RELATOS DE PODER (Extracto)

 

 

Carlos Castaneda

 
 
 
 
 
 
 
 
 

 

Este libro es muy importante porque prácticamente en él desaparece Don Juan, el maestro de Carlos Castaneda......aunque aparece de vuelta en los ultimos libros.

 

 

 

 

 

 

 

¿Me tienes miedo? preguntó.
No a usted, sino a lo que usted representa.
Represento la libertad del guerrero. ¿Tienes miedo de eso?
No. Pero tengo miedo de su conocimiento. Yo no tengo descanso, ni puedo refugiarme en nada.
Otra vez confundes las cosas. Descanso, refugio, miedo: cavilaciones que has aprendido sin poner jamás en duda su valor. Como podrás ver, los brujos malignos ya se han aliado contigo.
¿Quiénes son los brujos malignos, don Juan?
Todos nuestros prójimos son los brujos malignos. Y como andas revuelto con ellos, también tú eres un brujo maligno. Piensa un momento. ¿Puedes desviarte de la senda que te han trazado? No. Tus ideas y tus acciones están fijadas para siempre en sus términos. Eso es esclavitud. Yo, en cambio, te traje libertad.
La libertad es muy cara, pero el precio no es imposible.
Ten miedo a tus carceleros, a tus amos. No desperdicies tu tiempo y tu poder en temerme a mí.
No te sobresaltes dijo calmadamente . No hay nada en este mundo de lo cual un guerrero no pueda dar razón. Verás, un guerrero se considera ya muerto, y así no tiene ya nada que perder. Ya le pasó lo peor, y por lo tanto se siente tranquilo y sus pensamientos son claros; a juzgar por sus actos o sus palabras, uno jamás sospecharía que un guerrero lo ha presenciado todo.

 
 
 
 
 

 

 


Índice

 

 

INTRODUCCIÓN ........................................................................................................................ 3

 

PRIMERA PARTE

UN TESTIGO DE ACTOS DE PODER

 

CITA CON EL CONOCIMIENTO .............................................................................................. 4

EL SOÑADOR Y EL SOÑADO ............................................................................................... 29

EL SECRETO DE LOS SERES LUMINOSOS ...................................................................... 44

 

SEGUNDA PARTE

EL TONAL Y EL NAGUAL

 

TENER QUE CREER ............................................................................................................... 55

LA ISLA DEL TONAL ............................................................................................................. 63

EL DÍA DEL TONAL ................................................................................................................ 70

REDUCIR EL TONAL .............................................................................................................. 79

LA HORA DEL NAGUAL ........................................................................................................ 88

EL SUSURRO DEL NAGUAL ................................................................................................ 97

LAS ALAS DE LA PERCEPCIÓN ........................................................................................ 106

 

TERCERA PARTE

LA EXPLICACIÓN DE LOS BRUJOS

 

TRES TESTIGOS DEL NAGUAL ........................................................................................ 113

LA ESTRATEGIA DE UN BRUJO ....................................................................................... 122

LA BURBUJA DE LA PERCEPCIÓN .................................................................................. 138

LA PREDILECCIÓN DE LOS GUERREROS ...................................................................... 147

 

 

 

Las condiciones del pájaro solitario son cinco. La primera, que se va a lo más alto; la segunda, que no sufre compañía aunque sea de su naturaleza; la tercera, que pone el pico al aire; la cuarta, que no tiene determinado color; la quinta, que canta suavemente.

 

SAN JUAN DE LA CRUZ, Dichos de luz y amor


 


PRIMERA PARTE

 

 

UN TESTIGO DE ACTOS DE PODER

 

CITA CON EL CONOCIMIENTO

 

Llevaba yo varios meses sin ver a don Juan. Era el otoño de 1971. Tuve la certeza de que se encontraba en casa de don Genaro, en el México central, y realicé los preparativos necesarios para un viaje de seis o siete días. Al segundo día, obedeciendo a un impulso, me detuve al mediar la tarde en la casa de don Juan en Sonora. Estacioné el coche y caminé una corta dis­tancia hasta la casa misma. Para mi sorpresa, lo en­contré allí.

‑¡Don Juan! No esperaba hallarlo aquí ‑dije.

Echó a reír, deleitado por mi asombro. Estaba sen­tado en un cajón de leche vacío, junto a la puerta delantera. Al parecer me aguardaba. Había un aire de hazaña cumplida en la desenvoltura con que me saludó. Quitándose el sombrero, lo agitó cómicamente en florido gesto. Se lo puso de nuevo y me hizo un saludo militar. Se hallaba reclinado en la pared, a horcajadas en el cajón como sobre una silla de montar.

‑Siéntate, siéntate ‑dijo en tono jovial‑. Qué gusto me da que estés otra vez por aquí.

‑Ya me estaba yendo hasta Oaxaca a buscarlo, don Juan ‑dije‑. Y luego habría tenido que regresar a Los ángeles. El hallarlo aquí me ahorra días y días de manejar.

‑De todos modos me habrías encontrado ‑dijo él en tono misterioso‑, pero digamos que me debes los seis días que hubieras tardado en llegar allá, días que deberías emplear en algo más interesante que andar correteando en tu carro.

Había algo cautivante en la sonrisa de don Juan. Su calidez era contagiosa.

‑¿Y dónde están los instrumentos? ‑preguntó, haciendo un gesto de escribir a mano.

Le dije que los había dejado en el coche; él res­pondió que sin ellos me veía extraño y me hizo ir a traerlos.

‑Acabo de escribir un libro ‑dije.

Fijó en mí una mirada larga y peculiar que me dio comezón en la boca del estómago. Era como si em­pujase mi parte media con un objeta suave. Sentí que me iba a poner mal, pero entonces don Juan miró para otro lado y recobré mi primera sensación de bienestar.

Quise hablar de mi libro, pero él indicó con un gesto que no quería oír nada sobre el tema. Sonrió. Desbordaba ligereza y encanto, e inmediatamente me envolvió en una larga conversación acerca de perso­nas y de sucesos actuales. Al cabo de un buen rato logré por fin desviar la conversación hacia el tópico de mi interés. Empecé mencionando que, al revisar mis antiguas notas, me di cuenta de que él me había estado dando, desde el principio de nuestra asociación, una descripción detallada del mundo de los brujos. A la luz de lo que me dijo en aquellas etapas, comencé a poner en tela de juicio el papel de las plantas alu­cinógenas.

‑¿Por qué me hizo usted tomar tantas veces esas plantas de poder? ‑pregunté.

Rió y musitó, en voz muy suave:

‑Porque eres un idiota.

Lo oí perfectamente, pero quise cerciorarme y fin­gí no haber entendido.

‑¿Cómo dijo? ‑inquirí.

‑Tú sabes lo que dije ‑replicó, y se puso en pie.

Al pasar junto a mí me golpeó la cabeza con un dedo.

‑Eres un poco lento ‑dijo‑. Y no había otra for­ma de sacudirte.

‑¿De modo que nada de eso era absolutamente ne­cesario? ‑pregunté.

‑Lo era, en tu caso. Pero hay otros tipos de gente que no parecen necesitarlas.

Se quedó parado junto a mí, la vista fija en la copa de los matorrales al lado izquierdo de su casa; luego volvió a sentarse y habló de Eligio, su otro aprendiz. Dijo que Eligio había tomado plantas psicotrópicas una sola vez desde el inicio del aprendizaje, pero no obstante se hallaba, quizás, incluso más adelantado que yo.

-Tener sensibilidad es una condición natural de cierta gente ‑dijo‑. Tú no la tienes. Pero tampoco yo. A fin de cuentas, la sensibilidad importa muy poco.

‑¿Qué es entonces lo que importa? ‑pregunté.

Pareció buscar una respuesta adecuada.

‑Lo que importa es que un guerrero sea impeca­ble ‑dijo al fin‑. Pero eso es sólo una manera de decir las cosas, un modo de andarse por las ramas. Tú ya has terminado algunas tareas de brujería y creo que ya es hora de mencionar la fuente de todo lo que importa. Así pues, diré que lo importante para un guerrero es llegar a la totalidad de uno mismo.

‑¿Qué es la totalidad de uno mismo, don Juan?

‑Dije que nada más iba a mencionarla. Todavía quedan en tu vida muchos cabos sueltos que debes atar antes de que podamos hablar de la totalidad de uno mismo.

Con eso puso fin a la conversación. Hizo un ade­mán para callarme. Al parecer, había algo o alguien en la cercanía. Ladeó la cabeza hacia un lado, como para escuchar. Pude ver el blanco de sus ojos mien­tras enfocaban los arbustos más allá de la casa, hacia la izquierda. Escuchó atentamente unos momentos y luego se puso en pie, se acercó y me susurró al oído que debíamos dejar la casa y salir a un paseo.

‑¿Algo anda mal? ‑pregunté, también en un susurro.

‑No. Nada anda mal ‑dijo‑. Todo anda bastan­te bien.

Me guió al chaparral desértico. Caminamos cosa de media hora y llegamos a una pequeña área circular libre de vegetación, un sitio de unos cuatro metros de diámetro donde el suelo rojizo estaba apisonado y perfectamente plano. No había, sin embargo, señas de que el espacio hubiera sido desmontado y apla­nado con maquinaria. Don Juan se sentó en el cen­tro, mirando al sureste. Señaló un sitio como a metro y medio de distancia y me pidió sentarme allí, dán­dole la cara.

‑¿Qué vamos a hacer aquí? ‑pregunté.

Tenemos una cita aquí esta noche ‑respondió.

Escudriñó los alrededores con rápida mirada, giran­do sobre su eje hasta hallarse de nuevo mirando al sureste.

Sus movimientos me alarmaron. Le pregunté con quién teníamos cita.

‑Con el conocimiento ‑repuso‑. Digamos que el conocimiento anda merodeando por aquí.

No me dio oportunidad de pensar en su críptica respuesta. Rápidamente cambió el tema y en tono jo­vial me instó a portarme con naturalidad, es decir, a tomar notas y hablar como hubiéramos hecho en su casa.

Lo que más presionaba mi mente en esos instantes era la vívida sensación que, seis meses antes, tuve de "hablar" con un coyote. Ese evento significaba que por vez primera fui capaz de visualizar o aprisionar, con mis cinco sentidos y en total sobriedad, la des­cripción mágica del mundo: una descripción en que la comunicación a través de palabras con los animales era asunto rutinario.

‑No vamos a ponernos a revivir ninguna expe­riencia de tal naturaleza ‑dijo don Juan al oír mi pregunta‑. No es dable que le des tal atención a los hechos pasados. Podemos tocarlos, pero sólo como referencia.

‑¿Por qué motivo, don Juan?

‑Todavía no tienes suficiente poder personal para buscar la explicación de los brujos.

‑¡Entonces hay una explicación de brujos!

‑Claro. Los brujos son hombres. Somos criaturas del pensamiento. Buscamos aclaraciones.

‑Yo tenía la impresión de que mi gran falla era buscar explicaciones.

‑No. Tu falla es buscar explicaciones convenien­tes, explicaciones que se ajustan a ti y a tu mundo. Lo que no me gusta es que seas tan razonable. Un brujo también explica las cosas en su mundo, pero no es tan terco como tú.

‑¿Cómo puedo llegar a la explicación de los brujos?

‑Acumulando poder personal. El poder personal te hará deslizarte con gran facilidad y entrar en la explicación de los brujos. La explicación no es lo que, tú llamarías una explicación; sin embargo, aunque no aclara el mundo ni sus misterios, los hace menos pavorosos. Ésa debería ser la esencia de una explicación, pero no es eso lo que tú buscas. Tú andas detrás del reflejo de ti y tus ideas.

Perdí el impulso de hacer preguntas. Pero su sonrisa me invitaba a seguir hablando. Otro asunto de gran importancia para mí era su amigo don Genaro y el extraordinario efecto que sus acciones habían surtido en mi. Cada vez que entraba en contacto con él, experimentaba distorsiones sensoriales de lo más, extrañas.

Don Juan rió cuando planteé mi pregunta.

-Genaro es estupendo -dijo‑. Pero no tiene sen­tido por ahora hablar de él ni de lo que te hace. Tam­poco tienes suficiente poder personal para desenvol­ver ese tema. Espera a tenerlo, y entonces hablaremos.

‑¿Y si nunca lo tengo?

-Si nunca lo tienes, nunca hablaremos.

‑Al paso que voy, ¿tendré alguna vez el suficien­te? ‑pregunté.

‑De ti depende ‑respondió‑. Yo te he dado toda la información necesaria. Ahora es responsabili­dad tuya ganar suficiente poder personal para incli­nar la balanza.

‑Habla usted en metáforas -dije‑. Hábleme claro. Dígame exactamente qué debo hacer. Si ya me lo dijo, digamos que lo olvidé.

Don Juan chasqueó la lengua y se acostó, con los brazos detrás de la cabeza.

-Tú sabes exactamente lo que necesitas ‑dijo.

Respondí que a veces creía saberlo, pero que la mayor parte del tiempo carecía de confianza en mi mismo.

‑Me temo que confundes las cosas ‑dijo‑. La confianza de un guerrero no es la confianza del hom­bre común. El hombre común busca la certeza en los ojos del espectador y llama a eso confianza en sí mis­mo. El guerrero busca la impecabilidad en sus propios ojos y llama a eso humildad. El hombre común está enganchado a sus prójimos, mientras que el guerrero sólo depende de sí mismo. Andas en pos de lo impo­sible. Buscas la confianza del hombre común, cuando deberías buscar la humildad del guerrero. Hay una gran diferencia entre las dos. La confianza implica saber algo con certeza; la humildad implica ser impe­cable en los propias actos y sentimientos.

‑He tratado de vivir de acuerdo con sus consejos ‑dije‑. Tal vez no sea yo lo mejor, pero soy lo mejor de mí mismo. ¿Es eso impecabilidad?

‑No. Debes ser aún mejor. Debes empujarte siem­pre más allá de tus límites.

‑Pero eso sería una locura, don Juan. Nadie pue­de hacer eso.

‑Muchas cosas que haces ahora te habrían pareci­do una locura hace diez años. Las cosas esas nunca cambiaron, pero sí cambió tu idea de ti mismo; lo que antes era imposible es ahora perfectamente posi­ble, y a lo mejor el que logres cambiarte por comple­to es sólo cuestión de tiempo. En este asunto, el único camino posible para un guerrero es actuar directamente y sin reservas. Ya conoces el camino del guerrero lo suficiente para desenvolverte bastante bien; pero te salen al encuentro tus malas costumbres.

Comprendí a qué se refería.

‑¿Cree usted que escribir es una de esas malas costumbres que debo cambiar? ‑pregunté‑. ¿Debo destruir mi nuevo manuscrito?

No contestó. Se puso en pie y se volvió a mirar el borde del matorral.

Le conté que había recibido una cantidad de cartas en las que diversas personas me señalaban el error de escribir acerca de mi aprendizaje. Citaban como pre­cedente el hecho de qué los maestros de las doctrinas esotéricas orientales exigían discreción absoluta con respecto a sus enseñanzas.

‑Capaz si esos maestros tienen el vicio de ser maes­tros ‑dijo don Juan sin mirarme‑. Yo no soy maes­tro. Yo soy solamente un guerrero. No sé en realidad qué es lo que uno siente como maestro.

‑Pero quizás estoy revelando cosas que no debería, don Juan.

‑No importa lo que uno revela ni lo que uno se guarda ‑dijo‑. Todo cuanto hacemos, todo cuanto somos, descansa en nuestro poder personal. Si tene­mos suficiente, una palabra que se nos diga podría ser suficiente para cambiar el curso de nuestra vida. Pero si no tenemos suficiente poder personal, se nos puede revelar la sabiduría más grande y esa revelación nos importaría un ajo.

Luego bajó la voz como si me estuviera revelando un asunto confidencial.

‑Voy a decirte algo que a lo mejor es la mayor sabiduría a la que uno puede dar voz ‑dijo‑. A ver qué haces can ella.

"¿Sabes que en este mismo instante estás rodeado por la eternidad? ¿Y sabes que puedes usar esa eterni­dad, si así lo deseas?"

Tras una larga pausa, durante la cual un sutil mo­vimiento de sus ojos me instaba a rendir alguna for­mulación, dije no entender de qué hablaba.

‑¡Allí! ¡La eternidad está allí! ‑dijo, señalando el horizonte.

Luego apuntó hacia el cenit.

‑O allí, o quizá podamos decir que la eternidad es así.

Extendió los brazos para señalar al este y al oeste.

Nos miramos. Sus ojos contenían una pregunta.

‑¿Y qué me dices de esto? ‑inquirió, animándo­me a meditar sus palabras.

No supe qué responder.

‑¿Sabes que puedes extenderte hasta el infinito en cualquiera de las direcciones que he señalado? ‑prosiguió‑. ¿Sabes que un momento puede ser la eternidad? Esto no es una adivinanza; es un hecho, pero sólo si te montas en ese momento y lo usas para llevar la totalidad de ti mismo hasta el infinito, en cualquier dirección.

Se me quedó mirando.

‑Antes no tenías este conocimiento ‑dijo, son­riendo‑. Ahora es tuyo. Te lo he dado, y sin embar­go no importa nada, porque no tienes suficiente po­der personal para utilizar mi revelación. Pero si lo tuvieras, sólo mis palabras serían el medio para que acorralaras toda tu totalidad, y sacaras la par­te que manda, de estos límites que la contienen.

Vino a mi lado y me tocó el pecho con los dedos; fue un golpe muy ligero.

‑Estos son los límites de los que hablo ‑dije Uno puede salir de ellos. Somos un sentimiento, un darse cuenta encajonado aquí.

Me palmeó los hombros con las manos. Mi cuaderno y mi lápiz cayeron por tierra. Don Juan puso el pie sobre el cuaderno y me miró con fijeza; lue­go rió.

Le pregunté si lo molestaba tomando notas. Dijo que no, en tono confortante, y apartó el pie.

‑Somos seres luminosos -dijo, meneando rítmica­mente la cabeza‑. Y para un ser luminoso lo único que importa es el poder personal. Pero si me pregun­tas qué cosa es el poder personal, debo decirte que mi explicación no lo explicará.

Don Juan miró el horizonte occidental y dijo que todavía quedaban unas horas de luz diurna.

‑Tenemos que estarnos aquí mucho rato ‑expli­có‑. Así pues; o nos sentarnos en silencio o habla­mos. Para ti no es natural estar callado, de modo que sigamos hablando. Este lugar es un sitio de poder y debe acostumbrarse a nosotros antes de que caiga la noche. Debes quedarte sentado, lo más natural que puedas, sin miedo y sin impaciencia. Parece que es más fácil para ti estar tranquilo cuando escribes, así que escribe cuanto se te dé la gana.

"Y ahora, a ver si me cuentas de tu soñar."

La súbita transición me tomó desprevenido. Don Juan repitió su petición. Había mucho que decir al respecto. "Soñar" implicaba el cultivo de un poder peculiar sobre los propios sueños, hasta el punto en que las experiencias habidas en ellos y las vividas en las horas de vigilia adquirían la misma valencia pragmática. Los brujos alegaban que, bajo el impac­to del "soñar", los criterios ordinarios para diferen­ciar entre sueño y realidad se hacían inoperantes.

La praxis del "solar" era, para don Juan, un ejer­cicio que consistía en hallar las propias manos duran­te un sueño. En otras palabras, uno debía soñar deliberadamente que buscaba y hallaba sus manos en un sueño que consistía en soñar que uno alzaba las manos al nivel de los ojos.

Después de años de intentos infructuosos, yo había logrado finalmente la tarea. Considerando retrospec­tivamente, se me evidenció que sólo pude alcanzar el éxito tras haber obtenido cierto grado de dominio so­bre el mundo de mi vida cotidiana.

Don Juan quiso saber los puntos salientes. Empecé a contarle que la dificultad de estructurar la orden de mirarme las manos parecía ser, muy a menudo, insuperable. Él me había advertido que la primera etapa de la faceta preparatoria, lo que él llamaba "ar­mar los sueños", consistía en un juego mortal que la mente jugaba consigo misma, y que cierta parte de mi ser iba a hacer todo lo posible por impedir el cumplimiento de mi tarea. Eso podía incluir, dijo don Juan, el arrojarme a una pérdida de significado, a la melancolía, o incluso a una depresión suicida. Sin embargo, no llegué tan lejos. Mi experiencia se quedó más bien en el lado ligero, cómico; no obstan­te, la frustración era igual. Cada vez que, en un sue­ño, estaba a punto de mirarme las manos, algo extra­ordinario sucedía; echaba yo a volar, o el sueño se volvía pesadilla, o simplemente se transformaba en una placentera experiencia de excitación corporal; todo lo contenido en el sueño se extendía mucho más allá de lo "normal" en lo referente a vividez y, por ello, resultaba absorbente en extremo. La intención original de observar mis manos siempre se olvidaba a la luz de la nueva situación.

Una noche, inesperadamente, hallé mis manos en sueños. Soñaba recorrer una calle desconocida en una ciudad extranjera y de pronto alcé las manos y las puse frente a mi rostro. Fue como si algo en mí cedie­ra para permitirme observar el dorso de mis manos.

Las instrucciones de don Juan estipulaban que, ape­nas la percepción de mis manos empezara a disolverse o transformarse, yo debía trasladar la mirada a cual­quier otro elemento en el ámbito del sueño. En aque­lla ocasión particular, la trasladé a un edificio en el extremo de la calle. Cuando la apariencia del edifi­cio empezó a disiparse, presté atención a otros ele­mentos ambientales. El resultado final fue la imagen increíblemente clara, de una calle desierta en alguna ciudad extranjera.

Don Juan me hizo contar otras experiencias en el "soñar". Hablamos largo rato.

Al acabar mi reporte, él se levantó y fue al mato­rral. Me incorporé también. Estaba nervioso. Era una sensación injustificada, pues nada había que invocara miedo o cuidado. Don Juan no tardó en volver. Ad­virtió mi agitación.

‑Sosiégate ‑dijo, mientras asía con suavidad mi brazo.

Me hizo tomar asiento y me puso el cuaderno en el regazo. Me animó a escribir. Argumentaba que yo no debía inquietar el sitio de poder con innecesa­rios sentimientos de miedo o vacilación.

‑¿Por qué me pongo tan nervioso? ‑pregunté.

‑Es natural ‑dijo‑. Algo en ti se ve amenazado por tus quehaceres en el soñar. Mientras no pensabas en ellos, anduviste bien. Pero ahora que me revelaste tus acciones estás a punto de desmayarte:

"Cada guerrero tiene su propio modo de soñar. To­dos son distintos. Lo único que tenemos en común es que algo en nosotros tiende trampas para obligarnos a abandonar la empresa. El remedio es persistir a pesar de todas las barreras y desilusiones."

Luego me preguntó si era yo capaz de elegir temas para "soñar". Dije no tener la menor idea de cómo hacerlo.

‑La explicación de los brujos acerca de cómo esco­ger un tema para soñar ‑dijo él‑ es que el guerrero escoge el tema manteniendo a fuerza una imagen en la mente mientras para su diálogo interior. En otras palabras, si es capaz de no hablar consigo mismo por un momento, y luego evoca la imagen o el pensamien­to de lo que quiere soñar, aunque sólo sea por un instante, lo deseado vendrá a él. Estoy seguro de que esto es lo que has hecho, aunque sin darte cuenta.

Hubo una larga pausa y después don Juan empezó a husmear el aire. Parecía limpiarse la nariz; exha­ló por ella tres o cuatro veces, con gran fuerza. Los músculos de su abdomen se contraían en espasmos que él controlaba aspirando breves bocanadas de aire.

‑Ya no vamos a hablar más de soñar ‑dijo‑. Podrías obsesionarte. Para lograr éxito en cualquier empresa se debe ir muy despacio, con mucho esfuerzo pero sin tensión ni obsesiones.

Se puso en pie y caminó hasta el borde del matorral. Agachándose, escrutó el follaje. Parecía examinar algo en las hojas, sin acercarse a ellas demasiado.

‑¿Qué hace usted? -pregunté, incapaz de conte­ner la curiosidad.

Me encaró, sonriendo y alzando las cejas.

-Los matorrales están llenos de cosas extrañas ‑dijo al sentarse de nuevo.

De tan casual, su tono me asustó más que si hubie­ra lanzado un alarido súbito. Lápiz y cuaderno caye­ron de mis manos. Me remedó entre risas y dijo que mis reacciones exageradas eran uno de los cabos suel­tos que aún existían en mi vida.

Quise hacer una observación, pero no me dejó hablar.

‑Todavía queda un poco de luz del día ‑dijo‑. Hay otras cosas que deberíamos tocar antes de que caiga el crepúsculo.

Añadió entonces que, juzgando por los resultados de mi "soñar" yo debía de haber aprendido a inte­rrumpir voluntariamente mi diálogo interno. Le dije que así era.

En el principio de nuestra relación, don Juan ha­bía delineado otro procedimiento: caminar largos tre­chos sin enfocar los ojos en nada. Su recomendación había sido no mirar nada directamente sino, cruzan­do levemente los ojos, mantener una visión periféri­ca de cuanto se presentaba a la vista. Recalcó, aunque entonces no entendí, que conservando los ojos sin en­focar en un punto justamente arriba del horizonte, era posible percibir, en forma simultánea, cada ele­mento en el panorama total de casi 180 grados frente a los ojos. Me aseguró que ese ejercicio era la única manera de suspender el diálogo interno. Solía pedir reportes sobre mi progreso, pero luego dejó de preguntar por él.

Dije a don Juan que practiqué la técnica años en­teros sin advertir cambio alguno, pero de todos mo­dos no lo esperaba. Cierto día, sin embargo, me di cuenta, súbitamente, de que acababa de caminar du­rante unos diez minutos sin haberme dicho una sola palabra.

Mencioné también que en esa ocasión cobré con­ciencia de que suspender el diálogo interno implicaba algo más que sólo reprimir las palabras que me decía a mí mismo. Todos mis procesos intelectuales se de­tuvieron, y me sentí como suspendido, flotando. Una sensación de pánico surgió de esa vivencia, y tuve que reanudar mi diálogo interno como antídoto.

‑Te he dicho que el diálogo interno es lo que nos hace arrastrar ‑dijo don Juan‑. El mundo es así como es sólo porque hablamos con nosotros mismos acerca de que es así como es.

Don Juan explicó que el pasaje al mundo de los brujos se franquea después que el guerrero aprende a suspender el diálogo interno.

‑Cambiar nuestra idea del mundo es la clave de la brujería ‑dijo‑. Y la única manera de lograrlo es parar el diálogo interno. Lo demás sólo es arreglo. Ahora estás en la posición de saber que nada de lo que has visto o hecho, con la excepción de parar el diálogo interno, habría podido de por sí cambiar nada en ti, o en tu idea del mundo. El asunto, por supues­to, es que ese cambio no sea un trastorno. Ahora en­tenderás por qué un maestro no presiona a su apren­diz. Eso nada más fomentaría obsesión y morbidez.

Pidió detalles de otras experiencias que yo hubiera ­tenido al suspender el diálogo interno. Hice un re­cuento de cuanto pude recordar.

Hablamos hasta que oscureció y ya no pude tomar notas cómodamente; debía atender a la escritura y eso alteraba mi concentración. Don Juan se dio cuenta y se echó a reír. Señaló que yo había propiamente logrado otra tarea de brujo: escribir sin concentrarme. Apenas lo dijo, advertí que yo, en verdad, no prestaba atención al acto de tomar notas. Parecía ser una actividad separada con la cual yo no tenía que ver.. Me sentí raro. Don Juan me, pidió sentarme junto a él en el centro del círculo. Dijo que había dema­siada oscuridad y que ya no me hallaba ‑seguro sen­tado tan al filo del matorral. Un escalofrío ascendió por mi espalda; salté a su lado.

Me hizo mirar al sureste y me pidió que interrum­piera mi diálogo interno y estuviera callado y sin pensamientos. Al principio fui incapaz y tuve un mo­mento de impaciencia. Don Juan me dio la espalda y dijo que me apoyara en su hombro, y que una vez que aquietara mis pensamientos, debía mantener los ojos abiertos, mirando el matorral al sureste. En tono misterioso, agregó que me estaba planteando un pro­blema, y que, de resolverlo, me hallaría preparado para otra faceta del mundo de los brujos.

Planteé una débil pregunta acerca de la naturaleza del problema. Él rió suavemente. Esperé su respues­ta, y de pronto algo en mí se desconectó. Me sentí suspendido. Como si mis orejas se hubieran destapa­do, miríadas de ruidos en el chaparral se hicieron audibles. Había tantos que no me era posible distin­guirlos individualmente. Sentí que me quedaba dormido y entonces, de pronto, algo captó mi atención. No era algo que involucrara mis procesos mentales; no era una visión, ni un aspecto del ámbito, pero de algún modo mi percepción participaba. Estaba com­pletamente despierto. Tenía los ojos enfocados en un sitio al borde del matorral, pero no miraba, ni pensa­ba, ni hablaba conmigo mismo. Mis sentimientos eran claras sensaciones corpóreas; no requerían pala­bras. Sentía que me precipitaba hacia algo indefini­do. Acaso se precipitaba lo que de ordinario habrían sido mis pensamientos; fuera como fuese, tuve la sen­sación de haber sido atrapado en un derrumbe y de que algo se desplomaba en avalancha, conmigo en la cima. Sentía la caída en el estómago. Algo me jalaba al chaparral. Discernía la masa oscura de las matas frente a mí. No era, sin embargo, una tiniebla indi­ferenciada como lo sería ordinariamente. Veía cada arbusto individual como si los mirara en un crepúscu­lo oscuro. Parecían moverse; la masa de su follaje semejaba faldas negras ondeando en mi dirección como si las agitara el viento, pero no había viento. Quedé absorto en sus hipnóticos movimientos; era un escarceo pulsante que parecía acercármelas más y más. Y entonces noté una silueta más clara, como super­puesta en las formas oscuras de las matas. Enfoqué los ojos en un sitio al lado de la silueta y pude perci­bir en ella un resplandor verdoso pálido. Luego la miré sin enfocar y tuve la certeza de que se trataba de un hombre oculto entre las matas.

Me hallaba, en ese momento, en un estado muy peculiar de conciencia. Tenía conocimiento del en­torno y de los procesos mentales que el entorno engen­draba en mí, pero no pensaba como pienso de ordinario. Por ejemplo, al darme cuenta de que la silueta superpuesta en las matas era un hombre, rememora otra ocasión en el desierto; en aquel entonces, mientras don Genaro y yo caminábamos, de noche, por el chaparral, noté que un hombre se ocultaba entre los arbustos, detrás de nosotros, pero lo perdí de vista apenas traté de explicar racionalmente el fenómeno. Esta vez, sin embargo, sentí llevar la ventaja y me rehusé a explicar o pensar en absoluto. Durante un momento tuve la impresión de que podía retener al hombre y forzarlo a permanecer donde se hallaba. En­tonces experimenté un extraño dolor en la boca del estómago. Algo pareció desgarrarse dentro de mí y ya no pude conservar en tensión los músculos de mi abdomen. En el preciso instante en que cedí, la forma oscura de un enorme pájaro, o alguna clase de animal volador, brotó del matorral y se me echó enci­ma. Fue como si la figura del hombre se hubiese transformado, en la de un ave. Tuve la clara percep­ción consciente del miedo. Di una boqueada, y luego un fuerte grito, y caí de espaldas.

Don Juan me ayudó a incorporarme. Su rostro es­taba muy cerca del mío. Reía.

‑¿Qué fue eso? ‑vociferé.

Me silenció, cubriéndome la boca con la mano. Acercó los labios a mi oírlo y susurró que debíamos abandonar el sitio en forma tranquila y sosegada, como si nada hubiera ocurrido.

Laminamos lado a lado. Su paso era sereno y pare­jo. Un par de veces volvió rápidamente la cabeza. Lo imité, y en las dos ocasiones pude ver una masa oscu­ra que parecía seguirnos. Oí a mis espaldas un chilli­do escalofriante. Experimenté un momento de terror puro; un movimiento ondulatorio recorrió en espas­mos los músculos de mi estómago, creciendo en in­tensidad hasta que, sencillamente, forzó a mi cuerpo a correr.

Para hablar de mi reacción, es ‑Imprescindible usar la terminología de don Juan; así puedo decir que mi cuerpo, a causa del susto experimentado, fue ca­paz de ejecutar lo que él llamaba "la marcha de poder", una técnica que me había enseñado años antes para correr en la oscuridad sin tropezar ni las­timarse en forma alguna.

No tuve conciencia clara de qué había hecho ni de cómo lo hice. De pronto me hallé nuevamente en la casa de don Juan. Al parecer él había corrido tam­bién y llegamos al mismo tiempo. Encendió su lám­para de kerosén, la colgó de una viga en el techo v, con toda naturalidad, me invitó a tomar asiento y relajarme.

Troté marcando el paso durante un rato, hasta que mi nerviosismo se redujo a proporciones mane­jables. Luego me senté. Enfáticamente, me ordenó actuar como si nada hubiera pasado y me entregó mi cuaderno. Yo no había advertido que, en mi prisa por salir del matorral, lo dejé caer.

‑¿Qué es lo que pasó, don Juan? ‑pregunté por fin.

‑Tenías una cita con el conocimiento ‑repuso, señalando con un movimiento de barbilla el borde oscuro del chaparral desértico‑. Te llevé allá por­que encontré al conocimiento ahí dando vueltas alre­dedor de la casa, cuando llegaste. Podrías decir que el conocimiento sabía de tu venida y te esperaba. En lugar de enfrentarlo aquí, me pareció propio enfrentarlo en un sitio de poder. Entonces preparé una prueba para ver si tenías suficiente poder personal para separarlo del resto de las cosas en torno nuestro. Lo hiciste muy bien.

‑¡No se vaya tan de prisa! ‑protesté‑. Vi la silueta de un hombre escondido detrás de una mata, y luego vi un enorme pájaro.

‑¡No viste un hombre! ‑dijo con énfasis‑. Tampoco viste un pájaro. La silueta en las matas, y lo que voló hacia nosotros, era una polilla. Si quieres ser exacto en términos de brujo, pero muy ridículo en tus propios términos, puedes decir que esta noche tenías cita con una polilla. El conocimiento es una polilla.

Me dirigió una mirada penetrante. La luz de la linterna creaba sombras extrañas en su cara. Aparté los ojos.

‑A lo mejor tendrás bastante poder personal para deshilvanar hoy ese misterio ‑dijo‑. Si no es hoy, será mañana; recuerda, todavía me debes seis días.

Don Juan se puso en pie y fue a la cocina en la parte trasera de la casa. Tomó la linterna y la puso contra la pared, sobre el tocón bajo y redondo que usaba como banco. Nos sentamos en el suelo, uno frente al otro, y nos servimos frijoles y carne de una olla que él había colocado frente a nosotros. Comimos en silencio.

De vez en cuando me echaba vistazos furtivos, y parecía a punto de reír. Sus ojos semejaban dos ra­nuras. Al mirarme los abría un poco y la humedad de la córnea reflejaba la luz de la linterna. Parecía estar usando la luz para crear un reflejo. Jugaba con el reflejo, sacudiendo la cabeza en forma casi imperceptible, cada vez que enfocaba en mí los ojos. El efecto era un fascinante estremecimiento luminoso. Tomé conciencia de sus maniobras después de que las hubo ejecutado un par de veces. Me sentí conven­cido de que actuaba con un propósito definido. No pude menos que preguntarle al respecto.

-Tengo un motivo ulterior ‑dijo empleando una voz tranquilizadora‑. Te estoy calmando con mis ojos. No parece que te estés poniendo más nervioso, ¿verdad?

Tuve que admitir que me sentía bastante a mis anchas. El cintilar constante de sus ojos no era omi­noso, ni me había asustado o molestado en forma al­guna.

‑¿Cómo hace usted para calmarme con los ojos? ‑pregunté.

Repitió el imperceptible oscilar de cabeza. Las córneas de sus ojos reflejaban en verdad la luz de la linterna de kerosén.

‑Haz tú la prueba ‑dijo en tono casual, mien­tras se servía otro plato de comida‑. Puedes calmar­te solo.

Intenté menear la cabeza; mis movimientos eran torpes.

‑Si sacudes así la cabeza, no vas a calmarte ‑dijo, riendo‑. Nada más te va a doler. El secreto no está en el meneo dé cabeza sino en la sensación que viene a los ojos desde la parte abajo del estómago. Esto es lo que mueve la cabeza.

Se frotó la región umbilical.

Habiendo terminado de comer, me recliné en una pila de leña donde había algunos costales. Traté de imitar su movimiento de cabeza. Don Juan parecía divertirse inmensamente. Lanzaba risitas y se golpeaba los muslos.

Un ruido súbito interrumpió su regocijo. Oí un extraño sonido grave, como golpeteó sobre madera, procedente del chaparral. Don Juan echó la mandíbula hacia adelante, haciéndome seña de permanecer alerta.

‑Esa es la polilla que te llama ‑dijo en un tono carente de emoción.

Me levanté de un salto. El sonido cesó instantánea­mente. Miré a don Juan en busca de una explica­ción. Él hizo un gesto cómico de impotencia, alzando los hombros.

‑Todavía no has cumplido con tu cita ‑añadió.

Le dije que me sentía indigno, y que tal vez debiera irme a casa y regresar cuando tuviera más fuerza.

-Esas son idioteces ‑repuso, cortante‑. Un guerrero toma su suerte, sea la que sea, y la acepta con la máxima humildad. Se acepta con humildad así como es, no como base para lamentarse, sino como base para su lucha y su desafío.

"Nos demoramos mucho para comprender eso y vi­virlo por entero. Yo, por ejemplo, odiaba mencionar la palabra humildad. Soy un indio, y los indios siem­pre hemos sido humildes y no hemos hecho nada más que agachar la cabeza. Yo pensaba que la humildad no tenía nada que ver con el camino del guerrero. ¡Me equivocaba! Ahora sé que la humildad del gue­rrero no es la humildad del pordiosero. El guerrero no agacha la cabeza ante nadie, pero, al mismo tiem­po, tampoco permite que nadie agache la cabeza ante él. En cambio, el pordiosero a la menor provocación pide piedad de rodillas y se echa al suelo a que lo Pise cualquiera a quien considera más encumbrado; pero al mismo tiempo, exige que alguien más bajo que él le haga lo mismo.

"Por eso te dije hace rato que no entiendo lo que debe sentir un maestro. Yo sólo conozco la humildad del guerrero, y eso jamás me permitirá ser el amo de nadie."

Guardamos silencio unos momentos. Sus palabras me habían causado una profunda agitación. Me con­movían, y al mismo tiempo me preocupaba lo presen­ciado en el matorral. Mi evaluación consciente era que don Juan me ocultaba cosas y que debía saber lo que realmente estaba ocurriendo.

Me hallaba envuelto en tales deliberaciones cuan­do el mismo extraño golpeteo dispersó mis pensa­mientos con una sacudida. Don Juan sonrió y luego empezó a reír por lo bajo.

-Te gusta la humildad del pordiosero ‑dijo sua­vemente‑. Agachas la cabeza ante la razón.

‑Siempre pienso que me están engañando ‑dije‑. Ése es el punto de mi problema.

‑Tienes razón. Te están engañando ‑repuso con una sonrisa encantadora‑. Eso no puede ser tu pro­blema. El verdadero punto del asunto es que sientes que soy yo el que te está mintiendo, ¿no es así?

‑Sí. Algo en mi no me permite creer que lo que está ocurriendo sea real.

‑Otra vez tienes razón. Nada de lo que está ocu­rriendo es real.

‑¿Qué quiere usted decir, don Juan?

‑Las cosas son reales sólo cuando uno ha apren­dido a estar de acuerdo de que son reales. Lo que sucedió esta noche, por ejemplo, no puede de ninguna manera ser real para ti, porque nadie podría este, de acuerdo contigo en ese respecto.

‑¿Quiere decir que usted no vio lo que ocurría?

‑Claro que sí. Pero yo no cuento. Yo soy el que te está mintiendo, ¿recuerdas?

Don Juan rió hasta toser y atragantarse. Su risa era amistosa aunque se burlaba de mí.

‑No le des tanta importancia a mis palabras -dijo, confortante‑. Sólo trato de que descanses, y sé que te sientes a tus anchas sólo cuando estás confundido.

Su expresión era tan deliberadamente cómica que ambos reímos. Le dije que lo que acababa de decir me hacía sentir más atemorizado que nunca.

‑¿Me tienes miedo? ‑preguntó.

‑No a usted, sino a lo que usted representa.

‑Represento la libertad del guerrero. ¿Tienes mie­do de eso?

‑No. Pero tengo miedo de su conocimiento. Yo no tengo descanso, ni puedo refugiarme en nada.

‑Otra vez confundes las cosas. Descanso, refugio, miedo: cavilaciones que has aprendido sin poner ja­más en duda su valor. Como podrás ver, los brujos malignos ya se han aliado contigo.

‑¿Quiénes son los brujos malignos, don Juan?

‑Todos nuestros prójimos son los brujos malignos. Y como andas revuelto con ellos, también tú eres un brujo maligno. Piensa un momento. ¿Puedes desviarte de la senda que te han trazado? No. Tus ideas y tus acciones están fijadas para siempre en sus términos. Eso es esclavitud. Yo, en cambio, te traje libertad. La libertad es muy cara, pero el precio no es imposible.

Ten miedo a tus carceleros, a tus amos. No desperdi­cies tu tiempo y tu poder en temerme a mí.

Supe que tenía razón, y sin embargo, pese a mi ge­nuina concordancia con él, supe también que los hábitos de toda mi vida me harían, inevitablemente, ceñirme a mi vieja senda. Me sentí en verdad un esclavo.

Tras un largo silencio, don Juan me preguntó si tenía fuerza suficiente para otro encuentro con el co­nocimiento.

‑¿O sea, con la polilla? ‑pregunté, medio en broma.

Su cuerpo se contorsionó de risa. Fue como si yo le hubiera contado el chiste más gracioso del mundo.

‑¿Qué quiere usted decir realmente con eso de que el conocimiento es una polilla? ‑pregunté.

‑Eso es lo único que quiero decir ‑replicó‑. Una polilla es una polilla. Pensé que a estas alturas, con todo lo que has aprendido y logrado, tendrías poder suficiente para ver. Pero en lugar de ver, tu mirada se fijó en un hombre, y eso no fue ver de verdad.

Desde el principio de mi aprendizaje, don Juan había descrito el concepto de "ver" como una capaci­dad especial que podía cultivarse y que permitía per­cibir la naturaleza "última" de las cosas.

A través de los años de nuestra relación, yo había desarrollado la idea de que con "ver" él se refería a una percepción intuitiva de las cosas, o a la capacidad de comprender algo de una sola vez, o quizás al don de penetrar las interacciones humanas y descubrir signi­ficados y motivos encubiertos.

‑Yo