisiológico, podríamos obtener resultados beneficiosos para
algunas ramas de la moderna ciencia experimental, tales como la química
y la medicina. A este propósito, dice Draper: “A menudo descubrimos
ideas que orgullosamente diputábamos por privativas de nuestra
época”. Esta observación a que dio pie el examen de
los tratados científicos de los árabes, puede aplicarse
con mucho mayor motivo a las obras esotéricas de los antiguos.
La medicina moderna sabe de seguro más anatomía, fisiología
y terpéutica, pero ha perdido el verdadero conocimiento por su
encogido criterio, inflexible materialismo y dogmatismo sectario. Cada
escuela médica desdeña saber lo que otras opinan y todas
ellas desconocen el grandioso concepto que de la naturaleza y el hombre
sugieren los fenómenos hipnóticos y los experimentos de
los norteamericanos sobre el cerebro, cuyos resultados son la más
acabada derrota del estúpido materialismo. Sería conveniente
convocar a los médicos de las distintas escuelas para demostrarles
que muchas veces se estrella su ciencia contra la rebeldía de enfermedades,
vencidas después por saludadores hipnóticos o mediumnímicos.
Quienes estudien la antigua literatura médica, desde Hipócrates
a Paracelso y Van Helmont, hallarán multitud de casos fisiológicos
y psicológicos, perfectamente comprobados, con medicinas y tratamientos
terapéuticos cuyo empleo desdeñan los médicos contemporáneos
(30). De la propia manera, los cirujanos del día confiesan su inferioridad
respecto de la admirable destreza de los antiguos en el arte de vendar.
Los más notables cirujanos parisienses han examinado el vendaje
de las momias egipcias, sin verse capaces de imitar el modelo que ante
sí tenían.
En el museo Abbott, de Nueva York, hay numerosas pruebas de la habilidad
de los antiguos en varias artes, entre ellas, la de blondas y encajes
y postizos femeninos. El periódico de Nueva York, La Tribuna, en
su crítica del Papiro de Ebers, dice: “... verdaderamente
no hay nada nuevo bajo el sol... los capítulos 65, 66, 79 y 89
demuestran que los regeneradores del cabello, los tintes y polvoreras
eran ya necesarios hace 3.400 años”.
En su obra Conflictos entre la religión y la ciencia, reconoce
el eminente filósofo Draper, que a los sabios antiguos corresponde
legítimamente la paternidad de la mayoría de descubrimientos
que los modernos se atribuyen, y al efecto cita unos cuantos hechos que
admiraron a toda Grecia. Calístenes envió a Aristóteles
una serie de observaciones astronómicas computadas por los babilonios,
que se remontaban a mil novecientos tres años. Ptolomeo, rey de
Egipto y notable astrónomo, tenía una tabla de eclipses,
también computada en Babilonia, en la que se predecían los
de más de siete siglos antes de la era cristiana. A este propósito,
dice muy oportunamente Draper: “Pacientes y precisas observaciones
se necesitaron para obtener estos resultados astronómicos, cuya
valía han corroborado nuestros tiempos. Los babilonios computaron
el año tropical con veintisiete segundos de error, y el sideral
con dos minutos de exceso. Conocieron la precesión de los equinoccios
y predijeron y calcularon los eclipses con auxilio de su ciclo llamado
saros, que constaba de 6.585 día, con un error de diecinueve minutos
y treinta segundos. Todos estos cálculos son prueba incontrovertible
de la paciente habilidad de los astrónomos caldeos, pues con imperfectos
instrumentos lograron tan precisos resultados. Habían catalogado
las estrellas y dividido el zodíaco en doce signos, el día
en doce horas y la noche en otras tantas. Durante mucho tiempo estudiaron
las ocultaciones de las estrellas detrás de la luna, según
frase de Aristóteles, conocieron la situación de los planetas
respecto del sol, construyeron cuadrantes, clepsidras, astrolabios y horarios
y rectificaron los erróneos conceptos que sobre la estructura del
sistema solar predominaban por entonces. El mundo permanente de las verdades
eternas que interpenetra el transitorio mundo de ilusiones y quimeras
no ha de ser descubierto por las tradiciones de los hombres que vivieron
en los albores de la civilización ni por los ensueños de
los místicos que presumían de inspiración, sino que
han de descubrirlo las investigaciones de la geometría y la práctica
interrogación de la naturaleza”.
Estamos del todo conformes con esta conclusión que no podía
inferirse más acertadamente. Parte de la verdad nos dice Draper
en el pasaje transcrito, pero no toda, porque desconoce la índole
y extensión de los conocimientos que en los Misterios se enseñaban.
Ningún pueblo tan profundamente versado en geometría como
los constructores de las Pirámides y otros titánicos monumentos
antediluvianos y postdiluvianos, y ninguno tampoco que tan prácticamente
haya interrogado a la naturaleza. Prueba de ello nos da el significado
de sus innumerables símbolos, cada uno de los cuales es plasmada
idea que combina lo divino e invisible con lo terreno y visible, de suerte
que de lo visible se infiere lo invisible por estricta analogía,
según el aforismo hermético: “como lo de abajo es
lo de arriba”. Los símbolos egipcios denotan profundos conocimientos
en ciencias naturales y muy prácticos estudios de las fuerzas cósmicas.
INVESTIGACIONES
GEOMÉTRICAS
Respecto a la eficacia de las investigaciones geométricas, ya no
han de contraerse los estudiantes de ocultismo a nuevas conjeturas, sino
que pueden seguir la orientación señalada en nuestros días
por el insigne geómetra norteamericano Jorge Felt, quien apoyado
en los antecedentes sentados por los antiguos egipcios, ha inferido las
siguientes consecuencias:
1ª Determinar el diagrama fundamental de la geometría plana
y del espacio.
2ª Establecer proporciones aritméticas en forma geométrica.
3ª Inferir la norma geométrica que de tan maravillosa y exacta
manera siguieron los egipcios en todas sus construcciones arquitectónicas
y escultóricas.
4ª Comprobar que de esta misma norma geométrica se valieron
los egipcios para los cómputos astronómicos sobre que fundaron
casi todo su simbolismo religioso.
5ª Descubrir las huellas de la norma geométrica de los egipcios
en el arte y arquitectura de Grecia y en las Escrituras hebreas, cuya
derivación egipcia resulta de ello evidente.
6ª Demostrar que después de investigar durante miles de años
las leyes de la naturaleza, llegaron los egipcios a conocer el sistema
del universo.
7ª Determinar con toda precisión problemas de fisiología,
hasta hoy tan sólo sospechados.
8ª Que la primitiva ciencia y la primitiva religión, que serán
también las últimas, estuvieron comprendidas en la filosofía
masónica.
A esto podemos añadir por testimonio ocular que los escultores
y arquitectos egipcios no forjaban en el yunque de su fantasía
las admirables estatuas de sus templos, sino que de modelo les servían
las “invisibles entidades del aire” y otros reinos de la naturaleza,
cuya visión atribuían ellos, como atribuye también
Felt, a la eficacia de alquímicos y cabalísticos procedimientos.
Schweigger demuestra el fundamento científico de todos los símbolos
mitológicos (31).
El descubrimiento de las energías electromagnéticas ha permitido
a hipnotólogos tan eminentes como Ennemoser, Schweigger y Bart,
en Alemania, Du Potet, en Francia, y Regazzoni, en Italia, señalar
casi exactamente la analogía entre los mitos divinos y las energías
naturales. El dedo ideico, que tanta importancia tuvo en la magia médica,
significa un dedo de hierro, atraído y repelido alternativamente
por las fuerzas magnéticas. En Samotracia se empleó con
admirables resultados en la curación de enfermedades orgánicas.
Bart aventaja a Schweigger en la interpretación de los mitos antiguos
que estudia bajo el doble aspecto espiritual y físico. Trata extensamente
de los teurgos, cabires y dáctilos, de Frigia, que fueron magos
saludadores. A este propósito, dice: “Cuando tratamos de
la estrecha relación entre los dáctilos y las fuerzas magnéticas,
no nos referimos tan sólo a la piedra imán y a nuestro concepto
de la naturaleza, sino que consideramos el magnetismo en conjunto. Así
se comprende cómo los iniciados que se dieron el nombre de dáctilos
asombraran a las gentes con sus artes mágicas y realizaran prodigiosas
curaciones. A esto añadieron la preceptuación del cultivo
de la tierra, la práctica de la moral, el fomento de las ciencias
y de las artes, las enseñanzas de los Misterios y las consagraciones
secretas. Si todo esto llevaron a cabo los sacerdotes cabires, ¿no
recibirían auxilio y guía de los misteriosos espíritus
de la naturaleza? (32) De la misma opinión es Schweigger, quien
demuestra que los antiguos fenómenos teúrgicos derivaban
de fuerzas magnéticas “guiadas por los espíritus”.
|