RELATOS DE PODER
Carlos Castaneda |
| Este libro es muy importante porque prácticamente en él desaparece Don Juan, el maestro de Carlos Castaneda......aunque aparece de vuelta en los ultimos libros. |
¿Me tienes
miedo? preguntó.
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INTRODUCCIÓN ........................................................................................................................ 3
PRIMERA PARTE
CITA CON EL CONOCIMIENTO .............................................................................................. 4
EL SOÑADOR Y EL SOÑADO ............................................................................................... 29
EL SECRETO DE LOS SERES LUMINOSOS ...................................................................... 44
SEGUNDA PARTE
EL
TONAL Y EL NAGUAL
TENER QUE CREER ............................................................................................................... 55
LA ISLA DEL TONAL ............................................................................................................. 63
EL DÍA DEL TONAL ................................................................................................................ 70
REDUCIR EL TONAL .............................................................................................................. 79
LA HORA DEL NAGUAL ........................................................................................................ 88
EL SUSURRO DEL NAGUAL ................................................................................................ 97
LAS ALAS DE LA PERCEPCIÓN ........................................................................................ 106
LA
EXPLICACIÓN DE LOS BRUJOS
TRES TESTIGOS DEL NAGUAL
........................................................................................ 113
LA ESTRATEGIA DE UN BRUJO
....................................................................................... 122
LA BURBUJA DE LA PERCEPCIÓN .................................................................................. 138
LA PREDILECCIÓN DE LOS
GUERREROS ...................................................................... 147
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Las condiciones del pájaro solitario son cinco. La primera, que se va
a lo más alto; la segunda, que no sufre compañía aunque sea de su naturaleza;
la tercera, que pone el pico al aire; la cuarta, que no tiene determinado
color; la quinta, que canta suavemente. SAN JUAN DE LA CRUZ, Dichos de luz y amor |
PRIMERA PARTE
UN TESTIGO DE
ACTOS DE PODER
Llevaba yo varios meses sin ver a don
Juan. Era el otoño de 1971. Tuve la certeza de que se encontraba en casa de don
Genaro, en el México central, y realicé los preparativos necesarios para un
viaje de seis o siete días. Al segundo día, obedeciendo a un impulso, me detuve
al mediar la tarde en la casa de don Juan en Sonora. Estacioné el coche y
caminé una corta distancia hasta la casa misma. Para mi sorpresa, lo encontré
allí.
‑¡Don Juan! No esperaba hallarlo
aquí ‑dije.
Echó a reír, deleitado por mi asombro.
Estaba sentado en un cajón de leche vacío, junto a la puerta delantera. Al
parecer me aguardaba. Había un aire de hazaña cumplida en la desenvoltura con
que me saludó. Quitándose el sombrero, lo agitó cómicamente en florido gesto.
Se lo puso de nuevo y me hizo un saludo militar. Se hallaba reclinado en la
pared, a horcajadas en el cajón como sobre una silla de montar.
‑Siéntate, siéntate ‑dijo en
tono jovial‑. Qué gusto me da que estés otra vez por aquí.
‑Ya me estaba yendo hasta Oaxaca a
buscarlo, don Juan ‑dije‑. Y luego habría tenido que regresar a Los
ángeles. El hallarlo aquí me ahorra días y días de manejar.
‑De todos modos me habrías
encontrado ‑dijo él en tono misterioso‑, pero digamos que me debes
los seis días que hubieras tardado en llegar allá, días que deberías emplear en
algo más interesante que andar correteando en tu carro.
Había algo cautivante en la sonrisa de
don Juan. Su calidez era contagiosa.
‑¿Y dónde están los instrumentos? ‑preguntó,
haciendo un gesto de escribir a mano.
Le dije que los había dejado en el
coche; él respondió que sin ellos me veía extraño y me hizo ir a traerlos.
‑Acabo de escribir un libro ‑dije.
Fijó en mí una mirada larga y peculiar
que me dio comezón en la boca del estómago. Era como si empujase mi parte
media con un objeta suave. Sentí que me iba a poner mal, pero entonces don Juan
miró para otro lado y recobré mi primera sensación de bienestar.
Quise hablar de mi libro, pero él indicó
con un gesto que no quería oír nada sobre el tema. Sonrió. Desbordaba ligereza
y encanto, e inmediatamente me envolvió en una larga conversación acerca de
personas y de sucesos actuales. Al cabo de un buen rato logré por fin desviar
la conversación hacia el tópico de mi interés. Empecé mencionando que, al
revisar mis antiguas notas, me di cuenta de que él me había estado dando, desde
el principio de nuestra asociación, una descripción detallada del mundo de los
brujos. A la luz de lo que me dijo en aquellas etapas, comencé a poner en tela
de juicio el papel de las plantas alucinógenas.
‑¿Por qué me hizo usted tomar
tantas veces esas plantas de poder? ‑pregunté.
Rió y musitó, en voz muy suave:
‑Porque eres un idiota.
Lo oí perfectamente, pero quise
cerciorarme y fingí no haber entendido.
‑¿Cómo dijo? ‑inquirí.
‑Tú sabes lo que dije ‑replicó,
y se puso en pie.
Al pasar junto a mí me golpeó la cabeza
con un dedo.
‑Eres un poco lento ‑dijo‑.
Y no había otra forma de sacudirte.
‑¿De modo que nada de eso era
absolutamente necesario? ‑pregunté.
‑Lo era, en tu caso. Pero hay
otros tipos de gente que no parecen necesitarlas.
Se quedó parado junto a mí, la vista
fija en la copa de los matorrales al lado izquierdo de su casa; luego volvió a
sentarse y habló de Eligio, su otro aprendiz. Dijo que Eligio había tomado
plantas psicotrópicas una sola vez desde el inicio del aprendizaje, pero no
obstante se hallaba, quizás, incluso más adelantado que yo.
-Tener sensibilidad es una condición
natural de cierta gente ‑dijo‑. Tú no la tienes. Pero tampoco yo. A
fin de cuentas, la sensibilidad importa muy poco.
‑¿Qué es entonces lo que importa? ‑pregunté.
Pareció buscar una respuesta adecuada.
‑Lo que importa es que un guerrero
sea impecable ‑dijo al fin‑. Pero eso es sólo una manera de decir
las cosas, un modo de andarse por las ramas. Tú ya has terminado algunas tareas
de brujería y creo que ya es hora de mencionar la fuente de todo lo que
importa. Así pues, diré que lo importante para un guerrero es llegar a la
totalidad de uno mismo.
‑¿Qué es la totalidad de uno
mismo, don Juan?
‑Dije que nada más iba a
mencionarla. Todavía quedan en tu vida muchos cabos sueltos que debes atar
antes de que podamos hablar de la totalidad de uno mismo.
Con eso puso fin a la conversación. Hizo
un ademán para callarme. Al parecer, había algo o alguien en la cercanía.
Ladeó la cabeza hacia un lado, como para escuchar. Pude ver el blanco de sus
ojos mientras enfocaban los arbustos más allá de la casa, hacia la izquierda.
Escuchó atentamente unos momentos y luego se puso en pie, se acercó y me
susurró al oído que debíamos dejar la casa y salir a un paseo.
‑¿Algo anda mal? ‑pregunté,
también en un susurro.
‑No. Nada anda mal ‑dijo‑.
Todo anda bastante bien.
Me guió al chaparral desértico.
Caminamos cosa de media hora y llegamos a una pequeña área circular libre de
vegetación, un sitio de unos cuatro metros de diámetro donde el suelo rojizo
estaba apisonado y perfectamente plano. No había, sin embargo, señas de que el
espacio hubiera sido desmontado y aplanado con maquinaria. Don Juan se sentó
en el centro, mirando al sureste. Señaló un sitio como a metro y medio de
distancia y me pidió sentarme allí, dándole la cara.
‑¿Qué vamos a hacer aquí? ‑pregunté.
Tenemos una cita aquí esta noche ‑respondió.
Escudriñó los alrededores con rápida
mirada, girando sobre su eje hasta hallarse de nuevo mirando al sureste.
Sus movimientos me alarmaron. Le
pregunté con quién teníamos cita.
‑Con el conocimiento ‑repuso‑.
Digamos que el conocimiento anda merodeando por aquí.
No me dio oportunidad de pensar en su
críptica respuesta. Rápidamente cambió el tema y en tono jovial me instó a
portarme con naturalidad, es decir, a tomar notas y hablar como hubiéramos
hecho en su casa.
Lo que más presionaba mi mente en esos
instantes era la vívida sensación que, seis meses antes, tuve de
"hablar" con un coyote. Ese evento significaba que por vez primera
fui capaz de visualizar o aprisionar, con mis cinco sentidos y en total
sobriedad, la descripción mágica del mundo: una descripción en que la
comunicación a través de palabras con los animales era asunto rutinario.
‑No vamos a ponernos a revivir
ninguna experiencia de tal naturaleza ‑dijo don Juan al oír mi pregunta‑.
No es dable que le des tal atención a los hechos pasados. Podemos tocarlos,
pero sólo como referencia.
‑¿Por qué motivo, don Juan?
‑Todavía no tienes suficiente
poder personal para buscar la explicación de los brujos.
‑¡Entonces hay una explicación de
brujos!
‑Claro. Los brujos son hombres.
Somos criaturas del pensamiento. Buscamos aclaraciones.
‑Yo tenía la impresión de que mi
gran falla era buscar explicaciones.
‑No. Tu falla es buscar
explicaciones convenientes, explicaciones que se ajustan a ti y a tu mundo. Lo
que no me gusta es que seas tan razonable. Un brujo también explica las cosas
en su mundo, pero no es tan terco como tú.
‑¿Cómo puedo llegar a la
explicación de los brujos?
‑Acumulando poder personal. El
poder personal te hará deslizarte con gran facilidad y entrar en la explicación
de los brujos. La explicación no es lo que, tú llamarías una explicación; sin
embargo, aunque no aclara el mundo ni sus misterios, los hace menos pavorosos.
Ésa debería ser la esencia de una explicación, pero no es eso lo que tú buscas.
Tú andas detrás del reflejo de ti y tus ideas.
Perdí el impulso de hacer preguntas.
Pero su sonrisa me invitaba a seguir hablando. Otro asunto de gran importancia
para mí era su amigo don Genaro y el extraordinario efecto que sus acciones
habían surtido en mi. Cada vez que entraba en contacto con él, experimentaba
distorsiones sensoriales de lo más, extrañas.
Don Juan rió cuando planteé mi pregunta.
-Genaro es estupendo -dijo‑. Pero no
tiene sentido por ahora hablar de él ni de lo que te hace. Tampoco tienes
suficiente poder personal para desenvolver ese tema. Espera a tenerlo, y
entonces hablaremos.
‑¿Y si nunca lo tengo?
-Si nunca lo tienes, nunca hablaremos.
‑Al paso que voy, ¿tendré alguna
vez el suficiente? ‑pregunté.
‑De ti depende ‑respondió‑.
Yo te he dado toda la información necesaria. Ahora es responsabilidad tuya
ganar suficiente poder personal para inclinar la balanza.
‑Habla usted en metáforas -dije‑.
Hábleme claro. Dígame exactamente qué debo hacer. Si ya me lo dijo, digamos que
lo olvidé.
Don Juan chasqueó la lengua y se acostó,
con los brazos detrás de la cabeza.
-Tú sabes exactamente lo que necesitas ‑dijo.
Respondí que a veces creía saberlo, pero
que la mayor parte del tiempo carecía de confianza en mi mismo.
‑Me temo que confundes las cosas ‑dijo‑.
La confianza de un guerrero no es la confianza del hombre común. El hombre
común busca la certeza en los ojos del espectador y llama a eso confianza en sí
mismo. El guerrero busca la impecabilidad en sus propios ojos y llama a eso
humildad. El hombre común está enganchado a sus prójimos, mientras que el
guerrero sólo depende de sí mismo. Andas en pos de lo imposible. Buscas la
confianza del hombre común, cuando deberías buscar la humildad del guerrero.
Hay una gran diferencia entre las dos. La confianza implica saber algo con
certeza; la humildad implica ser impecable en los propias actos y
sentimientos.
‑He tratado de vivir de acuerdo
con sus consejos ‑dije‑. Tal vez no sea yo lo mejor, pero soy lo
mejor de mí mismo. ¿Es eso impecabilidad?
‑No. Debes ser aún mejor. Debes
empujarte siempre más allá de tus límites.
‑Pero eso sería una locura, don
Juan. Nadie puede hacer eso.
‑Muchas cosas que haces ahora te
habrían parecido una locura hace diez años. Las cosas esas nunca cambiaron,
pero sí cambió tu idea de ti mismo; lo que antes era imposible es ahora
perfectamente posible, y a lo mejor el que logres cambiarte por completo es
sólo cuestión de tiempo. En este asunto, el único camino posible para un
guerrero es actuar directamente y sin reservas. Ya conoces el camino del
guerrero lo suficiente para desenvolverte bastante bien; pero te salen al
encuentro tus malas costumbres.
Comprendí a qué se refería.
‑¿Cree usted que escribir es una
de esas malas costumbres que debo cambiar? ‑pregunté‑. ¿Debo
destruir mi nuevo manuscrito?
No contestó. Se puso en pie y se volvió
a mirar el borde del matorral.
Le conté que había recibido una cantidad
de cartas en las que diversas personas me señalaban el error de escribir acerca
de mi aprendizaje. Citaban como precedente el hecho de qué los maestros de las
doctrinas esotéricas orientales exigían discreción absoluta con respecto a sus
enseñanzas.
‑Capaz si esos maestros tienen el
vicio de ser maestros ‑dijo don Juan sin mirarme‑. Yo no soy maestro.
Yo soy solamente un guerrero. No sé en realidad qué es lo que uno siente como
maestro.
‑Pero quizás estoy revelando cosas
que no debería, don Juan.
‑No importa lo que uno revela ni
lo que uno se guarda ‑dijo‑. Todo cuanto hacemos, todo cuanto
somos, descansa en nuestro poder personal. Si tenemos suficiente, una palabra
que se nos diga podría ser suficiente para cambiar el curso de nuestra vida.
Pero si no tenemos suficiente poder personal, se nos puede revelar la sabiduría
más grande y esa revelación nos importaría un ajo.
Luego bajó la voz como si me estuviera
revelando un asunto confidencial.
‑Voy a decirte algo que a lo mejor
es la mayor sabiduría a la que uno puede dar voz ‑dijo‑. A ver qué
haces can ella.
"¿Sabes que en este mismo instante
estás rodeado por la eternidad? ¿Y sabes que puedes usar esa eternidad, si así
lo deseas?"
Tras una larga pausa, durante la cual un
sutil movimiento de sus ojos me instaba a rendir alguna formulación, dije no
entender de qué hablaba.
‑¡Allí! ¡La eternidad está allí! ‑dijo,
señalando el horizonte.
Luego apuntó hacia el cenit.
‑O allí, o quizá podamos decir que
la eternidad es así.
Extendió los brazos para señalar al este
y al oeste.
Nos miramos. Sus ojos contenían una
pregunta.
‑¿Y qué me dices de esto? ‑inquirió,
animándome a meditar sus palabras.
No supe qué responder.
‑¿Sabes que puedes extenderte
hasta el infinito en cualquiera de las direcciones que he señalado? ‑prosiguió‑.
¿Sabes que un momento puede ser la eternidad? Esto no es una adivinanza; es un
hecho, pero sólo si te montas en ese momento y lo usas para llevar la totalidad
de ti mismo hasta el infinito, en cualquier dirección.
Se me quedó mirando.
‑Antes no tenías este conocimiento
‑dijo, sonriendo‑. Ahora es tuyo. Te lo he dado, y sin embargo no
importa nada, porque no tienes suficiente poder personal para utilizar mi
revelación. Pero si lo tuvieras, sólo mis palabras serían el medio para que
acorralaras toda tu totalidad, y sacaras la parte que manda, de estos límites
que la contienen.
Vino a mi lado y me tocó el pecho con
los dedos; fue un golpe muy ligero.
‑Estos son los límites de los que
hablo ‑dije Uno puede salir de ellos. Somos un sentimiento, un darse
cuenta encajonado aquí.
Me palmeó los hombros con las manos. Mi
cuaderno y mi lápiz cayeron por tierra. Don Juan puso el pie sobre el cuaderno
y me miró con fijeza; luego rió.
Le pregunté si lo molestaba tomando
notas. Dijo que no, en tono confortante, y apartó el pie.
‑Somos seres luminosos -dijo,
meneando rítmicamente la cabeza‑. Y para un ser luminoso lo único que
importa es el poder personal. Pero si me preguntas qué cosa es el poder
personal, debo decirte que mi explicación no lo explicará.
Don Juan miró el horizonte occidental y
dijo que todavía quedaban unas horas de luz diurna.
‑Tenemos que
estarnos aquí mucho rato ‑explicó‑. Así pues; o nos sentarnos en
silencio o hablamos. Para ti no es natural estar callado, de modo que sigamos
hablando. Este lugar es un sitio de poder y debe acostumbrarse a nosotros antes
de que caiga la noche. Debes quedarte sentado, lo más natural que puedas, sin
miedo y sin impaciencia. Parece que es más fácil para ti estar tranquilo cuando
escribes, así que escribe cuanto se te dé la gana.
"Y ahora, a ver si me cuentas de tu
soñar."
La súbita transición me tomó desprevenido. Don Juan
repitió su petición. Había mucho que decir al respecto. "Soñar"
implicaba el cultivo de un poder peculiar sobre los propios sueños, hasta el
punto en que las experiencias habidas en ellos y las vividas en las horas de
vigilia adquirían la misma valencia pragmática. Los brujos alegaban que, bajo
el impacto del "soñar", los criterios ordinarios para diferenciar
entre sueño y realidad se hacían inoperantes.
La praxis del "solar" era,
para don Juan, un ejercicio que consistía en hallar las propias manos durante
un sueño. En otras palabras, uno debía soñar deliberadamente que buscaba y
hallaba sus manos en un sueño que consistía en soñar que uno alzaba las manos
al nivel de los ojos.
Después de años de intentos
infructuosos, yo había logrado finalmente la tarea. Considerando retrospectivamente,
se me evidenció que sólo pude alcanzar el éxito tras haber obtenido cierto
grado de dominio sobre el mundo de mi vida cotidiana.
Don Juan quiso saber los puntos
salientes. Empecé a contarle que la dificultad de estructurar la orden de
mirarme las manos parecía ser, muy a menudo, insuperable. Él me había advertido
que la primera etapa de la faceta preparatoria, lo que él llamaba "armar
los sueños", consistía en un juego mortal que la mente jugaba consigo
misma, y que cierta parte de mi ser iba a hacer todo lo posible por impedir el
cumplimiento de mi tarea. Eso podía incluir, dijo don Juan, el arrojarme a una
pérdida de significado, a la melancolía, o incluso a una depresión suicida. Sin
embargo, no llegué tan lejos. Mi experiencia se quedó más bien en el lado
ligero, cómico; no obstante, la frustración era igual. Cada vez que, en un sueño,
estaba a punto de mirarme las manos, algo extraordinario sucedía; echaba yo a
volar, o el sueño se volvía pesadilla, o simplemente se transformaba en una
placentera experiencia de excitación corporal; todo lo contenido en el sueño se
extendía mucho más allá de lo "normal" en lo referente a vividez y,
por ello, resultaba absorbente en extremo. La intención original de observar
mis manos siempre se olvidaba a la luz de la nueva situación.
Una noche, inesperadamente, hallé mis
manos en sueños. Soñaba recorrer una calle desconocida en una ciudad extranjera
y de pronto alcé las manos y las puse frente a mi rostro. Fue como si algo en
mí cediera para permitirme observar el dorso de mis manos.
Las instrucciones de don Juan
estipulaban que, apenas la percepción de mis manos empezara a disolverse o
transformarse, yo debía trasladar la mirada a cualquier otro elemento en el
ámbito del sueño. En aquella ocasión particular, la trasladé a un edificio en
el extremo de la calle. Cuando la apariencia del edificio empezó a disiparse,
presté atención a otros elementos ambientales. El resultado final fue la
imagen increíblemente clara, de una calle desierta en alguna ciudad extranjera.
Don Juan me hizo contar otras
experiencias en el "soñar". Hablamos largo rato.
Al acabar mi reporte, él se levantó y
fue al matorral. Me incorporé también. Estaba nervioso. Era una sensación
injustificada, pues nada había que invocara miedo o cuidado. Don Juan no tardó
en volver. Advirtió mi agitación.
‑Sosiégate ‑dijo, mientras
asía con suavidad mi brazo.
Me hizo tomar asiento y me puso el
cuaderno en el regazo. Me animó a escribir. Argumentaba que yo no debía
inquietar el sitio de poder con innecesarios sentimientos de miedo o
vacilación.
‑¿Por qué me pongo tan nervioso? ‑pregunté.
‑Es natural ‑dijo‑.
Algo en ti se ve amenazado por tus quehaceres en el soñar. Mientras no pensabas
en ellos, anduviste bien. Pero ahora que me revelaste tus acciones estás a
punto de desmayarte:
"Cada guerrero tiene su propio modo
de soñar. Todos son distintos. Lo único que tenemos en común es que algo en
nosotros tiende trampas para obligarnos a abandonar la empresa. El remedio es
persistir a pesar de todas las barreras y desilusiones."
Luego me preguntó si era yo capaz de
elegir temas para "soñar". Dije no tener la menor idea de cómo
hacerlo.
‑La explicación de los brujos
acerca de cómo escoger un tema para soñar ‑dijo él‑ es que el
guerrero escoge el tema manteniendo a fuerza una imagen en la mente mientras
para su diálogo interior. En otras palabras, si es capaz de no hablar consigo
mismo por un momento, y luego evoca la imagen o el pensamiento de lo que
quiere soñar, aunque sólo sea por un instante, lo deseado vendrá a él. Estoy
seguro de que esto es lo que has hecho, aunque sin darte cuenta.
Hubo una larga pausa y después don Juan
empezó a husmear el aire. Parecía limpiarse la nariz; exhaló por ella tres o
cuatro veces, con gran fuerza. Los músculos de su abdomen se contraían en
espasmos que él controlaba aspirando breves bocanadas de aire.
‑Ya no vamos a hablar más de soñar
‑dijo‑. Podrías obsesionarte. Para lograr éxito en cualquier
empresa se debe ir muy despacio, con mucho esfuerzo pero sin tensión ni
obsesiones.
Se puso en pie y caminó hasta el borde
del matorral. Agachándose, escrutó el follaje. Parecía examinar algo en las
hojas, sin acercarse a ellas demasiado.
‑¿Qué hace usted? -pregunté,
incapaz de contener la curiosidad.
Me encaró, sonriendo y alzando las
cejas.
-Los matorrales están llenos de cosas
extrañas ‑dijo al sentarse de nuevo.
De tan casual, su tono me asustó más que
si hubiera lanzado un alarido súbito. Lápiz y cuaderno cayeron de mis manos.
Me remedó entre risas y dijo que mis reacciones exageradas eran uno de los
cabos sueltos que aún existían en mi vida.
Quise hacer una observación, pero no me
dejó hablar.
‑Todavía queda un poco de luz del
día ‑dijo‑. Hay otras cosas que deberíamos tocar antes de que caiga
el crepúsculo.
Añadió entonces que, juzgando por los
resultados de mi "soñar" yo debía de haber aprendido a interrumpir
voluntariamente mi diálogo interno. Le dije que así era.
En el principio de nuestra relación, don
Juan había delineado otro procedimiento: caminar largos trechos sin enfocar
los ojos en nada. Su recomendación había sido no mirar nada directamente sino,
cruzando levemente los ojos, mantener una visión periférica de cuanto se
presentaba a la vista. Recalcó, aunque entonces no entendí, que conservando los
ojos sin enfocar en un punto justamente arriba del horizonte, era posible
percibir, en forma simultánea, cada elemento en el panorama total de casi 180
grados frente a los ojos. Me aseguró que ese ejercicio era la única manera de
suspender el diálogo interno. Solía pedir reportes sobre mi progreso, pero
luego dejó de preguntar por él.
Dije a don Juan que practiqué la técnica
años enteros sin advertir cambio alguno, pero de todos modos no lo esperaba.
Cierto día, sin embargo, me di cuenta, súbitamente, de que acababa de caminar
durante unos diez minutos sin haberme dicho una sola palabra.
Mencioné también que en esa ocasión
cobré conciencia de que suspender el diálogo interno implicaba algo más que
sólo reprimir las palabras que me decía a mí mismo. Todos mis procesos
intelectuales se detuvieron, y me sentí como suspendido, flotando. Una
sensación de pánico surgió de esa vivencia, y tuve que reanudar mi diálogo
interno como antídoto.
‑Te he dicho que el diálogo
interno es lo que nos hace arrastrar ‑dijo don Juan‑. El mundo es
así como es sólo porque hablamos con nosotros mismos acerca de que es así como
es.
Don Juan explicó que el pasaje al mundo
de los brujos se franquea después que el guerrero aprende a suspender el
diálogo interno.
‑Cambiar nuestra idea del mundo es
la clave de la brujería ‑dijo‑. Y la única manera de lograrlo es
parar el diálogo interno. Lo demás sólo es arreglo. Ahora estás en la posición
de saber que nada de lo que has visto o hecho, con la excepción de parar el
diálogo interno, habría podido de por sí cambiar nada en ti, o en tu idea del
mundo. El asunto, por supuesto, es que ese cambio no sea un trastorno. Ahora
entenderás por qué un maestro no presiona a su aprendiz. Eso nada más
fomentaría obsesión y morbidez.
Pidió detalles de otras experiencias que
yo hubiera tenido al suspender el diálogo interno. Hice un recuento de cuanto
pude recordar.
Hablamos hasta que oscureció y ya no
pude tomar notas cómodamente; debía atender a la escritura y eso alteraba mi
concentración. Don Juan se dio cuenta y se echó a reír. Señaló que yo había
propiamente logrado otra tarea de brujo: escribir sin concentrarme. Apenas lo
dijo, advertí que yo, en verdad, no prestaba atención al acto de tomar notas.
Parecía ser una actividad separada con la cual yo no tenía que ver.. Me sentí
raro. Don Juan me, pidió sentarme junto a él en el centro del círculo. Dijo que
había demasiada oscuridad y que ya no me hallaba ‑seguro sentado tan al
filo del matorral. Un escalofrío ascendió por mi espalda; salté a su lado.
Me hizo mirar al sureste y me pidió que
interrumpiera mi diálogo interno y estuviera callado y sin pensamientos. Al
principio fui incapaz y tuve un momento de impaciencia. Don Juan me dio la
espalda y dijo que me apoyara en su hombro, y que una vez que aquietara mis
pensamientos, debía mantener los ojos abiertos, mirando el matorral al sureste.
En tono misterioso, agregó que me estaba planteando un problema, y que, de
resolverlo, me hallaría preparado para otra faceta del mundo de los brujos.
Planteé una débil pregunta acerca de la
naturaleza del problema. Él rió suavemente. Esperé su respuesta, y de pronto
algo en mí se desconectó. Me sentí suspendido. Como si mis orejas se hubieran
destapado, miríadas de ruidos en el chaparral se hicieron audibles. Había
tantos que no me era posible distinguirlos individualmente. Sentí que me
quedaba dormido y entonces, de pronto, algo captó mi atención. No era algo que
involucrara mis procesos mentales; no era una visión, ni un aspecto del ámbito,
pero de algún modo mi percepción participaba. Estaba completamente despierto.
Tenía los ojos enfocados en un sitio al borde del matorral, pero no miraba, ni
pensaba, ni hablaba conmigo mismo. Mis sentimientos eran claras sensaciones
corpóreas; no requerían palabras. Sentía que me precipitaba hacia algo
indefinido. Acaso se precipitaba lo que de ordinario habrían sido mis
pensamientos; fuera como fuese, tuve la sensación de haber sido atrapado en un
derrumbe y de que algo se desplomaba en avalancha, conmigo en la cima. Sentía
la caída en el estómago. Algo me jalaba al chaparral. Discernía la masa oscura
de las matas frente a mí. No era, sin embargo, una tiniebla indiferenciada
como lo sería ordinariamente. Veía cada arbusto individual como si los mirara
en un crepúsculo oscuro. Parecían moverse; la masa de su follaje semejaba
faldas negras ondeando en mi dirección como si las agitara el viento, pero no
había viento. Quedé absorto en sus hipnóticos movimientos; era un escarceo
pulsante que parecía acercármelas más y más. Y entonces noté una silueta más
clara, como superpuesta en las formas oscuras de las matas. Enfoqué los ojos
en un sitio al lado de la silueta y pude percibir en ella un resplandor
verdoso pálido. Luego la miré sin enfocar y tuve la certeza de que se trataba
de un hombre oculto entre las matas.
Me hallaba, en ese momento, en un estado
muy peculiar de conciencia. Tenía conocimiento del entorno y de los procesos
mentales que el entorno engendraba en mí, pero no pensaba como pienso de
ordinario. Por ejemplo, al darme cuenta de que la silueta superpuesta en las
matas era un hombre, rememora otra ocasión en el desierto; en aquel entonces,
mientras don Genaro y yo caminábamos, de noche, por el chaparral, noté que un
hombre se ocultaba entre los arbustos, detrás de nosotros, pero lo perdí de
vista apenas traté de explicar racionalmente el fenómeno. Esta vez, sin
embargo, sentí llevar la ventaja y me rehusé a explicar o pensar en absoluto.
Durante un momento tuve la impresión de que podía retener al hombre y forzarlo
a permanecer donde se hallaba. Entonces experimenté un extraño dolor en la
boca del estómago. Algo pareció desgarrarse dentro de mí y ya no pude conservar
en tensión los músculos de mi abdomen. En el preciso instante en que cedí, la
forma oscura de un enorme pájaro, o alguna clase de animal volador, brotó del
matorral y se me echó encima. Fue como si la figura del hombre se hubiese
transformado, en la de un ave. Tuve la clara percepción consciente del miedo.
Di una boqueada, y luego un fuerte grito, y caí de espaldas.
Don Juan me ayudó a incorporarme. Su
rostro estaba muy cerca del mío. Reía.
‑¿Qué fue eso? ‑vociferé.
Me silenció, cubriéndome la boca con la
mano. Acercó los labios a mi oírlo y susurró que debíamos abandonar el sitio en
forma tranquila y sosegada, como si nada hubiera ocurrido.
Laminamos lado a lado. Su paso era
sereno y parejo. Un par de veces volvió rápidamente la cabeza. Lo imité, y en
las dos ocasiones pude ver una masa oscura que parecía seguirnos. Oí a mis
espaldas un chillido escalofriante. Experimenté un momento de terror puro; un
movimiento ondulatorio recorrió en espasmos los músculos de mi estómago,
creciendo en intensidad hasta que, sencillamente, forzó a mi cuerpo a correr.
Para hablar de mi reacción, es ‑Imprescindible
usar la terminología de don Juan; así puedo decir que mi cuerpo, a causa del
susto experimentado, fue capaz de ejecutar lo que él llamaba "la marcha
de poder", una técnica que me había enseñado años antes para correr en la
oscuridad sin tropezar ni lastimarse en forma alguna.
No tuve conciencia clara de qué había
hecho ni de cómo lo hice. De pronto me hallé nuevamente en la casa de don Juan.
Al parecer él había corrido también y llegamos al mismo tiempo. Encendió su
lámpara de kerosén, la colgó de una viga en el techo v, con toda naturalidad,
me invitó a tomar asiento y relajarme.
Troté marcando el paso durante un rato,
hasta que mi nerviosismo se redujo a proporciones manejables. Luego me senté.
Enfáticamente, me ordenó actuar como si nada hubiera pasado y me entregó mi
cuaderno. Yo no había advertido que, en mi prisa por salir del matorral, lo
dejé caer.
‑¿Qué es lo que pasó, don Juan? ‑pregunté
por fin.
‑Tenías una cita con el
conocimiento ‑repuso, señalando con un movimiento de barbilla el borde
oscuro del chaparral desértico‑. Te llevé allá porque encontré al
conocimiento ahí dando vueltas alrededor de la casa, cuando llegaste. Podrías
decir que el conocimiento sabía de tu venida y te esperaba. En lugar de
enfrentarlo aquí, me pareció propio enfrentarlo en un sitio de poder. Entonces
preparé una prueba para ver si tenías suficiente poder personal para separarlo
del resto de las cosas en torno nuestro. Lo hiciste muy bien.
‑¡No se vaya tan de prisa! ‑protesté‑.
Vi la silueta de un hombre escondido detrás de una mata, y luego vi un enorme
pájaro.
‑¡No viste un hombre! ‑dijo
con énfasis‑. Tampoco viste un pájaro. La silueta en las matas, y lo que
voló hacia nosotros, era una polilla. Si quieres ser exacto en términos de
brujo, pero muy ridículo en tus propios términos, puedes decir que esta noche
tenías cita con una polilla. El conocimiento es una polilla.
Me dirigió una mirada penetrante. La luz
de la linterna creaba sombras extrañas en su cara. Aparté los ojos.
‑A lo mejor tendrás bastante poder
personal para deshilvanar hoy ese misterio ‑dijo‑. Si no es hoy,
será mañana; recuerda, todavía me debes seis días.
Don Juan se puso en pie y fue a la
cocina en la parte trasera de la casa. Tomó la linterna y la puso contra la
pared, sobre el tocón bajo y redondo que usaba como banco. Nos sentamos en el
suelo, uno frente al otro, y nos servimos frijoles y carne de una olla que él
había colocado frente a nosotros. Comimos en silencio.
De vez en cuando me echaba vistazos
furtivos, y parecía a punto de reír. Sus ojos semejaban dos ranuras. Al
mirarme los abría un poco y la humedad de la córnea reflejaba la luz de la
linterna. Parecía estar usando la luz para crear un reflejo. Jugaba con el
reflejo, sacudiendo la cabeza en forma casi imperceptible, cada vez que
enfocaba en mí los ojos. El efecto era un fascinante estremecimiento luminoso.
Tomé conciencia de sus maniobras después de que las hubo ejecutado un par de
veces. Me sentí convencido de que actuaba con un propósito definido. No pude
menos que preguntarle al respecto.
-Tengo un motivo ulterior ‑dijo
empleando una voz tranquilizadora‑. Te estoy calmando con mis ojos. No
parece que te estés poniendo más nervioso, ¿verdad?
Tuve que admitir que me sentía bastante
a mis anchas. El cintilar constante de sus ojos no era ominoso, ni me había
asustado o molestado en forma alguna.
‑¿Cómo hace usted para calmarme
con los ojos? ‑pregunté.
Repitió el imperceptible oscilar de
cabeza. Las córneas de sus ojos reflejaban en verdad la luz de la linterna de
kerosén.
‑Haz tú la prueba ‑dijo en
tono casual, mientras se servía otro plato de comida‑. Puedes calmarte
solo.
Intenté menear la cabeza; mis
movimientos eran torpes.
‑Si sacudes así la cabeza, no vas
a calmarte ‑dijo, riendo‑. Nada más te va a doler. El secreto no
está en el meneo dé cabeza sino en la sensación que viene a los ojos desde la
parte abajo del estómago. Esto es lo que mueve la cabeza.
Se frotó la región umbilical.
Habiendo terminado de comer, me recliné
en una pila de leña donde había algunos costales. Traté de imitar su movimiento
de cabeza. Don Juan parecía divertirse inmensamente. Lanzaba risitas y se
golpeaba los muslos.
Un ruido súbito interrumpió su regocijo.
Oí un extraño sonido grave, como golpeteó sobre madera, procedente del
chaparral. Don Juan echó la mandíbula hacia adelante, haciéndome seña de
permanecer alerta.
‑Esa es la polilla que te llama ‑dijo
en un tono carente de emoción.
Me levanté de un salto. El sonido cesó
instantáneamente. Miré a don Juan en busca de una explicación. Él hizo un
gesto cómico de impotencia, alzando los hombros.
‑Todavía no has cumplido con tu
cita ‑añadió.
Le dije que me sentía indigno, y que tal
vez debiera irme a casa y regresar cuando tuviera más fuerza.
-Esas son idioteces ‑repuso,
cortante‑. Un guerrero toma su suerte, sea la que sea, y la acepta con la
máxima humildad. Se acepta con humildad así como es, no como base para
lamentarse, sino como base para su lucha y su desafío.
"Nos demoramos mucho para
comprender eso y vivirlo por entero. Yo, por ejemplo, odiaba mencionar la
palabra humildad. Soy un indio, y los indios siempre hemos sido humildes y no
hemos hecho nada más que agachar la cabeza. Yo pensaba que la humildad no tenía
nada que ver con el camino del guerrero. ¡Me equivocaba! Ahora sé que la
humildad del guerrero no es la humildad del pordiosero. El guerrero no agacha
la cabeza ante nadie, pero, al mismo tiempo, tampoco permite que nadie agache
la cabeza ante él. En cambio, el pordiosero a la menor provocación pide piedad
de rodillas y se echa al suelo a que lo Pise cualquiera a quien considera más
encumbrado; pero al mismo tiempo, exige que alguien más bajo que él le haga lo
mismo.
"Por eso te dije hace rato que no
entiendo lo que debe sentir un maestro. Yo sólo conozco la humildad del
guerrero, y eso jamás me permitirá ser el amo de nadie."
Guardamos silencio unos momentos. Sus
palabras me habían causado una profunda agitación. Me conmovían, y al mismo
tiempo me preocupaba lo presenciado en el matorral. Mi evaluación consciente
era que don Juan me ocultaba cosas y que debía saber lo que realmente estaba
ocurriendo.
Me hallaba envuelto en tales
deliberaciones cuando el mismo extraño golpeteo dispersó mis pensamientos con
una sacudida. Don Juan sonrió y luego empezó a reír por lo bajo.
-Te gusta la humildad del pordiosero ‑dijo
suavemente‑. Agachas la cabeza ante la razón.
‑Siempre pienso que me están
engañando ‑dije‑. Ése es el punto de mi problema.
‑Tienes razón. Te están engañando ‑repuso
con una sonrisa encantadora‑. Eso no puede ser tu problema. El verdadero
punto del asunto es que sientes que soy yo el que te está mintiendo, ¿no es
así?
‑Sí. Algo en mi no me permite
creer que lo que está ocurriendo sea real.
‑Otra vez tienes razón. Nada de lo
que está ocurriendo es real.
‑¿Qué quiere usted decir, don
Juan?
‑Las cosas son reales sólo cuando
uno ha aprendido a estar de acuerdo de que son reales. Lo que sucedió esta
noche, por ejemplo, no puede de ninguna manera ser real para ti, porque nadie
podría este, de acuerdo contigo en ese respecto.
‑¿Quiere decir que usted no vio lo
que ocurría?
‑Claro que sí. Pero yo no cuento.
Yo soy el que te está mintiendo, ¿recuerdas?
Don Juan rió hasta toser y atragantarse.
Su risa era amistosa aunque se burlaba de mí.
‑No le des tanta importancia a mis
palabras -dijo, confortante‑. Sólo trato de que descanses, y sé que te
sientes a tus anchas sólo cuando estás confundido.
Su expresión era tan deliberadamente cómica
que ambos reímos. Le dije que lo que acababa de decir me hacía sentir más
atemorizado que nunca.
‑¿Me tienes miedo? ‑preguntó.
‑No a usted, sino a lo que usted
representa.
‑Represento la libertad del
guerrero. ¿Tienes miedo de eso?
‑No. Pero tengo miedo de su
conocimiento. Yo no tengo descanso, ni puedo refugiarme en nada.
‑Otra vez confundes las cosas.
Descanso, refugio, miedo: cavilaciones que has aprendido sin poner jamás en
duda su valor. Como podrás ver, los brujos malignos ya se han aliado contigo.
‑¿Quiénes son los brujos malignos,
don Juan?
‑Todos nuestros prójimos son los
brujos malignos. Y como andas revuelto con ellos, también tú eres un brujo
maligno. Piensa un momento. ¿Puedes desviarte de la senda que te han trazado?
No. Tus ideas y tus acciones están fijadas para siempre en sus términos. Eso es
esclavitud. Yo, en cambio, te traje libertad. La libertad es muy cara, pero el
precio no es imposible.
Ten miedo a tus carceleros, a tus amos.
No desperdicies tu tiempo y tu poder en temerme a mí.
Supe que tenía razón, y sin embargo,
pese a mi genuina concordancia con él, supe también que los hábitos de toda mi
vida me harían, inevitablemente, ceñirme a mi vieja senda. Me sentí en verdad
un esclavo.
Tras un largo silencio, don Juan me
preguntó si tenía fuerza suficiente para otro encuentro con el conocimiento.
‑¿O sea, con la polilla? ‑pregunté,
medio en broma.
Su cuerpo se contorsionó de risa. Fue
como si yo le hubiera contado el chiste más gracioso del mundo.
‑¿Qué quiere usted decir realmente
con eso de que el conocimiento es una polilla? ‑pregunté.
‑Eso es lo único que quiero decir ‑replicó‑.
Una polilla es una polilla. Pensé que a estas alturas, con todo lo que has
aprendido y logrado, tendrías poder suficiente para ver. Pero en lugar de ver,
tu mirada se fijó en un hombre, y eso no fue ver de verdad.
Desde el principio de mi aprendizaje,
don Juan había descrito el concepto de "ver" como una capacidad
especial que podía cultivarse y que permitía percibir la naturaleza
"última" de las cosas.
A través de los años de nuestra
relación, yo había desarrollado la idea de que con "ver" él se
refería a una percepción intuitiva de las cosas, o a la capacidad de comprender
algo de una sola vez, o quizás al don de penetrar las interacciones humanas y descubrir
significados y motivos encubiertos.
‑Yo