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VIAJE A IXTLÁN
(EXTRACTO) Carlos Castaneda
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INTRODUCCIÓN................................................................................................... 3
PRIMERA PARTE:
"PARAR EL MUNDO"
I. LAS REAFIRMACIONES
DEL MUNDO QUE NOS RODEA......................... 7
II. BORRAR LA HISTORIA PERSONAL.......................................................... 12
III. PERDER LA IMPORTANCIA........................................................................ 17
IV. LA MUERTE COMO UNA CONSEJERA.................................................... 22
V. HACERSE RESPONSABLE.......................................................................... 28
VI. VOLVERSE CAZADOR................................................................................ 34
VII. SER INACCESIBLE...................................................................................... 41
VIII. ROMPER LAS RUTINAS DE LA VIDA..................................................... 48
IX. LA ÚLTIMA BATALLA SOBRE LA TIERRA............................................. 53
X. HACERSE ACCESIBLE AL PODER............................................................ 59
XI. EL ÁNIMO DE UN GUERRERO................................................................... 69
XII. UNA BATALLA DE PODER........................................................................ 79
XIII. LA ÚLTIMA PARADA DE UN GUERRERO............................................. 89
XIV. LA MARCHA DE PODER........................................................................... 98
XV. NO-HACER................................................................................................. 113
XVI. EL ANILLO DE PODER........................................................................... 124
XVII. UN ADVERSARIO QUE VALE LA PENA............................................. 132
XVIII. EL ANILLO DE PODER DEL BRUJO.................................................. 141
XIX. PARAR EL MUNDO................................................................................. 149
XX. EL VIAJE A IXTLÁN.................................................................................. 155
El sábado 22 de mayo de 1971 fui a Sonora, México, para ver a don
Juan Matus, un brujo yaqui con quien tenía contacto desde 1961. Pensé que mi
visita de ese día no iba a ser en nada distinta de las veintenas de veces que
había ido a verlo en los diez años que llevaba como aprendiz suyo. Sin embargo,
los hechos que tuvieron lugar ese día y el siguiente fueron decisivos para mí.
En dicha ocasión mi aprendizaje llegó a su etapa final.
Ya he presentado el caso de mi
aprendizaje en dos obras anteriores: Las
enseñanzas de don Juan y Una
realidad aparte.
Mi suposición básica en ambos libros ha
sido que los puntos de coyuntura en aprender brujería eran los estados de
realidad no ordinaria producidos por la ingestión de plantas psicotrópicas.
En este aspecto, don Juan era experto en
el uso de tres plantas: Datura inoxia,
comúnmente conocida como toloache; Lophophora williamsii, conocida como peyote, y un hongo alucinógeno
del género Psilocybe.
Mi percepción del mundo a través de los
efectos de estos psicotrópicos había sido tan extraña e impresionante que me vi
forzado a asumir que tales estados eran la única vía para comunicar y aprender
lo que don Juan trataba de enseñarme.
Tal suposición era errónea.
Con el propósito de evitar cualquier mala interpretación relativa
a mi trabajo con don Juan, me gustaría clarificar en este punto los aspectos
siguientes.
Hasta ahora, no he hecho el menor
intento de colocar a don Juan en un determinado medio cultural. El hecho de que
él se considere indio yaqui no significa que su conocimiento de la brujería se
conozca o se practique entre los yaquis en general.
Todas las conversaciones que don Juan y
yo tuvimos a lo largo del aprendizaje fueron en español, y sólo gracias a su
dominio completo de dicho idioma pude obtener explicaciones complejas de su
sistema de creencias.
He observado la práctica de llamar
brujería a ese sistema, y también la de referirme a don Juan como brujo, porque
éstas son las categorías empleadas por él mismo.
Como pude escribir la mayoría de lo que
se dijo al principiar el aprendizaje, y todo lo que se dijo en fases
posteriores, reuní voluminosas notas de campo. Para hacerlas legibles,
conservando a la vez la unidad dramática de las enseñanzas de don Juan, he
tenido que reducirlas, pero lo que he eliminado es, creo, marginal a los puntos
que deseo plantear.
En el caso de mi trabajo con don Juan,
he limitado mis esfuerzos exclusivamente a verlo como brujo y a adquirir membrecía en su conocimiento.
Con el fin de presentar mi argumento,
debo antes explicar la premisa básica de la brujería según don Juan me la
presentó. Dijo que, para un brujo, el mundo de la vida cotidiana no es real ni
está allí, como nosotros creemos. Para un brujo, la realidad, o el mundo que
todos conocemos, es solamente una descripción.
Para validar esta premisa, don Juan hizo
todo lo posible por llevarme a una convicción genuina de que, lo que mi mente
consideraba el mundo inmediato era sólo una descripción del mundo: una
descripción que se me había inculcado desde el momento en que nací.
Me señaló que todo el que entra en
contacto con un niño es un maestro que le describe incesantemente el mundo,
hasta el momento en que el niño es capaz de percibir el mundo según se lo
describen. De acuerdo con don Juan, no guardamos recuerdo de aquel momento
portentoso, simplemente porque ninguno de nosotros podía haber tenido ningún
punto de referencia para compararlo con cualquier otra cosa. Sin embargo, desde
ese momento el niño es un miembro. Conoce la descripción del mundo, y
su membrecía supongo, se hace
definitiva cuando él mismo es capaz de llevar a cabo todas las interpretaciones
perceptuales adecuadas, que validan dicha descripción ajustándose a ella.
Para don Juan, pues, la realidad de
nuestra vida diaria consiste en un fluir interminable de interpretaciones
perceptuales que nosotros, como individuos que comparten una membrecía específica, hemos aprendido
a realizar en común.
La idea de que las interpretaciones
perceptuales que configuran el mundo tienen un fluir es congruente con el hecho
de que corren sin interrupción y rara vez, o nunca, se ponen en tela de juicio.
De hecho, la realidad del mundo que conocemos se da a tal grado por sentada que
la premisa básica de la brujería, la de que nuestra realidad es apenas una de
muchas descripciones, difícilmente podría tomarse como una proposición seria.
Afortunadamente, en el caso de mi
aprendizaje, a don Juan no le preocupaba en absoluto el que yo pudiese, o no,
tomar en serio su proposición, y procedió a dilucidar sus planteamientos pese
a mi oposición, mi incredulidad y mi incapacidad de comprender lo que decía.
Así, como maestro de brujería, don Juan trató de describirme el mundo desde la
primera vez que hablamos. Mi dificultad para asir sus conceptos y sus métodos
derivaba del hecho de que las unidades de su descripción eran ajenas e
incompatibles con las de la mía propia.
Su argumento era que me estaba enseñando
a "ver", cosa distinta de solamente "mirar", y que
"parar el mundo" era el primer paso para "ver".
Durante años, la idea de "parar el
mundo" fue para mí una metáfora críptica que en realidad nada significaba.
Sólo durante una conversación informal, ocurrida hacia el final de mi
aprendizaje, llegué a advertir por entero su amplitud e importancia como una de
las proposiciones principales en el conocimiento de don Juan.
Él y yo habíamos estado hablando de,
diversas cosas en forma reposada, sin estructura. Le conté el dilema de un
amigo mío con su hijo de nueve años. El niño, que había estado viviendo con la
madre durante los cuatro años anteriores, vivía entonces con mi amigo, y el
problema era qué hacer con él. Según mi amigo, el niño era un inadaptado en la
escuela, sin concentración y no se interesaba en nada. Era dado a berrinches,
a conducta destructiva y a escaparse de la casa.
-Menudo problema se carga tu amigo -dijo don Juan, riendo.
Quise seguirle contando todas las cosas
"terribles" que el niño hacia, pero me interrumpió.
-No hay necesidad de decir más sobre ese
pobre niñito -dijo-. No hay necesidad de que tú o yo pensemos de sus acciones
de un modo o del otro.
Su actitud fue abrupta y su tono firme,
pero luego sonrió.
-¿Qué puede hacer mi amigo? -pregunté.
-Lo peor que puede hacer es forzar al
niño a estar de acuerdo con él -dijo don Juan.
-¿Qué quiere usted decir?
-Quiero decir que el padre no debe
pegarle ni asustarlo cuando no se porta como él quiere.
-¿Cómo va a enseñarle algo si no es
firme con él?
-Tu amigo debería dejar que otra gente
le pegara al niño.
-¡No puede dejar que una persona ajena
toque a su niño! -dije, sorprendido de la sugerencia.
Don Juan pareció disfrutar mi reacción y
soltó una risita.
-Tu amigo no es guerrero -dijo-. Si lo
fuera, sabría que no puede hacerse nada peor que enfrentar sin más ni más a los
seres humanos.
-¿Qué hace un guerrero, don Juan?
-Un guerrero procede con estrategia.
-Sigo sin entender qué quiere usted
decir.
-Quiero decir que si tu amigo fuera
guerrero ayudaría a su niño a parar
el mundo.
-¿Cómo puede hacerlo?
-Necesitaría poder personal. Necesitaría
ser brujo.
-Pero no lo es.
-En tal caso debe usar medios comunes y corrientes para ayudar a
su hijo a cambiar su idea del mundo. No es parar el mundo, pero de todos modos da resultado.
Le pedí explicar sus aseveraciones.
-Yo, en el lugar de tu amigo -dijo don
Juan-, empezaría por pagarle a alguien para que le diera sus nalgadas al
muchacho. Iría a los arrabales y me arreglaría con el hombre más feo que
pudiera hallar.
-¿Para asustar a un niñito?
-No nada más para asustar a un niñito,
idiota. Hay que parar a ese escuincle, y los golpes que le dé su padre no
servirán de nada.
"Si queremos parar a nuestros
semejantes, siempre hay que estar fuera del círculo que los oprime. En esa
forma se puede dirigir la presión."
La idea era absurda, pero de algún modo
me atraía.
Don Juan descansaba la barbilla en la
palma de la mano izquierda. Tenía el brazo izquierdo contra el pecho, apoyado
en un cajón de madera que servía como una mesa baja. Sus ojos estaban cerrados,
pero se movían. Sentí que me miraba a través de los párpados. La idea me
espantó.
-Dígame qué más debería hacer mi amigo
con su niño -dije.
-Dile que vaya a los arrabales y escoja
con mucho cuidado al tipo más feo que pueda -prosiguió él-. Dile que consiga
uno joven. Uno al que todavía le quede algo de fuerza.
Don Juan delineó entonces una extraña
estrategia. Yo debía instruir a mi amigo para que hiciera que el hombre lo
siguiese o lo esperara en un sitio a donde fuera a ir con su hijo. El hombre,
en respuesta a una seña convenida, dada después de cualquier comportamiento
objetable por parte del pequeño, debía saltar de algún escondite, agarrar al
niño y darle una soberana tunda.
-Después de que el hombre lo asuste, tu
amigo debe ayudar al niño a recobrar la confianza, en cualquier forma que
pueda. Si sigue este procedimiento tres o cuatro veces, te aseguro que el niño
cambiará su sentir con respecto a todo. Cambiará su idea del mundo.
-¿Y si el susto le hace daño?
-El susto nunca daña a nadie. Lo que
daña el espíritu es tener siempre encima alguien que te pegue y te diga qué
hacer y qué no hacer.
"Cuando el niño esté más contenido,
debes decir a tu amigo que haga una última cosa por él. Debe hallar el modo de
dar con un niño muerto, quizá en un hospital o en el consultorio de un doctor.
Debe llevar allí a su hijo y enseñarle el niño muerto. Debe hacerlo tocar el
cadáver una vez, con la mano izquierda, en cualquier lugar menos en la barriga.
Cuando el niño haga eso, quedará renovado. El mundo nunca será ya el mismo para
él."
Me di cuenta entonces de que, a través
de los años de nuestra relación, don Juan había estado usando conmigo, aunque
en una escala diferente, la misma táctica que sugería para el hijo de mi amigo.
Le pregunté al respecto. Dijo que todo el tiempo había estado tratando de
enseñarme a "parar el mundo".
-Todavía no lo paras -dijo, sonriendo-.
Parece que nada da resultado, porque eres muy terco. Pero si fueras menos
terco, probablemente ya habrías parado
el mundo con cualquiera de las técnicas que te he enseñado.
-¿Qué técnicas, don Juan?
-Todo lo que te he dicho era una técnica
para parar el mundo.
Pocos meses después de aquella
conversación, don Juan logró lo que se había propuesto: enseñarme a "parar
el mundo".
Ese monumental hecho de mi vida me
obligó a reexaminar en detalle mi trabajo de diez años. Se me hizo evidente
que mi suposición original con respecto al papel de las plantas psicotrópicas
era erróneo. Tales plantas no eran la faceta esencial en la descripción del
mundo usada por el brujo, sino únicamente una ayuda para aglutinar, por así
decirlo, partes de la descripción que yo había sido incapaz de percibir de otra
manera. Mi insistencia en adherirme a mi versión normal de la realidad me
hacía casi sordo y ciego a los objetivos de don Juan. Por tanto, fue sólo mi
carencia de sensibilidad lo que propició el uso de los alucinógenos.
Al revisar la totalidad de mis notas de
campo, advertí que don Juan me había dado la parte principal de la nueva
descripción al principio mismo de nuestras relaciones, en lo que llamaba
"técnicas de parar el mundo". En mis obras anteriores, descarté esas
partes de mis notas porque no se referían al uso de plantas psicotrópicas.
Ahora las he reinstaurado en el panorama total de las enseñanzas de don Juan, y
abarcan los primeros diecisiete capítulos de esta obra. Los últimos tres
capítulos son las notas de campo relativas a los eventos que culminaron cuando
logré "parar el mundo".
Resumiendo, puedo decir que, cuando
inicié el aprendizaje, había otra realidad, es decir, había una descripción del
mundo, correspondiente a la brujería, que yo no conocía.
Don Juan, como brujo y maestro, me
enseñó esa descripción. El aprendizaje que atravesé a lo largo de diez años
consistía, por tanto, en instaurar esa realidad desconocida por medio del
desarrollo de su descripción, añadiendo partes cada vez más complejas conforme
yo progresaba.
La conclusión del aprendizaje significó
que yo había aprendido, en forma convincente y auténtica, una nueva descripción
del mundo, y así había obtenido la capacidad de deducir una nueva percepción de
las cosas que encajaba con su nueva descripción. En otras palabras, había
obtenido membrecía.
Don Juan declaraba que para llegar a
"ver" primero era necesario "parar el mundo". La frase
"parar el mundo" era en realidad una buena expresión de ciertos
estados de conciencia en los cuales la realidad de la vida cotidiana se altera
porque el fluir de la interpretación, que por lo común corre ininterrumpido, ha
sido detenido por un conjunto de circunstancias ajenas a dicho fluir. En mi
caso, el conjunto de circunstancias ajeno a mi fluir normal de interpretaciones
fue la descripción que la brujería hace del mundo. El requisito previo que don
Juan ponía para "parar el mundo" era que uno debía estar convencido;
en otras palabras, había que aprender la nueva descripción en un sentido total,
con el propósito de enfrentarla con la vieja y en tal forma romper la certeza
dogmática, compartida por todos nosotros, de que la validez de nuestras percepciones,
o nuestra realidad del mundo, se encuentra más allá de toda duda.
Después de "parar el mundo",
el siguiente paso fue "ver". Con eso, don Juan se refería a lo que me
gustaría categorizar como "responder a los estímulos perceptuales de un
mundo fuera de la descripción que hemos aprendido a llamar realidad".
Mi argumento es que todos estos pasos
sólo pueden comprenderse en términos de la descripción a la cual pertenecen; y
como es una descripción que don Juan luchó por darme desde el principio, debo
dejar que sus enseñanzas sean la única fuente de acceso a ella. Así pues, he
dejado que las palabras de don Juan hablen por sí mismas.
-ENTIENDO que usted conoce mucho de plantas,
señor -dije al anciano indígena frente a mí.
Un amigo mío acababa de ponernos en
contacto para luego salir de la habitación, y nos habíamos presentado el uno al
otro. El viejo me había dicho que se llamaba Juan Matus.
-¿Te dijo eso tu amigo? -preguntó
casualmente.
-Sí, en efecto.
-Corto plantas, o mejor dicho ellas me
dejan que las corte -dijo con suavidad.
Estábamos en la sala de espera de una
terminal de autobuses en Arizona. Le pregunté con mucha formalidad:
-¿Me permitiría el caballero hacerle algunas
preguntas?
Me miró inquisitivamente.
-Soy un caballero sin caballo -dijo con
una gran sonrisa, y luego añadió-: Ya te dije que mi nombre es Juan Matus.
Me gustó su sonrisa. Pensé que,
obviamente, era un hombre capaz de apreciar la franqueza, y decidí lanzarle
con audacia una petición.
Le dije que me interesaba reunir y
estudiar plantas medicinales. Dije que mi interés especial eran los usos del
cacto alucinógeno llamado peyote, que yo había estudiado con detalle en la
Universidad en Los Ángeles.
Mi presentación me pareció muy seria. La
hice con gran sobriedad y me sonó perfectamente verosímil.
El anciano meneó despacio la cabeza y
yo, animado por su silencio, añadí que sin duda ambos sacaríamos provecho de
juntarnos a hablar del peyote.
En ese momento alzó la cabeza y me miró
de lleno a los ojos. Fue una mirada formidable. Pero no era amenazante ni
aterradora en modo alguno. Fue una mirada que me atravesó. Inmediatamente se me
trabó la lengua y no pude proseguir mis peroratas. Ése fue el final de nuestro
encuentro. Pero al irse dejó un rastro de esperanza. Dijo que tal vez pudiera
yo visitarlo algún día en su casa.
Resulta difícil valorar el efecto de la
mirada de don Juan si mi inventario de experiencias personales no se relaciona
de alguna manera con la peculiaridad de aquel evento. Cuando empecé a estudiar
antropología era ya un experto en "hallar el modo". Años antes había
dejado mi hogar y eso significaba, según mi evaluación, que era capaz de
cuidarme solo. Cada vez que sufría un desaire podía, por lo general, ganarme a
la gente con halagos, hacer concesiones, argumentar, enojarme, o si nada
resultaba me ponía chillón y quejumbroso; en otras palabras, siempre había algo
que yo me sabía capaz de hacer bajo las circunstancias dadas, y jamás en mi
vida había hallado un ser humano que detuviera mi impulso tan veloz y
definitivamente como don Juan aquella tarde. Pero no era sólo cuestión de
quedarme sin palabras; en otras ocasiones me había sido imposible decir nada a
mi oponente a causa de algún respeto inherente que yo le tenía, pero mi ira o
frustración se manifestaban en mis pensamientos. La mirada de don Juan, en
cambio, me atontó hasta el punto de impedirme pensar con coherencia.
Aquella mirada estupenda me llenó de
curiosidad, y decidí buscarlo.
Me preparé durante seis meses, tras ese
primer encuentro, leyendo sobre los usos del peyote entre los indios
americanos, y especialmente sobre el culto del peyote entre los indios de la
planicie. Me familiaricé con todas las obras a mi disposición y cuando me sentí
preparado regresé a Arizona.
Sábado,
diciembre 17, 1960
Hallé su casa tras largas y cansadas
inquisiciones entre los indios locales. Empezaba la tarde cuando llegué y me
estacioné enfrente. Lo vi sentado en un cajón de leche. Pareció reconocerme y
me saludó cuando bajé del coche.
Intercambiamos cortesías sociales
durante un rato y luego, en términos llanos, confesé haber sido muy engañoso
con él la primera vez que nos vimos. Había alardeado de mis grandes
conocimientos sobre el peyote, cuando en realidad no sabía nada al respecto.
Se me quedó mirando. Sus ojos eran muy amables.
Le dije que durante seis meses había
estado leyendo con el fin de prepararme para nuestro encuentro, y que ahora sí
sabía mucho más.
Rió. Obviamente, había algo en mis
palabras que le parecía chistoso. Se reía de mí, y yo me sentí algo confuso y
ofendido.
Pareció notar mi desazón y me aseguró
que, pese a mis buenas intenciones, no había en realidad ningún modo de
prepararme para nuestro encuentro.
Me pregunté si sería conveniente
preguntarle si esa frase tenía algún sentido oculto, pero no lo hice; sin
embargo, él parecía estar a tono con mi sentir y procedió a explicar a qué se
refería. Dijo que mis esfuerzos le recordaban un cuento sobre cierta gente que,
en otro tiempo, un rey había perseguido y matado. Dijo que en el cuento los
perseguidos sólo se distinguían de los perseguidores en que los primeros
insistían en pronunciar ciertas palabras de un modo peculiar, propio solamente
de ellos; esa falla, por supuesto, los delataba. El rey cerró los caminos en
puntos críticos, donde un oficial pedía a todos los que pasaban pronunciar una
palabra clave. Quienes la pronunciaban igual que el rey conservaban la vida,
pero quienes no podían eran muertos en el acto. El meollo del cuento es que
cierto día un joven decidió prepararse para pasar la barrera aprendiendo a pronunciar
la palabra de prueba en la forma en que al rey le gustaba.
Don Juan dijo, con ancha sonrisa, que de
hecho el joven tardó "seis meses" en aprenderse la pronunciación. Y
luego vino el día de la gran prueba; el joven, con mucha confianza, se acercó a
la barrera y esperó que el oficial le pidiese pronunciar la palabra.
En ese punto, don Juan interrumpió muy
dramáticamente su relato y me miró. Su pausa era muy estudiada y me pareció
algo cursi, pero seguí el juego. Yo había oído antes la trama del cuento. Tenía
que ver con los judíos en Alemania y con la forma en que podía saberse quién
era judío por la pronunciación de ciertas palabras. También conocía el remate
del chiste: el joven era atrapado porque el oficial olvidaba la palabra clave y
le pedía pronunciar otra, muy similar, pero que el joven no había aprendido a
decir correctamente.
Don Juan parecía esperar que yo
preguntara qué había sucedido, de modo que lo hice.
-¿Qué le pasó? -pregunté, tratando de
sonar ingenuo e interesado en la historia.
-El joven, que era todo un zorro -dijo
él-, se dio cuenta de que el oficial había olvidado la palabra clave, y antes
de que le pidieran decir cualquier otra, confesó que se había preparado durante
seis meses.
Hizo otra pausa y me miró con un brillo
malicioso en los ojos. Esta vez me había cambiado la partida. La confesión del
joven era un nuevo elemento, y yo ya no sabía cómo acabaría el relato.
-Bueno, ¿qué pasó entonces? -pregunté
con verdadero interés.
-Lo mataron en el acto, por supuesto
-dijo él y estalló en una risotada.
Me gustó mucho la forma en que había
atrapado mi interés; sobre todo, me agradó cómo había ligado el cuento con mi
propio caso. De hecho, parecía haberlo construido a mi medida. Se burlaba de
mí con mucho arte y sutileza. Reí junto con él.
Después le dije que, por más estupideces
que yo dijera, me interesaba realmente aprender algo sobre las plantas.
-A mí me gusta caminar mucho -dijo.
Pensé que cambiaba deliberadamente el
tema de la conversación para evitar responderme. No quise antagonizarlo con mi
insistencia.
Me preguntó si me gustaría acompañarlo a
una corta caminata por el desierto. Le dije con entusiasmo que me encantaría
caminar en el desierto.
-Esto no es un paseo de campo -dijo en
tono de advertencia.
Contesté que tenía deseos muy serios de
trabajar con él. Dije que necesitaba información, cualquier tipo de
información, sobre los usos de las hierbas medicinales, y que estaba dispuesto
a pagarle su tiempo y su esfuerzo.
-Estaría usted trabajando para mí
-dije-. Y le pagaré un sueldo.
-¿Qué tanto me pagarías? -preguntó.
Detecté en su voz un matiz de codicia.
-Lo que a usted le parezca apropiado
-dije.
-Págame mi tiempo... con tu tiempo -dijo
él.
Pensé que era un tipo de lo más
peculiar. Declaré no entender a qué se refería. Repuso que no había nada qué
decir acerca de las plantas, de modo que no podía ni pensar en aceptar mi
dinero.
Me miró penetrantemente.
-¿Qué haces en tu bolsillo? -preguntó,
frunciendo el entrecejo-. ¿Estás jugando con tu pito?
Se refería a que yo tomaba notas en un
cuaderno diminuto, dentro de los enormes bolsillos de mi rompevientos.
Cuando le dije lo que hacía, rió de
buena gana.
Expliqué que no deseaba molestarlo
escribiendo frente a él.
-Si quieres escribir, escribe -dijo-. No
me molestas.
Caminamos por el desierto en torno hasta que casi era de noche. No
me mostró ninguna planta ni habló de ellas para nada. Nos detuvimos un momento
a descansar junto a unos arbustos grandes.
-Las plantas son cosas muy peculiares
-dijo sin mirarme-. Están vivas y sienten..
En el momento mismo en que hizo tal
afirmación, una fuerte racha de viento sacudió el chaparral desértico en
nuestro derredor. Los arbustos produjeron un ruido crujiente.
-¿Oyes? -me preguntó, poniéndose la mano
izquierda junto a la oreja como para escuchar mejor-. Las hojas y el viento
están de acuerdo conmigo.
Reí. El amigo que nos puso en contacto
ya me había advertido que tuviera cuidado porque el viejo era muy excéntrico.
Pensé que el "acuerdo con las hojas" era una de sus excentricidades.
Caminamos un rato más, pero siguió sin
mostrarme plantas, y tampoco cortó ninguna. Simplemente caminaba con vivacidad
entre los arbustos, tocándolos suavemente. Luego se detuvo para sentarse en una
roca y me dijo que descansara y mirase alrededor.
Insistí en hablar. Una vez más le hice
saber que tenía muchos deseos de aprender cosas de las plantas, especialmente
del peyote. Le supliqué que se convirtiera en informante mío a cambio de
alguna recompensa monetaria.
-No tienes que pagarme -dijo-. Puedes
preguntarme lo que quieras. Te diré lo que sé y luego te diré qué se puede
hacer con eso.
Me preguntó si estaba de acuerdo con el
arreglo. Yo me hallaba deleitado. Luego añadió una frase críptica:
-A lo mejor no hay nada que aprender de las plantas, porque no hay
nada que decir de ellas.
No comprendí lo que había dicho ni a qué
se refería.
-¿Cómo dice usted? -pregunté.
Repitió su afirmación tres veces, y
luego toda la zona se estremeció con el rugido de un aeroplano de la Fuerza
Aérea que pasó volando bajo.
-¡Ya ves! El mundo está de acuerdo
conmigo -dijo, llevándose la mano izquierda al oído.
Me resultaba muy divertido. Su risa era
contagiosa.
-¿Es usted de Arizona, don Juan?
-pregunté, en un esfuerzo por mantener la conversación centrada en la
posibilidad de que fuera mi informante.
Me miró y asintió con la cabeza. Sus
ojos parecían fatigados. Se veía el blanco debajo de las pupilas.
-¿Nació usted en esta localidad?
Asintió de nuevo sin responderme.
Parecía un gesto afirmativo, pero también el asentimiento nervioso de alguien
que está pensando.
-¿Y tú de dónde eres? -preguntó.
-Vengo de Sudamérica -dije.
-Es grande ese sitio. ¿Vienes de todo
él?
Sus ojos me miraban, penetrantes de
nuevo.
Empecé a explicar las circunstancias de
mi nacimiento, pero me interrumpió.
-En esto nos parecemos -dijo-. Yo ahora
vivo aquí, pero en realidad soy un yaqui de Sonora.
-¡No me diga! Yo soy de . . .
No me dejó terminar.
-Ya sé, ya sé -dijo-. Tú eres quien
eres, de donde eres, igual que yo soy un yaqui de Sonora.
Sus ojos relucían y su risa era
extremadamente inquietante. Me hizo sentir como si me hubiera atrapado en una
mentira. Experimenté una peculiar sensación de culpa. Tuve el sentimiento de
que él conocía algo que yo no sabía o no quería decir.
Mi extraña incomodidad creció. Debe
haberla advertido, porque se puso en pie y me preguntó si quería ir a comer en
una fonda del pueblo.
Caminar de regreso a su casa, y luego el
viaje en coche al pueblo, me hizo sentirme mejor, pero no me hallaba
completamente relajado. De algún modo me sentía amenazado, aunque no podía
precisar el motivo.
En la fonda, quise invitarle a una
cerveza. Dijo que nunca bebía, ni siquiera cerveza. Reí para mis adentros. No
le creía; el amigo que nos puso en contacto me había dicho qué "el viejo
andaba perdido de borracho casi todo el tiempo". En realidad no me
importaba que me mintiera diciendo que no bebía. Me agradaba; había algo muy
tranquilizante en su persona.
Debí haber tenido una expresión de duda
en el rostro, pues él pasó a explicar que de joven le daba por la bebida, pero
que un buen día la había dejado.
-La gente casi nunca se da cuenta de que
podemos cortar cualquier cosa de nuestras vidas en cualquier momento, así nomás
-chasqueó los dedos.
-¿Piensa usted que uno puede dejar de
fumar o de beber así de fácil? -pregunté.
-¡Seguro! -dijo con gran convicción-. El
cigarro y la bebida no son nada. Nada en absoluto si queremos dejarlos.
En ese mismo instante, el agua que
hervía en la cafetera hizo un ruido fuerte y vivaz.
-¡Oye! -exclamó don Juan, con un brillo en los ojos-. El agua
hirviendo está de acuerdo conmigo.
Luego añadió, tras una pausa:
-Uno puede recibir acuerdos de todo lo
que lo rodea.
En ese momento crucial, la cafetera
produjo un gorgoteo verdaderamente obsceno.
Don Juan miró la cafetera y dijo
suavemente: "Gracias"; asintió con la cabeza y luego estalló en
carcajadas.
Me desconcerté. Su risa era un poco
demasiado fuerte, pero yo me divertía genuinamente con todo aquello.
Mi primera sesión propiamente dicha con
mi "informante" llegó entonces a su fin. Se despidió en la puerta de
la fonda. Le dije que tenía que visitar a unos amigos, y que me gustaría verlo
de nuevo a fines de la semana siguiente.
-¿Cuándo estará usted en su casa?
-pregunté.
Me escudriñó.
-Cuando vengas -repuso.
-No sé exactamente cuándo pueda venir.
-Pues ven y no te preocupes.
-¿Y si usted no está?
-Allí estaré -dijo, sonriendo, y se
alejó.
Corrí tras él y le pregunté si podría
llevar conmigo una cámara para tomar fotos suyas y de su casa.
-Eso está fuera de cuestión -dijo con el
entrecejo fruncido.
-¿Y una grabadora? ¿Le molestaría?
-Me temo que tampoco de eso hay
posibilidad.
Me molesté y empecé a agitarme. Dije que
no veía ningún motivo lógico para su rechazo.
Don Juan movió la cabeza en sentido negativo.
Olvídalo -dijo con fuerza-. Y si todavía
quieres verme, no vuelvas a mencionarlo.
Presenté una débil queja final. Dije que
las fotos y las grabaciones eran indispensables para mi trabajo. Él respondió
que sólo una cosa era indispensable para todo lo que hacíamos. La llamó
"el espíritu".
-No se puede prescindir del espíritu
-dijo-. Y tú no lo tienes. Preocúpate de eeso y no de tus fotos.
-¿A qué se... ?
Me interrumpió con un ademán y
retrocedió algunos pasos.
-No te olvides de volver -dijo con
suavidad, y agitó la mano en despedida.
II. BORRAR LA HISTORIA PERSONAL
Jueves,
diciembre 22, 1960
DON JUAN estaba sentado en el suelo,
junto a la puerta de su casa, con la espalda contra la pared. Volteó un cajón
de madera para leche y me pidió tomar asiento y ponerme cómodo. Le ofrecí unos
cigarrillos. Había llevado un paquete. Dijo que no fumaba, pero aceptó el
regalo. Hablamos sobre el frío de las noches del desierto y otros temas ordinarios
de conversación.
Le pregunté si no interfería yo con su
rutina normal. Me miró como frunciendo el entrecejo y repuso que no tenía
rutinas, y que yo podía estarme con él toda la tarde si así lo deseaba.
Yo había preparado algunas cartas de
genealogía y parentesco que deseaba llenar con ayuda suya. También había
compilado, a través de la literatura etnográfica, una larga serie de rasgos
culturales pertenecientes, se decía, a los indígenas de la zona. Quería
revisar con él la lista y marcar todos los elementos que le fuesen familiares.
Empecé con las cartas de parentesco.
-¿Cómo llamaba usted a su padre?
-pregunté.
-Lo llamaba papá -dijo él con rostro muy
serio.
Me sentí algo molesto, pero procedí
sobre la suposición de que no había comprendido.
Le mostré la carta y expliqué: un
espacio era para el padre y otro para la madre. Di como ejemplo las distintas
palabras usadas para padre y madre en inglés y en español.
Pensé que tal vez habría debido empezar
por la madre.
-¿Cómo llamaba usted a su madre?
-pregunté.
-La llamaba mamá -repuso con tono
ingenuo.
-Quiero decir, ¿qué otras palabras usaba
usted para llamar a su padre y a su madre? ¿Cómo los llamaba usted? -dije,
tratando de ser paciente y cortés.
Se rascó la cabeza y me miró con una
expresión estúpida.
-¡Caray! -dijo-. Me la pusiste difícil.
Déjame pensar.
Tras un momento de titubeo, pareció
recordar algo, y yo me dispuse a escribir.
-Bueno -dijo, como inmerso en serios
pensamientos-, ¿de qué otra forma los llamaba? ¡oye, oye, papá! ¡Oye, oye,
mamá!
Reí contra mi voluntad. Su expresión era
verdaderamente cómica y en ese momento no supe si era un viejo absurdo que me
jugaba bromas, o si en verdad era un simplón. Usando cuanta paciencia había en
mi, le expliqué que éstas eran preguntas muy serias, y que para mi trabajo
tenía gran importancia llenar los formularios. Traté de hacerle comprender la
idea de una genealogía e historia personal.
-¿Cuáles eran los nombres de su padre y
su madre? -pregunté.
Él me miró con ojos claros y amables.
-No pierdas tu tiempo con esa mierda
-dijo suavemente, pero con fuerza insospeechada.
No supe qué decir; parecía que alguien más hubiese pronunciado
esas palabras. Un momento antes, don Juan había sido un indio estúpido y
destanteado rascándose la cabeza, y de buenas a primeras había cambiado los
papeles. Yo era el estúpido, y él me contemplaba con una mirada indescriptible
que no era de arrogancia, ni de desafío, ni de odio, ni de desprecio. Sus ojos
eran claros y bondadosos y penetrantes.
-No tengo ninguna historia personal
-dijo tras una larga pausa-. Un día descubbrí que la historia personal ya no me
era necesaria y la dejé, igual que la bebida.
Yo no acababa de entender el sentido de
sus palabras. Le recordé que él mismo me había asegurado que estaba bien hacerle
preguntas. Reiteró que eso no lo molestaba en absoluto.
-Ya no tengo historia personal -dijo, y
me miró con agudeza-. La dejé un día, cuando sentí que ya no era necesaria.
Me le quedé viendo, tratando de detectar
los significados ocultos de sus palabras.
-¿Cómo puede uno dejar su historia
personal? -pregunté en tono de discusión.
-Primero hay que tener el deseo de
dejarla -dijo-. Y luego tiene uno que cortársela armoniosamente, poco a poco.
-¿Por qué iba uno a tener tal deseo?
-exclamé.
Yo tenía un apego terriblemente fuerte a
mi historia personal. Mis raíces familiares eran hondas. Sentía, con toda
honradez, que sin ellas mi vida no tendría continuidad ni propósito.
-Quizá debería usted decirme a qué se refiere con lo de dejar la
historia personal -dije.
-A acabar con ella, a eso me refiero
-respondió cortante.
Insistí en que sin duda yo no entendía
el planteamiento.
-Usted, por ejemplo -dije-. Usted es un
yaqui. No puede cambiar eso.
-¿Lo soy? -preguntó sonriendo-. ¿Cómo lo
sabes?